REFLEXIONES SOBRE EL PRIMER DOMINGO DE RAMOS




No es de hoy, ni de ayer, ni de antes de ayer. La cristiandad lleva siglos, casi dos milenios, década arriba, década abajo, celebrando los acontecimientos pascuales que constituyeron la última semana de la vida terrenal de nuestro Señor Jesucristo, y entre ellos lo que hoy llamamos “Domingo de Ramos”, el día de la entrada gloriosa de Jesús a lomos de un borriquillo en la ciudad de Jerusalén, y que da comienzo a nuestras festividades de Semana Santa.

Los cuatro Evangelios canónicos que tenemos en nuestro Nuevo Testamento actual dan cuenta de este singular evento, si bien cada uno lo narra conforme a una perspectiva propia, un enfoque particular que responde al propósito de su autor y a sus necesidades catequéticas. Aun así, se evidencia cierta unidad en los tres Evangelios Sinópticos (San Mateo, San Marcos y San Lucas) a la hora de contarnos aquel suceso. Se palpa que los tres parten de un fondo común, sea este un documento escrito o una tradición persistente en las comunidades cristianas primitivas[i].

Es el Cuarto Evangelio, el Evangelio según San Juan, el que se desmarca un tanto de la línea indicada por los Sinópticos al referir aquel hecho. La razón es muy simple: su autor —San Juan Apóstol, conforme a una venerable tradición— evidencia a todas luces una teología mucho más profunda, más elaborada, si lo preferimos; un pensamiento propio que crearía escuela[ii] y teñiría los escritos juaninos[iii] de unos tonos inconfundibles. Para comprobarlo, solo tenemos que acudir al sagrado texto y leerlo. El pasaje en cuestión se halla en Jn. 12:9-19, que reza así[iv]:

“Gran multitud de los judíos supieron entonces que él[v] estaba allí, y vinieron, no solamente por causa de Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de los muertos. Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús.

”El siguiente día, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oir que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban:

“¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!

“Y halló Jesús un asnillo, y montó sobre él, como está escrito:

“No temas, hija de Sion;

He aquí tu Rey viene,

Montado sobre un pollino de asna.

“Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de él, y de que se las habían hecho. Y daba testimonio la gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le resucitó de los muertos. Por lo cual también había venido la gente a recibirle, porque había oído que él había hecho esta señal.

“Pero los fariseos dijeron entre sí: Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él”.

Tres son las claves principales que presenta esta peculiar lectura juanina del Domingo de Ramos:

La primera es JESÚS COMO DADOR DE VIDA. Juan, que es, además de lo dicho, un excelente redactor y narrador de historias, tiene buen cuidado de vincular la entrada de Jesús en Jerusalén con el gran acontecimiento que supone la resurrección de Lázaro, referida en el cap. 11 y gran punto de inflexión en el relato evangélico. Desde su primer capítulo[vi], el Cuarto Evangelio presenta la clave luz-tinieblas, que rápidamente se evidenciará como el gran contraste entre vida-muerte. Jesús es la luz del mundo, Jesús es la resurrección y la vida frente a los tenebrosos poderes de las tinieblas liderados por un presunto “príncipe de este mundo” que nunca aparece en escena como tal, pero se indica claramente que es derrotado (Jn. 12:31; 16:11). El único milagro[vii] de resurrección que contiene nuestro Evangelio Juanino es el de Lázaro, y supone un verdadero impacto en el mundo judío del momento[viii], tanto que automáticamente los dirigentes religiosos de Jerusalén deciden eliminar al resucitado, pues deriva la atención del pueblo hacia Jesús[ix]. Más aún, nuestro texto del Domingo de Ramos indica con total rotundidad, como hemos leído, que fue aquel prodigio lo que motivó la afluencia de la gente para ver a Jesús entrar en Jerusalén. Su proclama como rey y los vítores de la muchedumbre obedecen pues, según el Cuarto Evangelio, a su victoria sobre el sepulcro, a su poder de restaurar la vida allí donde esta no existe. Las multitudes, que en esta ocasión ya no son galileos que se dirigen a Jerusalén para celebrar la Pascua —así los Sinópticos—, sino habitantes de la Ciudad Santa, con sus aclamaciones, sus hosannas y sus ramos agitados dan testimonio de que Jesús es el Señor. Importante para recordar en una celebración como esta.

