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¿Dónde está tu hermano?


No puede ser que cualquiera que se considere cristiano aplauda, justifique o se complazca en el asesinato…

Y menos cuando es movido por el odio, la envidia, el egoísmo o cualquier otro sentimiento destructivo.

La diversidad no sería un problema para algunos cristianos si fuesen capaces de armonizar las diferentes formas de percibir la realidad. Como escuché en cierta ocasión, el campesino no tiene que desaparecer para que llegue el maquinista. Sería suficiente el sentido común, el diálogo y el entendimiento. Pero desgraciadamente, y recordando a otra víctima del odio y la sinrazón, es difícil “desalambrar” tradiciones, ideologías, sentimientos religiosos y estructuras concienzudamente creados para evitar el acceso al que es diferente.

Hay una pregunta que resonará eternamente, desde que fuera formulada, en el correr de la historia: ¿Dónde está tu hermano?. Por desgracia para todos la respuesta será también dada de la misma forma y de manera irremediables: No lo se. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?.

Hace unos días, escuchaba perplejo las palabras de un pastor evangélico, en EE UU, precisamente aplaudiendo la acción criminal perpetrada por un “apóstol” de la maldad y la locura contra un grupo de personas homosexuales. La imagen, como no podía ser de otra forma, se ha hecho viral. Acceder al vídeo.

Sufrimos en nuestras iglesias un mal endémico que nos hace ver a estas personas como seres incompletos, viciosos y enfermos; embajadores de la perversión y del pecado; aniquiladores de la familia y, más aun, de la sociedad misma. Solo hay que escuchar las arengas envenenadas y recurrentes de ciertos prelados en nuestro país u otros lugares del mundo para verlo; o leer ciertos artículos publicados en determinados y concretos medios de comunicación y escritos también por pastores evangélicos. Pero no es esto lo peor; y aquí recuerdo unas palabras atribuidas a M. L. King: no me preocupa tanto la gente mala, sino el silencio espantoso de la gente buena. En efecto, el silencio ante el injusto sufrimiento del inocente causa más muertes, más dolor y más destrucción que las propias balas y cuchillos.

En lo que a esta realidad se refiere, nuestras iglesias, excepto raras excepciones, no han sido capaces aun de “desalambrar” aquellas estructuras a las que me refería más arriba. ¿Motivo? Pueden ser múltiples y variados; desde la ignorancia enciclopédica y a veces voluntaria y los intereses propios, para no causar daños en la estructura, hasta la indiferencia dañina y antievangélica, pasando por el odio y la discriminación ejercidos sobre aquellas personas que son diferentes, producto de una lectura interesadamente acrítica, torcida y perversa de los textos bíblicos. O quizás también sean, en muchos casos, el resultado de una condición homosexual larvada y escondida en lo más profundo del corazón, y que hace proyectar la inaceptación de uno mismo en los demás.

No hemos entendido aun que la exclusión del otro, que es hermano, lleva consigo la exclusión de Dios mismo. No acabamos de entender que no podremos dar razón de nosotros mismos, ni como personas en si, ni como cristianos, si no damos también razón del otro.

Nuestro silencio e indiferencia ante el sufrimiento de estas personas y nuestra actitud hipócrita, no son sino levadura que leuda la masa del dolor y, en el peor de los casos, como estamos viendo, de la muerte del inocente.

La muerte de una persona inocente, en este caso por el mero hecho de ser homosexual, también se convierte en anuncio y denuncia, en Evangelio y súplica; es un grito sin palabra que debería, como cristianos, abrirnos el corazón de par en par para la acogida. Pero no es así, por el contrario, respondemos a la súplica y al Evangelio mismo con la respuesta cainita: ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano? Pues si, lo somos, o deberíamos serlo; porque también cada uno de nosotros somos, paradógicamente, unos desvalidos, pero infinitamente valiosos, seamos de la condición sexual que seamos. La persona homosexual es eso mismo, Persona; y lo es con tanta dignidad como aquella que no lo es.

Si en nuestra pastoral no contemplamos, en adelante, la posibilidad y el ejercicio de comprender al otro en su especificidad, estaremos reduciendo a muchos hermanos y hermanas a puros objetos de los que hay que prescindir, seguiremos ejerciendo una y otra vez el arquetipo cainita para con ellos; no estaremos sino encarcelándolos en el silencio, en la soledad e invisibilidad más antievangélica e inhumana. Seguiremos cavando sus tumbas y enterrando realidades que no son sino productos de nuestra propia sinrazón e intransigencia. Y esto no es ninguna exageración literaria. Deberíamos tener en cuenta que solo en 2015, según el Informe1 de la FELGTB sobre delitos de odio por orientación sexual, se produjeron nada menos que 107 agresiones a personas de este colectivo; esto sin contar el alto porcentaje de estas agresiones que no fueron denunciadas ante las instancias pertinentes. No deberíamos dar la espalda a una realidad que produce, según los informes, una tasa más alta de suicidios que en personas heterosexuales.

Sinceramente creo que ya es más que hora, por tanto, de que abandonemos algunas de las tradiciones y normas ancladas en un pensamiento casi neolítico y que no han hecho más que producir dolor y muerte durante toda la historia de su existencia. Ya es más que hora de que pongamos manos a la obra y hagamos una relectura coherente y humana de algunos textos y doctrinas que, leídos y practicadas acríticamente, no conducen sino a la discriminación y exclusión de un gran número de personas hermanas. Ya es más que hora que entendamos que la iglesia no es un instrumento de poder y mucho menos de exclusión, sino sacramento del Reino anunciado por Jesús. ¿Qué vamos a seguir haciendo con nuestros hermanos y hermanas homosexuales que conviven, en silencio e invisibles, con nosotros en nuestras propias iglesias?

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