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Las cartas de Ignacio de Antioquía III, por Miquel - Àngel Tarín i Arisó





Por: Miquel - Àngel Tarín i Arisó


“La duda es la madre de la invención”

Galileo Galilei



1. INTRODUCCIÓN Y RECORDATORIO


Recientemente reflexionábamos en este mismo lugar (Escritorio Anglicano, “Las Cartas de Ignacio de Antioquía”, segunda entrega”, febrero de 2022) acerca de una polémica que dura ya más de medio milenio y que se centra en absolutamente todo aquello que envuelve el epistolario de san Ignacio de Antioquía.


En el decurso de antedicha reflexión proponíamos los estudios de tres autores contemporáneos abordados todos ellos desde diferentes perspectivas, poseyendo como característica común el cuestionamiento de las posiciones que con el tiempo se han convertido en “tradicionales” respecto al obispo antioqueno.


Creíamos necesario, por su especial interés y actualidad, revisar sus más significativas conclusiones. Desfilaron por nuestro texto las sugestivas aportaciones del erudito franciscano holandés Reinoud Weijenborg[1] e hicimos especial mención del genial y original estudio teológico - filológico realizado por Josep Rius i Camps[2], profesor emérito de autores ante nicenos y de patrología de la Facultat de Teologia de Catalunya, Barcelona, quien fuera a la sazón nuestro formador.



2. ROBERT JOLY


El recorrido sería no obstante deficiente de no prestar atención al estudio que el profesor belga Robert Joly, catedrático de Nuevo Testamento y de Patrología en la Universidad de Bruselas, propuso a la comunidad científica en el decurso del año 1979.[3]

Reabriendo nuevamente el dossier de Ignacio antioqueno, Robert Joly se pronunció abiertamente contra el optimismo reinante que consideraba definitivamente zanjado el debate.


Juzgando insostenible por más tiempo la posición tradicional, la consideró a todas luces viciada desde el punto de vista teológico, dado que ella defendía a su modo de ver abiertamente la posición católico romana acerca del episcopado monárquico en una época excesivamente reciente de la historia del cristianismo.


Este último hecho le comportó severas críticas y condenas de los sectores más radicales del romano catolicismo. Valga aquí como ejemplo de la tensión en el debate las declaraciones - a nuestro juicio desafortunadas y poco científicas - de R. Gryson:[4]


“Esos dardos repetidamente lanzados que, hay que señalar, no añaden estrictamente nada a la demostración son mezquinos, irrisorios y aburridos. Particularmente, no realizaré la afrenta de suponer que el Señor Joly haya concebido su obra como una verdadera máquina de guerra contra la dogmática católica (...) La injustificada sospecha contra los patrólogos católicos en las páginas escritas por Joly provienen finalmente de un error que es importante reparar (...) La historia no contradice de ninguna manera la fe del creyente católico en la apostolicidad de la Iglesia, encarnada, a ojos del creyente, en la persona de los obispos, sucesores de los apóstoles. Libre sea el Sr. Joly, como no puede ser de otro modo, de no compartir esta fe y de no ver en ella más que una ’ideología como cualquier otra’. Empero que no se imagine que ella pueda ser agitada o estorbada por el hecho de que las Epístolas de Ignacio debieran ser retrasadas medio siglo. Los historiadores creyentes, contra los cuales manifiesta tanta desconfianza, son perfectamente libres de examinar su teoría en función de criterios estrictamente filológicos y racionales”.


[Josep Rius i Camps]

Robert Joly adoptó para su estudio el mismo punto de partida que también adoptara el profesor catalán Josep Rius i Camps: constatar una contradicción irresoluble entre los capítulos 9 y 13 de la “Carta de Policarpo de Esmirna a los Filipenses”. En efecto: mientras que en el capítulo 9 Policarpo informa de la muerte de Ignacio por causa de Cristo en las “delicias del martirio”, posteriormente, en el capítulo 13, el mismo Policarpo aparece ahora recabando a los cristianos filipenses noticias acerca de la vida de Ignacio, así como también de los que lo acompañaban en su itinerario de cautiverio hacia Roma.


A pesar de los esfuerzos explicativos de J. Daillé, J. Pearson, T. Zahn, J. B. Lightfoot, J. L. Harrison, M. Kleist, H. Fisher, y T. –Th. Camelot, tendentes todos ellos a intentar reparar de diferentes e ingeniosos modos anterior y tan manifiesta contradicción, a ojos de Robert Joly, sus esfuerzos eran inútiles, imponiéndose claramente una sola conclusión: tanto el epistolario de las “Cartas de Ignacio de Antioquía” como la “Carta de Policarpo de Esmirna a los Filipenses” han sufrido sendas interpolaciones entre los años 160 y 170. Y ello por obra de una misma persona: Marción de Esmirna, quien operara poco tiempo después del deceso de Policarpo, y quien, además, jamás fue ni pretendió en modo alguno ser obispo.




El lugar de la falsificación fue probablemente Esmirna, y sus destinatarios, excepto en el caso de la “Carta a los ro

manos”, la misma comunidad esmirna y las que le eran adyacentes.


Empero, sin duda alguna, la hipótesis más audaz del profesor belga fue afirmar sin aparente rubor que Ignacio de Antioquía jamás existió, siendo un personaje fruto de una mera ficción literaria.


El resumen de las tesis del profesor belga bien podría ser el que sigue:


1) Fuera del pretendido de Ignacio, la historia no conoce ningún otro caso de cristiano alguno condenado a morir devorado por las fieras en Roma antes de la época del emperador Marco Aurelio (121-180).


2) El contexto en el cual se desarrolla la vida de Ignacio antioqueno no puede en modo alguno insertarse en los modos propios, ni en las costumbres ni en la teología existente en la época del emperador Trajano (98 - 117).


3) Ignacio, no siendo ciudadano romano, no conocemos ningún otro caso desde los flavios, de ningún condenado no ciudadano romano que hubiera sido enviado a Roma.


4) El testimonio del pretendido mártir en cuanto a lo que a estructura eclesial se refiere, fuertemente jerarquizadas las comunidades cristianas en tres rangos, obispos, presbíteros y diáconos, debe considerarse a todas luces como un sospechoso caso aislado, del todo inexistente en la literatura paralela de la época.


5) La estrecha dependencia existente entre el “corpus” ignaciano y el “IV Libro de Macabeos”, relación ampliamente estudiada y documentada por el profesor Othmar Perler, revela un estilo literario excesivamente armonioso, delicado y elaborado – un claro ejemplo de “littérature de cabinet” - que difícilmente pudo haberse producido en circunstancias tan adversas como las propiciadas en el rudo viaje de un hombre encadenado y exhausto que se dirige a la muerte al anfiteatro romano.


6) Ireneo de Lyon, consignando el más antiguo testimonio existente acerca de las “Epístolas de Ig