La segunda puede designarse como JESÚS PUNTO FOCAL DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS. En concordancia con los Evangelios Sinópticos, San Juan menciona, al introducir a Jesús en Jerusalén montado sobre un asno, un texto de las Escrituras, nombre con el que el Nuevo Testamento designa lo que hoy llamamos el Antiguo, nunca el conjunto de la Biblia, que no existe hasta bien entrada la Era Cristiana[x]. Y ese texto es Zac. 9:9, que en nuestras biblias al uso forma parte de un epígrafe profético de tonos apocalípticos consagrado al futuro rey de Sion, un personaje enviado por Dios para la restauración de su pueblo atribulado. No es la única vez que el evangelista cita un pasaje escriturario para enmarcar o ratificar un hecho o dicho de Jesús, y en los Sinópticos hallamos esta misma práctica, aunque más profusa, especialmente en el Evangelio según San Mateo. Pero ello no significa, ni en el Cuarto Evangelio ni en los Sinópticos, que Jesús, pese a lo que en ocasiones se escucha en ciertos púlpitos o se lee en determinadas publicaciones, viviera completamente sometido a las Escrituras de Israel buscando siempre darles un cumplimiento en su propia persona[xi]. Más bien es al contrario: son las Escrituras de Israel las que, desde el momento en que ven la luz, tienen como finalidad apuntar a aquel que había de venir en el nombre de Dios. La dependencia no es, pues, de Jesús en relación con las Escrituras, sino de estas en relación con él. No se trata de que Jesús “cumpla” ciertos oráculos antiguos, sino que estos lo señalen a él, dirijan la atención de los lectores hacia él. El indiscutible reconocimiento de Jesús para con los escritos sagrados de Israel se explica claramente cuando afirma al hablar de aquellas Escrituras: “ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn. 5:39), afirmación que los cristianos actuales debiéramos no perder jamás de vista. Domingo de Ramos es una festividad en la que esta idea debiera ser siempre recalcada.

Y a la tercera y última bien podemos llamarla GLORIFICACIÓN DE JESÚS COMO CLAVE INTERPRETATIVA DE LAS ESCRITURAS. Aquí el evangelista juega con dos realidades: el hecho de que las Sagradas Escrituras del antiguo Israel pueden sorprender a sus lectores por su manera de expresarse o por sus contenidos, y que Jesús fue glorificado en un momento muy concreto de la última semana de su existencia terrena. En lo referente a lo primero, se trata de una constatación continua: los textos citados por los autores neotestamentarios en relación con Jesús, cuando los leemos en su prístina redacción, tal como la encontramos en el Antiguo Testamento, ofrecen cuadros completamente distintos de lo esperado, y hasta contradictorios en no pocas ocasiones. El mismo pasaje de Zacarías antes mencionado, si bien habla del Rey que viene manso y humilde sentado sobre un pollino, aparece enmarcado en un contexto de guerras, violencia y destrucción que nada tiene que ver con lo que realiza Jesús. El Rey que es Cristo no viene para destruir ni para matar, sino para restaurar, para salvar. De ahí la necesidad de comprender que los propios discípulos del Señor no entendieran las Escrituras hasta que Jesús fue glorificado. El Evangelio de San Juan es, sin duda, “el evangelio de la glorificación”, a decir de ciertos teólogos del siglo pasado[xii], el que con más claridad expone este concepto, que apunta a su muerte y, después, a su resurrección. Solo cuando estos eventos tienen lugar, los discípulos reciben la capacidad de entender las Escrituras, es decir, de saber espigar en ellas aquello que se refiere a su Señor Glorificado. Dicho de otro modo, de discernir el trigo y separarlo de la paja. Es lo que en el siglo XX el gran teólogo reformado Karl Barth llamaría “exégesis pneumática”, la explicación de los oráculos sagrados del Antiguo Testamento conforme al propósito del Espíritu Santo[xiii]. El relato de la entrada de Jesús en Jerusalén aquel primer Domingo de Ramos contiene la indicación de que solo cuando se ha comprendido la glorificación del Señor se está capacitado para leer en las Escrituras, más allá de su a veces burda literalidad, lo que es realmente la voluntad salvífica de Dios para con el género humano.

