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La centralidad de los Padres de la Iglesia. II







“Este es el camino en el que hemos hallado nuestra salvación: Jesucristo, el sumo sacerdote de nuestras ofrendas, el protector y ayudador de nuestra debilidad. A través de él fijamos nuestra mirada en las alturas del cielo. A través de él contemplamos, como en un espejo, la faz Inmaculada y soberana de Dios. Por él nos fueron abiertos los ojos de nuestro corazón. Por él nuestra mente, antes ignorante y llena de tinieblas, ha renacido a la luz. Por él quiso el Señor que gustásemos el conocimiento de la inmortalidad”


Clemente, Primera Epístola a los Corintios, 36, 1 – 2




1. INTRODUCCIÓN Y OBJETIVO METODOLÓGICOS


En un anterior texto publicado en este mismo foro (“Escritorio Anglicano”, 4 de marzo de 2019) titulado: “Patrología / Patrística: Importancia y Aclaraciones (I)” tratábamos de fundamentar la importancia que, para el cristianismo universal, indiviso o no indiviso, posee el estudio de la Patrología.

Estudiábamos la génesis de su aparición y desarrollo en el modelo teológico académico universitario a la par que la relacionábamos sincrónicamente con disciplinas teológicas fundamentales tales como por ejemplo la historia de los dogmas o la literatura cristiana antigua.

Sentadas anteriores bases, en el presente artículo nos ocuparemos fundamentalmente del concepto nuclear de “padre de la Iglesia”. Posteriormente definiremos la indisociable unión existente entre los padres de la Iglesia y la Tradición de la misma Iglesia como elemento revelado, dinamizador y actualizador de las comunidades.

Con la finalidad de facilitar y de mejorar la comprensión temática relacionaremos el concepto de padres de la Iglesia con su paralelo, aunque no coincidente, de “doctor de la Iglesia”.

En aras de la necesaria equidad intelectual que toda aproximación teológica debiera tener, procederemos metodológicamente en nuestro análisis explicitando sobre el particular tanto los puntos de vista católico como protestante, destacando a la par sus similitudes y sus diferencias.

Siendo que las primeras superan en mucho a las segundas, nos veremos en consecuencia habilitados para proponer – y con ello finalizaremos nuestra reflexión – un apartado dedicado a los padres de la Iglesia y al ecumenismo, pues también en este irrenunciable aspecto de toda Iglesia cristiana que se precie los padres de la Iglesia tendrán, como transmisores privilegiados de la Tradición que son, siempre algo importante que sugerirnos.


2. PADRE DE LA IGLESIA


Etimológicamente nuestra palabra castellana “padre” proviene del latín “pater”, si bien su origen etimológico haya que buscarlo en el seno de la familia lingüística indoeuropea, concretamente en el sánscrito, mediante la palabra “pitar”.

En la cultura grecorromana, que conoce el desarrollo de antedicho término, la palabra “pater” no expresaba simplemente la idea de generación (1), sino también la de poder, de autoridad, de importancia y de dignidad majestuosa. De manera que su empleo implicaba siempre la noción y las cualidades de dignidad y de respeto hacia la persona así designada.

Los primeros cristianos tomaron prestado título y palabra tanto al mundo pagano como al mundo judeo rabínico para aplicarlo a partir del segundo siglo a las personas de sus obispos. En la cultura latina el “pater familias” desarrollaba una importante función tutorial y directiva en el seno de la familia tradicional, así como también ejercía el papel de sacerdote en el culto doméstico.

Paralelamente, en el esquema familiar judío, heredado directamente de la cultura veterotestamentaria, se reverenciaba en grado sumo a los patriarcas, sin duda por ser considerados como los responsables directos de la espiritualidad de todo el pueblo. Además, los padres – especialmente en contexto judeo rabínico - eran considerados como los fideicomisarios de la sagrada alianza de Dios con su pueblo en el ámbito familiar, razón por la cual eran objeto de profunda obediencia y de gran honra.

La Iglesia indivisa aplicó hasta el siglo IV el título y la palabra padre exclusivamente a sus obispos. Es solamente a partir del siglo V que lo hizo extensivo hacia los sacerdotes y también hacia los diáconos. Es significativo que, incluso hoy en día, en muchas lenguas vernáculas, se continúe denominando “padre” al sacerdote (2).


