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COMUNIDAD CRISTIANA Y COMUNIDAD CIVIL

Entiendo por "comunidad cristiana" lo que designamos ordinariamente por "Iglesia" y por "comunidad civil" lo designado como "Estado". La aplicación de un mismo término a dos ámbitos distintos subraya la relación positiva entre estas dos realidades, haciéndonos comprender que se trata aquí de hombres concretos reunidos en una entidad común a fin de proyectar y llevar a término tareas comunes, y no sólo de instituciones. Por otra parte, el término "comunidad" aplicado al estado recuerda a los cristianos que existe una comunidad distinta de la de su marco particular: la civil.

Precisemos rápidamente los términos: La comunidad cristiana es el conjunto de habitantes de una misma localidad, región o país, que han sido llamados de entre los demás y han sido reunidos a causa del común reconocimiento de Jesucristo y la vocación que han recibido de anunciar su nombre. La razón de ser, el sentido y el fin de esta asamblea (ekklesía) es la participación de una forma de vida común creada únicamente por el Espíritu, vida de sometimiento a la palabra de Dios en Jesucristo, palabra oída, que debe ser reescuchada incesantemente y se ha de transmitir. El rostro interno de esta comunidad es la expresión unánime de la fe, del amor y de la esperanza.

Su rostro externo es la confesión de fe aceptada por todos, el ejercicio colectivo de la responsabilidad del anuncio del nombre de Jesucristo, la adoración y la acción de gracias hechas en común. Por esto cada comunidad cristiana en sí misma es ecuménica - es decir, católica- por definición, solidaria -hasta la unidad- con todas las comunidades cristianas que existen.

La comunidad civil es, a su vez, el conjunto de habitantes de una misma localidad, región o país, ligados entre sí por un estatuto legal, válido y obligatorio para todos, establecido y garantizado por la sujeción. La razón de ser, el sentido y el fin de esta comunidad -tarea política- consiste en asegurar a los individuos una libertad exterior, relativa y provisional, y al conjunto una paz también relativa, exterior y provisional, a fin de garantizar al marco de la vida individual y colectiva un rasgo de humanidad. Sus medios principales son las leyes que determinan el orden válido para todos, el gobierno y la administración, que asegura la aplicación práctica de las leyes y el aparato judicial que dirime en caso de duda o conflicto.

Diferencias entre ambas comunidades

La comunidad civil engloba a todos los ciudadanos, cristianos o no. Por esto es incapaz de concienciar homogéneamente su relación con Dios, y no puede apelar a la Palabra o al Espíritu para establecer su orden propio. En sí misma es espiritualmente ciega e ignorante: no tiene la fe ni el amor ni la esperanza. En ella, no hay confesión de fe, ni mensaje que anunciar, no se reza ni se es hermano o hermana. A nivel religioso - "religión" es la única palabra que tiene para designar el ámbito propio de la Iglesia- su

KARL BARTH

sabiduría suprema es la tolerancia. Por esta razón sus tareas son siempre exteriores, relativas, provisionales. Por lo mismo ha de cargar con métodos de coacción física - "brazo secular"-, extraños por definición a la comunidad cristiana. Le falta lo que es esencial a la Iglesia: la ecumenicidad. La ciudad tiene muros; está más o menos cerrada con relación a otras, con los conflictos que esto supone. Por esto le falta correctivo o defensa para poder esquivar una doble tentación: la de descuidar sus instituciones o la de erigirlas en absolutos, tentaciones que constituyen la causa de su ruina. Vista desde la Iglesia, la "otra" comunidad aparece en su carácter frágil, vulnerable y provisional.

Sin embargo, la comunidad cristiana no puede mirar con paternalismo al estado. ¿Se puede establecer una clara línea divisoria entre creyentes sinceros y dudosos? Ni la Palabra ni el Espíritu están a nuestra disposición. Puede haber iglesias muertas, sin fe, sin esperanza, y sin amor. Es verdad que la Iglesia ha renunciado a la coacción física, pero de hecho esto se debe a que no tiene posibilidad alguna de emplearla. Tampoco faltan en el seno eclesial luchas emprendidas para asegurarse posiciones de dominio. Y la ecumenicidad ha faltado tanto que ha sido necesario crear un movimiento ecuménico especial.

