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David: un personaje poliédrico, por Miquel – Àngel Tarín i Arisó Parte II

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“Dios me eligió. Yo solo hice lo que hacen los elegidos: justificarlo todo. He oído cómo cuentan mi historia. El muchacho valiente, el rey justo, el poeta inspirado. Es una versión excelente. Casi me la creo yo mismo cuando la repiten con suficiente solemnidad. Lo curioso es que cuanto mejor suena, más hombres muertos deja fuera del relato. Seré recordado como un gran rey. Nadie se acordará de los hombres que destruí para serlo.”

Joseph Heller, God Knows, 1979.


“Se levantó, pues, David, y con los seiscientos hombres que tenía se pasó a Aquis hijo de Maoc, rey de Gat. Y moró David con Aquis en Gat, él y sus hombres (...) Y Aquis le dio la zona de Siclag (...) Y subía David con sus hombres, y hacían incursiones contra los gesuritas, los gezritas y los amalecitas (...) Y asolaba David el país, y no dejaba con vida hombre ni mujer (...) Ni hombre ni mujer dejaba David con vida para que viniesen a Gat; diciendo: No sea que den aviso de nosotros y digan: Esto hizo David. Y esta era su costumbre”

1 Samuel 27, 2 -11



1. Introducción

En nuestro artículo anterior percibíamos en el comportamiento de David (huido de Saúl, escondido en la serranía, en las cuevas de Adulam ubicadas en las tierras altas de Judá, junto a las áridas laderas de la Sefala oriental, cercana al desierto, un lugar barrancoso, escarpado y seco, propicio para el ocultamiento por su difícil y peligroso acceso serpenteante, plagado de acantilados y de numerosas grutas) el propio del jefe de una banda de forajidos asaltadores, utilizando sin rubor y como método la extorsión, la seducción, la mentira y especialmente la violencia en sus acciones. El asesinato no era para David, un verdadero personaje poliédrico, una acción desconocida.

Los libros de Samuel donde se explicita la mayor parte de su historia contienen ciertamente núcleos históricos y recuerdos antiguos a partir de los cuales se narratificará la historia misma. Nos hallamos ante un texto de características fundamentalmente apologéticas, una construcción literaria compleja que posee un evidente sesgo a favor de David, compuesta por numerosas capas redaccionales y fuentes literarias independientes que pretenden mayoritariamente exonerar su persona, rescatándolo de sus sombras y escándalos individuales y colectivos, justificando la institución de la monarquía en Israel a partir del mandato de David como ejemplo paradigmático hacia las sucesivas generaciones de monarcas y hacia el pueblo mismo.

A pesar de ello, distinguíamos no obstante en su texto la presencia de elementos correctivos contra David, como por ejemplo es el caso de la sentencia profética condenatoria pronunciada por Natán contra el rey tras la muerte de Urías el heteo. Estas capas redaccionales cumplen una innegable función crítica consignada por redactores desfavorables a David que se articulan en el texto a manera de crítica interna.

Finalmente, habíamos esbozado someramente las escuelas de interpretación minimalistas y maximalistas, sus diferencias y sus interconexiones, para preguntarnos por la existencia histórica de David, de quien jamás habíamos tenido noticia en otras fuentes que no fueran la misma Biblia.

2. La Estela de Tel Dan

En unas excavaciones realizadas en el sitio de Tel Dan durante el año 1993, de manera casual y sorprendente, mientras se procedía al desmontaje de un muro antiguo, fue hallada una inscripción en una piedra de basalto negro escrita en arameo. Es importante destacar que durante el siglo IX a.C., que es la época en la que se cree que se redactó la Estela, el arameo era la “lingua franca” de prácticamente toda la región del Levante. El arameo fue una lengua semítica de la familia del hebreo y del árabe que surgió en la región de Siria hacia el año 1.200 a.C. De hecho fue la lengua oficial y burocrática de poderosos imperios tales como el asirio o el persa y, por lo tanto, la más utilizada en su época por todas las clases sociales. De manera que sus redactores, al cincelarla en arameo, aseguraban su comprensión allende, no tan solo para la gente local sino también para todos los extranjeros así como para sus países de origen.

Actualmente Dan está situada en la región de Galilea, muy cerca de las fuentes del río Jordán, a unos 50 km del Mar de Galilea, junto al monte Hermón, próxima a la ciudad de Kiryat Shmona, en el Norte de Israel, en la frontera con el Líbano.

