COMUNIDAD CRISTIANA Y COMUNIDAD CIVIL

Entiendo por "comunidad cristiana" lo que designamos ordinariamente por "Iglesia" y por "comunidad civil" lo designado como "Estado". La aplicación de un mismo término a dos ámbitos distintos subraya la relación positiva entre estas dos realidades, haciéndonos comprender que se trata aquí de hombres concretos reunidos en una entidad común a fin de proyectar y llevar a término tareas comunes, y no sólo de instituciones. Por otra parte, el término "comunidad" aplicado al estado recuerda a los cristianos que existe una comunidad distinta de la de su marco particular: la civil.

Precisemos rápidamente los términos: La comunidad cristiana es el conjunto de habitantes de una misma localidad, región o país, que han sido llamados de entre los demás y han sido reunidos a causa del común reconocimiento de Jesucristo y la vocación que han recibido de anunciar su nombre. La razón de ser, el sentido y el fin de esta asamblea (ekklesía) es la participación de una forma de vida común creada únicamente por el Espíritu, vida de sometimiento a la palabra de Dios en Jesucristo, palabra oída, que debe ser reescuchada incesantemente y se ha de transmitir. El rostro interno de esta comunidad es la expresión unánime de la fe, del amor y de la esperanza.

Su rostro externo es la confesión de fe aceptada por todos, el ejercicio colectivo de la responsabilidad del anuncio del nombre de Jesucristo, la adoración y la acción de gracias hechas en común. Por esto cada comunidad cristiana en sí misma es ecuménica - es decir, católica- por definición, solidaria -hasta la unidad- con todas las comunidades cristianas que existen.

La comunidad civil es, a su vez, el conjunto de habitantes de una misma localidad, región o país, ligados entre sí por un estatuto legal, válido y obligatorio para todos, establecido y garantizado por la sujeción. La razón de ser, el sentido y el fin de esta comunidad -tarea política- consiste en asegurar a los individuos una libertad exterior, relativa y provisional, y al conjunto una paz también relativa, exterior y provisional, a fin de garantizar al marco de la vida individual y colectiva un rasgo de humanidad. Sus medios principales son las leyes que determinan el orden válido para todos, el gobierno y la administración, que asegura la aplicación práctica de las leyes y el aparato judicial que dirime en caso de duda o conflicto.

Diferencias entre ambas comunidades

La comunidad civil engloba a todos los ciudadanos, cristianos o no. Por esto es incapaz de concienciar homogéneamente su relación con Dios, y no puede apelar a la Palabra o al Espíritu para establecer su orden propio. En sí misma es espiritualmente ciega e ignorante: no tiene la fe ni el amor ni la esperanza. En ella, no hay confesión de fe, ni mensaje que anunciar, no se reza ni se es hermano o hermana. A nivel religioso - "religión" es la única palabra que tiene para designar el ámbito propio de la Iglesia- su

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sabiduría suprema es la tolerancia. Por esta razón sus tareas son siempre exteriores, relativas, provisionales. Por lo mismo ha de cargar con métodos de coacción física - "brazo secular"-, extraños por definición a la comunidad cristiana. Le falta lo que es esencial a la Iglesia: la ecumenicidad. La ciudad tiene muros; está más o menos cerrada con relación a otras, con los conflictos que esto supone. Por esto le falta correctivo o defensa para poder esquivar una doble tentación: la de descuidar sus instituciones o la de erigirlas en absolutos, tentaciones que constituyen la causa de su ruina. Vista desde la Iglesia, la "otra" comunidad aparece en su carácter frágil, vulnerable y provisional.

Sin embargo, la comunidad cristiana no puede mirar con paternalismo al estado. ¿Se puede establecer una clara línea divisoria entre creyentes sinceros y dudosos? Ni la Palabra ni el Espíritu están a nuestra disposición. Puede haber iglesias muertas, sin fe, sin esperanza, y sin amor. Es verdad que la Iglesia ha renunciado a la coacción física, pero de hecho esto se debe a que no tiene posibilidad alguna de emplearla. Tampoco faltan en el seno eclesial luchas emprendidas para asegurarse posiciones de dominio. Y la ecumenicidad ha faltado tanto que ha sido necesario crear un movimiento ecuménico especial.