Relaciones positivas entre Iglesia y estado

No podemos contentarnos con subrayar las diferencias: los elementos de la comunidad civil son también elementos constitutivos de la cristiana. La misma palabra ekklesía está tomada del ámbito político y hay también un "estatuto legal", un "derecho eclesial" con fuerza obligatoria, que sin tener fin en sí mismo, ha de ser erigido en la Iglesia como signo en el mundo del señorío de Cristo; la comunidad cristiana vive como politeia con sus autoridades y funciones propias. Pero lo decisivo radica en esto: la Iglesia tiende, como "luz del mundo", a dirigirse a todos, y es por todos que ha recibido su mensaje. Porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, la Iglesia ora también en favor de los "reyes", es decir, de aquellos que tienen determinadas responsabilidades en el ámbito ciudadano. En este sentido la existencia de la comunidad cristiana en lugar de ser apolítica es, sobre todo, política. Más aún, según el NT el objeto de la promesa y de la esperanza cristiana no es una Iglesia eterna sino una Ciudad (Ap 21, 2. 24; Flp 3, 20), la basileia de Cristo (Mt 25, 31). Si esto es así ¿podemos disimular el alcance político de la Igle sia?

Por otra parte, la comunidad cristiana conoce por qué es necesaria la existencia de la comunidad civil. Sabe que los hombres tienen necesidad de "reyes", es decir, de seres colocados bajo un orden legal, relativo y provisional, protegido por una autoridad y poder superiores. Es verdad que la Iglesia conoce la forma auténtica de este reino original y definitivo que se manifestará en el reino eterno de Dios y en la eterna justicia de su gracia: es el objeto de su anuncio. Ahora bien, precisamente por este saber del Reino manifestado en Jesucristo le es dado conocer la vastedad del orgullo humano y sus terribles consecuencias. Sabe de la peligrosidad del hombre y qué amenaza es para sí mismo. La Iglesia conoce al hombre pecador, es decir, al ser que es capaz de abrir las esclusas del caos y la nada y de dar fin al tiempo de gracia que Dios le ha dado, tiempo en el que vive la Iglesia: tiempo sometido a la irrupción del caos y la nada, pero tiempo protegido precisamente por la existencia de la comunidad civil y por sus esfuerzos en el plano de lo relativo, provisional y externo, para "humanizar" la condición del hombre e impedir que se produzca lo peor.


KARL BARTH

De este modo la Iglesia ve en el estado el efecto de una disposición de Dios, una constante de su providencia destinada al bien del hombre y que contrabalancea su pecado.

Se trata de una exousía, de un "poder" creado en Cristo (Col 1, 16), incapaz de separarnos del amor de Cristo (Rm 8, 37), entregado al Señor (Mt 28, 18). Por esto, la actividad del estado como tal es servicio de Dios; por más que pueda pervertirse adoptando la figura de Pilatos, no cesa de obrar en virtud del poder recibido de Dios (Jn 19, 11) y es esto mismo lo que mide la gravedad de su perversión.

Así la comunidad cristiana, como círculo más pequeño en el interior del círculo más vasto de la comunidad civil, comparte con ella su origen y su centro: el estado no posee una existencia separada del reino de Cristo ni se autofundamenta, sino que es un "indicador" (Exponent) del Reino. Si esto es así, la cuestión de saber qué actitud concreta implica este reconocimiento del estado por parte de la Iglesia en una situación concreta puede permanecer abierta, pero queda excluida de raíz una actitud: la indiferencia política, la existencia de un cristianismo despolitizado. No puede existir una Iglesia neutra frente a una institución tan estrechamente ligada con su propia tarea.


