Las beguinas V

Especial mención de Matilde de Magdeburg Conclusión de la serie

“Es una vergüenza para la comunidad de los teólogos que en más de setecientos años transcurridos desde la muerte de Matilde no hayan llegado a concretar ni un solo trabajo serio sobre esta segunda cumbre de la teología carismática de la Edad Media –después de Hildegarda y antes de Eckhart y su grupo–. Esta mujer fuerte ha mantenido en suspenso desde hace tiempo a historiadores y filólogos, quienes hasta ahora sólo han logrado trazar amplios arcos alrededor de su centro luminoso.”

(Hans Urs von Balthasar)





1. El obligado pasaje de las beguinas hacia las órdenes religiosas canónicamente regladas




En nuestro artículo anterior (1) analizábamos, entre otras, la importante figura de Juliana de Lieja (1192 / 93 - 5 de abril de 1258), piadosa mujer declarada santa por parte de la Iglesia Católica. Juliana fue una destacada beguina huérfana a los cinco años de edad y perteneciente a una familia paupérrima que se hiciera cargo de la leprosería de Mont Cornillon para ser posteriormente elegida abadesa del monasterio del mismo nombre.


Dotada de visión mística (2) y con estrechos contactos con el obispo de Lieja, Robert de Thorete, así como también con el papa Urbano IV, Juliana fue sin duda una beguina de singular importancia. Experimentó numerosos arrebatos místicos, escribió brillantes textos y concibió y organizó la fiesta eucarística de “Corpus Christi”, la cual se celebró por vez primera en la historia de la Iglesia en la ciudad de Lieja en el año 1258.


A nosotros nos interesa especialmente ahora Juliana de Lieja por el carácter paradigmático que adquiere su figura. En efecto, ya que inaugurará la costumbre, posteriormente muy seguida por otras beguinas, de pasar desde el beguinaje propiamente dicho hacia las órdenes religiosas reguladas canónicamente por la Iglesia.

Antedicho pasaje de Juliana desde el beguinato hacia una orden religiosa convencionalmente regulada por la Iglesia católica, si bien pionero, no fue en absoluto un hecho puntual diferencial de carácter exclusivo. Hay que destacar que estos pasajes por las beguinas realizados desde los beaterios hacia los monasterios pertenecientes a las órdenes religiosas no constituyeron nunca verdaderos actos de libertad, sino, desafortunadamente, más bien todo lo contrario.


En efecto, se debieron fundamentalmente a los problemas y a las enormes dificultades que estas mujeres experimentaron provocados por la intolerancia y por el patriarcalismo generalizado y característico de los jerarcas eclesiásticos al juzgar estos últimos su libertad intelectual y teológica como un desacato, más que hacia la Iglesia, hacia su propio “statu quo”. Las beguinas se sentían en consecuencia desprotegidas ante el poder prácticamente omnímodo que entonces ejercían los obispos, normalmente y cada vez más predispuestos negativamente contra ellas.

Además, por si todo ello fuera ya poco grave para la suerte de las “bonnes femmes”, sucedió algo originariamente impensable: las autoridades principales de las ciudades, las cuales vieron nacer el movimiento beguino constatando la enorme ayuda y progreso que el beguinaje deparó al desarrollo de las ciudades mismas, terminaron por girarles la espalda, tratando de imponerles en muchas ocasiones cargas y gravámenes diversos que las beguinas no quisieron aceptar. Esta fue la injusta retribución que el estamento burgués abonó a las beguinas. Incluso los poderosos gremios artesanos las contemplaron despectivamente como resultado de no poder controlar de ninguna manera su actividad laboral a partir de la que muchas beguinas y beaterios se manutenían.


De manera que las beguinas, siguiendo los pasos de Juliana de Lieja, y ahora de manera mayoritaria, aunque nunca absoluta, llegaron a la conclusión de que la afiliación a una orden religiosa establecida y reconocida por la Iglesia podía servirles de salvoconducto y de refugio vocacional. De este modo las beguinas se fueron incorporando progresivamente a las ramas femeninas monacales más implantadas tales como las de los agustinos, los franciscanos, los dominicos, o incluso la de los benedictinos cistercienses. Ello podía permitir a las beguinas continuar siendo beguinas ... aunque incluso fuera como tercera orden.


