UN LLAMADO A LA SENSATEZ

Cada día nos resulta más y más desagradable la constatación de que la ignorancia y el infantilismo bíblico aposentan sus reales con mayor fuerza que nunca en el mundo evangélico, si bien, gracias a Dios, no en todos sus ámbitos. No solo nos topamos a diario en ciertos medios con opiniones y asertos sobre las Sagradas Escrituras que creíamos felizmente desterrados años ha, sino que además nos vemos confrontados a una total manipulación mental masiva en este tipo de grupos religiosos orquestada por mentes ¿enfermas?, ¿malignas?, ¿o simplemente mal instruidas? No nos resulta fácil responder con exactitud. A los hechos nos atenemos. Deduzca el amable lector lo que mejor le parezca, según su criterio.


La crisis del COVID-19, conocido popularmente como “el coronavirus”, es un botón de muestra de cuanto acabamos de decir. Lejos de toda teoría conspiracionista de baja estofa —un virus “fabricado” en laboratorios norteamericanos para destruir comercial, política y militarmente al gran dragón rojo (ahora hay quienes piensan justo lo contrario, en fin)—, la realidad de una pandemia que afecta, al parecer, principalmente a China, Europa Occidental y ciertos países del continente hermano, es una realidad innegable, así como también el hecho de que el COVID-19 se conoce desde la década de los ochenta del siglo pasado y que la mayoría de las personas por él infectadas se curan, pues sus índices de mortalidad son inferiores a los de la gripe común, de la que nadie habla nunca. Que entraña un peligro, es muy cierto. Que las medidas tomadas por las autoridades sanitarias de nuestro país y de otros, aun a riesgo de parecer extremas, han de ser respetadas, pues también. Pero ir más allá de ello representa una trampa en la cual los creyentes cristianos no debiéramos caer.



Digámoslo alto y claro, guste a quien guste, moleste a quien moleste:


EL COVID-19 NO ES UNA MALDICIÓN NI UN CASTIGO DIVINO CONTRA NADIE. La existencia de virus, bacterias y otras entidades similares en el planeta tierra es una realidad necesaria para el desarrollo de la vida, y así ha sido desde los comienzos. Este tipo de seres ejercen una serie de funciones reguladoras del delicado equilibrio que mantiene a todas las criaturas, y cuando, debido a su proliferación o a mutaciones, son causa de enfermedades, epidemias o pandemias, todo ello entra dentro de ese equilibrio regulador de la existencia y la evolución de la vida. Los seres humanos, dadas nuestras particulares características, hemos ido desarrollando sistemas para vencer, frenar e incluso erradicar los efectos devastadores provocados por estas coyunturas, pero ello no significa que seamos inmunes por naturaleza a la enfermedad. Forma parte de nuestra propia esencia biológica en tanto que especie enfrentarnos de continuo a estas situaciones e ir fortaleciéndonos a medida que las vencemos, aunque ello no se logra sin pérdidas, a veces cuantiosas, de individuos infectados. Nada de ello puede, ni debe, considerarse un castigo de Dios. El Creador ha generado la vida sobre nuestra vieja Tierra tal como es, sometida a ciertas leyes que regulan su evolución y su desarrollo. Y la vida sigue, se abre camino, encuentra nuevas formas de manifestarse, y nosotros también. Pretender que una epidemia, o una pandemia, o una simple enfermedad, o incluso una catástrofe natural o un accidente, son castigos divinos, manifiesta una paupérrima imagen del Creador, incluso degradada, la propia de las divinidades paganas, deidades vengativas, celosas y, en ocasiones, muy inferiores moralmente hablando a la propia conciencia humana. Y si se quiere alegar que en la Biblia hay pasajes numerosos, especialmente en el Antiguo Testamento, que parecieran favorecer esta lectura de la realidad, recomendamos vivamente un estudio profundo de tales pasajes a la luz de sus contextos históricos, sus medios vitales —el famoso “Sitz im Leben” de los grandes exegetas alemanes de los siglos XIX y XX—, a fin de no confundir jamás la paja con el trigo y para aprender a leer correctamente, no lo que expresaron hombres de épocas pretéritas y cosmovisión restringida, sino lo que expresa realmente la palabra de Dios que subyace a ese ropaje cultural de tiempos pasados.



LA PANDEMIA DEL COVID-19 NO ESTÁ PROFETIZADA EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS.


Son diversos los textos bíblicos que, conforme a un estilo poético-narrativo muy propio y muy bien estudiado —el llamado por los especialistas “género apocalíptico”—, vienen a dibujar cuadros de gran colorido, de gran expresión vitalista, en los que devastadores cataclismos cósmicos sacuden el orbe creado, todo ello siempre expresado con una clara finalidad teológica, además de puramente estética. La motivación de los autores que escogieron este peculiar estilo literario para vehicular sus mensajes no era, ni mucho menos, ser comprendidos literalmente, y desde luego, a ninguno de ellos se le pasó jamás por las mientes que alguien pudiera fundamentar en ellos presuntos “mapas proféticos” ni “anticipaciones de la historia futura”. Tales lecturas literalistas, propias de las sectas ultramarinas y de todos los movimientos religiosos desaforados y extremistas, ignoran por completo la génesis y el objetivo de estos escritos o pasajes, con lo que los distorsionan por completo. Ninguno de los textos apocalípticos de la Biblia, ya se encuentren en el Antiguo o en el Nuevo Testamento, ya conformen libros enteros o solo capítulos y versículos aislados, “predice” o “anticipa” hechos concretos que hayan de acaecer en el futuro y que sean, por tanto, datables e incluso predecibles al estilo de los horóscopos o los embaucadores que hacen de la adivinación del porvenir su singular ganapán. Y desde luego, ninguno de ellos habla del COVID-19, del mismo modo que tampoco habló de la tristemente célebre gripe española, que entre 1918 y 1920 mató a más de cuarenta millones de personas en el mundo, o de la peste negra causante de la pérdida de un tercio de la población europea en el siglo XIV. Emplear pasajes de las Sagradas Escrituras en este sentido no solo rebaja la palabra de Dios, sino que constituye una auténtica afrenta a la inspiración divina, debido a la inconsistencia de tales lecturas y a la fantasía desbordada, y casi enfermiza, de quienes las practican. Jugar a hacer de la Biblia un tarot roza la blasfemia y es algo que jamás una iglesia que se precie de cristiana debiera alentar o permitir en sus filas.



En resumen, frente a las situaciones de crisis sanitaria o de cualquier otro tipo, como la que ahora vivimos en nuestro país y en otros de nuestro entorno occidental, lo que debiera esperarse de los creyentes es, por encima de todo, MADUREZ en todos los sentidos, también espiritual. Ningún cristiano debiera de regodearse en situaciones trágicas que hacen sufrir al prójimo —tal es la triste constatación que hemos hecho personalmente sobre muchos fanáticos y fundamentalistas— en el sentido de que se trata de “juicios de Dios” sobre países, sistemas políticos o económicos, o incluso sobre personas concretas. Al contrario, nuestro deber es estar ahí para contribuir, en la medida de lo posible, al bienestar de los demás y a la tranquilidad generalizada. Elementos desestabilizadores existen, por desgracia, en las sociedades humanas. Las sectas religiosas fundamentalistas son uno de ellos, y no precisamente el menos dañino. La Iglesia de Cristo tiene otra función: servicio y esperanza.

Dios nos ayude a cumplir con nuestra tarea con la dignidad y la seriedad requeridas.



Rvdo. Dr. Juan María Tellería Larrañaga

Presbítero

Delegado Diocesano para la Educación Teológica

Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE, Comunión Anglicana)

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