CORRESPONSABILIDAD POLÍTICA

Con todo, es totalmente necesario que la Iglesia se mantenga siendo lo que es. No podría resultar nada bueno para la comunidad civil si la cristiana intentara disolverse en el seno del estado, renunciando a su misión particular: el anuncio de la soberanía de Jesucristo y la esperanza del Reino que viene. Anuncio que la comunidad civil tiene absoluta necesidad de oír, porque no puede dar respuesta a las "grandes preguntas" y porque, en definitiva, no puede afrontar airosamente la bybris humana y el caos consecuente. En lo que a esto respecta no puede menos de reconocer que la palabra y la ciencia última están en otro lugar.

Por otra parte es imposible que la comunidad cristiana deje de existir: los hombres no podrían ya oír la voz que proclama, en última instancia, la única esperanza y el socorro último del que tienen absoluta necesidad.

Por esto la comunidad cristiana participa en la civil en la medida en que cumple su tarea propia fielmente: al creer en Jesucristo y anunciarlo, reconoce y proclama al que es Señor del mundo y de la Iglesia. Y sus miembros no pueden dejar de actuar en conformidad con su actitud de fe, de amor y de esperanza. En el marco de la comunidad civil la Iglesia es solidaria del mundo y debe practicar decididamente esta solidaridad. Ora por el mundo y se hace por esto responsable de él. Ora por la ciudad y por esto obra en favor de la ciudad, "sometiéndose" a ella, es decir, corresponsabilizándose (Rm 13, 1).


La libertad comprometida de la Iglesia

Esta corresponsabilidad no significa tener que representar y defender una teoría propia referente a la estructura y sustancia del estado: la Iglesia no está capacitada para ello.


El ejercicio de la corresponsabilidad significa que la Iglesia busca humanamente la mejor forma de estado, pero lo hace consciente de los límites de cualquier realización humana en este dominio. Y lo que es decisivo: ante todas las concepciones políticas del momento tiene el deber, dado que anuncia el Reino, de hacer valer sus esperanzas y sus preguntas. Ante todas las realizaciones políticas, porque ninguna de ellas se identifica con el Reino, la Iglesia espera la "ciudad que tiene fundamento sólido porque Dios es su arquitecto y constructor" (Hb 11, 10) y se confía a la Palabra que lo sostiene todo, incluso las realidades políticas.

De este modo la Iglesia es libre ante todos los sistemas políticos. Sólo así se puede responsabilizar de la forma y realidad de la comunidad civil en un sentido muy preciso. Al preguntarse qué quiere ante Dios en el plano político ejerce su corresponsabilidad política. En cada caso concreto, utilizando como criterio el conocimiento que tiene de su Señor, Señor de toda la realidad, ha de "discernir" entre el estado justo y el injusto, entre orden y arbitrariedad, entre poder y tiranía, entre libertad y anarquía, entre comunidad y colectivismo, entre derechos de la persona e individualismo. Según el juicio que se haya formado podrá escoger y querer determinado régimen y rechazar otro, comprometiéndose por uno y oponiéndose al otro. Tal actitud de discernimiento, juicio, elección, compromiso y decisiones prácticas define la corresponsabilidad política de la Iglesia: es así como la Iglesia se "somete" a la comunidad civil.

Evangelio y derecho natural

Ahora bien, las decisiones prácticas que la Iglesia debe adoptar no pueden inspirarse en un programa preestablecido, sino en una orientación directriz. Pero para poder determinarla no puede apelar a un discutible derecho natural. Si lo hiciera la comunidad cristiana se apropiaría indebidamente de los métodos propios de la civil (todavía o de nuevo ignorante) sin tener en cuenta el centro del que una y otra dependen. Así dejaría de ser sal y luz. En lugar de declararse solidaria se identificaría sin más con el estado y no le aportaría el menor servicio. ¿Acaso no le falta al estado, a causa de su neutralidad con respecto a la palabra de Dios, un princ ipio más seguro y claro que el simple derecho natural, entendiendo por tal lo que el hombre de modo general y universal considera como justo o injusto? Cierto, la comunidad civil, que todavía no ha sido iluminada por Aquel que es su centro, no tiene más elección que hablar, obrar y pensar a partir de este derecho, o mejor dicho, a partir de la concepción que de él se hace siguiendo las épocas de la historia, con sus tanteos y errores. Pero la comunidad cristiana no puede ejercer su responsabilidad buscando un derecho ideal y fundando sus decisiones a partir de un criterio puramente humanista: participaría de las ilusiones y confusiones propias del hombre, abandonando su propio camino. Es verdad que las decisiones que la Iglesia debe adoptar y que le interesan no son "deberes y problemas cristianos", sino que tienen más bien carácter profano, temporal, "natural". Pero no es menos verdad que su centro de orientación no es un dato natural, sino una norma espiritual, la única digna de fe y determinante.

