CANTOS DE LIBERTAD




Afirman los especialistas en Sagrada Escritura que el texto poético de Éxodo 15:1b-18, 21 constituye, además de una de las piezas maestras de la literatura universal, un importante testimonio de la fe del antiguo Israel. Reputado, juntamente con el llamado “Cántico de Débora (y de Barac)” (Jue. 5), como uno de los textos más antiguos de la Santa Biblia y compuesto tal vez en tiempos de la monarquía judaíta (dinastía de David), recoge una de las tradiciones más caras al pueblo hebreo y a sus pensadores de todos los tiempos: la liberación de Israel de la esclavitud egipcia, plasmada en el evento más impactante jamás experimentado a lo largo de su historia, el paso milagroso del mar Rojo.

Ofrecemos a continuación el texto íntegro de este magnífico e inspirado poema, que en la redacción posterior y definitiva del Éxodo se atribuye al propio Moisés (vv. 1b-18) y a su hermana María (v. 21):

1b Cantaré yo al Señor,

porque se ha cubierto de gloria;

ha echado en el mar al caballo y al jinete.

2 El Señor es mi fortaleza y mi cántico.

Ha sido mi salvación.

Este es mi Dios, a quien yo alabaré;

el Dios de mi padre, a quien yo enalteceré.

3 El Señor es un guerrero.

¡El Señor es su nombre!

4 Echó en el mar los carros de Faraón y su ejército.

Lo mejor de sus capitanes, en el mar Rojo se hundió.

5 Los abismos los cubrieron;

descendieron a las profundidades como piedras.

6 Tu diestra, Señor, ha magnificado su poder.

Tu diestra, Señor, ha aplastado al enemigo.

7 Con la grandeza de tu poder

has derribado a los que se levantaron contra ti.

Enviaste tu ira y los consumió como a hojarasca.

8 Al soplo de tu aliento se amontonaron las aguas,

se juntaron las corrientes como en un montón,

los abismos se cuajaron en medio del mar.

9 El enemigo dijo:

«Perseguiré, apresaré,

repartiré despojos;

mi alma se saciará de ellos.

Sacaré mi espada,

los destruirá mi mano».

10 Soplaste con tu viento, los cubrió el mar;

se hundieron como plomo en las impetuosas aguas.

11 ¿Quién como tú, Señor, entre los dioses?

¿Quién como tú, magnífico en santidad,

terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?

12 Extendiste tu diestra;

la tierra los tragó.

13 Condujiste en tu misericordia

a este pueblo que redimiste.

Lo llevaste con tu poder a tu santa morada.

14 Lo oirán los pueblos y temblarán.

El dolor se apoderará de la tierra de los filisteos.

15 Entonces los caudillos de Edom se turbarán,

a los valientes de Moab los asaltará temblor,

se acobardarán todos los habitantes de Canaán.

16 ¡Que caiga sobre ellos temblor y espanto!

Ante la grandeza de tu brazo

enmudezcan como una piedra,

hasta que haya pasado tu pueblo, oh Señor,

hasta que haya pasado este pueblo que tú rescataste.

17 Tú los introducirás y los plantarás

en el monte de tu heredad,

en el lugar donde has preparado, oh Señor, tu morada,

en el santuario que tus manos, oh Señor, han afirmado.

18 ¡El Señor reinará eternamente y para siempre!


21 Cantad al Señor,

porque se ha cubierto de gloria;

ha echado en el mar al caballo y al jinete.

(Nueva Reina-Valera 2018)


Ningún lector actual de la Santa Biblia puede permanecer insensible a toda la imaginería que despliega esta composición, desde el abismo marino sometido al poder del Dios de Israel hasta los ejércitos enemigos destruidos, sin olvidar el temor de las naciones circundantes sabedoras de tal prodigio. No han faltado quienes han señalado estos rasgos, algunos de los cuales de claro origen mítico (abismos acuosos, viento desatado, monte sagrado), como propios de las literaturas del Medio Oriente antiguo, pero nada de ello merma el particular enfoque teológico del compositor, sin duda un vate consumado al mismo tiempo que un instrumento del Espíritu de Dios.

El creyente de hoy, llamado a disfrutar de la lectura de las Sagradas Escrituras tal como las hemos recibido, ha de encontrar en pasajes como este, sin obviar su indiscutible belleza literaria y su trasfondo cultural semítico antiguo, con todo su vitalismo y su impactante colorismo expresivo, una manifestación de principios perennes de vida, siempre a la luz de la revelación suprema, el evangelio de Cristo.