Relaciones positivas entre Iglesia y estado

No podemos contentarnos con subrayar las diferencias: los elementos de la comunidad civil son también elementos constitutivos de la cristiana. La misma palabra ekklesía está tomada del ámbito político y hay también un "estatuto legal", un "derecho eclesial" con fuerza obligatoria, que sin tener fin en sí mismo, ha de ser erigido en la Iglesia como signo en el mundo del señorío de Cristo; la comunidad cristiana vive como politeia con sus autoridades y funciones propias. Pero lo decisivo radica en esto: la Iglesia tiende, como "luz del mundo", a dirigirse a todos, y es por todos que ha recibido su mensaje. Porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, la Iglesia ora también en favor de los "reyes", es decir, de aquellos que tienen determinadas responsabilidades en el ámbito ciudadano. En este sentido la existencia de la comunidad cristiana en lugar de ser apolítica es, sobre todo, política. Más aún, según el NT el objeto de la promesa y de la esperanza cristiana no es una Iglesia eterna sino una Ciudad (Ap 21, 2. 24; Flp 3, 20), la basileia de Cristo (Mt 25, 31). Si esto es así ¿podemos disimular el alcance político de la Igle sia?

Por otra parte, la comunidad cristiana conoce por qué es necesaria la existencia de la comunidad civil. Sabe que los hombres tienen necesidad de "reyes", es decir, de seres colocados bajo un orden legal, relativo y provisional, protegido por una autoridad y poder superiores. Es verdad que la Iglesia conoce la forma auténtica de este reino original y definitivo que se manifestará en el reino eterno de Dios y en la eterna justicia de su gracia: es el objeto de su anuncio. Ahora bien, precisamente por este saber del Reino manifestado en Jesucristo le es dado conocer la vastedad del orgullo humano y sus terribles consecuencias. Sabe de la peligrosidad del hombre y qué amenaza es para sí mismo. La Iglesia conoce al hombre pecador, es decir, al ser que es capaz de abrir las esclusas del caos y la nada y de dar fin al tiempo de gracia que Dios le ha dado, tiempo en el que vive la Iglesia: tiempo sometido a la irrupción del caos y la nada, pero tiempo protegido precisamente por la existencia de la comunidad civil y por sus esfuerzos en el plano de lo relativo, provisional y externo, para "humanizar" la condición del hombre e impedir que se produzca lo peor.


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De este modo la Iglesia ve en el estado el efecto de una disposición de Dios, una constante de su providencia destinada al bien del hombre y que contrabalancea su pecado.

Se trata de una exousía, de un "poder" creado en Cristo (Col 1, 16), incapaz de separarnos del amor de Cristo (Rm 8, 37), entregado al Señor (Mt 28, 18). Por esto, la actividad del estado como tal es servicio de Dios; por más que pueda pervertirse adoptando la figura de Pilatos, no cesa de obrar en virtud del poder recibido de Dios (Jn 19, 11) y es esto mismo lo que mide la gravedad de su perversión.

Así la comunidad cristiana, como círculo más pequeño en el interior del círculo más vasto de la comunidad civil, comparte con ella su origen y su centro: el estado no posee una existencia separada del reino de Cristo ni se autofundamenta, sino que es un "indicador" (Exponent) del Reino. Si esto es así, la cuestión de saber qué actitud concreta implica este reconocimiento del estado por parte de la Iglesia en una situación concreta puede permanecer abierta, pero queda excluida de raíz una actitud: la indiferencia política, la existencia de un cristianismo despolitizado. No puede existir una Iglesia neutra frente a una institución tan estrechamente ligada con su propia tarea.


CORRESPONSABILIDAD POLÍTICA

Con todo, es totalmente necesario que la Iglesia se mantenga siendo lo que es. No podría resultar nada bueno para la comunidad civil si la cristiana intentara disolverse en el seno del estado, renunciando a su misión particular: el anuncio de la soberanía de Jesucristo y la esperanza del Reino que viene. Anuncio que la comunidad civil tiene absoluta necesidad de oír, porque no puede dar respuesta a las "grandes preguntas" y porque, en definitiva, no puede afrontar airosamente la bybris humana y el caos consecuente. En lo que a esto respecta no puede menos de reconocer que la palabra y la ciencia última están en otro lugar.

