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Por qué soy cristiano: fe, alegría y perdón

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Allá por los años 90, este periodista trabajaba en la televisión pública de Cataluña y una de sus muchas tareas era asegurar el buen estado de las relaciones institucionales entre aquel medio y las iglesias cristianas en aquella nacionalidad. Algunas personas pertenecientes a la estructura eclesial romana, y no digamos algunos obispos, solían mirar a los profesionales de la comunicación que con ellos dialogábamos con cierta curiosidad, cuando no con franca desconfianza. Gajes del oficio y años de considerar a los informadores como parte de quienes están en la otra orilla, la orilla de los “otros”, hasta hace poco  por lo visto. La escandalosa ignorancia en materia religiosa por parte de la gran mayoría de periodistas –reflejo directo de la misma que existe en la ciudadanía en general— no ayudaba, ni ayuda, a unas relaciones fluidas entre iglesias y periodistas. Pero uno siempre ha tenido vocación de pontonero y traductor, de modo que poco a poco las expresiones católicas y protestantes fueron adquiriendo presencia en la pantalla que un servidor ayudaba a gestionar.

Un día, en medio de un aperitivo, estaba compartiendo croqueta con un obispo de una diócesis cercana a Barcelona y, en medio de la conversación, le solté: “Tenga usted en cuenta que yo soy cristiano, probablemente porque en mi infancia no recibí una educación religiosa”.  El buen hombre contuvo un respingo, sin saber cómo tomarse mi exageración, y yo me arrepentí enseguida de la salida de tono: mis amigos están al corriente de que nunca se sabe si hablo en serio o en broma pero aquel reverendísimo obispo no estaba acostumbrado a la ironía ácida que gastamos los periodistas de mi generación. Pero lo cierto es que no exageré demasiado: tantas personas que cuando te refieren su desencuentro con la religión se remontan a vivencias relacionadas con tropiezos habidos con en su juventud con el clero, de muy diversa índole. Me duele que para mucha gente lo que debiera haber sido el feliz y alegre anuncio del Evangelio acabó por ser una experiencia dolorosa que nada tiene que ver con Quien es el camino, la verdad y la vida.

Acabo de escribir “alegre”: la iglesia fue para mí, en la infancia, un espacio de alegría. No lo fue para otros pero sí para mí. Los sacerdotes de mi infancia eran los que participaban del escultismo y me abrían la puerta a un mundo de excursiones, canciones y juegos. No era poca cosa en un barrio obrero de la Barcelona de inicios de los 60 y así continuó siéndolo más tarde, cuando aquellos curas montañeros se convirtieron en curas obreros. Así, a quien antes llamaba mosén luego le traté de compañero y santas pascuas. En suma, el nacionalcatolicismo era bien conocido por mí pero afortunadamente no me rozó ni de cerca. Eso es lo que le quise decir a aquel bienintencionado obispo ante el cual no pude contener mi inveterada ironía.

Sería erróneo, sin embargo, afirmar que la religión organizada bajo uso romano no causó decepción emocional alguna en mí. Descubrí otras posibilidades en los libros y panfletos que una tía valenciana y bautista dejó en mi casa a raíz de una visita familiar. Pude leer controversias sustanciosas y enterarme, a los 10 años, de quién era George Borrow, lo que no era moco de pavo en aquel tiempo, edad y lugar. Recibí también de mi tía Amelia una Biblia que inmediatamente comencé a devorar como hacía con las obras de Verne y Dumas pero muy consciente de la distinta importancia de la lectura. Aquel nuevo libro me abría lo que yo buscaba: horizontes espirituales que sumar a los determinados por el viaje al centro de la Tierra y las veinte mil leguas de viaje submarino. La Biblia fue para mí un rayo de luz en el mundo pequeño –físico, social, cultural—en el que yo vivía, nunca fuente de angustia sino promesa de libertad.

