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EL MAL Y LA MALDAD

 

 

 

 

 

 

 

El mal es lo malo por antonomasia, lo radicalmente malo, que podemos simbolizar en la muerte y lo mortífero. El mal expone una negatividad impersonal, junto a la maldad que expone una negatividad personal de tipo humano o humanoide. El mal es lo malo impersonal, la maldad es lo malo personal que solemos achacar al hombre. En todo caso, tanto el mal como la maldad representan un fallo o falla en el funcionamiento de lo real, un fallo personal en el caso de la maldad y una falla impersonal en el caso del mal, por ejemplo una falla en el engranaje del mundo.

 

En las mitologías más antiguas, el mal y lo malo del mundo se adscriben a su origen como caos o desarticulación, que los dioses y luego los hombres tratan de articular o armar belicosamente. En la posterior tragedia griega, el mal y la maldad están personificados por los dioses malévolos que, como Zeus, castigan maliciosamente a los héroes como Prometeo y a los humanos. Finalmente, en la Biblia hebrea, Dios es el bueno o santo y el hombre es el malo, malvado o maleado. En este último caso, el pensamiento hebreo ya no presenta el mal como origen u originario, sino como histórico y humano, basado en la libertad responsable aunque finita y frágil del hombre en el mundo.

 

Así que en la mitología el mal está inscrito en el mismo origen caótico de la realidad, en la tragedia el mal se inscribe en la maldad del destino dirigido por los dioses, y en la Biblia el mal se circunscribe al propio hombre débil, lábil o frágil. Ahora bien, en lugar de culpar del mal a la naturaleza, a los dioses o a los hombres respectiva y despectivamente, cabe una última visión del mal participado tanto por la naturaleza, como por los hombres y por los propios dioses. Ello significaría afirmar una especie de complicidad general o generalizada de todos los estratos de la realidad y de todos los actores de la realización de lo real. En efecto, hay un mal físico en la propia naturaleza con sus desajustes, hay un mal teológico en los dioses con sus creaciones o destinos, y finalmente hay un mal moral en los hombres con sus decisiones o actuaciones.

 

Así que el mal y lo malo serían tanto una falla o limitación de la realidad cosmológica, como un fallo teológico de los dioses y antropológico de los hombres. El filósofo Paul Ricoeur planteó la cuestión, pero no logró una solución final convincente ante semejante desafío imposible. Pues bien, la solución apuntaría a una asunción del mal como parte de la realidad omnímoda, así como a una consecuente revisión de lo real a través de su complicidad, pues naturaleza, dioses y hombres somos cómplices y estamos implicados en el todo o totalidad del universo. El viejo concepto oriental del Tao remite a una tal complicidad de todo(s), lo mismo que el concepto occidental del Logos remite a una paralela coimplicación de todo(s). La complicidad de la naturaleza y del hombre parecen más plausibles, pero la de los dioses parece implausible.

 

Y sin embargo, el propio cristianismo originario ofrece la complicidad del propio Dios a través de su encarnación humana. En efecto, el Dios-hombre cristiano revela en su figura paradójica una heterodoxia para la ortodoxia racionalista clásica, como adujo san Pablo, así pues un fallo ontológico o falla lógica. Pues en la encarnación del Logos la infinitud se finitiza y la trascendencia se inmanentiza, y viceversa, de modo que en el Logos encarnado se interconecta el anonadamiento y la exaltación, el vacío y la plenitud, lo negativo y lo positivo, lo mundano y lo trasmundano, la muerte y la vida. Si según Calderón el delito del hombre es haber nacido, en el nacimiento humano del Dios cristiano comparece el delito y su absolución, el pecado del hombre y la gracia divina, la culpa y el perdón, lo malo y lo bueno, lo impuro y lo puro, asumidos, religados y trasfigurados. Una tal divinidad ya no se escaquea o irresponsabiliza de la realidad, sino que se implica radicalmente como todo en todos.

 

 

 Andrés Ortiz-Osés (Tardienta, Huesca, 1943) es un filósofo español, además de antropólogo y escritor aforístico, fundador de una hermenéutica simbólica del sentido. Estudió teología en la Universidad Pontificia Comillas y posteriormente filosofía en la Universidad Gregoriana de Roma. Más tarde se trasladó a la Universidad de Innsbruck (Austria) donde se doctoró en filosofía hermenéutica. En Innsbruck asistió a las clases de Gadamer, Emerich Coreth y Franz-Karl Mayr. Ha colaborado con el Círculo de Eranos (Suiza), inspirado por Carl Gustav Jung y del que han formado parte Karl Kerenyi, Mircea Eliade, Erich Neumann, Gilbert Durand y James Hillman entre otros Profesor emérito de Antropología Filosófica de la Universidad de Deusto (Bilbao) Con una extensa obra publicada, entre otros libros: Antropología hermenéutica. Editorial Ricardo Aguilera, 1973. ISBN 84-7005-123-7 Mundo, hombre y lenguaje crítico. Sígueme, 1976. Comunicación y experiencia interhumana. Descleé, 1977. ISBN 84-330-0383-6 La nueva filosofía hermenéutica. Anthropos, 1986. ISBN 84-7658-017-7 El Círculo de Eranos. Una Hermenéutica Simbólica del Sentido. Anthropos, 1994. ISSN 0211-5611 Análisis y lectura del almacenamiento simbólico de Eranos. Anthropos, 1994. ISSN 0211-5611 Claves de hermenéutica: para la filosofía, la cultura y la sociedad. Bilbao: Universidad de Deusto. Departamento de Publicaciones, 2005. ISBN 978-84-7485-479-4 Diccionario de la existencia. Asuntos relevantes para la vida humana. En colaboración con Patxi Lanceros. Anthropos, 2006. ISBN 978-84-7658-799-7 Diccionario de hermeneútica: una obra interdisciplinar para las ciencias humanas. Bilbao: Universidad de Deusto. Departamento de Publicaciones, 2006. ISBN 978-84-7485-917-1 Hermenéutica de Eranos. Las estructuras simbólicas del mundo. Proemio Eugenio Trías. Apéndice de Gilbert Durand. Barcelona: Anthropos Editorial, 2012. ISBN 9788415260363

 

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