Por otra parte es imposible que la comunidad cristiana deje de existir: los hombres no podrían ya oír la voz que proclama, en última instancia, la única esperanza y el socorro último del que tienen absoluta necesidad.

Por esto la comunidad cristiana participa en la civil en la medida en que cumple su tarea propia fielmente: al creer en Jesucristo y anunciarlo, reconoce y proclama al que es Señor del mundo y de la Iglesia. Y sus miembros no pueden dejar de actuar en conformidad con su actitud de fe, de amor y de esperanza. En el marco de la comunidad civil la Iglesia es solidaria del mundo y debe practicar decididamente esta solidaridad. Ora por el mundo y se hace por esto responsable de él. Ora por la ciudad y por esto obra en favor de la ciudad, "sometiéndose" a ella, es decir, corresponsabilizándose (Rm 13, 1).


La libertad comprometida de la Iglesia

Esta corresponsabilidad no significa tener que representar y defender una teoría propia referente a la estructura y sustancia del estado: la Iglesia no está capacitada para ello.


El ejercicio de la corresponsabilidad significa que la Iglesia busca humanamente la mejor forma de estado, pero lo hace consciente de los límites de cualquier realización humana en este dominio. Y lo que es decisivo: ante todas las concepciones políticas del momento tiene el deber, dado que anuncia el Reino, de hacer valer sus esperanzas y sus preguntas. Ante todas las realizaciones políticas, porque ninguna de ellas se identifica con el Reino, la Iglesia espera la "ciudad que tiene fundamento sólido porque Dios es su arquitecto y constructor" (Hb 11, 10) y se confía a la Palabra que lo sostiene todo, incluso las realidades políticas.

De este modo la Iglesia es libre ante todos los sistemas políticos. Sólo así se puede responsabilizar de la forma y realidad de la comunidad civil en un sentido muy preciso. Al preguntarse qué quiere ante Dios en el plano político ejerce su corresponsabilidad política. En cada caso concreto, utilizando como criterio el conocimiento que tiene de su Señor, Señor de toda la realidad, ha de "discernir" entre el estado justo y el injusto, entre orden y arbitrariedad, entre poder y tiranía, entre libertad y anarquía, entre comunidad y colectivismo, entre derechos de la persona e individualismo. Según el juicio que se haya formado podrá escoger y querer determinado régimen y rechazar otro, comprometiéndose por uno y oponiéndose al otro. Tal actitud de discernimiento, juicio, elección, compromiso y decisiones prácticas define la corresponsabilidad política de la Iglesia: es así como la Iglesia se "somete" a la comunidad civil.

Evangelio y derecho natural

Ahora bien, las decisiones prácticas que la Iglesia debe adoptar no pueden inspirarse en un programa preestablecido, sino en una orientación directriz. Pero para poder determinarla no puede apelar a un discutible derecho natural. Si lo hiciera la comunidad cristiana se apropiaría indebidamente de los métodos propios de la civil (todavía o de nuevo ignorante) sin tener en cuenta el centro del que una y otra dependen. Así dejaría de ser sal y luz. En lugar de declararse solidaria se identificaría sin más con el estado y no le aportaría el menor servicio. ¿Acaso no le falta al estado, a causa de su neutralidad con respecto a la palabra de Dios, un princ ipio más seguro y claro que el simple derecho natural, entendiendo por tal lo que el hombre de modo general y universal considera como justo o injusto? Cierto, la comunidad civil, que todavía no ha sido iluminada por Aquel que es su centro, no tiene más elección que hablar, obrar y pensar a partir de este derecho, o mejor dicho, a partir de la concepción que de él se hace siguiendo las épocas de la historia, con sus tanteos y errores. Pero la comunidad cristiana no puede ejercer su responsabilidad buscando un derecho ideal y fundando sus decisiones a partir de un criterio puramente humanista: participaría de las ilusiones y confusiones propias del hombre, abandonando su propio camino. Es verdad que las decisiones que la Iglesia debe adoptar y que le interesan no son "deberes y problemas cristianos", sino que tienen más bien carácter profano, temporal, "natural". Pero no es menos verdad que su centro de orientación no es un dato natural, sino una norma espiritual, la única digna de fe y determinante.

