¿HA MUERTO DIOS? O DOS MANERAS SEGURAS DE MATAR A DIOS



Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga


¿Matar a Dios? La pregunta suena a algo absurdo entendida en su sentido más literal, sobre todo si se plantea en un entorno de creyentes monoteístas, ya sean cristianos, judíos o musulmanes. Carece de lógica pretender asociar la idea de la muerte con el Dios Eterno, el único ontológicamente inmortal (1 Tm. 6:16). Sin embargo, durante siglos se ha designado paradójicamente a los judíos en medios cristianos como “el pueblo deicida”, vale decir, “el pueblo que mató a Dios”, en relación con la crucifixión de Cristo, proporcionando así un buen subterfugio ideológico al antisemitismo europeo. Y por no cansar al amable lector, solo añadimos la célebre declaración del filósofo alemán Nietzsche “Dios ha muerto. Nosotros lo hemos matado”, basada en el aforismo 125 de su obra La gaya ciencia, y que tantas interpretaciones ha tenido desde que se escribiera, muy alejadas en ocasiones de su significado y su propósito originales.

Aunque ontológicamente hablando nadie pueda matar a Dios, es posible “matarlo” y hasta “asesinarlo brutalmente” en las mentes y las conciencias humanas presentándolo con un rostro y unos colores tan horribles que su rechazo sea más fácil que su aceptación. Desgraciadamente, las tres grandes religiones monoteístas (o “religiones abrahámicas”, también conocidas en ciertos círculos como “religiones reveladas”) saben mucho acerca de este tema.

Son múltiples y variadas las maneras de “matar” a Dios. Nos limitaremos a presentar dos de ellas, tal vez las más extendidas a lo largo de la historia y en nuestros propios días:

La primera es muy simple: ENCERRÁNDOLO EN UN CÍRCULO ESTRECHO DEL CUAL NO PUEDA SALIR. Circunscribir a Dios a lugares, objetos o ideas muy concretas es uno de los métodos de deicidio más eficaces que han existido jamás. Si pensamos en los antiguos israelitas de tiempos del profeta Jeremías, que literalmente enclaustraban a Dios en el templo de Jerusalén cual talismán protector de la ciudad y el pueblo (Jer. 7:4), o en los extremistas islámicos actuales, que parecen reducir a Dios a su sagrado Corán (o mejor, a ciertas suras del Corán), tenemos una vislumbre bastante clara de lo que queremos decir. Del mismo modo que los antiguos paganos ceñían literalmente a sus divinidades a lugares u objetos considerados sacros (santuarios edificados, colinas, montes, bosques, árboles o animales de valor sagrado, etc.), las religiones monoteístas han caído muchas veces en idéntico error, sin excluir al cristianismo: en la actualidad, especialmente en ámbitos muy concretos, proliferan los movimientos que hacen de la Biblia una manifestación material de Dios, casi una hipóstasis divina, por no mencionar a quienes reducen al Todopoderoso a una concepción teológica o dogmática muy concreta, con exclusión absoluta de todas las demás. Si comparamos esta triste realidad con la declaración salomónica recogida en 1 R. 8:27 (“He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener”), comprendemos que se plantea un enorme problema. Limitar a Dios es cosificarlo, es desposeerlo de su trascendencia, hacer de él un objeto de uso exclusivo o propiedad limitada. Nadie es dueño de Dios ni puede alegar derechos sobre él; nadie está en posesión de la imagen verdadera de Dios, pues él escapa a todo control imaginable. Quien es Señor del universo no puede ser contenido ni explicado por sistemas de pensamiento o creencias meramente humanas. Cuando, en tanto que discípulos de Cristo y creyentes en Dios, proclamamos el evangelio, solo podemos presentar un destello de la gloria divina. Nadie puede pretender abarcar a Dios. Cuanto más nos esforcemos por comprender esta realidad, menos contribuiremos a “matar” a Dios en las conciencias de los hombres.

