De virus, plagas, catástrofes y cosas parecidas.




Se suele decir que un evento determinado, pasadas las primeras cuarenta y ocho horas, ya no es noticia. Puede que así sea en algunos casos. No, desde luego, cuando se trata de algo que se considera muy grave y que, además, la mayoría de la población vive de cerca. Pero, incluso en estas circunstancias, hay ciertas reacciones, muy impetuosas al principio, que van disminuyendo sus tonos iniciales, van apagando su ruido mediático, hasta casi desaparecer. Así ha sucedido con toda una propaganda pseudorreligiosa, pseudomística, pseudoespiritualista, pseudoprofética o no sabemos qué “pseudo” atribuirle, pero que contribuyó no poco al desprestigio de la fe cristiana y alguna que otra más durante los dos primeros trimestres de este año 2020, y ahora parece haber callado para siempre, o por lo menos, parece haberse recluido en sus círculos más íntimos, sin asomar demasiado la cabeza.


Es innegable la propensión de muchos de nuestros congéneres a considerar las catástrofes, sean naturales o provocadas por mano humana, como castigos divinos. Toda la literatura, antigua y moderna, Biblia incluida, está llena de imágenes más o menos impactantes, más o menos coloristas, de relatos de presuntos juicios de la divinidad (una o múltiple) contra el género humano en su totalidad o solo contra ciertos grupos, ya sea por faltas o pecados conocidos, ya sea por simple capricho de los siempre altivos dioses (1). Sin entrar en el escabroso tema de si quienes tal escribieron lo conceptuaron en verdad de este modo o simplemente repitieron clichés retóricos o estilísticos, lo cierto es que se trata de una constatación de hecho que nadie podría negar.


Con la propagación masiva del coronavirus en los días que vivimos no ha sido diferente. Recordamos todos, sin duda, haber leído o escuchado a enfervorecidos predicadores “se dicentibus” cristianos (2) hablar de “plaga bíblica”, “juicio inminente”, “inicio del apocalipsis final” (3), y despropósitos por el estilo que, como decíamos, solo contribuyen al desprestigio de la fe y de la religión. Por no mencionar lo absurdo de quienes proclamaban que teniendo fe era imposible caer por esta enfermedad y, sin embargo, eran los primeros en infectarse y morir (4).


Todo eso parece haber desaparecido casi por completo en esta segunda ola de la pandemia que estamos viviendo en este tercer trimestre del año y que, a todas luces, se prolongará durante el que viene y tal vez alguno más. Alguna voz desaforada quedará que siga insistiendo en plagas apocalípticas, castigos de Dios y demás, no cabe la más mínima duda, pero ya no tendrá la “originalidad” ni el pábulo mediático que tuvieron sus hermanas en los meses de marzo, abril y mayo. Ya no son noticia. Ya hicieron el ridículo más espantoso en su momento, no cuentan con público que los escuche, salvo, claro está, los adherentes más fanáticos y más ignorantes de las sectas “evangelicales” que les quieran todavía prestar oídos.


Digámoslo alto y claro: a lo largo de sus más de cuatro mil millones de años de historia geológica, nuestra querida y vieja Tierra ha sufrido enormes catástrofes, devastadoras, que han supuesto en muchos casos un punto y final para ciertas formas de vida e incluso para la estructura y el aspecto del propio planeta. Vimos la luz como especie en un mundo que había conocido paisajes, continentes, faunas y floras que jamás contemplaron nuestros ojos, y sobre todo, en un mundo plagado de virus y bacterias que ya estaban aquí mucho antes que nosotros e incluso mucho antes que otras formas de vida. Tales criaturas son muy necesarias para que las demás respiremos y nos desarrollemos; conforman un verdadero escudo protector para nosotros y para el resto de los seres vivos. Pero algunas de ellas suponen un peligro real que nos recuerda, cada cierto tiempo, que somos entidades limitadas, aunque con una tendencia a superar obstáculos y vencer lo que parecía insuperable.