En la época de la redacción de la Estela la ubicación geográfica de Dan era de singular importancia estratégica ya que constituía el paso natural hacia Mesopotamia (este) Siria y Aram (norte) e Israel y Canaán (sur). Se trataba en consecuencia de una ciudad fronteriza a partir de la cual podía ser controlado el paso de las mercaderías, de los ejércitos y de las comunicaciones. Durante esta época se articulaba como una ciudad a manera de tapón entre Israel y Aram - Damasco, un importante enclave militar bien defendible gracias a su abundancia de agua procedente del río Jordán, un elemento imprescindible en los sitios donde se libraban las batallas y las guerras antiguas. Además, siguiendo a la Biblia, Dan era un enclave importante como centro religioso y político para el reino del Norte, como la arqueología ha demostrado, contando con un importante santuario ubicado en un altar monumental de tipo abierto, no cerrado como el de Jerusalén, especialmente concebido para realizar rituales y sacrificios públicos practicados al aire libre.

2. 1. ¿El texto de la Estela de Tel Dan autoriza afirmar la existencia histórica de David?

2. 1. 1. Descubrimiento y publicación de la Estela

El texto de la estela de Tel Dan fue publicado por Avraham Biran y Joseph Naveh en el año mismo de su descubrimiento, 1993. Las sorpresas no terminarían aquí. Al año siguiente (1994) otro nuevo descubrimiento, en el mismo Tell ofrecería dos nuevos fragmentos que completarían textualmente el primero. Mientras que a la primera pieza los arqueólogos convinieron en denominarla A, las segunda y tercera piezas, también en piedra de basalto negro aunque más pequeñas que la primera, tomaron el nombre de B1 y B2.

Recordemos ahora el texto de la Estela de Tel Dan que reproducimos en nuestro primer artículo puesto que de él habremos de ocuparnos a continuación:

1. [ ... ...] y cortó [...]

2. [...] mi padre se levantó [contra él cuando] luchó en [...]

3. Y mi padre se recostó, se fue con sus [ancestros] (v.gr., enfermó y murió). Y el rey de I[s-]

4. rael entró anteriormente en la tierra de mi padre. [Y] Hadad me hizo rey.

5. Y Hadad se puso delante de mí, [y] yo partí de [los] siete [...-]

6. s de mi reino, y maté [sete]nta re[yes], que enjaezaban mi[les de ca-]

7. rros y miles de caballeros (o: caballos). [Maté a Jo]rán hijo de [Ajab]

8. rey de Israel, y maté a [Oco]zías hijo de [Jorán re-]

9. y de la CASA DE DAVID (bytdwd) Y convertí [sus ciudades en ruinas y convertí]

10. sus tierras en [desolación ...]

11. otros [...12. bernó sobre Is[rael] ... 13. sitio a [...

y Jehú go-] puso]]

2. 1. 2. Contexto histórico y político de la inscripción

El texto anteriormente reproducido es exactamente el mismo que en su día ofrecieron sus descubridores, aunque traducido obviamente al castellano.

Durante el siglo IX a.C., Dan fue un enclave donde se produjeron muchos enfrentamientos militares entre Israel y Aram-Damasco, la actual Siria. Como hemos podemos constatar, su texto es muy lacunario si bien, y a pesar de ello, podemos reconstruir con cierta claridad su contenido general. El texto, en arameo como hemos venido explicando, está escrito en primera persona y registra supuestamente las palabras del rey Hazael de Damasco, quien presume de sus victoriosas hazañas contra Israel. La narración dista mucho de ser detallada tendiendo más bien a la exaltación del monarca quien reinara entre los años 842 – 800 a.C.

Según la Biblia – esto no se consigna en la Estela - este rey llegó al poder tras asesinar al rey anterior, Ben-Hadad II, si bien es cierto que esta información nos la proporciona solamente el libro bíblico de 2 Reyes 8, 7-15. En el contexto de una visita del profeta Eliseo a Damasco, estando Ben-Hadad II enfermo, Eliseo profetiza su muerte y la posterior subida al trono de Hazael, quien lo asesinará por asfixia para suplantarlo en el trono. La historia compulsa que Hazael fue un usurpador, pero no que Eliseo profetizara su muerte ni que fuera asesinado por ahogamiento por el futuro rey.

En el texto de la Estela que nos ocupa, Hazael afirma haber dado muerte a dos reyes hebreos: uno del Norte o Israel (Joram, hijo de Acab) y otro perteneciente al reino del Sur o Judá llamado Ocozías. Ahora bien, según nos informa 2 Reyes 9 estos dos reyes no fueron llevados a la muerte por Hazael, sino por mor de un golpe de estado provocado por Jehú, general usurpador al servicio de Joram quien fundará una nueva dinastía israelítica reinando entre el 841 y el 814 a.C. Es cierto que algunos importantes autores, si bien minoritarios, como por ejemplo el eminente profesor australiano George Athas, [The Tel Dan Inscription: A Reappraisal and a New Interpretation. Sheffield: Sheffield Academic Press, 2003, pp. 255- 308] sostienen que la Estela en realidad no fue escrita por el rey

Hazael de Damasco, sino por su hijo Ben Hadad III, quien lo sucediera reinando desde c. 796 hasta aproximadamente el año 770 a.C., apareciendo en la Biblia en 2 Reyes en conflicto con Joás, quien lo derrota en varias ocasiones. Su figura es en cualquier caso importante porque señala la época del final de la dominación aramea sobre Israel y especialmente frente a la emergencia del imperio asirio.

