¿NAVIDAD Y PLURALISMO RELIGIOSO?


La “Teología pluralista de las religiones” o todavía la “Teología del pluralismo religioso (TPR) es una teología de anclaje sólido solamente en clave de futuro – tan incierto como necesario - y de generosidad.

Causa terror. Especialmente entre los jerarcas denominacionales de corte ultra conservador y entre las denominaciones religiosas integristas y fundamentalistas. Naturalmente el terror se convierte hasta en menosprecio e incluso en odio si la teología referida alcanza a las sectas.

Tampoco se muestran del todo indiferentes hacia la TPR las jerarquías denominacionales por así decirlo “convencionales”, entiéndase por ello las más frecuentes y reconocidas en nuestro entorno vital. La indiferencia se suele transformar en sospecha y luego hasta en consternación porque dichas jerarquías pluri confesionales, permanentemente tentadas a fijarse especialmente tanto en su propio terruño como en el aumento del número de fieles que consideran conveniente engruesen sus filas denominacionales, interpretan que esta nueva teología interpela tanto y tan intensamente a las teologías de corte convencional que – aunque sin proponérselo específicamente – logra desarticularlas en todo o en parte, en mucha o en poca profundidad, zarandearlas y cuestionar sus asertos y sus verdades más específicas en virtud de un nuevo paradigma inclusivo e igualitario cuya supervivencia de futuro se me antoja difícilmente reversible, pues no se constata un camino claro y pacífico entre los humanos sin que estos dialoguen, y no parece posible la paz en el mundo sin que previamente exista paz y consensos profundos entre las mismas religiones, como en repetidas ocasiones se ha encargado de resaltar el sacerdote católico apostólico romano Hans Küng[1].

De otro modo dicho, la paz entre las religiones es condición necesaria para la paz en el mundo, aunque de ello no se infiere que sea evidentemente condición suficiente.

Entre las sectas, la TPR es algo así como la encarnación de Belcebú. Sin duda porque las mismas, menospreciadoras de lo diferente así como refractarias a cualquier tipo de diálogo teológico fructífero, han convertido lamentablemente el cristianismo y su contenido teológico en una mera y simple quiniela de verdades literales a seguir que de ser mínimamente cuestionadas convierten a los que honestamente las cuestionan en agresores, en personas “non gratas”, en seres desafiantes, despreciables y faltos de fe, en esbirros de satán carentes tanto de respeto como de humanidad puesto que con su discrepancia el contenido de sus certezas se contempla atacado, humillado, vilipendiado y ofendido, azuzando – dicen - incluso su integridad y salud psico social.

Por otra parte, no hay efectivamente nada nuevo entre los fundamentalismos e integrismos que no haya sido de un modo u otro ya denunciado, estudiado, destacado y hasta sufrido.

Precisamente por ello pretendemos dirigir nuestra reflexión hacia las Iglesias sanas, bíblicas, apostólicas e históricas, pues tal vez no existan excesivas razones de peso para el temor muchas veces por ellas también manifestado hacia esa TPR y su propuesta de diálogo entre las religiones todas.

Abordaremos seguramente si Dios quiere en otro texto la especificidad teológica de la TPR. No obstante, por cuestiones de practicidad, ahora nos interesará más responder a la pregunta de su interna interrelación con susodichas teologías tradicionales. A ver si se pacifican un poco los ánimos, el árbol particular deja de obstruir la visión del bosque entero y el continente decae ante su más importante contenido.

Por tanto: ¿existen elementos conectivos que pudieran despejar la sospecha de amenaza y de temor de las segundas sobre la primera? … ¿Podemos trazar una línea áurea, una regla de oro que desenrarezca el ambiente y que se constituya en un elemento de carácter polivalente que disperse las brumas de las tensiones teológicas existentes? O todavía: ¿existe en todas las religiones una "norma normans" común y aplicable a cualquier situación experimentada universalmente por cualquier "homo religiosus" ? … Creemos que sí. Y que no es demasiado compleja de formular ... precisamente por su universalidad.