Domingo de Ramos, por tanto, día de celebración de la vida, del testimonio de Jesús, del privilegio de poder leer y entender las Sagradas Escrituras.

Dicho lo cual, no nos resta sino desear a todos nuestros amables lectores, amigos y hermanos cristianos, una feliz Semana Santa con la bendición del Señor Jesús.

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Delegado Diocesano para la Educación Teológica

Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE, Comunión Anglicana)

Decano Académico del Centro de Estudios Anglicanos (CEA) y del Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI)




[i] Cf. el gran clásico Historia de la Tradición Sinóptica, de R. Bultmann, publicado en castellano por Ediciones Sígueme el año 2000 y con una excelente introducción de X. Picaza.


[ii] Véase a tal efecto cualquier Teología del Nuevo Testamento de cierta calidad, de las que se encuentran en el mercado, desde las ya clásicas de R. Bultmann o J. Jeremias hasta las últimas que aparecen hoy.


[iii] El Evangelio y las tres epístolas atribuidas a San Juan. Algunos incluyen también el Apocalipsis, pese a las discrepancias de algunos eruditos.


[iv] Citamos de RVR60-


[v] Se refiere a Jesús.


[vi] El himno contenido en Jn. 1:1-18.


[vii] El Cuarto Evangelio prefiere siempre hablar más bien de “señales”.


[viii] Los Evangelios Sinópticos hablan de la resurrección de la hija de Jairo, entretejida con la historia de la hemorroísa (Mt. 9:18-26; Mc. 5:21-43; Lc. 8:40-56), y Lc. 7:11-17 contiene un relato extraordinario sobre la resurrección de un joven de Naín, hijo de una viuda. Estas resurrecciones tienen en común el haberse efectuado poco después del fallecimiento de los finados. Aunque en la época carecían de la palabra “coma” para indicar un estado similar a la muerte, bien podían acusar a Jesús de organizar montajes fraudulentos en relación con aquellos casos. En lo referente a Lázaro no había posibilidad alguna de engaño: llevaba cuatro días muerto y enterrado, y ya se habían producido en su cadáver evidencias de descomposición.


[ix] Para las implicaciones de esta resurrección frente a los sacerdotes saduceos, e incluso la hipótesis de que el propio autor del Cuarto Evangelio hubiera profesado en otro tiempo la teología saducea, cf. el libro de C. Tresmontant, Le Christ Hébreu. La langue et l’âge des évangiles. Se publicó por primera vez en O.E.I.L. a finales del siglo pasado, pero en 2015 Desclée de Brouwer ha presentado una hermosa reedición. Aunque no podemos estar de acuerdo con todas las conclusiones del autor, tiene aportaciones que se prestan a interesantes debates. Ignoramos si existe una traducción a nuestro idioma de esta obra.


[x] No podemos hablar de Biblia “stricto sensu” hasta que los concilios de finales de la Antigüedad no definen el canon sagrado de una vez por todas. Es importante recordar que durante los primeros siglos no estuvo claro para todo el conjunto de la cristiandad cuáles escritos neotestamentarios eran realmente canónicos y cuáles no.


[xi] Nos viene a la mente la novela francesa L’Évangile selon Pilate, de E.-E. Schmitt, en cuya segunda parte Poncio Pilatos, que investiga la desaparición del cuerpo de Jesús del sepulcro, cree que el Nazareno había sido un buen embaucador, conocedor de las Escrituras Hebreas, y que había organizado su vida en torno a ellas para darles un cumplimiento que lo hiciera pasar a él por Mesías a los ojos de su pueblo.


[xii] Especialmente a partir de E. Käsemann. Cf. su trabajo, ya un clásico indiscutible, El Testamento de Jesús: el lugar histórico del Evangelio de Juan, publicado en castellano por Ediciones Sígueme en 1983.


[xiii] “Pneuma” es el vocablo griego que traducimos como “espíritu”.

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