El conocimiento del verdadero criterio de sus decisiones dará a la Iglesia la libertad de comprometerse con buena conciencia en la actividad política. Lo cual supone ante todo que no descenderá jamás a la arena política para defender su propia causa, ya que está puesta al servicio de Dios y por eso al servicio de los hombres. No puede utilizar al estado en provecho propio, ni reivindicar los derechos que éste le deba. Si acontece que le son retirados quizá tendrá que preguntarse por su propia actuación frente a la comunidad civil y... arrepentirse.

Iglesia, reino de Dios y estado

Pero el criterio de discernimiento tampoco será sin más el reino de Dios. La Iglesia es "llamada" del Reino, lo cual no significa que deba pedir al estado que se convierta progresivamente en el Reino, en el que Dios será todo en todos, sin problema ni contradicción. Sólo en este Reino habrán desaparecido la exterioridad, la relatividad y la provisionalidad para dar lugar a lo interior, a lo absoluto, a lo permanente: ya no habrá pecado que enderezar ni caos amenazante; será la pública manifestación del señorío universal de Cristo a gloria del Padre. De este Reino el estado no tiene, propiamente, conocimiento. A lo más conoce las utopías que se siguen del derecho natural. La Iglesia, en cambio, anuncia en Cristo su venida y su retorno. Pero esto no puede significar que intente introducir una organización política a imagen del Reino. Con otras palabras, cuando la Iglesia postula el advenimiento del Reino en el marco del estado, obrando en el sentido de una política idealista, ha sustituido el auténtico mensaje de la basileia de Dios por una utopía. Si este fuera el caso sería necesario recordarle que el Reino es realidad futura.

Con todo, la decisión política de la Iglesia tiene relación con el doble carácter del estado, de proporcionar y necesitar la recepción de una imagen análoga del Reino anunciado por la Iglesia. Es verdad que el Estado posee su propia realidad frente a la Iglesia y al Reino, pero al estar fundado en la gracia y por pertenecer de hecho al señorío de Cristo no es autónomo: por esto no se puede hablar de una diferencia absoluta entre ciudad e Iglesia, ni entre ciudad y Reino. El estado y su justicia son una parábola, una analogía, una correlación del Reino, objeto de la fe y la esperanza de la comunidad cristiana. De aquí que la ciudad sea capaz de reflejar indirectamente, como en un espejo, la verdad y realidad del Reino. Por otra parte, la existencia y la justicia del estado están amenazadas, y por eso necesita el estado que le sean incesantemente recordadas las exigencias de la justicia y del Reino que representa. Tiene necesidad de que le sea contada una historia cuyo fin y contenido le ayuden a convertirse en su analogía, en su parábola, pudiendo cumplir así con su tarea. Necesita por esto de la presencia, molesta y salvadora, de la comunidad cristiana en el ejercicio de su corresponsabilidad política, ya que dicha comunidad sin ser el Reino, lo conoce, lo espera y lo anuncia, y ante el cual no es neutra ni indiferente: su iniciativa a nivel político consistirá siempre en iluminar la relación que existe entre el orden político y el de la gracia. Por eso los cristianos tendrán que discernir y elegir, entre las diversas posibilidades, aquellas cuya realización les parece ser una analogía, un reflejo del contenido de su esperanza: aquellas en las que el señorío de Cristo no queda oscurecido sino patentizado. Al hacerlo son responsables, en primera y última instancia, sólo ante Dios que revela en Cristo su misericordia. Y por lo mismo sus decisiones políticas adquieren el valor -implícito e indirecto, pero real- de testimonio. Su acción política es el modo propio de confesar públicamente su fe. Al hacer "política" la comunidad cristiana manifiesta la fidelidad a su misión y prolonga el movimiento de la historia que hace de la ciudad humana un signo analógico del Reino.