Valga aquí lo dicho brillantemente por los autores clásicos de la escuela de la Estoa, algo que gustaba repetir el gran Marco Aurelio: “las cosas universales son las más sencillas de percibir”. Acaso tal norma sea la siguiente: “Lo que no quieras para ti no lo quieras tampoco para los demás”. La regla de oro. Una regla que, por cierto, se dice mucho con estos tan entrañables, divinos y humanos tiempos navideños.

Nos fijaremos de momento únicamente en los tres monoteísmos históricos, los cuales están cada vez más llamados, por mor de las perceptibles olas migratorias y culturales, al diálogo en nuestras sociedades postmodernas.

Evidentemente, el siguiente paso que hemos de caminar es demostrar en el ámbito puramente fenomenológico si las tradiciones religiosas monoteístas han, por acción y voluntad transcendentes, integrado dogmáticamente en sus asertos y en su creencia esta anterior divisa que bien podríamos considerar como irrenunciable y paradigmática de lo humano. Puesto que si estas han integrado idénticas conclusiones, no podría justificarse ese excesivo temor proveniente desde la amenaza de la alteridad.

Veamos. Parece evidente que el cristianismo así lo ha hecho a partir de sus estratos más antiguos. Así Mateo 7, 12 (utilizo la versión de Jerusalén): “Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas”. Lucas 6, 31: “Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente”.

Es un hecho que la fuerza implementativa de Lucas es mucho más grande que la del tan judío Leví porque sustrae el aserto desde su base hebrea (para Mateo habría que actuar así porque dicho actuar resume los beneficios del judaísmo) hacia una plena universalización de la acción de manera que ésta fuera abarcantemente y distintivamente humana.

En consecuencia, no se trata únicamente de un ethos intra muros, sino de un vivir también extra muros, armónico, pleno y como señalábamos abarcante, dirigido en consecuencia hacia la totalidad de la raza humana sin distinciones. Se trata por lo tanto de un imperativo ético tan necesario como irrenunciable e inclusivo de lo humano.

Nuestro Nuevo Pacto podría subsumirse prácticamente totalmente desde el Antiguo. Ahora bien, el Antiguo Pacto no puede interpretarse correctamente alejado de sus tradiciones exegéticas fundamentales, primero orales y posteriormente escritas.

De manera que si investigamos un poco, algo parecido a lo que se afirma en el Nuevo Testamento debería afirmarse también entre los documentos tradicionales de la tradición judía. Y así es, efectivamente. El Talmud (la palabra significa literalmente enseñanza recibida por el discípulo o Tamid y recoge tanto las discusiones rabínicas sobre las leyes como las tradiciones y parábolas rabínicas …) dedicado al Sábado (“Talmud Shabbat”) recoge un dicho protagonizado por el famoso Rabino Hillel (60 a.C. – 1 d.C.) el cual, en su capítulo 31, reza así: “No hagas a los otros lo que no desees que te hagan tampoco a ti mismo”.

Constatamos pues, hay que admitirlo no sin demasiadas sorpresas, la exigencia interna de idéntico ethos en ambas tradiciones religiosas: judaísmo y cristianismo.

No esperábamos ciertamente otra cosa dada como señalábamos la continuidad – no negadora de discontinuidad - entre una y otra religión, entre una y otra teología.

¿Qué sucede en el caso del tercer monoteísmo histórico, el Islam, en relación al ethos universalizante que proponemos y que estudiamos? …

Si san Mateo apunta hacia los profetas judíos en su texto, que son tradicionalmente los hombres que proclaman, que dicen sin temor de parte de Dios aquello que se les transmite, tal vez no sea demasiado extraño que el Islam apunte a un “Hadiz” … es decir, a un dicho también profético, en este caso, del profeta islámico por excelencia: Muhammad, puesto por escrito en una época posterior a su muerte (632).

Como es bien sabido, las colecciones de hadices constituyen la “Sunnah” o la colección de series y de comportamientos que, a través del ejemplo del actuar histórico supremo del profeta Muhammad, deben ser observados por todos los musulmanes sin excepción.

Antedichos comportamientos son considerados como preceptivos y constituyen incluso un material teológico complementario al Corán y por ende nada despreciable entre los muy mayoritarios sunnitas.

