EL OPTIMISMO DE JESÚS

No hay opinión más equivocada, y de consecuencias más devastadoras, que aquella que hace de nuestro Señor Jesucristo una figura especialmente tétrica o negativa, únicamente volcada a la muerte, al sufrimiento y a la oscuridad, cual si de una persona mentalmente perturbada se tratara. Por desgracia, esta manera de enfocar la realidad de Jesús de Nazaret ha gestado todo un mundo de oscuridad que en determinados sectores ha permeado el cristianismo haciendo del evangelio no una buena nueva, sino una filosofía destructiva del ser humano.


Por el contrario, los Evangelios canónicos, tal como los leemos en el Nuevo Testamento, nos muestran frecuentes evidencias del temperamento optimista y positivo de Jesús, incluso frente a lo que él preveía era su destino inmediato: la cruz. Un ejemplo patente lo hallamos en el capítulo 4 del Evangelio según San Juan, la conocida historia de la mujer samaritana. El autor, que además de un gran narrador es —¿quién podría hoy ponerlo en duda?— un excelente teólogo[i], en medio de todos los detalles de tan entrañable relato introduce una cuña de elevado valor, una declaración puesta en labios del mismo Jesús, en la que se desvela, no solo la enseñanza fundamental de esta narración concreta, sino todo el trasfondo del Cuarto Evangelio e incluso, nos atrevemos a decir, del pensamiento mismo de nuestro Señor. Lo encontramos en los versículos 34-38, que citamos literalmente a continuación:


“Jesús les dijo:[ii] Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega. Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega. Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores”[iii].


Una simple lectura rápida de este pasaje nos permite entender que el Señor habla de dos cosas diferentes: su propia misión y la de los discípulos, es decir, de la Iglesia universal.


Jesús concibe su misión como el cumplimiento de una voluntad suprema y la finalización de un trabajo, una labor muy específica dictada de lo Alto. Es importante destacar estos conceptos. Todo el Evangelio de Juan, lo mismo que el resto del Nuevo Testamento y del conjunto de la Santa Biblia, apunta al designio inapelable de Dios, Creador y Señor del universo, que en Cristo es nuestro Padre, cuya finalidad es la redención del género humano. La revelación divina contenida en las Sagradas Escrituras señala indefectiblemente a una Deidad omnipotente cuya característica fundamental es el amor, la misericordia hacia los hombres. Ni siquiera las narraciones de color más primitivo del Antiguo Testamento pueden emborronar o difuminar esta imagen del Dios revelado a Israel y al resto del mundo. El conocido texto de Jn. 3:16, que casi todos los creyentes protestantes conocemos de memoria, viene a resumir a la perfección cuanto estamos diciendo. Jesús tiene plena conciencia de que toda su existencia terrenal, su ministerio, obedece al cumplimiento de esta voluntad salvífica inapelable. Dios ha decretado redención y restauración del hombre, de modo que ningún poder, ni en los cielos ni en la tierra, puede oponerse a ello o anularlo. Sean cuales fueren los impedimentos, finalmente el propósito divino hallará su cumplimiento porque tal es la voluntad de Dios Padre. Y su culminación será la cruz. Jesús sabe que ha de concluir esa obra subiendo al madero del Calvario. Quienes han venido diciendo desde hace décadas que el Evangelio de San Juan es el Evangelio de la Glorificación de Jesús[iv], y que esa glorificación pasa por la cruz para alcanzar la Resurrección, han dicho bien; han dado en el clavo, por expresarnos de forma un tanto popular. El Jesús del Cuarto Evangelio se sabe ejecutor de un plan perfecto que requiere su alzamiento en la cruz para así hacer posible la salvación de nuestra gran familia humana[v], pues la voluntad divina no es otra que la total restauración de los hijos de Adán.


Por otro lado, Jesús enfoca la misión de la Iglesia como una ardua labor en la que coexisten el duro trabajo y el gozo para vida eterna, y por encima de todo como una tarea en la que cada uno tiene su propia actividad, pero siempre en estrecha relación con la de los demás. “Uno es el que siembra y otro es el que siega”, hemos leído, conforme a lo que debía ser un refrán o un proverbio popular judío de la época. Esta


sorprendente declaración del Señor supone un fuerte golpe a la filosofía individualista extrema que infecta nuestras sociedades occidentales contemporáneas, en las que se han venido gestando desde hace décadas generaciones enteras de perfectos egoístas absolutos. El universo no gira a nuestro alrededor; el mundo no está hecho para servirnos en exclusiva como si fuéramos déspotas. Los seres humanos, según afirman algunos biólogos, somos eslabones en una cadena evolutiva cuyo alcance está fuera de nuestro horizonte. Desde el punto de vista espiritual, conforme al pensamiento de Jesús, los discípulos de nuestros días, la Iglesia de nuestro tiempo, somos también eslabones en una cadena de bendición cuyo alcance escapa por completo a nuestro control, e incluso a nuestra imaginación más desbordada. Los discípulos de Jesús que aparecen en el relato johánico reciben la comisión divina de segar aquellos campos de Samaria en los que ellos no habían sembrado previamente. Otros, sin duda desconocidos, hicieron las labores preparatorias, pero eran ellos quienes habían de segar. La historia ulterior de la Iglesia universal de Cristo ha seguido las mismas pautas, de modo que hoy nosotros, los creyentes del siglo XXI, segamos y cosechamos lo que quienes nos antecedieron habían sembrado y preparado. Aquellos, sin duda, no sabían que trabajaban para nosotros, pero así es. Y hoy nosotros, que recogemos las labores de otros, a nuestra vez estamos preparando terrenos en los que creyentes futuros entrarán para segar.


Eslabones en una cadena de bendición. Así nos concibe Jesús al contemplar el cumplimiento perfecto de su trabajo. No ha lugar para autoglorificarse ni para envanecerse. Actuamos en la tarea que Cristo nos ha asignado por pura Gracia divina, simple y llanamente. Ni el campo nos pertenece, ni la siembra ni la cosecha son nuestras, pero el Señor nos concede el gozo para vida eterna por haber entrado en la labor. Mejor dicho, por habernos introducido él mismo en la labor que el Padre ha decretado en su sola voluntad.

En resumen, el pensamiento de Cristo es optimista en relación con su misión y con la misión de la Iglesia. ¿Cómo ha de ser el nuestro? La respuesta es más que evidente. Solo nos resta llevarla a la práctica, con la ayuda de Dios.




Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Delegado Diocesano para la Formación Teológica

Iglesia Española Reformada Episcopal

(IERE, Comunión Anglicana)

[i] Braun, F.-M. Jean le Théologien et son Évangile dans l’Église Ancienne. Paris: Gabalda, 1959.

[ii] Se refiere a los discípulos.

[iii] Versión tradicional protestante RVR60.

[iv] Así el gran clásico Käsemann, E. El testamento de Jesús. El lugar histórico del Evangelio de Juan. Salamanca: Ed. Sígueme, 1983, y sus epígonos.

[v] Jn. 12:32. “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”.

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