Unos treinta años después descubrí de dónde procedía aquella amargura oscura que referían respecto a la religión de su infancia amigos de origen bienestante. Tomando un café con una compañera de trabajo que a pesar de ser hija de un acaudaladísimo Tío Gilito de la ciudad  vivía únicamente de su trabajo asalariado, me explicó cómo pasó su adolescencia en un internado de Suiza en soledad y tristeza. “Y es que a vosotros, los hijos de los obreros –me confesó, y con ello me dejó helado—vuestros padres os querían”.

Querer y ser querido, eso forma parte del sentido de la vida. ¿Y qué razón tiene la proclamación de una Buena Nueva que no nos introduzca a la vivencia de la paz, el contento, la fraternidad y el gozo, aun viviendo conscientemente el dolor del mundo? ¿Acaso las enseñanzas cumbre del Evangelio no se llaman precisamente Bienaventuranzas? Así era en la Palestina de hace dos mil años y así sigue siendo ahora y en todo lugar. La transmisión de la fe representó para mí desde el principio la comunicación de la alegría. Luego descubrí muchas filosofías y teorías económicas y políticas; tomé partido y parte por aquellas que asumían la necesidad de defender a los modestos y liberarles de la tiranía de los poderosos; pero he sido siempre consciente de que toda idea, ideología si se quiere, que no cuenta en su interior más profundo con la esperanza alegre en la realización del Sermón de la Montaña está condenada a pudrirse como hierba seca arrojada al margen del camino; nunca he olvidado que la Razón debe ser sierva de la verdad del amor y no Diosa entronizada.

Por eso soy cristiano, porque tuve la suerte de no haber sido víctima del nacionalcatolicismo fascista ni del intelectualismo pesadumbrista; porque fui un niño querido que aprendió a querer riendo; porque asumí la responsabilidad de liberar a los prisioneros tratando de no fabricar nuevas cadenas; porque el cristianismo me enseñó a identificar como una tara la ausencia de amor alegre y dedicado en una y otra falacia cultural; porque habiendo asumido la necesidad de la autonomía del hombre me di cuenta de que ella no puede ser tal si no se da en la trascendencia liberadora de todos Los Poderes de la Tierra y queda librada únicamente a la voluntad de Dios. Por eso soy hoy día un fiel cristiano miembro de la IERE.

Pero todo eso no explica que un hombre sea cristiano. Me parece que hacen falta dos cosas: el encuentro con Cristo resucitado y vivo a través del perdón y la conciencia de la gratuidad de la fe y de la gracia. Y si es posible, la iniciación a edad temprana en un asunto central en esta cuestión: la renuncia al odio; no sólo a odiar sino a sentirse siquiera odiado.

Mi padre, soldado de la República Española y militante comunista, que no era creyente, me dejó el mejor legado ejemplar en religión: “Nunca odies a nadie. Combatimos a nuestros adversarios pero no les odiamos porque el odio destruye a las personas. Y piensa siempre que todos tienen buenas razones para actuar de la manera que lo hacen, incluso nuestros adversarios, adversarios que no enemigos”. Mi padre no era ningún intelectual y ni siquiera fue a la escuela pero me enseñó a identificar la raíz del pecado, que es el odio. De modo que cuando leí el Evangelio vi que lo que enseñaba el hijo de Dios era lo que me enseñó mi padre, que no creía en Dios.

