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¿Nuevos dogmas o nuevas herejías? (II)

 

 

 

Corría el año 1987. Un empleado de redacción de cierta revista denominacional de aquel entonces fue despedido sin contemplaciones por quienes la dirigían. La razón fue un artículo que había publicado acerca del Pentateuco, en el cual se mostraba partidario de la llamada Hipótesis Documentaria o Hipótesis Documental, que básicamente enseña una composición tardía de los cinco primeros libros de la Biblia a base de cuatro documentos literarios —los famosos JEPD (1)— redactados en diferentes épocas y por hagiógrafos anónimos para nosotros. Otro empleado justificó aquel despido de su compañero alegando que era inconcebible negar la autoría mosaica del Pentateuco. En su denominación era prácticamente un dogma de fe enseñar que Moisés había escrito los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, de modo que afirmar lo contrario incurría en dura sanción.

Esta lamentable historia, que ya en su momento nos causó una desagradable sorpresa, nos sirve hoy para introducir el asunto de las autorías de los libros de la Biblia, tema por demás controvertido y que, en ciertos sectores fundamentalistas evangélicos, ha alcanzado el rango de “status confessionis” (2), con las consecuencias que de ello se pueden derivar.

Vaya por delante que la Biblia, tal como hoy la leemos, ignora la mayoría de las autorías de sus libros constituyentes. Son muy pocos los escritos bíblicos que indican con cierta precisión quién los ha escrito (3), pues conceptos tales como “autoría” o “propiedad intelectual”, tan propios de nuestros días, eran completamente desconocidos en aquellas épocas lejanas (4). En lo referente al Antiguo Testamento protocanónico de 39 libros, tal como lo encontramos en las versiones protestantes y evangélicas de las Escrituras, hay que esperar casi a nuestra era cristiana para que los judíos les atribuyan de manera definitiva nombres concretos como autores, y no precisamente con criterios literarios o lingüísticos de peso, sino por cuestiones más bien teológicas (5), creándose así una tradición que ha llegado hasta el día de hoy. Las autorías de los 27 escritos que componen el Nuevo Testamento dependen también de ciertas tradiciones que muy pronto adquirieron carta de naturaleza en el seno de la Iglesia cristiana y han perdurado hasta el presente. 

Por ello, y en aras de una honestidad intelectual que, creemos, debe permear y colorear cuanto se diga en relación con este asunto, señalamos a continuación dos hechos fundamentales que no pueden ser negados.

El primero es que la cuestión de las autorías de los libros bíblicos nunca ha constituido un dogma inamovible, ni mucho menos una “prueba de fe”. No lo ha sido para el judaísmo en relación con el Antiguo Testamento, ni tampoco para la Iglesia cristiana en lo referente al conjunto de las Sagradas Escrituras. Ni los Padres ni los Concilios Ecuménicos de los primeros siglos lo entendieron de este modo, y desde luego, no consta en ninguno de los credos históricos. Pese a que, hasta el advenimiento de los estudios críticos sobre la Biblia a partir de los siglos XVIII y XIX, la Iglesia universal aceptó, sin cuestionarlas demasiado, las tradiciones judeocristianas que atribuían los escritos de la Biblia a ciertos autores concretos, jamás se hizo de ello un motivo para calibrar o evaluar la fe de nadie. Ni siquiera los Reformadores, que en este sentido aceptaban también la opinión común de su época sobre este tema, vieron en ello un asunto sobre el que se debieran pronunciar de manera dogmática (6), por lo que ninguna de las confesiones de las iglesias del protestantismo histórico ha hecho gala de intransigencia en lo referente a esta cuestión. Quienes hoy, por tanto, en las filas evangélicas fundamentalistas y ultraconservadoras, elevan este asunto a la categoría de “conditio sine qua non” para la acreditación de un ministro de culto o para el reconocimiento de un cristiano genuino, cometen un craso error. No tienen refrendo alguno en la historia del cristianismo para apoyar postura tan drástica.