2. Matilde de Magdeburgo


La beguina más eminente de este período fue Matilde de Magdeburg, (1207- circa 1282). Anteriores fechas son meramente aproximativas, especialmente la de su fallecimiento. Sabemos que Matilde fue una beguina alemana nacida en un castillo de Magdeburgo sito en la región de Helfta. Hija de una familia noble y muy bien acomodada recibió, dada su extracción nobiliaria adinerada, una notable formación, ora en las escuelas benedictinas, sin duda las más excelentes de su época, ora “intra muros” de su castillo natal. Poca cosa más puede ser dicha ya que poseemos en realidad escasísimos datos acerca de su biografía.


Matilde fue beguina, poetisa y mística (3) y, aunque de hecho por desgracia solo recientemente redescubierta, representa sin lugar a duda una de las cimas literarias del siglo XIII.


Su primera visión Matilde la tuvo a la temprana edad de doce años, habiendo sentido, según sus propias y literales palabras “el saludo que fluye del Espíritu Santo”, dicción que determinaría a la postre el título de su futuro libro.

Con algo más de 20 años renunció a su rica herencia y a todos sus privilegios familiares para instalarse, viviendo una vida filantrópica, sencilla y asistencial, como beguina en el beaterio de la ciudad de Magdeburg. Matilde permanecerá en antedicho beguinaje durante más de 30 años. Durante este tiempo, y a instancias de su confesor, Enrique de Halle, a la sazón amigo personal de su hermano Balduino, quien llegó a ser sub prior de los dominicos en susodicho monasterio, dará forma escrita a sus visiones pergeñando su extraordinario libro: “La luz que fluye de la divinidad”.


Entre la relación de visiones y efluvios amorosos de carácter místico consignados en su libro, Matilde, una mujer sagaz donde las hubiera dotada además de un gran espíritu crítico y mordaz cuando así lo deseaba, dejaba caer como quien no se da cuenta aquí y allá en su texto numerosos comentarios críticos repletos de ironía y de verdad que ponían en evidencia los vicios, la opulencia y la relajación de costumbres morales del clero, especialmente de muchos dignatarios y obispos. A la vez, también ridiculizaba tanto como lamentaba los constantes enfrentamientos que mantenían el papa y el emperador por asuntos de poder, los cuales desorientaban enormemente a la cristiandad. Matilde juzgaba - sin duda acertadamente como la historia ha demostrado - que en muchas ocasiones las disputas no eran culpa exclusiva del emperador, sino más bien intromisiones inopinadas y por lo tanto injustificadas del papa en asuntos seculares mundanos en los cuales no debía entrometerse.


Toda esta serie de comentarios realizados por Matilde, aunque hoy nos pueden parecer de poca importancia, en su época podrían haberle fácilmente costado la vida. Ello no sucedió, afortunadamente, pero su libertad de pensamiento y su valentía le ocasionaron una verdadera fuente de problemas, de manera que Matilde experimentó tanto la incomprensión como el odio y hasta la persecución por parte de los estamentos eclesiásticos, sintiéndose en consecuencia indefensa como beguina y mujer ante semejante despliegue de poder.


La persecución contra Matilde arreció indirectamente porque, entre los años 1260 - 1261, el Sínodo provincial tenido en la provincia eclesiástica de Magdeburgo determinó el sometimiento de todas las beguinas bajo las órdenes directas del clero parroquial sin excepción alguna. De manera que Matilde, siguiendo los consejos de su confesor y director espiritual, el dominico Enrique de Halle, ingresó en el monasterio cisterciense de Helfta en el año 1271, ya en las postrimerías del siglo XIII. Matilde era ya una mujer por aquel entonces mayor pues contaba 63 años, una edad considerable si consideramos la esperanza de vida de su época.


Antedicho monasterio de Helfta era dependiente, en orden al sacramento de la confesión, de los dominicos del monasterio de Halle, los cuales tenían una relación mucho más distendida y amical con las beguinas que los obispos y el clero regular. Matilde residirá durante todo el resto de su vida en antedicho monasterio ejerciendo como maestra de mística, un cargo especialmente creado para ella.


