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El moralismo destructor

 

Las relaciones humanas se pueden encontrar en gran medida impregnadas de un moralismo que en ocasiones se transforma en un factor destructor de la convivencia. Este moralismo aparecía con connotaciones muy negativas en el judaísmo de los tiempos de Jesús y fue condenado por él en innumerables ocasiones tal como puede leerse en los Evangelios repetidamente.

Todas las personas que hayan pasado por una iglesia cristiana probablemente hayan vivido en sus carnes este tipo de situaciones más cercanas al fariseísmo que al discipulado cristiano. Pero la solución para salir del círculo vicioso moralista no es caer en el otro extremo, el de un anarquismo moral fruto del egocentrismo. Como siempre lo difícil es encontrar un equilibrio, esa puerta estrecha donde el Espíritu nos conduce gracias a la oración pero también a la reflexión.

 

Del pensamiento paulino que se desprende de la Epístola a los Efesios, sin entrar en polémicas respecto a su autoría final, podemos obtener buenas respuestas para liberarnos de dicha tensión y poder continuar con nuestro discipulado cristiano que no debemos olvidar que no acaba nunca debido a la natural evolución del ser humano.

 

En Efesios 4, 1-6 por ejemplo se nos dan algunas indicaciones. Se nos pide entre otras cosas que nos soportemos los unos a los otros con amor, llevando una vida en consonancia con el llamamiento que hemos recibido. El problema en general de los cristianos es que no somos demasiado conscientes de ese llamado puesto que lo devaluamos despreciándolo, echándolo en saco roto. La tentación de volver al fariseísmo, tan fácil y cómodo, tan lógico, nos domina y nos dedicamos innumerables veces a condenarnos los unos a los otros. De ahí surgirá la desunión en la iglesia, primero en la propia comunidad, para ir subiendo hacia la universal y así encontrarnos con el lamentable panorama de odio e incomprensión entre las diferentes confesiones cristianas.

 

Si hemos recibido el llamado de la esperanza cristiana debemos de alejarnos del moralismo y aprender a soportarnos, pero recalcando que este soportarse no puede implicar resignación o repugnancia si no amor. Si todos los creyentes en Cristo somos un mismo cuerpo, aunque nos cueste aceptarlo, sólo cabe el perdón

mutuo y el acercamiento hacia el otro. En la interioridad de todo cristiano debe de existir un espacio para nuestros hermanos en Dios.

 

 

Esto lógicamente tiene consecuencias. El acercamiento forzosamente desemboca en comprender a los demás, en aceptar los puntos de vista diferentes que existen en toda convivencia humana aunque nuestra tentación sea imponer los propios. Lo que siempre tiene que existir entre los cristianos es el amor entre ellos, rechazando el juzgar, aunque no podamos compartir las ideas del otro. Aunque esto pueda sonar utópico o ilusorio, irrealizable, es lo que se nos recomienda en Efesios, puesto que las relaciones humanas deben de ser transformadas por el Espíritu Santo, sin dejar de asumir que somos seres humanos y que nuestra tendencia natural es bien otra.

 

Si nos alejamos de la lógica humana y nos adentramos en el camino de Cristo, el discípulo no debería de recibir de los demás la estima en que a sí mismo se tiene ni respecto a sus méritos valorados por los otros. Si estamos siendo transformados por el Espíritu podremos valorar libremente a los demás porque seremos capaces de olvidarnos de nosotros mismos y de nuestro egocentrismo. Como cristianos tenemos que ser plenamente conscientes de que todos somos apreciadas por Dios en Cristo y no sólo ahora, sino también en cualquiera de los futuros, y que somos amparados por la divinidad por el único motivo de escuchar y seguir el llamado de la esperanza que representa Jesús.

Este tipo de planteamientos como se indica en Efesios buscan salvaguardar la unidad de la Iglesia. La unidad eclesial que puede encontrarse en el Nuevo Testamento nos muestra claramente cómo fue otorgada previamente a los movimientos humanos y cómo nuestra obligación es preservarla como regalo que es del Espíritu. Los cristianos lo único que han hecho desde el primer día y al parecer con todos los desvelos es intentar fracturarla lo máximo posible. El hecho de que las iglesias locales o la Iglesia universal en sí estén rotas nos muestra con claridad nuestro pobre conocimiento bíblico y la superficialidad con que hemos llevado nuestra existencia cristiana, sin dejar de valorar todos los esfuerzos que también se han dado por reconstituir el Cuerpo de Cristo. Pero si mostramos indolencia o nos dedicamos a fracturar dicho Cuerpo no somos dignos de nuestra vocación de discípulos de Jesús porque, como se nos dice en Efesios, nos falta la mansedumbre, la humildad, la paciencia, la generosidad y nos hallamos sin la libertad que genera el amor de Cristo.

 

¿Pero cómo podemos ser capaces de preservar la unidad, se nos podrá decir? A través de la paz, y la paz es Cristo muriendo en la cruz y proclamándola tras su señorío tras la resurrección. Esta paz no es de los hombres y sobrepasa nuestra razón, por eso es tan difícil incluso de concebir, se nos escapa en el mismo momento en que la pensamos. Pero nacerá como fruto de la labor del Espíritu y en él tenemos que confiar para que nos la regale. Sólo en esa paz proclamada por Cristo podemos llevar una vida digna de Dios. Sin la paz se perderá la unidad irremediablemente.

 

Sólo hace falta que veamos un poco la situación de nuestro mundo y de la humanidad para comprender que la falta de paz es la que ha provocado y continúa provocando la desunión en las iglesias y entre los cristianos. Y sólo hace falta ver que si no existe la unidad cristiana eso se traslada inmediatamente a la situación dentro del mundo. ¿Cómo pueden pedir los cristianos la paz en la tierra si ellos se dedican encarnizadamente y con todas sus energías a separar el cuerpo de Cristo por todos los motivos habidos y por haber? Porque pareciera ser que toda razón es buena para separar y ninguna lo es para unir.

 

El moralismo y el doctrinarismo, herencia espuria del fariseísmo, nos ciegan llevándonos a centrifugar nuestras iglesias y confesiones, separándonos e incluso llegándosenos a decir que la separación es la única forma de preservar la pureza y la verdad, verdad que lógicamente sólo poseemos nosotros mismos y que los demás deben de acatar al completo si quieren ser bendecidos por nuestras opiniones excluyentes.

 

Comencemos a reflexionar sin superficialidad en el mensaje bíblico más profundo y complejo, que a la vez no es tampoco difícil de entender si nos ilumina el Espíritu. Cualquier interpretación torcida del Evangelio no es de Dios sino de nuestra tendencia humana, que debemos de comprender que es la que es y no desesperarnos si creemos que nos sobrepasa. Cristo está a nuestro lado en todos los momentos de nuestra vida para iluminarnos si queremos que lo haga y no si nos llenamos de nuestras preferencias o nuestros deseos de hacerle decir a Dios lo que le queremos dictar.

 

 

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