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LAS BEGUINAS (III) Gioacchino da Fiore.


LA IMPRONTA DE GIOACCHINO DA FIORE EN LOS MOVIMIENTOS DISIDENTES DE LA BAJA EDAD MEDIA



Desde el siglo XI hasta el siglo XIV se producirán en Europa, con altibajos, de manera progresiva y diferente según el siglo considerado, toda una serie de trasformaciones socioeconómicas y comerciales que cristalizarán en el desarrollo de las ciudades potenciando la aparición de un nuevo estamento social, la burguesía, que adoptando diferentes formas constitutivas aglutinará su poder entorno a los burgos provocando el debilitamiento de las antiguas estructuras altomedievales así como el desarrollo incipiente en lo intelectual de lo laical sobre lo religioso.


A toda esta serie de transformaciones complejas, ante las cuales ahora mismo por razones obvias no nos podemos detener, acompañaba un poderoso despertar espiritual que antecederá y posibilitará la Reforma protestante producida posteriormente en el siglo XVI. La Reforma debe mucho a figuras destacadas y fulgurantes que bien podríamos calificar de proto reformadoras, tales como por ejemplo John Wycliffe (c. 1320 - 1384), Jan Hus (1370 - 1415) o Jerónimo de Praga (1379 - 1416). Todos ellos quemados, ora en vida, ora en muerte.


Pero estas grandes estrellas deben también mucho a poderosas luminarias que les antecedieron, tanto personajes femeninos como masculinos, en muchas ocasiones anónimas y en otras claramente identificadas, que conocen su inicio en la gran renovación espiritual en los siglos antedichos producida y que tendrá en los movimientos de carácter laical su denominador común.


Todos estos movimientos se caracterizaban por poseer ciertos elementos identificadores tales como un destacado tono mesiánico, una orientación decididamente profética y un espíritu de libertad cristiana que los impulsaba al libre examen de los textos bíblicos, así como a la predicación y a la enseñanza de la Biblia de manera directa, franca y abierta, sin intermediarios, circunstancia que pronto propiciará su enfrentamiento con los estamentos jerárquicos de la Iglesia, a los cuales estaba únicamente reservada antedicha predicación y enseñanza.


Algunos de estos movimientos eran de factura marcadamente quiliástica, aunque no todos, soliendo implantarse normalmente entre los estratos sociales más desfavorecidos y pobres, entre aquellas y aquellos desheredados los cuales percibían en lo espiritual la materialización de una fervorosa esperanza eterna y atendible en el más allá, pero también vivible en el aquí y ahora, entendiendo la pobreza como un elemento de santificación por imitación de Cristo. Podría afirmarse, no sin cierta precaución, que se trataba de movimientos “rebeldes”, aunque no en el sentido peyorativo referido al terrorismo - ello sería un anacronismo absolutamente improcedente a pesar de que algunos de ellos llegaron al asesinato de obispos y otros principales de la Iglesia - La rebeldía aquí debe ser entendida por encima de todo como una crítica intelectual y proactiva contra la Iglesia establecida, una Iglesia a la sazón rica hasta el exceso que se movía por el siglo de manera opulenta, poco delicada y nada filantrópica hacia los necesitados. Por ello criticaban a sus jerarquías, las cuales habían visto como antaño se convertían en señores feudales y ahora comerciaban y se enriquecían acumulando bienes y propiedades traicionando así a su juicio el evangelio de Jesucristo.


Evidentemente, muchos de estos movimientos, en todo o en parte, bebieron de la fuente de doctrinas insanas y hasta contra bíblicas, de ello no cabe duda. Sin embargo, otros se mantuvieron mayoritariamente siempre fieles a los dogmas y a los preceptos bíblicos, por mucho que estos fueran contemplados en muchas ocasiones desde perspectivas singulares y nuevas, lo que no significa necesariamente heréticas, ni tan siquiera al parecer de la teología de su tiempo.


Entre todo este “totum revolutum” de ideas, movimientos y espiritualidades tan numerosas como variopintas, aparecen nuestras protagonistas, las beguinas. Ellas fueron efectivamente protagonistas destacadas de una época harto compleja que provocará en ocasiones, por parte ajena, un juicio honesto, recto y veraz, y en otras ocasiones más numerosas un juicio envidioso, desviado e interesadamente falaz que implicará no tan solo su obra, sino también el destino final de sus propias vidas.