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El criterio evangélico y su transposición política

Ahora bien ¿cómo se ejerce el juicio cristiano de discernimiento político? Ciertamente no se trata de la aplicación de un programa o de una casuística. Tal discernimiento presupone un conocimiento espiritual y profético de la verdad cristiana. La transposición del evangelio a la vida política puede ser aclarada con algunos ejemplos, con tal de que los relativicemos y los tomemos como lo que son, como ejemplos. Con ellos sólo se pretende mostrar la posibilidad y la necesidad de las decisiones de la Iglesia en el ámbito de la política:

a) La comunidad cristiana se funda en el conocimiento del Dios único hecho hombre. De lo cual resulta que en la esfera política la Iglesia deberá atender siempre al hombre y no a las "cosas" en sí (capital anónimo, honor nacional, progreso). Y así no entrará en el juego de aquellos que, bajo pretexto de buscar el bienestar de generaciones futuras, pisotean la dignidad del hombre presente. El derecho se transforma en su contrario cuando pretende señorear abstractamente al hombre en lugar de ponerse a su servicio. Por esto la Iglesia es desde siempre el enemigo declarado del dios-estado. Desde que Dios se la hecho hombre, el hombre (¡no su egoísmo!) es la medida de todo. El más miserable de los hombres ha de ser protegido de la tiranía de las cosas. No es el hombre para el derecho, sino el derecho para el hombre.

b) La comunidad cristiana es testigo de la justificación de Dios, del acto por el cual Dios establece definitivamente en Jesucristo su derecho sobre el hombre y, por esto, el derecho del hombre sobre el pecado y la muerte. De lo cual se desprende que ha de encontrarse siempre al lado de un orden político que repose sobre la obligación que cada uno tiene de aceptar el derecho reconocido por todos. A condición de que nadie sea excluido de la protección que el derecho asegura. Por lo mismo se encontrará tan lejos de la anarquía como de la tiranía.

c) La comunidad cristiana es testigo del Hijo del hombre que ha venido a buscar lo que estaba perdido. Lo cual significa que, liberada de toda falsa imparcialidad, optará a nivel político en favor de los que están abajo. Intervendrá preferentemente en favor de los más amenazados económica y socialmente. El amor que testimonia a los pobres en forma de diakonía no le eximirá del deber de intervenir en favor de una legislación en la que la igualdad de todos ante la ley no pueda enmascarar una desigualdad de hecho. A nivel político la comunidad cristiana está necesariamente comprometida en el combate por la justicia social. Entre las diferentes soluciones socialistas sabrá escoger aquella de la que pueda esperar en un momento dado el grado más alto de justicia social.

d) La comunidad cristiana es la comunidad de los llamados a la libertad de hijos de Dios. Por esto reconoce la libertad como el derecho fundamental que la comunidad civil está obligada a garantizar a cada ciudadano. Podrá aceptar momentáneamente una dictadura práctica que limite parcialmente las libertades cívicas. Pero se opondrá y se sustraerá en cualquier caso muna dictadura erigida en principio de gobierno, es decir, al estado totalitario. El cristiano adulto ha de vivir como ciudadano adulto. Y no sabe exigir menos a sus conciudadanos.

e) Por pertenecer a un mismo cuerpo cuya cabeza es Jesucristo, los cristianos se saben unidos a su Señor y entre sí. Y así la libertad política debe ser entendida a la luz de la

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responsabilidad que implica pa ra cada uno. El ciudadano es responsable de las decisiones que toma en el marco de la libertad garantizada. Por eso su actitud está por encima del colectivismo y del individualismo. Ni el conjunto, ni el individuo pueden dirigir el derecho sino reclamarlo, descubrirlo y servirlo.

f) Como comunidad que vive bajo un único Señor la comunidad cristiana, consciente de la diversidad, está obligada a intervenir en favor de la igualdad en la libertad y responsabilidad del ciudadano adulto. Igualdad que no puede ser restringida por ninguna diferencia de raza, clase o confesión.