2.1.3. La propaganda regia en el Próximo Oriente

Sea como fuere, respecto a la muerte de estos dos reyes consignados en la estela, lo más probable, desde una perspectiva puramente histórica, es que la Biblia tenga razón porque suministra una enorme multitud de datos y de detalles sobre el particular que han podido ser compulsados. En consecuencia, es muy probable que Jehú cometiera efectivamente estos asesinatos, aunque ciertamente presionado políticamente por Hazael de Damasco, monarca más poderoso quien a la postre se atribuyera en la estela de Tel Dan directamente la acción homicida, aunque así no hubiera acontecido, con la finalidad de aumentar su fama y para su beneficio y glorificación personales.

La historicidad de los pasajes es clara porque conocemos perfectamente que este era exactamente el obrar de la realeza en la antigüedad con la finalidad de auto engrandecerse. Tomemos solamente cuatro ejemplos que nos servirán de paralelos comprensivos:

1.- Ramsés II realizó importantes inscripciones de carácter monumental aludiendo a su victoria sobre los hititas en la batalla de Kadesh (actual Siria) en el año 1.274 a.C., cuando lo que sucedió en realidad fue que a duras penas pudo salvar a su ejército de una emboscada muy bien diseñada por el rey hitita Muwatalli II. Las inscripciones realizadas por orden del Faraón en los templos de Abu Simbel, Karnak, Luxor y el Rameseum (su templo funerario) así lo atestiguan.

2.- El rey asirio Senaquerib (705–681 a.C.) afirmó taxativamente que devastó la ciudad de Jerusalén cuando en realidad no llegó ni tan siquiera a tomarla. Podemos todavía hoy leer su exagerada versión de los hechos en el denominado “Prisma de Taylor”, conservado actualmente en el Museo Británico. Un prisma es una inscripción de la antigüedad en soporte de arcilla cocida escrito por seis caras. En el caso que nos ocupa en cuneiforme acadio, alrededor del año 691 a.C. Se denomina “Prisma de Taylor” no porque hubiera sido él su descubridor, sino por ser su último propietario moderno conocido y quien lo vendiera finalmente al British Museum. Copias del mismo texto se conservan también en el “Prisma de Chicago” y en el “Prisma de Jerusalén”.

3.- Como tercer ejemplo nos referiremos al rey asirio Salmanasar III quien afirmó haber vencido en la batalla de Qarqar (853 a.C.) a una poderosa coalición de enemigos cuyo líder principal era el rey Hadadezer de Damasco, incluyendo a sus aliados Irhuleni de Hamat, Ajab de Israel, varios reyes de las ciudades fenicias, estados sirios y cananeos así como pequeños principados del norte de Siria según reza la inscripción del monolito de Kurkh ordenada por el propio rey Salmanasar III conmemorando su supuesta gran victoria sobre antedicha coalición, aunque en realidad no fue tal, no pudiendo el rey asirio asentarse en los territorios en pugna. El denominado “obelisco negro” es un monumento asirio erigidodurante el reinado de Salmanasar III (858–824 a. C.) tallado en piedra caliza negra, donde también celebra su éxito contra antedicha coalición militar y donde se registran las campañas militares y la expansión del Imperio asirio.

4.- Finalmente, como cuarto paralelo comprensivo señalaremos que el mismo gran rey neobabilónico Nabucodonosor II omitió muchas derrotas presentando únicamente en sus inscripciones las grandes victorias obtenidas como elegido por el dios Marduk. A partir de todos estos acontecimientos que nos han servido como arquetipos comprensivos podemos concluir un comportamiento prototípico global según el cual la realeza antigua se presenta siempre e invariablemente en sus inscripciones como reyes victoriosos, invencibles conquistadores destacados por el éxito, posterior al primer exilio de los notables de la ciudad 597 a.C. La segunda y definitiva se produjo durante el a.C., siendo su rey Sedequías capturado y la ciudad, su templo, completamente arrasados.