Veamos ahora a continuación, si así gusta y concede el amable lector, someramente enunciados algunos de estos grupos singulares acerca de los cuales hemos brevemente disertado, pero no sin antes destacar la persona que - sin jamás desearlo ni tan siquiera de ello ser consciente - les proporcionará en lo fundamental, para bien y para mal, la base argumentativa de su pensamiento teológico.


En el seno de la reforma benedictina protagonizada por la santa orden del Cister (1) vieron la luz algunas de las ideas que pergeñaron los esquemas teológicos de Gioacchino da Fiore o Joaquín de Flor. No conocemos con exactitud la fecha de su nacimiento, cercano no obstante al año 1135, aunque sí conocemos la fecha de su muerte, acaecida en 1202.


Gioacchino nació en una época muy fecunda en orden a la reflexión intelectual, pues no en vano fue contemporáneo de personajes tan excepcionales como Maimónides y Averroes. Miembro de una familia importante e hijo de un notario acomodado de Cesico, cerca de Cosenza, en Calabria, despreció una vida regalada en el ejercicio de la abogacía para abrazar la vida monacal llegando a ser Abad del monasterio cisterciense de Corazzo.


Gioacchino era una persona extremadamente erudita en teología y en filosofía y también un adelantado a su tiempo. Antes de hacerse monje, había experimentado un profundo arrebato místico en el monte Tabor - o tal vez en Constantinopla pues las fuentes se contradicen - en el contexto de un viaje de peregrinación a Tierra Santa. Según Joaquín relata, durante el transcurso de la misma, había recibido un don de Dios, quien le iluminó y condujo hacia la creación de un nuevo método exegético interpretativo a la vez que orientara su futura vocación monacal.


Joaquín recibiría un total de tres revelaciones místicas profundas a las cuales denominaba de “apertura del entendimiento”, ello tanto antes como después de ser Abad, cargo al cual renunciaría hacia el año 1186 para retirarse, reflexionar y escribir en la soledad de la vida ermitaña previa autorización del Papa Lucio III.

Todo su pensamiento, fruto de antedicha apertura del entendimiento, girará entorno al estudio exegético y hermenéutico de la Biblia, con especial mención al libro del Apocalipsis, al cual dedicará un elaborado comentario, y a la concordancia necesaria y permanente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, como su obra “Liber concordiae Novi ac Veteris Testamenti” señala.

Al ermitaño Joaquín se les unieron pronto otras personas atraídas por su famosa vida de retiro, de reflexión y de profunda espiritualidad. Esta circunstancia propició que Gioacchino aceptase nuevamente convivir fraternalmente en el seno de una comunidad cristiana conventual fundando una nueva orden denominada “Orden del Espíritu Santo y de san Juan Evangelista”, de manera que en el año 1196 el papa Celestino III reconoció canónicamente tanto la orden como la fundación de un nuevo monasterio en Calabria, concretamente en Fiore, próximo a la ciudad de Cosenza, dedicado precisamente a San Juan Evangelista y al Espíritu Santo, denominado a partir de entonces monasterio de san Giovanni in Fiore, donde Gioacchino se concentró con sus seguidores y que nada tenía que ver con el Císter.

Es importante recordar que todo este proceso se desarrolló con el beneplácito de la Iglesia mediando la autorización expresa del papa Celestino.

A pesar de que la orden del Císter reclamó en numerosas ocasiones la reincorporación del insigne Joaquín a su antiguo monasterio, o a cualesquiera otro que este deseara ir perteneciente a susodicha orden, Gioacchino rechazó siempre anteriores ofrecimientos permaneciendo el resto de su vida ejerciendo de Abad, escribiendo, recibiendo visitas ilustres y reflexionando su original pensamiento teológico en el monasterio de San Giovanni in Fiore de su propia fundación, razón por la cual ha pasado a la posteridad con el nombre del mismo.