De ahí que, aunando conocimientos y raciocinio, e incluso, entre los creyentes, cocimiento del mensaje de las Sagradas Escrituras y su propósito eminentemente redentor, no podamos considerar castigo alguno una pandemia como la que hoy vivimos. Ni juicio de Dios ni tampoco represalia o venganza de una presunta naturaleza agobiada, esquilmada o sobreexplotada por el hombre, como algunos se han apresurado a decir. La naturaleza no es una entidad personal que pudiera albergar sentimientos negativos contra nadie, y desde luego, Dios no es un verdugo de los hombres, sino el Creador y Redentor. El coronavirus, al igual que todos sus hermanos y congéneres, obedece a sus propios ciclos vitales y se muestra cuando le es posible, muta cuando se ve agredido y en peligro, y se manifiesta con toda su fuerza cuando las circunstancias se lo permiten. Lucha por su vida y su subsistencia, al igual que el resto de las criaturas, pues los seres vivientes estamos concebidos como entidades en constante pugna contra mil fuerzas hostiles, lo cual nos permite llegar a ser lo que somos. Como otros virus, también este será vencido alguna vez por la ciencia y el esfuerzo humano, ambos dones del Creador. Pero se manifestarán nuevos agentes patógenos que hoy no conocemos, simplemente porque no han tenido necesidad u oportunidad de aparecer.


En resumen, ni los virus, ni las bacterias que causan enfermedades y muerte sin distinguir entre justos e injustos son castigos ni juicios divinos. Tampoco lo son las catástrofes naturales que sacuden de cuando en cuando la corteza terrestre o los mares sin tener en cuenta las creencias religiosas o la praxis filosófica de quienes los habitan o transitan. Todo ello responde a la realidad de un planeta que cambia de continuo, que evoluciona sin descanso, aunque no lo percibamos así con nuestros sentidos básicos, y de un ciclo de la vida que se desarrolla en una perpetua guerra por la supervivencia mediante la cual los distintos seres se fortalecen y mejoran sus condiciones. Formamos parte de él.


Lo que sí es un verdadero castigo, un azote, una plaga devastadora sin parangón, es que en el día de hoy, pese al avance de la ciencia y la técnica, y aunque la teología cristiana y de otras religiones dé pasos agigantados hacia una mejor comprensión de Dios, aún existan mentes obtusas y llenas de odio al género humano que, amparándose en algo tan sagrado como la propia Biblia, aprovechen cualquier contratiempo, cualquier catástrofe, para atenazar y atemorizar a su prójimo con anatemas y amenazas de corte apocalíptico que constituyen en realidad auténticas blasfemias contra el Dios Creador del mundo y su Hijo nuestro Señor.



LAUS DEO

  1. Cf. en la Biblia el diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra o las plagas de Egipto; ver también la novela La Peste, de Camus. En la historia europea, las invasiones bárbaras en el Imperio romano o las invasiones vikingas en Inglaterra fueron consideradas juicios de Dios contra aquellas sociedades; la peste negra de finales del Medioevo se vio como un castigo devastador de Dios por los pecados de los hombres y las divisiones en la Iglesia; la propia Reforma fue considerada por muchos católicos sinceros como un castigo divino contra la Iglesia católica por sus corruptelas y venalidades.

  2. Hasta un deportista famoso, el conocido exluchador Hulk Hogan, se hizo célebre publicando en Instagram que el coronavirus era equiparable a las plagas de Egipto y un castigo divino para quitarnos todo aquello que amamos.

  3. Hemos contado por centenares (sin exagerar) las publicaciones de Internet que pretendían “probar” con el libro del Apocalipsis de San Juan la realidad del coronavirus como un castigo divino predicho para nuestros tiempos.

  4. Nos referimos a dirigentes y fieles evangélicos, especialmente del continente americano.

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