A partir de todos estos acontecimientos que nos han servido como arquetipos comprensivos podemos concluir un comportamiento prototípico global según el cual la realeza antigua se presenta siempre e invariablemente en sus inscripciones como reyes victoriosos, invencibles conquistadores destacados por el éxito y posterior primer exilio de los notables de la ciudad 597 a.C. La segunda y definitiva se produjo durante el a.C., siendo su rey Sedequías capturado y la ciudad, su templo, completamente arrasados; siendo personajes insuperables por haber sido escogidos por las diferentes divinidades atribuyéndose indefectiblemente siempre honores y victorias incluso donde en realidad lejos estaban de haberlas logrado. De otro modo dicho, tales personajes y sus aparatos de poder realizaban una propaganda política selectiva contando solamente aquello que les convenía contar porque, así procediendo, beneficiaba la reputación y grandeza de su reinado, es decir aquello que sus súbditos y demás personas querían que de ellos se creyera.

2. 1. 4. La expresión “Casa de David: entre el minimalismo y el maximalismo

La importancia fundamental de la estela de Tel Dan no radica en las acciones de Hazael ni en la circunstancia de que fuera o no fuera verdaderamente el autor de los asesinatos de los reyes hebreos, sino en el hecho de que al referirse a la muerte del rey del sur, Ocozías, Hazel de Damasco afirma que el finado pertenecía a la “CASA DE DAVID”: דוד בית, vocalizado: דָּוִד בֵּית compuesto por: (beit): בית = casa; דוד = (David). Transliterado: bytdwd. Recordemos que el texto de la Estela no está escrito en hebreo sino en arameo.

Esta mención es más que importante trascendental. En efecto, porque estaríamos supuestamente ante la primera noticia de la existencia de David de carácter extrabíblico, una verdadera revolución copernicana proporcionada por la ciencia de la epigrafía. Para los maximalistas, además, la dicción “Casa de David” diría relación no tan solo con la existencia histórica de David, sino también con el hecho de que habría formado una enorme y poderosa dinastía así denominada, además de haber instaurado un imperio poderoso unificando los reinos del Norte (Israel) y del Sur (Judá) en una única entidad de carácter político administrativa. Posteriormente habremos de discurrir sobre estos temas. Ahora solamente adelantaremos que muchos de ellos constituyen probablemente una desproporción histórica.

Recordemos que durante buena parte de la historia del desarrollo de los estudios bíblicos, la historicidad de David fue aceptada únicamente sobre la base de los relatos contenidos en los libros de Samuel y de los Reyes, donde se lo presenta como anteriormente señalábamos. Sin embargo, el desarrollo de la arqueología del Levante y la consolidación de la crítica literaria habían cuestionado esta interpretación, especialmente ante la dificultad de identificar evidencias materiales que respaldasen la existencia de un Estado centralizado en el siglo X a.C. El debate se articuló en torno a la oposición entre minimalismo y maximalismo, aunque esta dicotomía resulta en realidad hoy tan parcializante como insuficiente. Como ha señalado acertadamente Grabbe, la cuestión no consiste en “creer” o “no creer” la Biblia, sino en determinar cómo puede utilizarse críticamente como fuente histórica. [Lester Lee Grabbe, Ancient Israel: What Do We Know and How Do We Know It? (London: T&T Clark, 2007), pp. 85–102.] Este cambio de enfoque ha permitido adoptar perspectivas más matizadas ya que el debate historiográfico acerca de la figura de David se inscribe en una discusión más amplia sobre la naturaleza de las fuentes y de los métodos de reconstrucción histórica en el antiguo Israel.

A lo largo de las últimas décadas, este debate ha estado marcado como señalábamos por la oposición entre las posiciones minimalistas y las maximalistas, aunque en la actualidad se observa una tendencia creciente hacia enfoques intermedios mucho más interconectados y complejos. La corriente minimalista moderada o media, a nuestro juicio bastante equilibrada, está representada especialmente en el tema que nos ocupa por Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, sosteniendo que Jerusalén en el siglo X a.C., era una entidad demasiado reducida como para poder sostener una estructura administrativa comparable a la descrita por parte del relato bíblico. [Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, The Bible Unearthed: Archaeology’s New Vision of Ancient Israel and the Origin of Its Sacred Texts (New York: Free Press, 2001), pp. 123–145].

En esta misma línea, Niels Peter Lemche insiste en que la imagen de un gran reino davídico de categoría imperial responde en gran medida a una proyección retrospectiva elaborada en épocas

posteriores. [Niels Peter Lemche, The Israelites in History and Tradition (Louisville: Westminster John Knox, 1998), pp. 56–60]. En contraste, William Dever sostiene que la arqueología está lejos de confirmar la narrativa bíblica en su sentido literal, pero tampoco permite descartarla absolutamente. [William G. Dever, Beyond the Texts: An Archaeological Portrait of Ancient Israel and Judah (Atlanta: SBL Press, 2017), pp. 89–102].

