EL FIN DE LA VIDA

El fin de la vida es la muerte, la cual representa su final o finalización. Se puede discutir si además de ser el fin y final del trayecto vital, la muerte es su finalidad. En cualquier caso tiene algo de finalidad, ya que el fin corona o culmina la obra, como dice la referencia clásica (finis coronat opus). Pero el fin, final o finalización de la vida se ha convertido hoy en un laberinto cohabitado por un Minotauro mortífero: el Minotauro de la larga enfermedad y de la espera desesperada, el envejecimiento radical de la población, las residencias lúgubres, los desahuciados con sus cuidados paliativos interminables o a menudo sin ellos. Pues en nuestra sanidad pública no hay tantas unidades de cuidados terapéuticos como se necesitan. España, pese a tener una esperanza de vida elevada, no tiene suficientes recursos para tantos cuidados paliativos. El peligro en España es vivir más, pero peor.

En su último libro el humanista George Steiner ha planteado la cuestión de los ancianos abandonados a su mala suerte, concitando la cuestión abierta de la eutanasia o buena muerte, también recogida por el teólogo católico suizo Hans Küng. Entre nosotros el filósofo Salvador Pániker abandera el tema del final digno de la vida humana, replanteado por Antonio Escohotado desde una perspectiva libre y abierta. ¿Dónde está la cacareada compasión por ese ejército de seres humanos retirados de la circulación, y que vagan como sombras en un inframundo de dolor y duelo? No hay compasión pagana porque existe una ideología vitalista de la vida, y no hay compasión religiosa porque coexiste una ideología antivitalista de la vida. Los extremos se tocan, como siempre, y ambos extremos coinciden en escamotear la muerte en un intento fallido de negarla como si no la hubiera.

Y, sin embargo, la muerte pagana es la paz perpetua, mientras que la muerte cristiana es el descanso eterno. No se trata de matar a nadie sino de asumir la muerte, no se trata de morir malamente sino de bien morir, no se trata de activismo destructivo sino de asuntivismo piadoso in extremis. Necesitamos un nuevo Mester, menester o ministerio del buen morir. La Europa cristiana ha abierto una puerta a la esperanza escatológica y al éxito final (exitus, exit), pero entre nosotros coexiste una resistencia ultraortodoxa, y la cosa sigue estando tabuizada, sin duda porque también hay intensos intereses ideológicos y económicos de por medio, pero sobre todo inconsciencia.

La existencia puede ser entendida como el don de la vida o de nuestros padres, el don de la naturaleza o de la divinidad, aunque nadie nos preguntó si queríamos o no venir a este complicado mundo. En cualquier caso, el don invita a condonarlo, valorando la vida en su hermosura, complejidad y libertad. Mas el don de la vida no puede malinterpretarse como una condena a vivir a costa de lo que sea, hasta llegar a morir en vida. El regalo puede a veces, y por diferentes motivos, convertirse en un regalo envenenado e incluso en una maldición. ¿En nombre de qué dictador o dictadura se puede condenar a un ser humano, si ya no quiere o no tiene fuerzas para seguir viviendo su sufrimiento, a soportar esa maldición? ¿No es una crueldad sin nombre y una negligencia inhumana?

Tan importante como vivir en paz es poder morir en paz. Negar la muerte equivale a negar la vida. Y nuestras vidas, como expresó Jorge Manrique, son los ríos que van a dar en la mar. Todos llegamos a la mar, antes o después, y llegar a la mar, hundirse en ella, es fundirse con el principio vital simbolizado por el agua. Los propios maestros de Occidente, Sócrates y Jesús, nos enseñan a vivir la propia vida y asumir la propia muerte. Por lo demás, el hombre debe abandonar la lucha contra la muerte concebida como “el aterrador vacío de la extinción” (en expresión del ya mentado G. Steiner), asumiéndola como la amada fatal que nos espera al final del laberinto. Aceptemos la muerte como descanso radical en la Nada o en el Todo, o bien como descanso eterno en la Vida o la Trasvida; pero el problema existencial radica en el modo positivo o negativo de morir(se).

Nos gustaría morir, cuando toque, serenamente, rodeados de familiares y amigos, y no de mala manera. Y parece natural que la sociedad y la ciencia médica, la política y aún la policía, nos ayude en ese trance. Con buena formación e información y con cuidados paliativos efectivos, replanteando la cuestión candente del buen morir, y respetando la íntima voluntad personal (por supuesto, también la voluntad del que quiera morir sufriendo heroicamente). Superado en democracia el viejo tabú del sexo, nos enfrentamos ahora al tabú más estridente, el tabú de la muerte, mientras se oculta vergonzantemente la alta tasa cruel de suicidios realizados malamente. Eso sí, se supone que algunos colectivos tienen más fácil el acceso a medios eutanásicos.


El hombre debe decidir humanamente sobre su vida y su muerte, sin arrogancia y compasivamente. Sobran inquisidores y dogmáticos, ideólogos e ilusos. Se trataría de religar la vida y la muerte, así pues de asumirlos humana y aún religiosamente, frente a todo sadomasoquismo. Un sadomasoquismo patriarcal que nos hace sádicos a los sanos frente al enfermo infantilizado o feminizado, minorizado y recluido, aparcado y apartado de sus derechos civiles inmanentes y de sus derechos religiosos trascendentes. La alternativa a una vida indigna no es más vida, sino mejor vida, e in extremis pasar a mejor vida, como llama el pueblo sabio a la otra vida en ciertas circunstancias. Sin embargo, perviven entre nosotros la inconsciencia y la crueldad, la incompasión y el sadismo, la inhumanidad y el masoquismo. Pero sobre todo una especie de tontera aún bastante generalizada al respecto.



Entradas destacadas
Entradas recientes