BREVE APUNTE SOBRE LA II CLEMENTIS



Mucha tinta se ha vertido acerca de la mal denominada “segunda carta de Clemente romano a los corintios”. De hecho, susodicha epístola, propiamente hablando, no puede adscribirse al género literario epistolar por faltar en ella ciertos elementos imprescindibles que describen una epístola como lo son por ejemplo el encabezamiento y la despedida; ni mucho menos tiene por autor al insigne Clemente, un personaje cuya fama y hacer se extienden siempre a caballo entre la realidad y la leyenda.


Nos encontramos en puridad ante un sermón de carácter ciertamente anónimo que tiene como finalidad principal advertir y proteger a una comunidad cristiana de carácter “ortodoxo” contra las especulaciones teológicas gnósticas de origen valentiniano.


Nótese que la palabra “ortodoxo” que hemos utilizado es aquí cierta y voluntariamente forzada pues la riqueza de la teología cristiana durante los tres primeros siglos cristianos es tan grande y variada y sus propuestas tan abarcantes y heterogéneas que el mismo concepto de ortodoxia y de heterodoxia propios de nuestros tiempos actuales nada tiene que ver con los propios de antedichos siglos pasados convirtiendo en consecuencia el calificativo en anacrónico.


Además – y ello es algo fundamental – todavía no se había producido ningún concilio ecuménico, el primero de ellos recordemos que se realizará en la ciudad de Nicea en el año 325, un siglo más tarde que el escrito contemplado. De manera que no existía todavía un patrón ni una normativa eclesiástica universal a partir de los cuales fijar lo que puede considerarse ortodoxo y lo que no lo es, ni siquiera embrionariamente.


Por otra parte, no hay que olvidar el importante y a la vez muy peligroso papel que el movimiento gnóstico desarrollara en la Iglesia de los orígenes, un papel a la sazón que llegaría incluso a desarticular completamente la gran mayoría de comunidades cristianas ortodoxas durante los primeros siglos cristianos substituyendo el cristianismo sencillo y bíblico que las orientaba por una serie de especulaciones teosóficas, filosóficas, iniciáticas y esotéricas, en poco o en nada bíblicas, que lograron distraer la fe de muchas personas sencillas y que incluso consiguieron imponer una organización eclesial institucional paralela y parasitaria a la entonces existente en la cual los maestros gnósticos medraban primando sin dificultad por encima de los carismas itinerantes, especialmente profetas y maestros, y de los carismas estáticos, diáconos, ancianos, presbíteros y / u obispos (1).


Dedicaremos un post específico a la doctrina de Valentín. Baste saber por ahora que la escuela valentinana itálica occidental o también denominada latina fue con mucho la más creativa, destacada y poderosa de entre todo el movimiento gnóstico existente siendo Valentín su principal teólogo y mentor.


Una nota específica e importante distingue el escrito que nos ocupa: nos encontramos sin duda ante la más antigua homilía anónima de origen cristiano que la historia hasta hoy nos ha legado. Recordemos que la palabra castellana “homilía” proviene de hecho del griego clásico “omilos” significando y aludiendo a una reunión mantenida con la finalidad específica de parlamentar sosegada, tranquilamente y con unidad de espíritu acerca de un tema particular.


Esta circunstancia de “per se” convierte el texto de la “segunda epístola de Clemente romano a los corintios” en una verdadera joya que, por su singular importancia literaria, histórica y teológica, debiera ser estudiada en cualquier facultad de teología que se precie, especialmente si consideramos que la homilía es sin duda alguna la más antigua forma de culto cristiano que conocemos a pesar de que su origen sea específicamente judío.


Como señalábamos anteriormente la “segunda epístola de Clemente romano a los corintios” es un texto de carácter anónimo cuya autoría exacta, muy a pesar de las innumerables propuestas - algunas de las cuales ciertamente rayanas en la ciencia ficción - es prácticamente imposible de determinar.


Sin embargo, los estudios más recientes sobre el particular revelan que probablemente se trate de un texto pergeñado bajo los auspicios de uno o de varios presbíteros corintios enormemente preocupados por la zozobra y la desazón a la que su muy antigua comunidad cristiana se está viendo sometida por culpa de las influencias gnósticas.


El autor de la epístola denomina despectivamente a las especulaciones gnósticas: “cosas mediocres”. Se trata no obstante de un recurso meramente apologético que tiene más de desesperado que de objetivo e imparcial.


En efecto, pues antedichas especulaciones pretendidamente mediocres en realidad nada tenían de tales, sino todo lo contrario, y ciertamente mucho empeño teológico hubieron de desarrollar posteriormente los autores ortodoxos para lograr desarticularlas.


Así reza el inicio del capítulo I:


“Hermanos, tendríamos que pensar en Jesucristo como Dios y como Juez de los vivos y los muertos. Y no deberíamos pensar cosas mediocres de la salvación; porque, cuando pensamos cosas mediocres, esperamos también recibir cosas mediocres. Y los que escuchan como si se tratara de cosas mediocres hacen mal; y nosotros también hacemos mal no sabiendo de dónde y por quién y para qué lugar somos llamados, y cuántas cosas ha sufrido Jesucristo por causa nuestra (...)”