La posición minimalista moderada, en su versión más matizada o media, compartida como se ha dicho anteriormente por el autor de este texto, no implica aceptar cada detalle del relato bíblico acerca de David como un hecho histórico literal, sino más bien reconocer la posibilidad de un núcleo histórico detrás de una tradición posteriormente ampliada. En una línea cercana, el arqueólogo israelí Amihai Mazar ha defendido la plausibilidad de formas tempranas de organización política en Judá durante el siglo X a.C., aunque nunca de carácter monumental o imperial. El profesor Mazar insiste en la necesidad de cautela ante la fragmentariedad del registro [Acerca de la posición de Amihai Mazar y el debate cronológico, véase la discusión en Grabbe, Ancient Israel, pp. 113–130]. Mario Liverani introduce una perspectiva complementaria al interpretar las narrativas bíblicas como construcciones historiográficas destinadas a conferir sentido al pasado [Mario Liverani, Israel’s History and the History of Israel (London: Equinox, 2005), pp. 193–210].La perspectiva historiográfica señalada por John Van Seters [In Search of History: Historiography in the Ancient World and the Origins of Biblical History (New Haven: Yale University Press, 1983), pp. 209–248.] nos permite además comprender las tradiciones relativas a David no como simples crónicas contemporáneas de los acontecimientos narrados, sino como elaboraciones literarias y teológicas progresivamente configuradas a lo largo del tiempo. Desde esta perspectiva, la memoria davídica aparece vinculada a procesos de legitimación política y dinástica desarrollados por tradiciones redaccionales posteriores, especialmente en torno al papel central de Jerusalén y de la monarquía de Judá. Ello implica reconocer que los textos bíblicos no pretenden únicamente conservar recuerdos antiguos, sino también reinterpretarlos y dotarlos de sentido desde las preocupaciones religiosas, políticas e identitarias propias de las comunidades redactoras. La figura de David habría sido así progresivamente idealizada y reinterpretada hasta convertirse no solamente en un referente histórico, sino también en un paradigma teológico y dinástico destinado a fundamentar retrospectivamente la legitimidad de la monarquía judaíta y de sus instituciones centrales. Las narraciones concernientes a David deberían analizarse no solamente como posibles depósitos de memoria histórica antigua, sino también como construcciones ideológicas destinadas a conferir legitimidad política, dinástica y teológica a la monarquía de Jerusalén. La aportación de Van Seters resulta especialmente relevante porque desplaza el problema desde la búsqueda exclusiva de una supuesta “literalidad histórica” hacia el estudio de los procesos mediante los cuales las sociedades antiguas construían y reinterpretaban su propio pasado.

En definitiva, la cuestión de David no puede resolverse únicamente mediante la comprobación empírica, porque el propio problema está mediado por procesos de memoria, legitimación y representación. En conjunto, el estado de la cuestión muestra que la figura de David no puede analizarse desde una única perspectiva, sino que requiere un enfoque integrador que tenga en cuenta la complejidad de las fuentes y sus contextos de producción.

Es indudable que en el Próximo Oriente antiguo, expresiones del tipo (“Casa de ...) solían emplearse para designar linajes políticos a partir del nombre de una persona que habría sido su fundador. En consecuencia, la Estela de Tel Dan sugeriría que, en el siglo IX a.C., el nombre de David, quien viviera una centuria antes, es decir en el siglo X a.C., se articulaba ya como un referente político destacado y claramente reconocible. Este hecho es especialmente significativo porque indicaría que la memoria de David no surgió de manera espontánea ni completamente tardía, sino que estaría integrada en el lenguaje político regional en una época relativamente cercana a los supuestos acontecimientos de su vida.

Ahora bien, el alcance histórico de esta inscripción debe delimitarse muy cuidadosamente. En efecto, porque no es lo mismo afirmar la existencia histórica de David que afirmar el poderío e inmensidad de su reinado o afirmar su acción como unificador de todas las tribus del Norte y del Sur en una sola y misma nación. Como ha subrayado Na’aman, la inscripción de Tel Dan posee serios e infranqueables límites [Nadav Na’aman, “Beth-David in the Aramaic Stela from Tel Dan”, Biblische Notizen 79 (1995), pp. 17–24.] el más importante de los cuales es el hecho de no permitirnos reconstruir la biografía de David ni siquiera de manera indiciaria, ni tampoco autoriza a confirmar el relato bíblico que acerca de David se pergeña en su conjunto. Su valor residiría más bien en indicar la existencia de una tradición dinástica consolidada. Dicho de otro modo, la inscripción no demuestra la historicidad del David bíblico en todos sus rasgos, pero sí haría mucho más complicado sostener que el nombre de David fuese una invención completamente tardía y sin anclaje político previo alguno.