Pues bien, centrémonos en el Hadiz 20 que dice así: “Ninguno de vosotros es creyente mientras no prefiera para su hermano lo que prefiere para sí mismo”. Aquí nuestra sorpresa es sin duda – admitámoslo - algo mayor puesto que a pesar de que el Islam sea generalmente más desconocido en nuestra cultura occidental, constatamos un ethos absolutamente idéntico al que encontrábamos tanto en el judaísmo como también en el cristianismo.

No necesitamos buscar demasiado más allá puesto que nuestro pequeño escrutinio se circunscribía metodológicamente hacia los monoteísmos históricos. A pesar de ello, permitirá el amable lector que enunciemos al final de nuestro texto algunas muy breves sentencias implicando otras religiones pero de idéntico sentido y cuño que el hasta el momento expresado.

Nuestros objetivos metodológicos cumplidos, resumimos: Hemos buscado una norma universal de carácter paradigmático que posea la capacidad de constituirse en un elemento unificador de todo comportamiento religioso, un comportamiento decíamos, que pueda ser predicado a cualquier situación experimentada universalmente por cualquier persona de cualquier creencia religiosa.

Lo hemos hallado centrándonos no obstante entre los monoteísmos históricos, habiéndolos analizado muy someramente desde sus propios elementos internos. En ellos hemos hallado el mismo e idéntico ethos que proponíamos como un valor interiorizado e interno pero que se desplega abarcantemente hacia el exterior de las propias tradiciones religiosas muy brevemente analizadas en busca de plenitud y de universalidad.

Por lo tanto, tratándose de un idéntico ethos, no debiera éste ni las tradiciones que lo implementan, desconfiar ni temer tanto las unas de las otras porque más que el rostro del desconocido se reconoce en su seno interno el rostro de lo común y del hermano reencontrado.

Y es así que podemos juntos asentir los cristianos todos al unisón y sin ambages junto a nuestros hermanos, por diferentes que sean y piensen, con los cuales compartimos humanidad y filiación divina:


Cristianismo: Lucas 6, 31: “Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos”


Judaísmo: Talmud Bad, Shabbat: “Lo que para ti sea detestable no lo hagas a tu prójimo. Esta es toda la Ley. El resto tan solo son comentarios”


Islam: 13 avo de los 40 Hadices de Nawaw: “Ninguno de vosotros no es verdaderamente creyente hasta que no quiera para su hermano aquello que quiera para sí mismo”


Hinduísmo: Mahabharata 5, 15, 17: “No hagas a los demás aquello que si a ti se te hiciera te causaría pena”


Budismo: Sutra Pitaka, Udanavagga 5, 18: “No hieras a los demás con aquello que te haga sufrir a ti”


Sikhismo: Guru Grant Sahib, p. 465: “Si quieres hacerte bien a ti mismo, entonces haz primero el bien a los demás y permanece humilde”


¡Que gran praxis nos proporciona antedicha sabiduría religiosa universal para estas Navidades en las que nace nuestro Redentor!

Miquel Àngel Tarín i Arisó

+ Per Semper Vivit

[1] El profesor Hans Küng concibe el diálogo entre las religiones como parte fundamental de la búsqueda de un “ethos” universal y común del cual pueda participar todo ser humano por el hecho de serlo. En la búsqueda y hallazgo de este “ethos” común la religión ocupa un papel fundamental. Para una información más completa de su pensamiento sobre el particular se pueden consultar los siguientes libros: Proyecto de una ética mundial, Madrid: Trotta, 2006; La ética mundial entendida desde el cristianismo, Madrid: Trotta, 2008; y Ética mundial en América latina, Madrid: Trotta, 2008. Antedicho “ethos” mundial debiera basarse según Hans Küng en cuatro corolarios fundamentales: 1.- Compromiso con la cultura de la no violencia que sea respetuosa con la vida. 2.- Compromiso con la cultura de la solidaridad que trasluzca especialmente un orden económico verdaderamente justo. 3.- Compromiso con una ética de la tolerancia y de la veracidad vital. 4.- Compromiso con una cultura de la igualdad, de los derechos humanos y del respeto de género.


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