Hay que señalar, no obstante, que en realidad el monasterio de Helfta fue una suerte de verdadero oasis espiritual para Matilde de Magdeburg. En efecto, pues su estancia en el mismo no tan solo desató su inmensa creatividad literaria, fue allí de hecho donde concluyó su excepcional libro, sino que además logró liberarla del férreo y asfixiante control episcopal diocesano ejercido por el obispo mediante la acción del clero regular a sus órdenes.


Al igual que sucediera con el gran teólogo reformado picardo Jean Calvin, Matilde consagró toda su vida al redactado de un único libro: “La luz que fluye de la divinidad”, un libro a la sazón que compendia siete libros que se van entremezclando y completando para describir el camino que transita el alma para alcanzar a Dios, un camino que no recorre el alma humana sola, sino que es también transitado por Dios mismo, el cual permanentemente llama al alma humana hacia sí, de manera que amado y amada, Dios y el alma humana, se funden en un amor tan puro e indisociable que llegan a ser uno solo. Veamos un ejemplo.

Habla Dios:


Tú eres sentimiento de amor para mi deseo, tú eres dulce refresco para mi pecho, tú eres beso íntimo para mi boca, tú eres beato gozo de mi hallazgo. Yo estoy en ti y tú estás en mí, y no podemos estar más cerca puesto que los dos hemos confluido en uno y estamos fundidos en una sola forma y permaneceremos eternamente imperturbables (4)


El título del libro le es a Matilde revelado por Dios al ser interrogado por la beguina acerca del mismo en el contexto de una conversación durante un éxtasis. Sea como fuere, y pónganse las dudas y suspicacias que se pongan, es no obstante indiscutible el hecho de que nos hallamos ante la primera obra de género místico redactado en lengua alemana.


El estilo literario de Matilde dice relación con la poesía cortesana profana tan cara a la época, pero enfocada siempre hacia el amor a Dios. De esta manera su terminología, sus giros literarios y su mensaje, escritos siempre en lengua vernácula bajo alemana del norte y nunca en latín, lengua esta última que Matilde dice desconocer pero que en base a su formación seguramente conocería hasta el detalle, facilitaron que su mensaje fuera perfectamente comprensible a oídos de sus contemporáneos, logrando así transmitir su pensamiento teológico místico de manera convincente, hermosa y acepta por el pueblo.


Matilde utiliza expresiones elevadamente eróticas, de ello no cabe ningún género de duda, al estar influenciada no tanto por la mística nupcial del “Cantar de los Cantares”, que san Bernardo de Claraval tan brillantemente desarrollara, como por la literatura del amor cortés trovadoresco. No obstante, Matilde jamás se muestra vulgar ni muchísimo menos soez, sino todo lo contrario, presentando siempre su verso de manera elegante, a la par tanto inocente como delicada, tanto ascética como casta, con la finalidad de destacar la inmensidad inabarcable e insondable del amor de Dios, el cual implanta en el ser humano una impronta de amor tan plena y absoluta como inolvidable e irrenunciable.


Los siguientes versos de Matilde bien podrían haber sido compuestos por algún brillante trovador bajo medieval:


“Todo aquel que fue una vez herido por el amor verdadero ya nunca se curará del todo a menos que vuelva a besar la boca que su alma dejó herida” (5)


Su gran obra, “La luz que fluye de la divinidad” pertenece sin duda al género literario poético místico, aunque es, sin embargo, una obra en realidad muy compleja que compendia y refunde diferentes géneros literarios muy desiguales entre si que van desde lo teológico hasta lo político pasando por las adivinanzas populares ... circunstancia que convierte la obra de Matilde en un texto realmente de muy compleja catalogación:


“La luz que fluye de la divinidad es en muchos aspectos una obra sorprendente. Es literatura religiosa que pone el acento en el ascetismo y la castidad; sin embargo, habla un lenguaje que chispea de erotismo. Matilde quería vivir en Magdeburgo retirada y en pobreza; sin embargo, con su libro se posiciona en cuestiones controvertidas que en aquel entonces eran discutidas en toda Europa. Una y otra vez, la mística insiste en que su lenguaje es quebradizo y frágil; no obstante, escribe una obra de una enorme fuerza poética. Religión y erotismo, mística y política, libertad y espiritualidad, lo inefable y lo revelado son temas que su libro pone ante los ojos de las lectoras y los lectores actuales. Las formas que adopta la escritura del libro son inusitadamente ágiles. En él se alterna oraciones y debates, proverbios y tratados, poemas y disertaciones, visiones del cielo y discurso político, adivinanzas y poemas de amor. El paso entre unos y otros es con frecuencia fluido, pues los textos narrativos, poéticos y reflexivos se solapan”. (6)


La abadía cisterciense de Helfta donde Matilde ahora residirá hasta el final de sus días fue un lugar muy importante en un momento crucial de la historia de la espiritualidad mística europea. En efecto, pues constituyó matriz fecunda que viera nacer los textos de grandes escritoras y teólogas místicas verdaderamente destacadas que influirían mucho en el pensamiento teológico de su tiempo.

3. Las relaciones de Matilde de Magdeburg con Matilde de Hackeborn y Gertrudis “la Grande” en Helfta


Cuando la beguina Matilde de Magdeburg entró, ya mayor como se dijo, en el monasterio de Helfta, halló allí presente a la maestra de la escuela de niñas y formadora de novicias y de jóvenes profesas Matilde de Hackeborn (1240/1241 - 19 de noviembre de 1298), monja natural de Sajonia, Turingia, la cual ejercía como abadesa del monasterio. Actualmente es una santa reconocida por la Iglesia Católica. Matilde de Hackeborn pertenecía a una familia Turingia noble y muy rica que emparentaba con el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico II, .

Nótese que, aunque posean nombre idéntico - Matilde - se trata no obstante de personas diferentes (circunstancia que algún manual de historia de la Iglesia de extracción evangélica parece inexplicablemente desconocer, además de tratar el tema de manera falaz, ignorante e intelectualmente inadmisible) Matilde de Magdeburg, quien fuera y siempre se considerara beguina a pesar de su ingreso en un monasterio regular cisterciense, y Matilde de Hackeborn, quien nunca fuera beguina sino monja benedictina.


Ambas fueron mujeres de una enorme talla tanto espiritual como intelectual, aunque ambas tuvieron siempre una sensibilidad, un pensamiento y un estilo literario muy diferente. Matilde de Hackeborn estaba especialmente dotada para la composición musical y el canto de alabanza espiritual. No podemos ahora detenernos en su análisis pues excede los límites de nuestro estudio, el cual se circunscribe a las beguinas.


Matilde de Hackeborn, la formadora, monja y abadesa cisterciense, había sido maestra y directora espiritual de otra persona extraordinaria como fuera sin duda la monja Gertrudis, denominada “la Grande”, o “la Magna”, también declarada santa por la Iglesia Católica. Ambas fueron sin lugar a duda personajes muy importantes y cruciales en el desarrollo y en la promoción del culto al Sagrado Corazón de Jesús, el cual teologizaron de manera mística en el sentido de buscar la unión con Dios a través del latido histórico y meta histórico de la Encarnación en su relación con la dación de vida a través del sacramento de la Eucaristía.


Tanto la abadesa Matilde de Hackeborn como Gertrudis “la Magna”, acerca de la cual por cierto no sabemos ni dónde nació ni siquiera a qué familia perteneció, fueron grandes escritoras y experimentaron arrebatos místicos, al igual que nuestra Matilde de Magdeburg. Sucedió, no obstante, que mientras esta última nunca escribió en latín, Matilde de Hackeborn y Gertrudis de Helfta siempre utilizaron esta lengua en sus escritos, jamás hicieron uso en ellos de su lengua alemana materna, que era también su lengua vehicular. La abadesa y Gertrudis fueron además destacadas latinistas. No se trata de un mero detalle sin importancia ... En efecto, pues ello propició y facilitó que sus obras fueran ampliamente famosas por haber sido muy leídas en Roma y altamente promocionadas en los círculos ortodoxos y de poder, mientras que los textos de Matilde de Magdeburgo no lo fueron.