El conocimiento del verdadero criterio de sus decisiones dará a la Iglesia la libertad de comprometerse con buena conciencia en la actividad política. Lo cual supone ante todo que no descenderá jamás a la arena política para defender su propia causa, ya que está puesta al servicio de Dios y por eso al servicio de los hombres. No puede utilizar al estado en provecho propio, ni reivindicar los derechos que éste le deba. Si acontece que le son retirados quizá tendrá que preguntarse por su propia actuación frente a la comunidad civil y... arrepentirse.

Iglesia, reino de Dios y estado

Pero el criterio de discernimiento tampoco será sin más el reino de Dios. La Iglesia es "llamada" del Reino, lo cual no significa que deba pedir al estado que se convierta progresivamente en el Reino, en el que Dios será todo en todos, sin problema ni contradicción. Sólo en este Reino habrán desaparecido la exterioridad, la relatividad y la provisionalidad para dar lugar a lo interior, a lo absoluto, a lo permanente: ya no habrá pecado que enderezar ni caos amenazante; será la pública manifestación del señorío universal de Cristo a gloria del Padre. De este Reino el estado no tiene, propiamente, conocimiento. A lo más conoce las utopías que se siguen del derecho natural. La Iglesia, en cambio, anuncia en Cristo su venida y su retorno. Pero esto no puede significar que intente introducir una organización política a imagen del Reino. Con otras palabras, cuando la Iglesia postula el advenimiento del Reino en el marco del estado, obrando en el sentido de una política idealista, ha sustituido el auténtico mensaje de la basileia de Dios por una utopía. Si este fuera el caso sería necesario recordarle que el Reino es realidad futura.

Con todo, la decisión política de la Iglesia tiene relación con el doble carácter del estado, de proporcionar y necesitar la recepción de una imagen análoga del Reino anunciado por la Iglesia. Es verdad que el Estado posee su propia realidad frente a la Iglesia y al Reino, pero al estar fundado en la gracia y por pertenecer de hecho al señorío de Cristo no es autónomo: por esto no se puede hablar de una diferencia absoluta entre ciudad e Iglesia, ni entre ciudad y Reino. El estado y su justicia son una parábola, una analogía, una correlación del Reino, objeto de la fe y la esperanza de la comunidad cristiana. De aquí que la ciudad sea capaz de reflejar indirectamente, como en un espejo, la verdad y realidad del Reino. Por otra parte, la existencia y la justicia del estado están amenazadas, y por eso necesita el estado que le sean incesantemente recordadas las exigencias de la justicia y del Reino que representa. Tiene necesidad de que le sea contada una historia cuyo fin y contenido le ayuden a convertirse en su analogía, en su parábola, pudiendo cumplir así con su tarea. Necesita por esto de la presencia, molesta y salvadora, de la comunidad cristiana en el ejercicio de su corresponsabilidad política, ya que dicha comunidad sin ser el Reino, lo conoce, lo espera y lo anuncia, y ante el cual no es neutra ni indiferente: su iniciativa a nivel político consistirá siempre en iluminar la relación que existe entre el orden político y el de la gracia. Por eso los cristianos tendrán que discernir y elegir, entre las diversas posibilidades, aquellas cuya realización les parece ser una analogía, un reflejo del contenido de su esperanza: aquellas en las que el señorío de Cristo no queda oscurecido sino patentizado. Al hacerlo son responsables, en primera y última instancia, sólo ante Dios que revela en Cristo su misericordia. Y por lo mismo sus decisiones políticas adquieren el valor -implícito e indirecto, pero real- de t