En este sentido, Na’aman insiste acertadamente en que la inscripción únicamente señala la existencia de una referencia dinástica reconocible en el ámbito político de la época, pero no proporciona información suficiente acerca de las dimensiones reales del poder ejercido por David ni sobre la naturaleza efectiva de su reino. La Estela nada nos dice acerca de la organización administrativa de Judá, de la extensión territorial de sus dominios o de la existencia de una monarquía unificada semejante a la descrita por el texto bíblico. Mucho menos autoriza a proyectar retrospectivamente sobre el siglo X a.C., estructuras estatales complejas propias de períodos históricos posteriores. Su valor historiográfico, por consiguiente, debe circunscribirse fundamentalmente al ámbito de la memoria política y dinástica, sin que ello implique aceptar automáticamente la totalidad de la construcción narrativa elaborada siglos después por las tradiciones bíblicas. Desde esta perspectiva, la inscripción parece confirmar más plausiblemente la persistencia de un recuerdo político asociado al nombre de David que la existencia comprobada de un vasto imperio davídico en sentido estricto. La prudencia interpretativa se impone aquí necesariamente, especialmente si tenemos presente la tendencia característica de las fuentes antiguas a magnificar retrospectivamente el pasado de sus dinastías fundadoras. Ello explicaría precisamente el progresivo proceso de idealización literaria y teológica que experimentó posteriormente la figura de David dentro de la historiografía bíblica.

2. 1. 5. El debate filológico sobre “bytdwd”

Una de las primeras y más destacadas críticas hacia la lectura de la inscripción de la Estela de Tel Dan es que en su línea 9 el nombre “dwd” no aparece solo, sino acompañado. En consecuencia “Casa de David” podría leerse también de otros modos, no siendo la lectura más sencilla ni tampoco acaso la más acertada [Ernst Axel Knauf, Albert de Pury, Thomas Römer, “bayt David ou “Bayt Dod?. Une relecture de la nouvelle inscription de Tel Dan”, en: Biblische Notizen 72 (1994), pp. 60-69]

La expresión “bytdwd” representa indudablemente un texto consonántico, de manera que al vocalizarlo aparecen otras posibles lecturas como por ejemplo “baytdod.” La razón fundamental por la cual traducimos “David” es parcializante y nada neutral ya que nos basamos en el conocimiento previo que tenemos del Antiguo Testamento, lugar donde se compone con estas consonantes la dicción “David.” Sin embargo, tal vocalización no obedece a ninguna norma filológica en lengua aramea, lo que lleva a Thomas Römer a señalar que en realidad estaríamos ante una interpretación de sesgo bíblico de carácter circular: como se sabe que “dwd” se lee “David” en los libros bíblicos, cuando se encuentran las mismas consonantes y por influencia bíblica las identificamos automáticamente con las vocales “a” e “i” del nombre David.

En realidad Römer no señala como segura ninguna otra traducción ni pretende tampoco ofrecer una lectura alternativa del texto de Tel Dan, si bien alude a que una vocalización diferente, como por ejemplo “dod” nos conduciría a traducir la dicción por un término afectivo: “amado” ya que David no es en realidad estrictamente un nombre propio. Si esto fuera así, “bytdwd” podría no relacionarse en absoluto con ninguna cuestión de tipo dinástico. Afirmar lo contrario se trataría de una veleidad, de una identificación prematura y ambigua dado que la consonantización de la palabra admite muchas otras alternativas, todas ellas plausibles en lengua aramea, pero ninguna dotada de certeza absoluta, razón por la cual debemos ser extremadamente prudentes a la hora de leer y de interpretar su texto. Ello no significa que la Estela no mencione a David, sino que no es seguro que así sea. Su propuesta: “Casa de Dod” tampoco la califican estos autores ni mucho menos de segura, sino únicamente de plausible y compatible gramaticalmente con el arameo. En resumen, Knauf, Pury y Römer no consideran que se pueda afirmar categóricamente que la traducción “Casa de David” sea la única posible, dejando la puerta abierta a otras interpretaciones filológicas también plausibles.

Hans M. Barstad, Niels Peter Lemche o Philip R. Davies añaden además el hecho de que la Estela está muy fragmentada, que su lectura es compleja siendo una constante el hecho de que las reconstrucciones de ella realizadas son altamente ideológicas y muchas de sus conclusiones dependen de suposiciones hipotéticas. La suposición más importante ya la hemos señalado anteriormente.

Siendo que la historia en concreto y las humanidades en general son ciencias sociales de carácter no exacto y que no gozan del carácter experimental y repetible en laboratorio característico de las ciencias puras, como por ejemplo son las matemáticas, la física o las ciencias de la naturaleza, sus verdades se logran a partir de grandes consensos frecuentemente cambiables en el tiempo. En el caso que nos ocupa, no obstante, el consenso general o más mayoritario se orienta hacia el hecho de considerar la Estela de Tel Dan como un testimonio epigráfico de la existencia de David fuera de la Biblia orientado a destacar que David, como la Biblia quiere, fue el fundador de la dinastía gobernante de Judá.