El segundo es que el avance de las ciencias bíblicas desde los siglos XVIII y XIX nos ha ayudado a comprender bastantes cosas acerca de la composición de los escritos bíblicos tal como hoy los leemos, de manera que nuestra percepción sobre el tema no puede contentarse con repetir postulados tradicionales sin cuestionarlos. No solo ha esclarecido en muchas ocasiones las diferentes tradiciones, orales o escritas, y los documentos independientes que subyacen a los libros de la Escritura en sus versiones definitivas, o a bloques temáticos completos (7), sino que nos ha evidenciado la existencia de escuelas teológicas responsables de la recopilación y redacción definitiva de algunos escritos muy destacados de ambos Testamentos (8). Cierto es que ello no ha resultado siempre incompatible con las tradiciones judeocristianas sobre los autores sagrados; más bien las ha confirmado en casos muy concretos, aunque con las precauciones propias que impone el conocimiento de los medios vitales en que vieron la luz (9). Por decirlo en pocas palabras, el estudio crítico de la composición de la Biblia, lejos de “destruir la fe” de los creyentes al colocar sobre el tapete un horizonte muy distinto del de las autorías tradicionales (10), lo que hace es reafirmar la admiración que suscitan las Sagradas Escrituras en diversos ámbitos del conocimiento y la investigación, pues no solo despliega ante nuestros ojos una selección de la literatura antigua más bella, más colorista, más vitalista incluso que ha gestado la humanidad, sino un conjunto de escritos que contienen el mensaje más extraordinario jamás transmitido a nuestra gran familia, la Historia de la Salvación.

La Biblia se nos ha entregado como un gran don, como un regalo de la Gracia de Dios que hemos de agradecer, valorar y disfrutar, y en la medida de lo posible, compartir con los demás. Finalmente, lo que ella es, lo que ella significa para la Iglesia universal de Cristo no depende en absoluto de quiénes hayan sido sus autores humanos, conocidos o desconocidos, sino de su contenido inspirado e inspirador.

Si profesamos en verdad que es la palabra de Dios revelada a los hombres, no hagamos de sus autores humanos una absurda piedra de tropiezo.

SOLI DEO GLORIA

 

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Presbítero y Arcipreste

Delegado Diocesano para la Educación Teológica

Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE, Comunión Anglicana)

 

 

  1. Vale decir, documentos yahvista, elohísta, sacerdotal y deuteronomista, por sus siglas en alemán. Esta hipótesis fue definitivamente formulada por Graf y Wellhausen, dos importantes exegetas germánicos del siglo XIX.

  2. Más de una vez hemos tenido la oportunidad de escuchar vehementes predicaciones en las que se cuestionaba hasta la conversión y la fe de quienes osaban poner en duda las autorías tradicionales de los libros de la Biblia.

  3. El simple hecho de colocar un nombre propio para designar un escrito no garantiza que sea esa su autoría. Pensemos, por ejemplo, en los hoy llamados 1 y 2 Samuel (hasta hace no mucho mejor conocidos como 1 y 2 Reyes o Reinos), cuya redacción difícilmente podría atribuirse al profeta de este nombre, ya que muere en mitad de la trama del primero de los dos volúmenes.

  4. En realidad, tales conceptos comienzan su andadura con el Renacimiento europeo.

  5. Por ejemplo, la idea de que ningún libro debiera aceptarse en el canon si no procedía de la pluma de un profeta. De ahí la atribución a Moisés del Pentateuco y de Job, o de los libros de Jueces y Rut a Samuel, o de 1 y 2 Reyes a Jeremías, además de las Lamentaciones, etc.

  6. No hay más que ver las diferentes opiniones que vertían acerca de escritos bíblicos de autoría controvertida, como es el caso de la Epístola a los Hebreos: mientras para Calvino era una carta indudablemente paulina al mismo título que Romanos o 1 Corintios, para Lutero era obra de la pluma de Apolos, el gran discípulo mencionado en Hechos de los Apóstoles y alguna epístola del Apóstol de los Gentiles.

  7. El propio Pentateuco, sin ir más lejos, incluso sin tener que echar mano de la Hipótesis Documentaria clásica de Graf y Wellhausen.

  8. En el Antiguo Testamento es un ejemplo claro el libro de Isaías en sus tres grandes divisiones: Proto- (1-39), Déutero- (40-55) y Trito-Isaías (56-66). En el Nuevo, los escritos paulinos y deuteropaulinos, así como el bloque compuesto por los escritos johánicos.

  9. Así, los libros proféticos del Antiguo Testamento, en su mayor parte, reflejan muy bien la personalidad de los profetas-autores. Ello no obsta para que su redacción definitiva, tal como hoy aparecen en nuestras versiones bíblicas, fuera obra, no de ellos mismos, sino de sus discípulos. Lo mismo puede decirse de las epístolas apostólicas del Nuevo Testamento.

  10. Aún recordamos la sorprendente pregunta de un joven evangélico, educado en un fundamentalismo de lo más rancio, quien, al escuchar acerca de la imposibilidad de que el Moisés histórico hubiera sido el autor real del Pentateuco que hoy leemos en nuestras biblias, planteó con agresividad mal disimulada si entonces era posible seguir creyendo en la inspiración de esos cinco libros.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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