La fe cristiana, un acto de confianza radical.


La variedad de experiencias que todos hemos tenido con el Cristianismo en su realidad, familiar, educativa, sociológica e histórica, y el carácter complejo y contradictorio de esas experiencias —a veces luminosas, otras oscuras— hace difícil alcanzar una comprensión satisfactoria de qué decimos cuando decimos "cristianismo" ¿Qué significa en realidad ser cristiano? ¿ En qué consiste? ¿Cómo se practica? Como dice con sarcasmo volteriano el filósofo español Fernando Savater, "Hoy tener fe no es creer sin haber visto, sino hacerlo después de todo lo que hemos visto".

Felizmente Dios no puede ser reducido a un "ismo" más entre todos los que pululan en el mundo de las ideas, la experiencia de Dios a través de Jesucristo es más una relación personal que una militancia o la adhesión a una estructura eclesiástica o denominacional en un momento histórico determinado: "Deus semper Maior". Cristo nos propone una relación de amistad personal con Dios y esa relación, que se alimenta en los senos más íntimos de nuestra conciencia y se comparte con otros hombres y mujeres nos vincula también a una tradición que se ha desplegado por la Historia con todas sus limitaciones y con sus maravillosos ejemplos.

Decía en uno de sus vibrantes sermones el que fue Arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, que la amistad con Cristo —el Verbo de Dios— nos invita a una relación con Dios en común con otros hombres y mujeres y a seguir el ejemplo que el propio Cristo nos enseñó con su vida y su palabra, y esa relación es básica y radicalmente una relación de confianza, Dios busca nuestra amistad, Dios está de nuestra parte, a pesar de nuestras miserias e insuficiencias.

La Buena Noticia del Evangelio es esa precisamente: Dios está de nuestra parte, no porque lo merezcamos sino por causa de su amor incondicional de Padre y Madre, y sabemos que es así porque el propio Cristo, el Logos encarnado que asumió nuestra condición, se solidarizó con nuestra Humanidad asumiendo nuestras traiciones hasta morir en la cruz y a pesar de ellas no nos ha dado la espalda ni nos ha abandonado sino que ha resucitado y permanece presente en nosotros y entre nosotros, y nos alienta con su Espíritu.

El fruto de esa relación con Dios, de ese aliento que nos permite confiar a pesar de que tantas veces las cosas del Mundo nos llevan a desconfiar, el fruto genuino de ese vivir ante Dios no es una santurronería narcisista sino una vida de generosidad inteligente—la bondad es una forma superior de inteligencia—, abierta a compartir los dones que tenemos, materiales, imaginativos, espirituales o de cualquier otro tipo, con bastante humildad como para sabernos necesitados y aceptar la generosidad de los demás y ser libres para recibir, sin cálculo, lo que tienen que darnos. Esa amistad con Dios nos permite a la postre existir en la confianza de que a pesar de todo —y siempre hay pesares— la Vida prevalecerá sobre la Muerte.

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