Seguramente el presbítero o los presbíteros que habrían escrito el texto lo hicieron hacia mitades del segundo siglo cristiano residiendo en la misma comunidad de Corintio y siendo por lo tanto protagonistas directos de los hechos que relatan.


Hay que señalar que la tradición manuscrita de la epístola que nos ocupa está estrechamente ligada a la “Carta de Clemente de Roma a los corintios”, un texto imprescindible para la historia cristiana del cual ahora no nos podemos ocupar, aunque tal vez lo hagamos en el futuro.


En orden a su tradición manuscrita existen en la actualidad tres códices que la aseguran:


1) El códice “Alexandrinus”, que contiene la “segunda carta de Clemente de Roma a los corintios” ubicada formalmente a continuación de la “Primera epístola de Clemente de Roma a los corintios” sin indicar nunca donde empieza una o termina la otra.


Esta circunstancia no es baladí pues provocó enormes confusiones desde antiguo dado que ciertos copistas primero y muchos editores después las publicaron como si de un único texto se tratase, aunando así de manera improcedente no solamente el texto mismo sino también su autor: Clemente romano. Este error antiguo también se convirtió en moderno.


Formalmente, se trata de un manuscrito que contiene numerosas e importantes lagunas, especialmente a partir del capítulo doce, relativo a la parusía. Este códice es completado por el:


2) “Hierosolymitanus”, actualmente ubicado en la biblioteca del santo sepulcro del Patriarcado ortodoxo griego de Jerusalén.


Finalmente, 3) el “codex syriacus”. El hecho de que este último códice contenga íntegramente el texto del Nuevo Testamento, aunque traducido en lengua siríaca, acompañado por la circunstancia de que el códice ubica la “Segunda carta de Clemente a los corintios” entre el “totus” de las cartas canónicas inspiradas, añadido a su profunda y profusa utilización en la liturgia antigua no tan solo siria sino también antioquena y palestina, juntamente al uso frecuente que de la “segunda carta de Clemente de Roma a los corintios” realizaron los más destacados y antiguos escritores cristianos, demuestra claramente el lugar tan importante que este escrito anónimo poseyó en el seno de la primitiva Iglesia llegando a ser considerado en muchos lugares como un escrito bíblico canónico hasta bien entrado el siglo III.


La segunda carta de Clemente romano a los miembros de la Iglesia de Corintio, también denominada “pseudo – segunda epístola de Clemente a los corintios” nos recuerda permanentemente que es propio e inherente al culto cristiano y a su liturgia reservar, consagrar, en el desarrollo del mismo, determinados e importantes tiempos a las homilías, circunstancia que cualquier iglesia cristiana ha venido realizando desde antiguo pertenezca a la tradición cristiana que pertenezca.


Quiere ello significar que la homilía en la liturgia de la Iglesia es y debe continuar siendo siempre un signo fundamental e histórico con vocación a la perpetuidad.


Probablemente lo sea porque este anterior estilo exhortativo de carácter oral entrañe un extraordinario nivel de tipo expresivo elevadamente pedagógico y altamente ilustrativo, a la par que ejemplarizante y formador.


La “segunda carta de Clemente romano a los corintios” también posee la capacidad de demostrarnos lo productivo que han sido para la Iglesia los ministerios. En efecto, pues es más que probable como anteriormente señalábamos que uno o tal vez varios presbíteros presentes en la revuelta corintia hubiesen escrito el sermón que nos ocupa convirtiéndose en consecuencia el texto en un importante documento que nos informa respecto de la evolución de los mismos.


Esta anterior circunstancia nos recuerda e invita al hecho de que la Iglesia nunca debe renunciar a su entraña ministerial, que jamás debe negligir los ministerios sino antes bien todo lo contrario dotarlos del suficiente margen de adaptabilidad a las exigencias vivenciales de la sociedad en las cuales la vida del cristiano y la comunidad a la cual este pertenece se desarrolla.



Miquel – Àngel Tarín i Arisó

+ Per Semper vivit in Christo Iesu

NOTAS

(1). Puede consultarse sobre el particular nuestro artículo: “Los ministerios eclesiales en los orígenes cristianos: el caso prototípico de la Didaché”, “Escritorio Anglicano”, 26 de julio de 2018: “No cabe duda que, considerada en su conjunto, la jerarquía eclesiástica que hallamos en la segunda mitad del siglo I (...) adquiere un carácter muy rico, polifacético y dinámico en el cuál apóstoles, profetas, doctores o maestros, es decir los ministros carismático itinerantes, alrededor de los cuáles las multitudes se concentran y alaban y las ofrendas se consagran, priman todavía en fama y en aprecio sobre el “clero” sedentario aunque – sin embargo – sea ciertamente a éste último a quién incumba normalmente el servicio específico de vigilancia y de inspección en la comunidad. El propio dinamismo interno, el vigor y el fervor de la comunidad implica que los ministros misioneros sean de más viso que los diáconos y que los presbíteros – obispos, compartiendo no obstante con estos últimos el servicio divino y la fracción del pan”

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