Lex orandi, lex credendi

"La invitación de san Pablo a los Tesalonicenses sigue siendo siempre actual. Frente a las debilidades y los pecados que impiden aún la comunión plena de los cristianos, cada una de esas exhortaciones ha mantenido su pertinencia, pero eso es verdad de modo especial para el imperativo: "orad sin cesar". " Benedicto XVI

La oración es el signo distintivo del cristiano, y debe serlo más aún en tiempos de zozobra y de tribulación, la oración no es solo un instrumento de ruego y de súplica, a modo de ensalmo mágico, es sobre todo un camino de esperanza y también de aceptación, un instrumento para incitarnos a la acción, un modo de esclarecer nuestra conciencia pero también de alumbrar nuevas ideas y renovados esfuerzos; la Biblia nos muestra la importancia que el mismo Cristo daba en su vida a la oración, y relata como un hecho habitual del Señor que horas antes del desayuno, “muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió de la casa y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar” (Marcos 1:35).


Orar es enfocar el corazón y la mente en las cosas de Dios, y avivar nuestro espíritu con un fuego interior que queme la hojarasca de vanidades, obcecaciones y malicias del Mundo. Orar es nuestro salvoconducto para ser Ciudadanos de la Ciudad de Dios, y no simplemente del la Ciudad del Mundo.


La vida de cada día, nos bombardea con multitud de requerimientos que saturan nuestra atención con vaciedades o peor aún con malignidades. Si no queremos perder el alma como sin darnos cuenta debemos estar alerta, avivar el espíritu y defender nuestra Ciudadela interior con los medios espirituales a nuestra alcance: el silencio, la devoción privada en sus variadas formas, la lectura del Evangelio, la liturgia de la Iglesia, los sacramentos, el Libro de la Oración Común, la música y la poesía sacra, la conversación privada con Dios en el seno de nuestra conciencia..., si nos dejamos llevar por los usos y costumbres del Mundo nos haremos del Mundo y perderemos fácilmente el sentido de la vida interior, ese fondo de consciencia íntima y personal que nos vincula a Dios, que se comunica con cada uno de nosotros en lo más íntimo de nuestra intimidad.


En la oración encontraremos el impulso suplementario de fe, caridad y esperanza que necesitamos.


A la postre la vida del cristiano no puede ser sino una vida de oración porque también la acción debe ser, para nosotros, con la conciencia adecuada, un acto de oración.


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DIOS tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga : haga resplandecer su rostro sobre nosotros. Para que sea conocido en la tierra tu camino : entre todas las gentes tu salvación.

Adoptar esa actitud de silencio y de escucha en soledad es el primer paso para orar como oraba Jesús que muy de madrugada se iba a un lugar solitario, donde se ponía a orar.

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