Esta circunstancia propició que la Matilde abadesa y la monja Gertrudis tuvieran una gran ventaja sobre Matilde de Magdeburg, quien nunca renunció a escribir en alemán, y que fueran por lo tanto mucho más leídas y famosas en su época, circunstancia que por cierto nunca incomodó ni siquiera en lo más mínimo a la de Magdeburgo, una persona ya mayor y mucho más centrada en Cristo que en la fama y en los asuntos del siglo. Sin embargo, a pesar de que los escritos de las tres monjas cistercienses fueron muy importantes, el libro de la beguina Matilde de Magdeburg, “La luz que fluye de la divinidad”, constituye actualmente un enorme monumento de la filología germánica, mientras que los textos de la abadesa y de Gertrudis cistercienses, a pesar de ser como hemos señalado mucho mejor recibidos en su época, no han pasado sin embargo con brillantez a la posteridad.


Desde esta perspectiva, no hemos de olvidar que la beguina y monja Matilde de Magdeburgo era 30 años más mayor que Matilde de Hackeborn y 40 años más mayor que Gertrudis “la Grande”, de manera que su avanzada edad fue también un importante elemento que impidió la promoción de su teología mística tan elevadamente intimista e introspectiva pero muy ligada a su personalidad, a su ser, a su energía, a su vida entera, la cual iba progresivamente apagándose.

Sea como fuere, las tres religiosas constituyen sin duda alguna la punta de lanza de la espiritualidad de su época, una espiritualidad, no obstante, como señalábamos, muy diferente entre sí.



4. Importancia del “momentum”

Era el momento en el cual el abate de Clairvaux urgía hacia la necesidad de una reforma radical en los monasterios, hacia la vivencia de una existencia más sencilla y cristocéntrica, de una espiritualidad más austera, de un recato y de un recogimiento menos ostentoso en el estamento eclesiástico monacal, de un canto más tranquilo que el gregoriano utilizado por los benedictinos de Cluny ... ideario y reformas que Matilde de Hackeborn y Gertrudis de Helfta aceptaron de muy buen grado. De hecho, aunque ellas no entraran nunca en el contexto de la vida monástica benedictina propiamente dicha, sin embargo, sí que compartieron el carisma benedictino reformista de Bernardo, las propuestas pausadas y centradas que lo caracterizaron, circunstancia que explica el hecho de que, a diferencia de otras místicas importantes como por ejemplo Hadwijch de Bravante o Margarita Porette, en sus visiones místicas, las cistercienses jamás experimentaran el arrebato absoluto de la divinidad, sino que estas operasen de un modo - por así calificarlo - mucho más discursivo, mucho menos frenético y arrebatador, interviniendo un mayor relajamiento místico y estando normalmente este relacionado con los pasos de la vida de Jesús: Jesús niño, Jesús médico ...

Mientras que, al contrario, Matilde de Magdeburg experimentará siempre, siguiendo la original y vibrante tradición mística beguina, un misticismo mucho más intenso y arrebatado, interviniendo una exaltación y una profundidad absolutamente descomunales, experimentando la completa posesión de su ser por la santidad de la divinidad y estupefacta ante la simple intuición vertiginosa de la sima del amor inconmensurable de Dios. No en vano Matilde denomina a esta experiencia el:

“Sentirse completamente hundida en al amor infinito de Dios”.


Se trata sin duda de la misma experiencia que otra ilustre beguina, Hadwijch de Amberes, calificaba como:

“Sentir el vértigo infinito de Dios”


Como vemos, se trata de una experiencia mística mucho más profunda, intensa y abarcante y, por lo tanto, también, mucho más tocada de inefabilidad, ante la cual cabe solamente el silencio y la adoración, pero nunca el encasillamiento al cual propenden las definiciones y hasta las mismas palabras las cuales nunca serán capaces de acotar lo divino.

Matilde de Hackeborn y Gertrudis de Helfta, insertas como decíamos en esta mística mucho menos extrema y mucho más acomodaticia, controlada y tradicional, fueron como dijimos santas, mientras que la beguina Matilde quedó completamente eclipsada en su época por las anteriores, aunque lograra ya en su avanzada edad finalizar el séptimo y último libro de su texto: “La luz que fluye de la divinidad” en el monasterio de Helfta, donde residiera junto a las santas.