Cuando uno renuncia a odiar, el cielo se abre ante él en forma de esperanza, que es la raíz del optimismo. Hay dos elementos en el cristianismo que suponen una ruptura radical con lo establecido; lo establecido hace dos mil años y lo establecido en la cultura moderna. Esas dos rupturas son el perdón y la alegría esperanzada. El pensamiento ilustrado, que aspiraba a una iluminación basada en el pensamiento crítico, ha desembocado en un oscurecimiento teñido de estado de ánimo cínico, que le ha llevado a la melancolía. La cultura europea debería reflexionar muy seriamente acerca de algo que supera su mayor logro, como es la democracia, la cultura de los derechos humanos y el primado de la libertad, y que es la tendencia al pesimismo que termina en depresión, la alienación respecto a la expresión de la energía gozosa que surge de la tierra y la desesperanza producto de la negativa a mirar al cielo. Veo a muchos intelectuales de hoy y encuentro en ellos la amargura que años antes se achacó al clero, la tristeza que se imputaba a las beatas y el dogmatismo fácilmente mudable en oportunismo que se creía exclusivo de teólogos y apologetas. Leo a Habermas y a Bauman y corro a leer a Guardini y Moltmann.

Ese optimismo esperanzado es visto como ingenuidad cuando es una poderosa vacuna contra la amargura. Soy cristiano porque nunca he admitido que para ser consecuente con responsabilidades sociales e intelectuales vinculadas al progreso haya que ser un amargado. Cuando era un joven autodidacta leí todo lo legible y conversé con todo quisque conversable, y demasiado a menudo advertí que detrás de sensatos planteamientos filosóficos, políticos y sociales se escondía una amargura que yo sabía que era veneno para el corazón. Gente tan inteligente que no sabía sonreír. Yo quería estudiar y ser inteligente pero no quería dejar de sonreír, y mucha gente creía y cree que quienes ríen porque tienen fe son tontos.

De hecho, podría decirse que soy cristiano porque no temo pasar por tonto. En la cultura actual lo peor que le puede ocurrir a uno es que le tomen por tonto. Creer en el perdón y en la alegría es ser considerado tonto, y eso cotiza cero en el establecimiento actual. Todos somos listos, queremos pasar por listos y ser más listos que los demás: es el resultado de la cultura de la competitividad a ultranza; tener, hacer, ganar, poseer, eso es ser listo, quien no vence y se apropia es un iluso y un perdedor. Jesús es el gran perdedor de la historia: dijo e hizo aquello en lo que creía y fue ejecutado en consecuencia. Las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña son la proclamación rotunda de la opción de convertirse en un tonto de remate para toda la vida como medio de romper con la opresión que los listos ejercen sobre los tontos, sobre todo el mundo y sobre ellos mismos: bienaventurados los pobres de espíritu.

Pero lo crucial, séase optimista o pesimista, ingenuo o malpensado, es el encuentro con Cristo que pasa por el perdón. Toda mi juventud fui antifranquista, miembro de organizaciones clandestinas comunistas, y arriesgué mi libertad y mi vida por ello. Y me di cuenta de que era consecuentemente cristiano cuando un día me encerré en mi cuarto en oración y meditación y oré fervientemente por las almas de Francisco Franco, Adolfo Hitler, Benito Mussolini y todos los policías y falangistas que me habían perseguido, y  encarcelado y torturado a mis amigos.  No sé cómo lo hice pero los perdoné a todos, aún no sé de qué manera, pero sé que no fue obra mía sino la consecuencia de orar a Cristo Jesús. Poco después me encontré con un miembro de la Guardia de Franco que me había perseguido, quien también era cristiano, y ambos nos abrazamos fraternalmente perdonándonos mutuamente. Desde entonces somos amigos, y sé que cuando él y yo nos reunimos Cristo está entre nosotros. Yo sigo militando en el partido comunista y él va cada 20 de noviembre a Cuelgamuros para orar por José Antonio y Franco.

He estudiado la mayor parte de las tradiciones espirituales del mundo  y sólo he encontrado en el cristianismo el hecho diferencial de éste respecto a ellas, que es el perdón. Todas las grandes y santas tradiciones nos impulsan a amar a los demás, a poner a los otros primero, a cultivar un espíritu de altruismo y fraternidad. Pero solamente el Evangelio de Jesucristo, según mi modesto entender,  pone en primer plano el perdón, que es el verdadero escándalo que Cristo tiende ante nuestros pies.