g) La comunidad cristiana vive de la revelación de Dios en Cristo, que se manifiesta como luz que destruye las obras de las tinieblas. Vive en el alba del día del Señor que ha comenzado a despuntar. Lo cual significa que la Iglesia se hace enemigo declarado de toda política y diplomacia secretas. La injusticia -también en política- ama la oscuridad. Sucede al revés con la justicia, que tiende a mostrarse a plena luz. La autoridad civil puede y debe hablar de forma que todos oigan y vean, y ha de estar dispuesta a rendir cuentas de sus acciones. La ocultación significa que el estado se ha convertido en anarquía o tiranía, teniendo entonces que colocar un velo ante la conciencia de sus ciudadanos. En este caso la comunidad cristiana no podrá aceptar el sostenimiento de un régimen que da pie a este juego funesto.

h) La comunidad cristiana reposa en la libre palabra de Dios que funda siempre de nuevo su libertad. Cree que la palabra humana es el libre instrumento por el cual resuena la Palabra soberana. Análogamente, ha de confiar en la palabra humana cuando resuena libremente en el marco de la comunidad civil, sabiendo que puede contener una promesa rica de significación. Sabe del poder clarificador de la palabra. Por ello, sin perder de vista el peligro de vaciar las palabras, de inutilizarlas o de mentir, intentará crear un campo de libre discusión abierta. Y estará al lado de los que no quieren aceptar medidas tendentes a dirigir, controlar y censurar la opinión pública. Para la Iglesia no existen circunstancias que legitimen o hagan necesarias tales medidas.

i) La comunidad cristiana, a ejemplo de Jesucristo, es el lugar del servicio y no del dominio. A nivel político considera como patológico un poder que no sea, ante todo, servicio. Todo estado ejerce la coacción, pero lo que distingue al estado justo del injusto es lo que distingue la "potestas" de la "potentia". La primera es la fuerza que brota del derecho y se pone a su servicio; la "potentia" precede al derecho, lo subyuga, lo somete y lo viola. ¿Es preciso mencionar aquí a Hitler? La concepción cristiana del estado va exactamente en dirección contraria.

j) Por su ecumenicidad (catolicidad) la comunidad cristiana se opone en política a todos los intereses de orden puramente local, regional o nacional. Es verdad que está al servicio de la ciudad, pero esto no le impide mirar más allá de los muros de la ciudad. Sabe de la provisionalidad y relatividad de las fronteras. Estará dispuesta siempre a favor de una colaboración más amplia. Ella ha respirado ya el aire de la libertad y debe dar a conocer a los demás esta experiencia.

Hasta aquí algunos ejemplos. Habría mucho que matizar. Pero subrayemos esto: hemos querido partir del evangelio y no del derecho "natural". Si lo hemos reencontrado nos alegramos. El estado pertenece al reino de Cristo, incluso si sus representantes no lo saben o pretenden ignorarlo. Razón de más para que la comunidad cristiana testimonie a la ciudad el conocimiento verdaderamente fundado, claramente definido y lógicamente aplicable que ha recibido.


La decisión política cristiana

La realización concreta de la fe a nivel político tropieza con los partidos "cristianos". ¿Son admisibles? ¿o hacen, más bien, que el cristiano caiga en un partidismo no eclesial? Es totalmente necesario que a nivel político los cristianos no se agrupen en un partido especial sino que actúen como hombres que están no contra algunos, sino a favor de todos. La Iglesia tiene la misión de representar analógicamente por sus decisiones el mensaje de Jesucristo que se dirige a todos. Tales decisiones no pueden tener realidad y eficacia si no es como testimonio (¡y no basta con decirlo para que efectivamente lo sea!). Así me parece fatal que en un "partido cris tiano" sea precisamente lo cristiano aquello que obstaculiza en la esfera política. Sucederá forzosamente que los fines y medios que el partido emplee oscurezcan más que patenticen el mensaje de Jesucristo. En realidad, un "partido cristiano" no hace más que comprometer a la comunidad cristiana. Cuando ésta acepta ser representada por un partido político se hace incapaz de ser la sal política que debería ser para la ciudad.