No obstante, y por muy santas que sean, en la actualidad los escritos de la beguina Matilde de Magdeburg son mucho más valorados y estudiados que los textos de las santas cistercienses. Hay que reconocerlo sin ambages: Matilde jamás traicionó su inquebrantable, indomable y profundo espíritu beguino. Por muy monja que las circunstancias de la vida le obligaran a ser.


5. Matilde: un efluvio exquisito y consistente de mística renana


La espiritualidad de las beguinas alemanas y flamencas fue única en el mundo. Su intensidad, originalidad y osadía espiritual no han tenido parangón en el decurso de la historia de la Iglesia. Sus arquetipos fueron también asumidos y en muchos sentidos completados y perfeccionados por el maestro Eckarth (1260 - 1328) de la orden de los predicadores, y por sus discípulos Hans Ruysbroeck, del cual ya hemos hablado en otro artículo y por cierto no demasiado bien ... y de los también dominicos Henry Suso y Johannes Tauler.


Sin duda toda esta mística del Rhin se articula en torno a tres grandes paradigmas. Uno de ellos es el aprecio por el amor cortés trovadoresco, tan caro al pueblo, orientado no obstante hacia Dios. Ya nos hemos extendido suficientemente sobre el particular.


El segundo gran paradigma, por cierto, también, muy propio de san Bernardo de Clairvaux, aunque no le pertenece en exclusiva ni es tampoco su creador, es el descubrimiento vivencial de la humanidad de Jesucristo leído a través de la alegría existencial inherente al libro bíblico del “Cantar de los Cantares”, una mística en la cual Jesús es vivenciado como el esposo del alma.


El tercer arquetipo, en el cual nada tiene que ver san Bernardo, es absolutamente específico de la mística renano beguina: se trata de una tipología mística que se concibe como altamente especulativa y contemplativa, contenida y deducida a partir del prólogo del evangelio según san Juan (1, 1) donde la Palabra, el Verbo de Dios Unigénito e Increado es el protagonista Personal y propio generante de una cristología descendente de tipo “logos - sarx”, leído desde un punto de vista metafísico de tipo neoplatónico y unido a la mística negativa apofática (7) característica del Pseudo Dionisio Areopagita, quien afirmara que existe efectivamente una tendencia humana hacia lo divino de carácter irrenunciable que con - vence al ser humano y que va siempre mucho más allá de nuestra comprensión y por lo tanto de nuestras formulaciones lógico racionales por complejas que estas sean.


De modo que el hombre tiene siempre abierto un acceso privilegiado a Dios mediante la “Via amoris”, jamás por la sola “Via rationis”. Por lo tanto, de poco o de nada nada valen la razón sola, ni los silogismos filosóficos lógico teológicos, ni la diatriba, ni la especulación filosófica teológica ... Únicamente guía hacia Dios SU voluntad de amar, la cual crea en nosotros un impulso en lo más profundo del alma donde se produce el reconocimiento del Logos divino que siempre moró allí, circunstancia que posibilita que esta reciba y se abra a Dios mediante el amor. La respuesta noble ante el Amor de Dios debe ser el amor humano, ya que Dios nos amó primero.


Nótese en consecuencia que el origen Fontal de la relación entre Dios y el ser humano es el amor de Dios, quien crea en nosotros el amor hacia Él y hacia los demás. Esta es y no otra, precisamente, la espiritualidad que caracteriza al sistema místico de Matilde de Magdeburgo. Una teología que se mueve, que vive y que se nutre directamente del amor de Dios regalado al alma humana. Este es definitivamente su arquetipo teológico místico.

Por ello se comprende perfectamente que su esquema místico tuviera necesariamente que chocar de bruces contra la teología oficial de carácter escolástico de su época, la cual, a efectos prácticos, prima la razón sobre la revelación. No en vano el mismo Santo Tomás de Aquino afirmaba que mediante la razón se podía alcanzar a Dios. Esta premisa no hubiera sido probablemente rebatida por Matilde, pero sí que hubiera sido relegada al ámbito del posibilismo marginal, ubicada siempre en dependencia del amor de Dios y hacia Dios, único elemento de su verdadero conocimiento.