Ahora bien, como muy acertadamente señala Steven L. McKenzie en su obra titulada El Rey David, Barcelona: Ariel, 2002, pp. 37-38, ningún hallazgo arqueológico, ni la Estela de Tel Dan ni los monumentos que destacaremos en otra ocasión, se relacionan con David con una grado de certeza absoluto e indiscutible. No existe ninguna prueba arqueológica, epigráfica o de cualquier otro tipo que, hasta la fecha, demuestre de manera inequívoca la existencia de David. Sin embargo, a partir de esto no podemos inferir que David no existiera sino que en el siglo IX a.C., existía una dinastía conocida con ese nombre. Seguimos sin poseer pruebas testimoniales de carácter directo, aunque sí poseamos evidencias indirectas dado que las dinastías antiguas solían llevar el nombre de su fundador.

Mientras McKenzie se refiere a un demostración absoluta, otros historiadores se refieren sin embargo a probabilidades históricas. En otras palabras dicho: no podemos demostrar arqueológicamente mediante la estela de Tel Dan que David existiera con certeza innegable, aunque tampoco podemos ignorar que la evidencia que nos proporciona provoca en elevado grado la plausibilidad de su existencia.

2. 1. 6. Alcance histórico

El valor historiográfico de la Estela de Tel Dan es indiscutible. Ello ya lo hemos significado profusamente con anterioridad. Sin embargo la prudencia debe imponerse y el alcance que podemos otorgar a su testimonio debe ser abordado con suma precisión metodológica. En efecto, porque no es lo mismo afirmar la probable existencia histórica de un personaje llamado David que aceptar como históricamente exacta la totalidad del relato bíblico elaborado posteriormente en torno a su figura. Entre ambos corolarios dista un mundo.

La inscripción aramea parece indicar que, hacia el siglo IX a.C., existía ya en la zona del Levante meridional una entidad política o dinástica identificada mediante la expresión “Casa de David.” Este dato resulta especialmente significativo porque presupone la pervivencia de una memoria política suficientemente sólida y consolidada como para ser reconocida incluso por los enemigos externos del reino de Judá. Desde esta perspectiva, la Estela constituye un indicio tan importante como indiscutible acerca de la antigüedad de la tradición davídica.

Ahora bien, dicho esto, el tenor de la Estela de Tel Dan no autoriza por sí mismo a reconstruir automáticamente el modelo de monarquía unificada, similar al de un gran imperio, que nos es descrito en los libros de 1, 2 Samuel y de 1, 2 Reyes. La distancia entre una referencia dinástica y la existencia de un vasto reino centralizado, con una administración tan enorme como eficaz y con un ejército prácticamente invencible es más que considerable. Como han señalado acertadamente diversos autores, entre ellos Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, la evidencia arqueológica correspondiente al siglo X a.C. no confirma la existencia en Jerusalén de una estructura estatal de dimensiones comparables a las descritas por el relato bíblico tradicional.


La Jerusalén de aquella época habría sido, probablemente, una pequeña entidad montañosa con capacidades administrativas limitadas, en realidad muy alejada de la imagen de una gran capital imperial dominadora de extensos territorios. Ello no excluye necesariamente la existencia de formas embrionarias de organización política ni tampoco la presencia de liderazgos regionales significativos. Sin embargo, sí que obliga a reconsiderar críticamente las proporciones y las características del supuesto reino davídico.

La figura de David podría corresponder más plausiblemente a la de un caudillo local, un líder tribal o, a lo sumo, un proto-monarca de relevancia regional, cuya memoria habría sido magnificada por las tradiciones teológicas y dinásticas desarrolladas durante siglos posteriores. En otras palabras, el David histórico —si efectivamente existió— no tendría por qué coincidir plenamente con el David literario construido por la historiografía bíblica.

Debe recordarse, además, que los textos bíblicos relativos a David fueron redactados, compilados y editados durante períodos muy posteriores a los acontecimientos que pretenden narrar. Ello implica la intervención de múltiples capas redaccionales, intereses políticos y reinterpretaciones teológicas orientadas a legitimar determinadas instituciones, especialmente la monarquía davídica y el papel central de Jerusalén.

En consecuencia, la Estela de Tel Dan parece reforzar la plausibilidad histórica de una tradición davídica antigua, pero no permite confirmar automáticamente la existencia de un imperio davídico en sentido estricto, ni la unificación política efectiva de Israel y Judá, ni la literalidad histórica de las narraciones bíblicas sobre David.