De Gioacchino da Fiore lo que a nosotros nos interesa ahora es retener que su pensamiento teológico es de carácter dispensacionalista, conteniendo una filosofía evolutiva del progreso de la historia hacia su plenitud espiritual. Efectivamente, pues procede subdividiendo la historia de la humanidad en tres etapas, como ya hiciera san Agustín, al cual el Floriano cita profusamente. Sin embargo, su originalidad específica, nunca hasta entonces aparecida en la historia de la teología, radica en el hecho de relacionar cada una de estas edades mencionadas con una Persona de la Santísima Trinidad. Ello lo realiza en su anteriormente citada obra “Concordia Novi ac Veteris Testamenti”.




La primera etapa se caracteriza por el sometimiento a la ley, y el Floriano la denomina estado del conocimiento, estando adscrita a la Persona del Padre. La segunda etapa se ubica ya bajo la gracia, se denomina etapa de la sabiduría y está adscrita al Hijo. La tercera etapa es la propia de una gracia todavía más grande o gracia de la “plenitudo temporum”, es la etapa del intelecto o del Espíritu Santo prometido por Jesucristo. Como se puede deducir está adscrita a la Persona del Espíritu Santo.


De todas estas anteriores etapas, Joaquín de Flor destaca la última, la cual coincide con la actual y se corresponde como hemos dicho a la dispensación del Espíritu Santo. La época espiritual, o también denominada del Espíritu, se caracteriza fundamentalmente por la actuación libre del Espíritu Santo operativa en el mundo y en nuestra historia desde que Jesús regresara al Padre permaneciendo marcada por la inminencia de su retorno en la Parusía.


La fisicidad del paraíso terrenal propio de la tercera edad, o edad del Espíritu, estará acompañada por la aparición de dos personajes contrapuestos: el anticristo y el papa angélico, el primero trabajará para destruir el milenario beatífico y el segundo lo hará en aras de su concreción. Figuras absolutamente antitéticas, ambas serán reconocibles claramente por las personas que vivan santamente en la historia. La aparición futura de estos dos personajes abre la teología de Joaquín de Flor hacia un posibilismo escatológico profundo y tensionado unido a una teología de la espera de carácter destacado no carente sin embargo de ciertos tintes maniqueos.

Sea como fuere, es importante destacar que todo ello produce una elevada cosificación de la historia humana, la cual, al ser al unisón progresiva y tendente a la plenitud, conlleva una permanente actitud de espera escatológica que provoca un aprecio extraordinario por lo terrenal ya que el reino de Dios deja de ser una realidad metahistórica y por ende centrada en el más allá, constituyéndose en la santificación progresiva del más acá. De este modo las diferencias cualitativas entre el cielo y la tierra se reducen, más todavía, se ayuntan, de manera que la historia de la humanidad se transforma de mera historia en “historia salutis”.


No queda excesivamente claro si el Floriano provoca el rompimiento de la dualidad existente entre trascendencia e inmanencia, o más bien procede a su identificación, pero lo que sí aparece diáfano es que antedichos rompimiento y/o identificación destaca la mimesis entre lo sagrado y lo profano aquí en la Tierra, puesto que Dios permanece “absconditus” en nuestro interior, debiendo ser “revelatus” en nuestro ser si queremos cumplir su voluntad, es decir, si queremos contribuir a la transformación del mundo en el cielo, pero sobre la Tierra.


El mundo transformado en cielo, es decir cristificado a través de la acción final del Espíritu Santo, producirá que la tercerea y definitiva etapa de la historia conduzca inevitablemente hacia la plenificación pneumatológica humana, y con ella y como consecuencia, hacia la superación definitiva de la Iglesia como institución, es decir de la Iglesia que Joaquín califica como “terrenal”, la cual cosa no implica en absoluto un desprecio hacia la misma, sino más bien una consecuencia lógica y necesaria del milagro producido por el Espíritu Santo, el cual convertirá en Iglesia espiritual a la humanidad toda. La consecuencia de esta teología altamente carismática conduce irremediablemente al hecho de que la Iglesia, por el hecho de ser ya santa e inmaculada en la Tierra, no precise de estructuras jerárquicas ni de mediaciones sacramentales.


No cabe ningún género de duda del elevado tono milenarista y apocalipticista de la teología escatológica del Abate da Fiore, pues es evidente el traslado que realiza de lo celestial hacia lo terrenal, circunstancia que lo convierte - si se nos permite la expresión - en