Así, miembro de una generación que adoptó la contracultura como disidencia (“hijos de Marx y de la cocacola”, se nos llamo) descubrí que lo más radicalmente contracultural es el cristianismo. Soy cristiano porque el cristianismo es escandaloso. Es decir, es algo que se interpone en nuestro paso para hacernos tropezar. Algo que hace que el yo tan cuidadosamente construido, nuestra autoimagen de bondad, nuestra apariencia de felicidad, adecuación a la situación y promesa de prosperidad se derrumbe (incluida la escritura de estas líneas). Y al desconstruirnos de este modo nos construye de verdad si somos capaces de perdonar, empezando por perdonarnos a nosotros mismos y por tanto aceptar eso que somos en realidad, que no es ni tanto ni tan poco.

Soy cristiano porque Jesús cambia mi culpa por mi responsabilidad. Se dice que debemos desculpabilizarnos, pero no se aclara que el precio de ello es asumir nuestra responsabilidad. Por cierto que hay gente que sí debiera sentirse culpable por lo que hace, visto lo que hace; una cosa no quita la otra.

 Soy cristiano porque Cristo me ha salvado. La idea de salvación es del todo extraña a nuestra cultura, nadie ve su pertinencia ni concibe la posibilidad o siquiera la necesidad de ser salvado. Es algo muy extraño: la cultura moderna, ilustrada y progresista, cuanto más propugna la total autonomía del individuo, y por tanto se extraña totalmente de la idea de que el hombre pueda o deba ser salvado, más teje y teje entramados de reglamentaciones, leyes, códigos éticos y repajolerísimas construcciones filosófico-éticas que cuanto más proponen la libertad más entierran al hombre en reglamentismos: quisieron ser ilustrados y acabaron en neofariseos.

Y sin embargo es tan fácil: no es necesario que te ocupes de las normas que cumplas o los alimentos que tomes, como los doctores de la ley o los brahmanes prescriben; no tienen ningún valor los sacrificios que ofrezcas ni las prevenciones que tomes, como advierten los sacerdotes o los magos; no tienes que ajustarte a los patrones éticos prescritos por el bien superior que prescriben la sociedad y las ideas progresistas, como los filósofos o científicos sociales proponen. Basta con que dejes que Jesús te saque de tu pequeña cárcel construida por ti mismo en torno a tu preocupación egóica y salgas al encuentro del mundo y de los demás con las manos y el corazón abiertos. Salvación quiere decir que para ello no hace falta esforzarse por ser salvado, pues cuando eso se hace –se hace, tú no lo haces-- no es mérito tuyo; quiere decir que no puedes merecerlo ni de nada vale tratar de conseguirlo. La salvación de Jesús significa nada menos que dejar de vivir pagando y cobrando. ¡Menuda revolución! Nada repugna más a la mentalidad establecida actual y a nuestra cultura que semejante perspectiva. Dejar de poner precio a la preciosa vida y magnífico universo creados por Dios. Vivir diciendo sí a la vida –a la creación de Dios, Quien vio que lo creado por él era bueno—sin poner condiciones, legales, relacionales o conceptuales.

Soy cristiano porque Cristo me ha salvado alejándome de la tristeza, la amargura y el odio y me ha abierto a la alegría, la esperanza y el perdón.

 

Gabriel Jaraba es Doctor en Ciencias de la Comunicación y Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona; Doctor of Philosophy. Profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador de su Gabinete de Comunicación y Educación.

Director y animador del laboratorio de ideas Idealab-Creative Research Group, UAB.

Profesor de la Cátedra Internacional UNESCO UniTwin Unaoc de Alfabetización Mediática y Diálogo Intercultural; secretario internacional para el Diálogo Intercultural.

Periodista, escritor, profesor, investigador y músico.

Director de Microcampus Creativo, estudio de comunicación, creación y educación, base de todas mis actividades.

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