El primer testimonio escrito de este uso lo encontramos en el relato del “Martirio de san Policarpo”, cuyo suplicio – acaecido seguramente el 23 de febrero del año 155, 156 o tal vez incluso del año 157 – describe como una enfurecida masa compuesta tanto por judíos como por paganos, exigiendo la muerte de Policarpo, clama al unisón a gran voz:


“He ahí el maestro de Asia, ’PADRE’ de los cristianos, destructor de nuestros dioses, el que enseña a muchos a no ofrecer sacrificios y a no orar (3).


Padres de la Iglesia, también denominados ahora frecuentemente “santos padres”, fueron considerados por vez primera los obispos asistentes al primer Concilio ecuménico tenido en la ciudad de Nicea en el año 325. A partir de este uso anterior, la costumbre se extendió hacia las personas asistentes a los sucesivos concilios, denominado ecuménicos, aunque en realidad solamente fruto de la deliberación de los muy mayoritariamente teólogos orientales presentes.

Basilio cesariense el grande (c. 329 - 379) en su obra “De spiritu sancto”, redactada entre los años 374 - 375, fue el primer padre de la Iglesia en atestiguar la utilización de la denominada “argumentatio patristica” (prueba patrística), a saber: el hecho de consignar un listado de textos de determinados padres de la Iglesia como prueba apologética distinguida y eficaz defendiendo una determinada opción u opinión doctrinal de fe.

San Agustín de Hipona fue indudablemente el padre de la Iglesia que en más ocasiones utilizara la prueba patrística, especialmente a partir del año 412 en el contexto de la controversia contra el monje británico Pelagio y sus seguidores.

Como no podía ser de otro modo, antedicho uso se convirtió en una costumbre común con el paso de los años tanto en Oriente como en Occidente a lo largo y ancho de toda la ecúmene cristiana. Antedicho uso apologético perduró prácticamente bajo similares formas hasta el siglo XIX.

Desde la perspectiva Católica Apostólica Romana, el uso de la palabra padre aplicada a ciertos escritores religiosos se considera una realidad definitivamente fijada y sin variación (4) desde el siglo V, designando con anterior término a ciertos escritores eclesiásticos de la Antigüedad cristiana destacados por la Iglesia misma como testigos particularmente autorizados de la fe.

San Vicente de Lerins, un monje galo romano fallecido antes del año 450, en su obra titulada “Commonitorium” (Advertencia, Memorial) redactada probablemente durante el año 434, recogerá y señalará cuales son los criterios que un determinado escritor eclesiástico debe reunir para poder ser considerado como un padre de la Iglesia.

Antedichos criterios o condiciones por cumplir con carácter sine qua non son las siguientes:


  1. Criterio de la pureza doctrinal u ortodoxia

  2. Criterio de la santidad de vida

  3. Criterio de la aprobación de la Iglesia

  4. Criterio de la antigüedad


Para las iglesias nacidas mayoritariamente a partir de la Reforma protestante tanto la definición como el concepto de padre de la Iglesia desde antiguo propuestos por el catolicismo durante el siglo V fueron considerados insatisfactorios por ser excesivamente estrechos y limitativos (5).

El mundo protestante entiende que desde un punto de vista teológico e histórico las exigencias católicas de ortodoxia y de aprobación de la Iglesia son fundamentalmente apologéticas y anacrónicas, contrarias en definitiva al método histórico, ya que refieren al pasado, es decir a toda la antigüedad cristiana, criterios definidos únicamente durante el siglo V.

No obstante, antedicha crítica no ha sido recibida de manera ampliamente satisfactoria provocando a su vez ciertas críticas tanto católicas como también protestantes aludiendo al sentir común (“sensus fidelium”) así como también al sentimiento de pertenencia (“sensus fidei”) marcadamente eclesial que sin duda habitaba a todos y a cada uno de los escritores eclesiásticos del pasado, no tan solo del siglo V, sino también de cualquier época, es decir, a todos los padres de la Iglesia sin excepción.

Con todo, hay que reseñar que ciertos sectores del pensamiento romano católico parecen haber asumido sin excesivo rubor la crítica protestante. En efecto, pues aplican fácilmente el calificativo de padres de la Iglesia a ciertos autores de la antigüedad cristiana que están lejos de cumplir las cuatro condiciones anteriormente señaladas, especialmente el denominado y otrora discutido criterio de ortodoxia eclesial (6).