3. Conclusiones

La Estela de Tel Dan demuestra un cambio fundamental en la interpretación de la arqueología y de la epigrafía bíblica. Durante sus inicios y hasta no hace demasiado tiempo, especialmente la primera de antedichas disciplinas, existía prácticamente como una especie de ciencia auxiliar al servicio de una determinada teología de carácter conservador denominada corriente maximalista. Su finalidad no era otra que la de conceder el necesario crédito de carácter eminentemente probatorio a los decires del texto bíblico en su literalidad.

Esta posición – ya lo hemos señalado antes – ha sido históricamente conocida como maximalismo, si bien es cierto que dentro de ella existen variantes más centradas y otras más extremas, aunque todas interpretando el texto bíblico prácticamente al pie de la letra. Actualmente, sin embargo, la arqueología ha experimentado un profunda transformación metodológica, evolucionando hasta constituirse en una disciplina de carácter independiente ya no ordenada hacia la demostración del tenor bíblico sino haciendo gala de una metodología y de una lógica interna propias. Naturalmente esta nueva y evolucionada concepción de la arqueología la ha conducido a reinterpretar muchos datos otrora considerados como indiscutibles desde antiguo por el mero hecho de hallarse insertos en la propia historia bíblica, como siempre pretendiera la escuela maximalista.

Este nuevo estado de cosas está en realidad muy lejos de afirmar que la Biblia no tenga absolutamente ningún tipo de valor histórico. Dicha afirmación sería propia de un minimalismo de carácter radical que no podemos compartir. La Biblia es un libro extraordinario y muy antiguo que debe seguir siendo inapelablemente considerado no tan solo una fuente más, sino una fuente destacada de la historia antigua. Ahora bien, nunca debemos olvidar que, a pesar de ello, siempre debe ser examinada con cautela con la finalidad de no volver a cometer los mismos errores en el pasado cometidos. En efecto, porque la Biblia no es, ni pretende tampoco ser, un libro de historia científica a partir del cual se narren los acontecimientos en ella insertos con la misma metodología y exigencia académica como lo haría una manual de historia contemporáneo.

La Biblia es un texto fundamentalmente teológico. Ha sido escrito ciertamente por creyentes y para creyentes, circunstancia que no obsta al hecho de que en su seno existan multitud de génerosliterarios dispares y que además hayan interactuado en ocasiones, especialmente en el tema de la historia de David que ahora nos ocupa, muchos autores escribiendo en diferentes épocas, razón por la cual se han superpuesto a las perícopas y al texto en general diferentes capas redaccionales que son muy complejas de desentrañar, y que además han conocido un proceso de edición progresivo y también muy dificultoso, obedeciendo a diferentes motivos en ocasiones incluso desconocidos pero no alejados de la política propia de la época. Por esta razón, la Biblia contiene numerosas tradiciones antiguas y lo que es más complejo, interpretaciones posteriores de esas anteriores tradiciones que no son siempre uniformes a las tradiciones antiguas de las que derivan.

En consecuencia, forzar disciplinas científicas tales como la arqueología o la epigrafía para realizar reconstrucciones de la historia, de los descubrimientos arqueológicos o de los textos, no a partir de las evidencias hacia las cuales los mismos materiales descubiertos apuntan, sino hacia el tenor que la Biblia describe, es un error metodológico que no puede conducir más que a conclusiones del todo erróneas, interesadas y en absoluto académicas. Ello no significa evidentemente que las reconstrucciones o que los modelos obtenidos no se comparen con el tenor bíblico ya que, de proceder así, empobrecerían la investigación redundando en una exégesis y en una hermenéutica disminuida y absolutamente descontextualizada.

Nosotros queremos ser claros. No identificamos con una posición minimalista abierta o media que nos conduce a concluir que, a partir de la Estela de Tel Dan, no consideramos posible negar la existencia histórica de lo que fuera la “Casa de David” a la que siguió una dinastía que tuvo su continuación en el tiempo en una saga de reyes que la reclaman en el tiempo.

Sin embargo, ello no significa que la figura de David equivaliera a la que tradicionalmente ha distinguido históricamente a los emperadores o a los grandes reyes al estilo mesopotámico, babilónico, persa o al faraón egipcio. La Biblia, considerando la relevancia, las dimensiones y la riqueza de Judá y posteriormente de Israel, incurre aquí en una exageración, histórica, política y religiosa plausible propia de la literatura de su época, a lo que colabora el hecho de que los textos fueron escritos siglos después.

La Estela de Tel Dan no permite demostrar la historicidad del David bíblico en todos sus rasgos, pero sí hace históricamente verosímil la existencia de una tradición dinástica davídica ya consolidada en el siglo IX a.C.

La figura de David continúa situada en el espacio incierto donde convergen memoria, política, tradición y reconstrucción historiográfica. Precisamente por ello, el debate acerca de su historicidad permanece abierto.

+ Per semper vivit in Christo Iesu




 
 
 

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