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Navidad luterana, por Javier Otaola





En la década de los 80 del siglo pasado tuve el privilegio de pasar un stage de tres meses en Estrasburgo, trabajando en la Asamblea de las Regiones de Europa. Pude conocer el funcionamiento del Consejo de Europa, y la estancia me permitió trabar amistad con Manuel Lecertúa, actual Ararteko de Euskadi, en aquél entonces alto funcionario del Consejo, y también con un empresario alemán, mi amigo Wolf-Dirk y su mujer Christiane, residentes en la fronteriza ciudad de Kehl en el estado federado de Baden-Wurtemberg, donde pude vivir "en familia" una Navidad luterana.



Es sabido que a Martin Lutero, el más fogoso y carismático de los reformadores, le encantaba celebrar la Navidad y predicó muchas veces sobre el nacimiento de Cristo. En su sermón ‘Un niño nos es nacido’ —predicado el día 26 de diciembre, 1531— hizo hincapié en la fe de los pastores quienes, «en contra de lo que les dicen sus cinco sentidos […] concluyen: Éste es el Rey, el Salvador, el gran gozo para todo el pueblo. Así, en el corazón de los pastores todo pareció pequeño y nada fue grande sino solamente aquellas palabras del ángel. Tan grandes fueron que aparte de esas palabras los pastores no vieron nada; se llenaron de ellas y quedaron como embriagados, de modo que se pusieron a propalarlas en alta voz, sin preguntar por lo que podrían decir los grandes señores en Jerusalén que mandaban en el templo y en el [Sanedrín]. Al contrario: sin la menor señal de miedo ante las autoridades predican al Cristo mendigo».



El mensaje que propalan los pastores que asisten a la adoración del Niño Dios coincide con la fe de Martin Lutero, como confianza y justificación. “En mi propia persona soy un pecador, pero en Cristo, en el bautismo y en la Palabra, soy un santo”. Este es para Martin la Buena Noticia que anticipa la Navidad.





Mis amigos alemanes comenzaban el ciclo de la Navidad en el primer domingo de Adviento —lo que adviene o está por venir— es el periodo de preparación y consta de los cuatro domingos previos al 24 de diciembre. El primer domingo se enciende la primera vela de la Adventskranz, una corona elaborada con ramitas de arbusto o pino y decorada con motivos navideños. En ella se colocan cuatro velas que se van encendiendo cada domingo según se acerca el Nacimiento. Esta tradición se remonta en Alemania a los orígenes de la Reforma en el siglo XVI. Durante el Adviento es costumbre hornear galletas de Navidad, las famosas Plätzchen, los más pequeños colaboran muy activamente, como en una fiesta, en la preparación de las galletas tanto en los colegios como en los hogares. El 6 de diciembre se celebra Sankt Nikolaus: el predecesor de Papá Noel que llena los zapatos de los niños con chocolates, mandarinas y algún regalo.


En la Noche Buena el 24 de diciembre: los comercios cierran antes y las familias preparan la decoración del árbol de Navidad y en el "nido" familiar al calor de sus afectos cenan juntos. Al anochecer suena una campana señalando que ya ha llegado el Christkind y se llena el árbol con los regalos. Los días 25 y 26 de diciembre son festivos en Alemania y es en esos días en el que los grupos familiares más amplios, padres, hijos, tíos, abuelos... se reúnen para comer, normalmente ganso asado. El bueno de Wolf-Dirk en su casa de campo en Kehl criaba gansos, o sea que estaba siempre bien surtido.



En aquella Navidad luterana que tuve el privilegio de compartir con Dirk y Christiane leímos antes de cenar el capítulo 2, 1-20 del Evangelio de Lucas, y desde entonces mantengo esa misma costumbre; y con el permiso de mi mujer y mis hijas leemos cada Navidad ese fragmento de la Buena Nueva.¡Feliz Navidad a todos¡

Javier Otaola. Abogado y Escritor.






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