"Una oración", por Rvdo. Juan Mª Tellería.








ORACIÓN POR LA QUE EL REFORMADOR MARTÍN LUTERO SENTÍA PARTICULAR AFECTO

por el Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga


Dentro de la extensa literatura apócrifa judía del período intermedio entre el Antiguo y el Nuevo Testamento existe una obra pequeña, de tan solo quince versículos y bastante desconocida para la mayoría del gran público actual, a la que se da el título de Oración de Manasés a partir de algunos manuscritos de la Vulgata latina[1], que la colocan como un apéndice a 2 Crónicas[2].


En las ediciones más completas de la Septuaginta griega o Versión de los LXX[3] aparece en el libro llamado Odas[4] con el número 12. Existen también versiones de esta oración en siríaco, eslavo, armenio y etíope. En la Biblia de la Iglesia de Abisinia forma parte del texto de 2 Crónicas 33, sin separaciones ni distinción alguna. Algunos ortodoxos la aceptan como un escrito deuterocanónico[5]. El hecho de que apareciera en las ediciones más antiguas de la Vulgata[6] y que fuera conocida y mencionada por algunos de los Padres de la Iglesia, propició que se encontrara también en las ediciones escriturísticas de la Reforma, dado además el aprecio que sentía por ella Martín Lutero: sirvan como ejemplo la Biblia alemana de Lutero, de 1534, las inglesas Biblia de Ginebra, de 1560, y la clásica versión del Rey Jaime o King James Version (KJV), de 1611, así como, por supuesto, nuestra castellana Biblia del Oso, de 1569. Ello contribuyó, sin duda, a que enriqueciera las liturgias latinas antiguas, especialmente las del África Septentrional, así como las orientales, siendo objeto de importantes comentarios, como el del obispo Verecundius (siglo VI). En nuestra Comunión Anglicana se considera este texto, juntamente con los deuterocanónicos del Antiguo Testamento[7] y los apócrifos 3 y 4 Esdras[8], “ejemplo de vida e instrucción de las costumbres”[9], y forma parte también de la liturgia de algunas de sus iglesias componentes, especialmente la llamada Iglesia Episcopal de los Estados Unidos[10].



La alusión a Manasés se basa en el hecho de que este rey de Judá, sucesor del piadoso monarca Ezequías, es reputado como uno de los más idólatras y perversos de cuantos ocuparon el trono de David. 2 Crónicas 33[11] refiere su captura por los asirios y su deportación a Babilonia (vv. 11-13), donde impetró la misericordia del Dios de sus padres y se arrepintió de sus malos caminos. El versículo 19 alude a la oración que pronunció y la considera algo de gran importancia, tanto como para indicar que se halla escrita en las Palabras de los Videntes, tal vez una obra perdida.


Vamos a exponer a continuación el texto de la Oración de Manasés con algún comentario:

1. Oh Señor Todopoderoso, Dios de nuestros antepasados, de Abraham y de Isaac y de Jacob y de sus justos descendientes;

2.Tú que hiciste el cielo y la tierra con todo su orden;

3. Quien encadenaste el mar por tu palabra de autoridad, que confinó lo profundo y que sellaste con tu terrible y glorioso nombre;

4 En quien todas las cosas se estremecen, y tiemblan ante tu poder,

5 Porque tu esplendor glorioso no se puede asimilar, y la cólera de tu amenaza para los pecadores es incalculable;

6 Sin embargo, inmensurable e inalcanzable es tu misericordia prometida,

7 Tú eres el Señor Altísimo, de gran compasión, continuo cuidado y muy misericordioso, y tú te aplacas ante el sufrimiento humano. Oh Señor, de acuerdo a tu gran bondad tú has prometido arrepentimiento y perdón a los que han pecado contra ti, y en la multitud de tus misericordias tú has designado el arrepentimiento para los pecadores, para que puedan ser salvados.

8 Por lo tanto tú, oh Señor, Dios de los justos, no has designado el arrepentimiento para quien ya es justo, porque Abraham, Isaac y Jacob no pecaron contra ti, pero tú has designado el arrepentimiento para mí, que soy un pecador.

9 Porque los pecados que he cometido son más en número que la arena del mar; mis transgresiones son multiplicadas, oh Señor, ¡son multiplicadas! No soy digno de mirar para arriba y ver la inmensidad del cielo debido a la multitud de mis iniquidades.

10 Me siento pesado, como atado con muchas cadenas de hierro, y por eso soy rechazado debido a mis pecados, y no tengo ningún alivio; porque he provocado tu cólera y he hecho lo que es malvado en tu vista, creando abominaciones y multiplicando ofensas.

11 Y ahora doblo la rodilla de mi corazón, implorándote tu amabilidad.

12 He pecado, Señor, he pecado, y reconozco mis transgresiones.

13 Honestamente te imploro, ¡perdóname, oh Señor, perdóname! ¡No me destruyas con mis transgresiones! No estés enojado conmigo para siempre, o guardes maldad para mí; no me condenes a las profundidades de la tierra. Porque tú, oh Señor, eres el Dios de los que se arrepienten.

14 Y en mí tú manifestarás tu bondad; porque, indigno aun como yo soy, tú me salvarás de acuerdo a tu gran misericordia,

15 Y yo te alabare continuamente todos los días de mi vida. Porque toda la multitud del cielo canta tu alabanza, y tuya es la gloria para siempre. Amén[12].