La proclamación política del evangelio


La posibilidad única para la Iglesia, a nivel político, consiste únicamente en anunciar con toda su amplitud el evangelio de la gracia de Dios, única justificación de todo el hombre, incluso del político: es decir, anunciar el evangelio cuyo contenido es el reino de Dios todavía escondido y político por naturaleza. Si la predicación, la enseñanza y la pastoral interpretan la escritura como conviene y saben dirigirse realmente al hombre (sea o no cristiano), el evangelio será a la vez político y profético. La explicación del mensaje cristiano y su aplicación al "hoy" político se dará siempre que la comunidad se reúna para servir auténticamente al evangelio. Pero esto no depende únicamente del predicador. No sería buena señal que la parroquia temiera el sermón con alcance político: ¿es que en realidad puede tener otro alcance? Si no lo tuviera dejaría de ser sal y luz del mundo. Una parroquia consciente de su responsabilidad política deseará y exigirá que la predicación tenga carácter político y lo sabrá interpretar así, aun cuando no apareciera explícitamente. Así, el evangelio, anunciado en su dominio propio, sin restricción, proveerá de abundante inquietud cívica a la comunidad civil.


Por la misma razón obra correctamente la Iglesia cuando oficialmente, en momentos decisivos de la vida política, requiere a las autoridades o se manifiesta por medio de públicas proclamaciones. Pero que no dé entonces la sensación de despertar de un largo sopor apolítico.


Sin embargo la mayor contribución que la comunidad cristiana puede aportar a la civil será, sin duda, organizarse alrededor de su centro de gravedad y ser el pequeño círculo en el que el estado verdadero pueda encontrar su prototipo. La predicación del evangelio sería inútil si el evangelio no dirige a esto todo pensamiento, toda acción, toda decisión. ¿Puede referirse la Iglesia a una reforma de la nación si en ella se piensa únicamente en una simple restauración? Y en un país, pongamos por caso, que ha de aprender todo cuanto hace referencia a las nociones más elementales de libertad, de responsabilidad, de igualdad -es decir, los elementos de la democracia-, ¿no es ridículo ver que la Iglesia intensifica su celo jerárquico o burocrático, o que se convierta en el refugio del nacionalismo en circunstancias en que tendría que mostrarse como la santa Iglesia universal? 1. La comunidad cristiana no puede olvidar que sólo por lo que ella es se expresará con claridad ante la comunidad civil.

Si fuera auténticamente "comunidad cristiana" la Iglesia no tendría ninguna necesidad de un partido cristiano. Con sólo su palabra y su presencia llenaría las funciones que vulgarmente se pretende atribuir a la desgraciada creación de un partido de tal tipo. No faltarán entonces cristianos que, anónima e individualmente, sabrán actuar políticamente en conformidad con el mensaje de Cristo; que es el único que salva; no serán "personalidades cristianas". Su verdadera utilidad consistirá en dar a la ciudad nuevos alientos en el sentido de la fe, procurar una nueva libertad de acción. Quizá no haya muchos. Basta con uno verdaderamente decidido. Pero en cualquier caso que no se pida a los cristianos lo que buenamente puedan hacer, sino lo que la gracia de Dios exige de ellos. No importa que se encuentren aislados o que pertenezcan a distintos partidos (que serán, como es natural, acristianos) : se tomarán con seriedad o con humor los programas, consignas, victorias o derrotas del partido en el que se encuentran. Pero sabrán optar, cuando sea preciso, contra el partido en favor de la ciudad. Así se encontrarán unidos, como ciudadanos y como cristianos. Y así lucharán por una misma causa, discerniendo en un mismo Espíritu. Que la Iglesia dé a la ciudad semejantes cristianos, semejantes políticos -en el sentido primitivo de la palabra-; en ellos podrá asumir inmediatamente su corresponsabilidad política.


Notas:

1 Barth se refiere explícitamente a la política alemana de su tiempo. Con todo, creemos que es instructivo el ejemplo. Por eso hemos optado por su no supresión (N. del T.).

Tradujo y condensó: ANTONIO PASCUAL PIQUÉ

Fuente: Christengemeinde und Bürgergemeinde, Theologische Studien 20, Zollikon-Zurich (Stuttgart 1946), 46 pp)

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