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Epístola de Ignacio de Antioquía a los Cristianos Esmirnotas






CUARTA ENTREGA

PRESENTACIÓN, TRADUCCIÓN Y NOTAS POR MIQUEL - ÀNGEL TARÍN i ARISÓ




1. JUSTIFICACIÓN


Entre los meses de enero - marzo del presente año (2022) realizábamos en el espacio de este amable foro del “Escritorio Anglicano” una presentación, repartida durante tres entregas, acerca del pensamiento de san Ignacio de Antioquía, de su vida, sus obras, su compleja y discutida recepción textual - una discusión a la sazón que indicábamos se extendía durante ya más de medio siglo de agria polémica - a la vez que proponíamos para el estudio del antioqueno un elenco bibliográfico políglota, aunque centrado no obstante en la medida de lo posible en la lengua española.


Siendo que el epistolario completo del obispo Ignacio es excesivamente extenso como para aquí ser registrado, incluyendo según la posición tradicional nada más ni nada menos que siete epístolas, hemos creído oportuno concluir en esta cuarta entrega, como habíamos prometido, consignando únicamente una de sus cartas, la cuál presentamos, traducimos y anotamos. Creemos que procediendo así facilitaremos al lector interesado en su estudio una breve nota del destacado genio del señalado Ignacio.



EPISTOLA


Salutación



Ignacio, también llamado Teóforo,[1] a la Iglesia de Dios Padre y de su bien amado hijo[2] Jesucristo; objeto de su clemencia,[3] quien de Dios recibe todos sus dones. Plena de fe y de amor, ninguna gracia le falta.[4] Iglesia venerabilísima depositaria de los tesoros santos establecida en Esmirna del Asia con espíritu irreprochablemente fiel a la palabra de Dios. Saludos.


( I )


(1). Glorifico a nuestro Señor Jesucristo, Dios nuestro, por haberos inspirado tamaña sabiduría. He descubierto[5] vuestra inquebrantable unidad en la fe, clavados en cuerpo y alma a la cruz de nuestro Señor Jesucristo; Confirmados por efecto de su sangre[6] en el amor; Reafirmados por entero en el hecho de que nuestro Señor pertenece al linaje de David según la carne,[7] hijo de Dios por voluntad y poder divinos; nacido verdaderamente de una virgen, bautizado por Juan “para cumplir toda justicia” [8]; (2). Verdaderamente traspasada su carne por clavos por nuestra causa bajo Poncio Pilato y Herodes el tetrarca. Es efectivamente gracias al fruto de la cruz, a su divina y bienaventurada pasión que debemos nuestra existencia[9]. Porque mediante su resurrección Él iza bandera[10] sobre los siglos, escoge a sus santos y a sus fieles de entre judíos y paganos reuniéndolos en un solo cuerpo, el de la Iglesia.


(II)


(1). Jesús aceptó todos sus sufrimientos por nuestra causa en beneficio de nuestra salvación. Verdaderamente Jesús sufrió como verdaderamente resucitó. Y su pasión no fue, como pretenden algunos descreídos, una simple apariencia. ¡Ellos sí que son una mera apariencia! A buen seguro que el destino que los espera se asemejará a sus opiniones: se convertirán en seres incorpóreos y fantasmales[11].


(III)


(1). Yo creo, más, sé, que Jesús, incluso después de resucitar, permaneció en su carne. (2). Cuando se presentó ante Pedro y sus compañeros les dijo: “Tocarme, palparme y ver como no soy un espíritu sin cuerpo.”[12] Y entonces tocándolo, creyeron. Fue la estrecha comunión con su carne[13] y con su espíritu la que les permitió despreciarla e incluso no temerla, mostrándose así más fuertes que ella. (4). Después de la resurrección, Jesús comió y bebió con ellos, como un ser de carne cualquiera, aunque estuviera espiritualmente unido[14] a su Padre.


(IV)


(1). Os recuerdo todas estas verdades, estimados, sabiendo que ellas son también vuestra profesión de fe. Os advierto contra esas fieras con rostro humano[15]. No solamente no debéis recibirlas, ni siquiera debéis frecuentarlas. Limitaros a orar por ellas por su conversión, la cual es ciertamente dudosa, aunque todo sea posible a Jesucristo nuestra vida verdadera. (2). Puesto que si solamente en apariencia Jesucristo hizo todas estas cosas, en apariencia también yo llevo mis cadenas[16]. ¿Por qué me habría entonces yo entregado a la muerte, al fuego, a la espada o a las fieras?[17] Sin embargo estar cerca de la espada equivale a estar cerca de Dios, siempre que ello sea en nombre de Jesucristo. Todo lo sobrellevo a cambio de compartir su pasión con Él, quien asumiera toda nuestra humanidad y me fortalece.


(V)


(1). Algunos, por mera ignorancia, lo rechazan, empero es más bien Él quien los ha rechazado[18]: son abogados de la muerte, no de la verdad. Nada ha podido convencerles[19], ni los profetas ni la ley de Moisés, (2) ni el mismo evangelio, ni nuestros sufrimientos[20]. Les inspiramos los mismos pensamientos. Pues ¿Qué han de importarme las alabanzas que se me hacen si después los mismos que las profieren blasfeman contra el Señor negando su carne? Rechazar esta verdad y negar a Cristo es la misma cosa e implica revestirse de muerte[21]. (3). No escribiré sus nombres[22] por su infidelidad. Que desaparezcan de mi memoria mientras no confiesen la Pasión [de Jesús], es decir nuestra resurrección.[23]


(VI)


(1). Que nadie se equivoque: incluso los seres celestes, los ángeles con su gloria, las potencias visibles e invisibles, están expuestas al Juicio de no creer en la sangre de Cristo. “Quien pueda entender que entienda.”[24] No os envanezcáis por vuestro rango, pues solamente es importante la fe y la caridad a las que nada supera.[25] (2). Aprender a reconocer a los hombres que traicionaron la Gracia que nos regaló Jesucristo con doctrinas extrañas; Notad como se oponen a los designios divinos: desprecian la caridad, descuidan a las viudas, a los huérfanos, a los afligidos, a los cautivos y a los libertos, a los hambrientos y a los sedientos.



(VII)