Cualquier lector avezado de la Santa Biblia reconocerá en esta oración un evidente parecido con los llamados Salmos penitenciales, muy particularmente con el salmo 51[13], lo que la entronca en una tradición muy fructífera en Israel. Aunque su redacción debió tener lugar entre los siglos II y I a. C.[14] y en lengua griega[15], su autor o compositor, sin duda un auténtico maestro del idioma, ha sabido captar el espíritu angustiado del penitente sincero, de donde la atribución al rey Manasés, en la ficción literaria, venía de por sí. Puesto que el arrepentimiento de aquel monarca había sido genuino según 2 Crónicas 33, las palabras de su oración debieron ser como las que en este texto se expresan. No hay que olvidar que en la época en que esta oración ve la luz, la pseudoepigrafía era moneda corriente entre los escritores judíos.


Tres son las ideas fundamentales que transmite el texto de la Oración de Manasés:


Primera, la grandeza absoluta de Dios. Los tonos con que se inicia el texto constituyen una auténtica alabanza al Dios de Israel, cuya gloria y la profundidad de cuyos decretos sobrepasa todo entendimiento humano. Se inscribe así dentro de las más antiguas tradiciones hebreas recogidas en cánticos del Salterio, así como como en el Cántico de Débora (Jueces 5)[16] y el Cántico de Moisés y de María (Éxodo 15), y que proseguirá en el judaísmo intertestamentario[17] como una reafirmación de su fe monoteísta frente a los entornos paganos hostiles. Puesto que el rey Manasés, como queda dicho, había arrastrado al pueblo de Judá a la idolatría, esta declaración del más puro yahvismo puesta en sus labios constituye todo un logro teológico.


Segunda, la indignidad del penitente. El autor de esta oración dista mucho de las confesiones colectivas de pecado que se encuentran a lo largo de todo el Antiguo Testamento protocanónico, incluso en sus aportaciones más tardías (ver la oración de Daniel en la primera parte de Daniel 9)[18], y se acerca más al espíritu de aquellos Salmos en los que el compositor establece una estrecha relación personal tú – yo con el Dios de Israel. Salta a la vista el fuerte tono individual de la oración de Manasés, tan cercana incluso a las oraciones de muchos cristianos de nuestros días, sin ningún tipo de paliativo para su pecado. El orante reconoce su maldad, su transgresión, aún mayor cuanto más se exalta el poder de Dios en la primera parte de la composición. El pecado cometido es inexcusable y, tal como se expresa el texto, parecería imperdonable.


Tercera, la garantía del perdón. Los versículos 7 y 8 constituyen, sin lugar a dudas, la clave de toda la oración: el Dios de Israel es esencialmente misericordioso y ha ordenado en sus designios inapelables —clara evidencia de una Teología de la Gracia[19]in nuce— el arrepentimiento (¡y el perdón!) para el pecador, es decir, para el penitente que ora, el rey Manasés en la ficción literaria y, cómo no, en la tradición previa recogida en 2 Crónicas 33.


Diremos, a guisa de conclusión, que es perfectamente comprensible el cariño de Lutero ante las palabras de esta oración que tanto reflejan lo que fue su propia experiencia como creyente y la de tantos otros, antiguos y modernos, hasta el día de hoy. La lectura de estas palabras, sin duda inspiradoras (¿y por qué no inspiradas?), continúa hoy suscitando sentimientos de penitencia y también de agradecimiento y glorificación a Dios por su gran benevolencia para con nosotros.


Asimismo, no podemos por menos que lamentar el craso error que ha constituido la eliminación de las ediciones bíblicas de estos libros o escritos que, aun no siendo reconocidos como canónicos por la Iglesia universal, enriquecen la fe, la oración y la espiritualidad de los creyentes.

SOLI DEO GLORIA



 

[1]Oratio Manasse es su título en latín. [2] O también 2 Paralipómenos. [3] Códice Alejandrino, del siglo V. [4] Colección de cánticos atribuidos a diferentes personajes del Antiguo Testamento. [5] No así la Iglesia Ortodoxa Griega, en cuyas biblias no aparece. [6] Desapareció de esta versión bíblica a partir del Concilio de Trento. [7] Tobías, Judit, añadidos griegos a Ester, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, añadidos griegos a Daniel, 1 y 2 Macabeos. [8] Conocido este último también como Apocalipsis de Esdras. [9] Artículo VI de los llamados 39 Artículos. [10] Ver el Libro de Oración Común (popularmente conocido en nuestros medios como “el libro azul”), páginas 53 y 54, con el título Cántico de Penitencia 7, Kyrie Pantokrator. [11] No así la versión paralela de 2 Reyes 21, mucho más reducida en su información. [12] El texto está tomado de la NRSV (New Revised Standard Version, Catholic Bible), con ciertas adaptaciones nuestras en lo que se refiere al vocabulario. [13] 50 en la LXX y la Vulgata. [14] No faltan quienes la ubican en el siglo I d. C., pero antes de la destrucción de Jerusalén el año 70. [15] Algunos proponen un original semítico, hebreo o arameo, del cual el texto de la LXX sería la traducción, pero tal aserto es difícil de mantener, dado que el griego de la composición es excelente y que no se ha hallado ese presunto original, ni nada parecido, en los manuscritos de Qumrán. [16] También conocido como Cántico de Débora y Barac y reputado por muchos especialistas como, posiblemente, la composición bíblica más antigua, tal vez el primer texto bíblico en ver la luz. [17] Ver el Cántico de Tobías en Tobías 13 y la Oración de Judit en Judit 9. [18] Téngase en cuenta que el libro de Daniel ve la luz como tal hacia el siglo II a. C. [19] Ver el pensamiento de San Pablo, de San Agustín, del propio Lutero y, sobre todo, de Calvino.

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