La segunda es MOSTRANDO DE ÉL UNA FIGURA ODIOSA Y PARTICULARMENTE REPULSIVA. Pese a las pinceladas de colores luminosos que aparecen de vez en cuando en el Antiguo Testamento, el judaísmo como sistema religioso ha proyectado una imagen harto negativa de Dios. Resultan difíciles de digerir los múltiples relatos bíblicos en los que Dios ordena o sanciona genocidios, matanzas, saqueos, crímenes de toda índole radicalmente opuestos al espíritu de Cristo, y desde luego, no queda mejor parado en las disposiciones talmúdicas que dividen a la humanidad en dos bloques irreconciliables (judíos y gentiles) o que restringen la vida de los fieles a la práctica de una serie de ceremonias o de una normativa obsesionada con la pureza ritual. La evolución religiosa del antiguo Israel hacia cierto universalismo, tal como se percibe en algunos profetas (Cf. Is. 2:1-4), pronto quedó paralizada por las reformas restauradoras posteriores a la cautividad babilónica (libros de Esdras y Nehemías), que supusieron una involución en el pensamiento judío. El islam, por su parte, no le ha ido a la zaga, representando en todas sus vertientes un sistema religioso muy similar, “mutatis mutandis”, a lo que debieron ser los hebreos veterotestamentarios y proyectando una imagen divina totalmente distorsionada.

¿Y el cristianismo?, cabría preguntarse. Por desgracia, el mensaje redentor de Jesús —entendido como la revelación suprema de Dios a los hombres (Hb. 1:1-2)— se ha ido oscureciendo a lo largo de la historia de la Iglesia, de modo que, salvo en círculos muy concretos, hoy aparece casi totalmente desprovisto de su prístina claridad en amplios sectores del mundo cristiano actual. Púlpitos donde solo se predica odio mal disimulado contra disidentes religiosos o contra facciones políticas consideradas adversas, por no mencionar grupos sociales particulares, así como un rigorismo moral muy discutible que encubre débilmente ideologías y prácticas farisaicas, proyectan una imagen de Dios realmente repulsiva. El Dios Padre enseñado por Jesús se ha tornado en esos sectores un dios exclusivista, de mente estrecha, inhumano, cruel y casi criminal. Cada vez que leemos o escuchamos sermones en los que se lanzan anatemas contra el mundo o contra la humanidad para generar temor, nos preguntamos dónde está el Dios del Carpintero de Nazaret, o qué rostro le estamos pintando ante el gran público.

No hay otra realidad: ante la patente acusación de deicidio que se podría lanzar, hemos de reconocer que los sistemas religiosos monoteístas, abrahámicos o como los queramos llamar, resultan (¡resultamos!) en general culpables.

Podemos contribuir a la muerte de Dios en la mente de muchos de nuestros contemporáneos, por supuesto sin pretenderlo, pero de manera muy efectiva. Quizás una de las tareas reservadas a los creyentes de nuestro tiempo, y muy especialmente a los creyentes cristianos discípulos de Jesús, sea precisamente “resucitar” a ese Dios al que nuestra historia ha contribuido a “matar”. El remedio puede estar al alcance de nuestras manos: el evangelio de Cristo en tanto que buena nueva, vale decir, el Reino que ya está en medio de nosotros como el proyecto divino para redignificar a nuestra especie. En una palabra, el regreso a las fuentes del cristianismo, que no son otras que los Santos Evangelios, las enseñanzas del Gran Maestro que un día murió en una cruz para darnos la vida que Dios quería que tuviéramos.

SOLI DEO GLORIA



El paganismo clásico grecolatino tampoco hubiera comprendido esta pregunta. Los griegos llamaban a sus divinidades “theoí athánatoi”, los “dii immortales” de los poetas romanos. Y si alguna deidad de su panteón moría o era muerta (por ejemplo, Baco), pronto volvía a la vida. Otras formas de paganismo, en cambio, sí admiten la muerte y desaparición definitiva de las divinidades.


El papa Juan XXIII exoneró a los judíos de esta grave acusación en el documento Nostra Aetate, del Concilio Vaticano II.


No es, al parecer, original de Nietzsche, sino de Hegel. Cf. su obra Fenomenología del espíritu, publicada en castellano por el Fondo de Cultura Económica (FCE), pp. 435 y 436.


El Antiguo Testamento prodiga numerosos ejemplos, incluso en la toponimia palestina, de esta realidad patente en el paganismo cananeo al que se enfrentó el pueblo de Israel.


Las citas bíblicas las tomamos de RVR60.


Para un esbozo de comprensión de estos relatos tan escabrosos y sus medios vitales, véanse las teologías veterotestamentarias clásicas y otras más recientes (Von Rad, Eissfeldt, Jacob, Bruegemann, etc.).

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