La escuela patrológica protestante, partiendo del principio de la autoridad bíblica (“sola scriptura”), entiende que la consideración de padre de la Iglesia debiera relacionarse más bien con la fidelidad que los autores susodichos hayan desarrollado hacia la Biblia.

De esta manera, un padre de la Iglesia no sería ni más ni menos que un exégeta cristiano ortodoxo de la Sagrada Escritura. Ahora bien: ¿la fidelidad a la Biblia no opera efectivamente aquí también como un criterio de ortodoxia con la agravante de su enorme subjetividad?

¿No se constituye en el fondo anterior concepción como una pura némesis de la católica demostrando cuanto menos las mismas limitaciones y defectos que la misma? Y, por otra parte, ¿no se trata de una definición en el fondo extraordinariamente estrecha e indeterminada? …

En efecto: si anterior criterio fuera aplicado tajantemente, la sana y muy necesaria Tradición de la Iglesia nunca se habría podido transmitir, ni los Símbolos apostólicos hubieran sido ni tan siquiera recordados puesto que no forman parte integrante de la Biblia canónica.

Por otra parte, tampoco la Tradición no ha sido siempre transmitida sistemáticamente por autores siendo exégetas bíblicos y todavía menos ortodoxos. Lo mismo cabría decir de los recuerdos de los apóstoles (“memoriae”) y de tantas otras cosas que la Tradición enseña (7).

Permítasenos un simple ejemplo a modo de ilustración. Es bien sabido que no conservamos las actas auténticas surgidas del Concilio de Nicea inaugurado seguramente el 19 de junio del año 325.

Las fuentes más directas y de primera mano que actualmente poseemos con relación a la transmisión de su Símbolo hay que encontrarlas solamente a partir de tres testimonios que representan a la par tres tendencias diferentes y hasta enfrentadas en el seno mismo del aula conciliar, así como también durante su ulterior y complejo desarrollo. Sin embargo, ello no ha impedido que su texto sea prácticamente coincidente salvo en ciertos matices en los cuales ahora no sería procedente detenerse.

Antedichos testimonios son: el historiador eclesiástico Eusebio de Cesarea, quien redactó el Símbolo en el contexto de una carta dirigida a los fieles de su diócesis cuando el Concilio tocaba a su fin. El segundo es san Atanasio alejandrino, quien acompañara al Concilio de Nicea a su obispo Alejandro siendo todavía un muy joven diácono. Atanasio consigna el texto del Símbolo a través de una carta dirigida a la atención del emperador Joviano, quien en tiempos de recia disputa teológica le solicitara cual debía ser retenida como la verdadera fe surgida del Concilio.

Y finalmente Marcelo de Ancira, probablemente la persona que se opusiera con mayor fervor y hasta ferocidad misma a las tesis de Arrio, si bien es cierto que posteriormente terminaría alejándose del tenor conciliar. Marcelo consigna el texto del Símbolo de Nicea en una carta que dirigiera a la atención de Asterio, un destacado teólogo arriano.

Ahora bien, la transmisión del Símbolo aludido como tal no puede considerarse obra directa de un autor siendo un exégeta ortodoxo de la escritura. En primer lugar, porque para su concreción debieron emplearse elementos absolutamente extrabíblicos de más que dudosa conciliación con el tenor sencillo de las Sagradas Escrituras, como lo son por ejemplo los conceptos filosóficos ontológicos griegos de hipóstasis, naturaleza, substancia, esencia y persona a partir de los cuales colegir la consustancialidad (“omousios”) del Padre y del Verbo.

En segundo lugar, cabe destacarse el hecho de que ni Eusebio de Cesarea ni mucho menos Marcelo de Ancira fueron escritores ortodoxos, aunque sí fueran sin embargo siempre e indudablemente escritores eclesiásticos. En efecto: Eusebio, quien representa la fuente más segura del Símbolo en virtud de su profusa y conocida dedicación a la historia eclesiástica, por el hecho de haberlo redactado seguramente el Concilio todavía no acabado y por señalar clara y abiertamente su disconformidad con algunas de sus frases, las cuales, a pesar de todo consigna, fue siempre y definitivamente arriano, y Marcelo abrazó sin ambages el sabelianismo patripasiano modalista. No sucede lo mismo con Atanasio, aunque cierta parte de sus escritos, de matriz origenista, bien pudieran ser sospechosos en algunos aspectos de subordinacionismo.



3. Los Padres de la Iglesia y la Tradición