No es porque sí que el libro del Éxodo se constituye, conforme a la opinión de exegetas de renombre, de entre todos los escritos que componen el Antiguo Testamento, como aquel que mejor ejemplifica la redención que más tarde Cristo Jesús llevaría a cabo. Éxodo es el relato detallado de una liberación extraordinaria efectuada en exclusiva por Dios (¡no por fuerzas ni medios humanos!) de un pueblo pequeño y débil sometido a la tiranía de un poder opresor. El Dios del Éxodo, libro en el que revela su nombre verdadero, el Sagrado Tetragrámmaton (YHWH), es alguien que aparece a Israel con la finalidad de rescatarlo. Israel no podrá ya concebir a su Dios si no es bajo este prisma de redención: Dios se revela a Moisés en la zarza ardiente como “el que es”, no en un sentido meramente ontológico o filosófico (“el que es en sí y por sí mismo”), sino en el más puro de la mentalidad semítica antigua: “el que está para ayudar”. De ahí que, en palabras del v. 21, muestre su gloria al arrojar al mar caballos y jinetes. La gloria de Dios es la redención de los cautivos, de los desheredados, de los pobres, de los despreciados o marginados, es decir, de todos aquellos a los que Jesús llamará “mis hermanos más pequeños” (Mt. 25:40) y a los que atribuirá el Reino de los Cielos en las bienaventuranzas.

En ocasiones se ha leído mal este poema de Éxodo 15, especialmente entre quienes solo buscan “pruebas históricas” que confirmen la realidad de lo narrado en sus versos o en el relato en prosa del capítulo 14, lo que ha distorsionado su significado esencial. Los hagiógrafos y autores de la Biblia jamás buscaron dejar “pruebas” de veracidad histórica de los hechos que relataban. Eran conscientes de que suceden a veces acontecimientos que escapan por completo al control o al análisis del hombre, no son medibles ni computables. La Santa Biblia no nos transmite una historia profana, natural o humana, que deba ser sopesada con patrones puramente técnicos o científicos, sino la Historia de la Salvación, la historia de los hechos portentosos de Dios, que tienen lugar en momentos y lugares muy definidos, pero que no pueden ser objeto de estudio en un laboratorio o desenterrados por la piqueta del arqueólogo. De ahí que nadie pueda comprobar ni demostrar lo acaecido en el mar Rojo cuando Dios libera a Israel (¡ni caso a la teología o arqueología ficción de ciertos embaucadores!), pero quede constancia clara de ello como un canto de loor al Señor que redime y salva a su pueblo, porque el mensaje divino siempre es de redención, siempre es de redignificación del ser humano oprimido, siempre conlleva la destrucción de los sistemas que se autoerigen para aplastar la dignidad de la persona portadora de la imagen y la semejanza del Creador.

Y todo ello sin olvidar un detalle de gran importancia, que es la finalidad de esa liberación: introducir a los redimidos en la morada de Dios, como leemos en el v. 17 de este cántico. La historia narrada en el libro del Éxodo y a lo largo de todo el Pentateuco es unánime en presentarnos un pueblo, no siempre agradecido a su Dios, por desgracia, pero siempre dirigido por él, siempre encaminado por él hacia un lugar destinado de antemano, una tierra de bendición. Dicho de otra manera, Dios no rescata a Israel para luego dejarlo abandonado en el desierto a su propia suerte. La aceptación de la redención conlleva la asunción de una presencia divina constante y permanente en la vida de los redimidos. Israel no tiene sentido como nación si Dios no está con él (YHWH, “el que está para ayudar”). La Iglesia de nuestros días no tiene sentido si el Dios Redentor, ahora ya plenamente revelado en la persona y la obra de Cristo Jesús, no es una presencia real en su proclamación, sus ritos y su praxis, y si todo ello no es orientado y dirigido a hacer patente la realidad de la redención entre los seres humanos.

El cántico de Éxodo 15, en definitiva, viene a mostrar verdades perennes del elenco cristiano revestidas con un ropaje literario y teológico muy antiguo, a veces de difícil comprensión, pero ciertamente hermoso. Según el relato que engloba esta composición, el Israel recién liberado cantó a la gloria de su Dios; la Iglesia hoy, también consciente de haber sido redimida, ha de cantar al Dios que libera, rescata y salva, ministerio que solo podrá llevar a cabo de manera exitosa con la ayuda divina, declarando el fin de los sistemas opresores, denunciando sin paliativos la injusticia, y abriendo de par en par sus puertas para invitar a todos a entrar en la morada del Señor y formar parte de su pueblo, su heredad.

Por esta razón podemos decir que el Señor reina para siempre.

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