Actualmente muchos teólogos, filósofos, filólogos especialmente germánicos, y hasta psiquiatras y psicólogos, además de otros especialistas multidisciplinares, estudian concienzudamente el libro de Matilde de Magdeburg: “La luz fluyente de la divinidad”, mucho más que los escritos de la otra Matilde y de Gertrudis, ambas como dijimos, santas.


Dice Matilde de Magdeburgo en un bello poema:


“Dios ha dado a todas las criaturas vivir conforme a su naturaleza. ¿Cómo podría entonces yo oponerme a mi propia naturaleza? Lejos de cualquier cosa, yo he de darme a Dios, quien es mi Padre por naturaleza, mi hermano por la humanidad, mi novio por el amor. Y yo soy suya sin comienzo. ¿Os podéis imaginar que no sintiera la fuerza de esta naturaleza? ¡Alma, esposa mía! Tú has de estar tan fuertemente connaturalizada en mi que nada pueda interponerse entre tu y yo. La divinidad ya no es para mi una cosa extraña, pues siempre y sin trabas la siento en todos mis miembros.” (8)


Para Matilde la relación amorosa con Dios no es una fuerza informe y difusa como fuera en el caso de la beguina Hadwijch de Amberes, un torbellino absoluto que la envolvía y la transportaba hacia la profundidad de su ser que no es otro que el de Dios. Para Matilde, sin embargo, esa fuerza ingente es claramente tripersonal, es decir trinitaria. Desde esta perspectiva Matilde bebe de la teología trinitaria de los Padres griegos - especialmente de los tres grandes capadocios - y de Guillermo, Abate de Saint Thierry. (9)


Nótese como Matilde, hablando del alma de Dios, lo hace no menos bellamente que lo haría Hadwijch, pero desde un punto de vista claramente trinitario:


“El rayo de la deidad del Padre la traspasa una luz inconcebible. La humanidad amante del Hijo la saluda. El Espíritu Santo la toca, abriéndole una fuente que emana. Escuchad como resuena la deidad del Padre, como canta la humanidad del Hijo y como el Espíritu toca las arpas del cielo de manera que todas las cuerdas vibran porque están tensadas por el amor” (10)


La experiencia de las beguinas de Flandes se halla por lo tanto en la base de toda la teología espiritual del Rhin. Desde esta perspectiva, hay que considerar unitario el lenguaje beguino, dado que durante los siglos XIII y XIV el alemán todavía experimenta un proceso de normalización, de manera que las diferencias entre el alemán propio de zonas como Baviera o Sajonia, y el flamenco o el neerlandés, aunque existían, efectivamente, no eran excesivamente perceptibles.


La mística renana que ofrecerá carta de natalidad a la escuela dominicana de Colonia del siglo XIV es a nuestro juicio más intensa e importante que la mística carmelitana castellana de san Juan de la Cruz y de santa Teresa de Jesús. El “chef de file” de esta escuela renana fue sin ninguna duda el Meister Eckhart, dominico y profesor de teología en París. Es autor de tratados importantísimos de espiritualidad de carácter místico. En unos versos dirá:


“El camino del espíritu te conducirá a un desierto maravilloso que se extiende a lo largo y a lo ancho sin límites. Este desierto no tiene ni lugar ni tiempo, y de él solamente sabemos de su existencia porque estamos” Nótese su innegable y estrecha relación con el estilo característico propio de la mística beguina que venimos describiendo en Matilde y en otras importantes beguinas. El Maestro Eckhart fue objeto de un largo e injusto proceso inquisitorial que finalizó desafortunadamente con la condena de sus obras por parte del Papa Juan XXII en el año 1329, cuando Eckhart ya había fallecido. Sin embargo, fue plenamente rehabilitado no hace demasiado tiempo, en el año 1992, por parte del por entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la “Congregatio pro doctrina fidei”.


La escuela mística renana alcanza su punto cenital con el Meister Eckhart, y también con sus dos más destacados alumnos, el dominico alsaciano Johannes Tauler (c. 1300 - 1361) y Heinrich Seuse (c. 1300 - 1361). Tauler fue un eminente teólogo autor de una importante “Vida de Jesucristo”, aunque su doctrina espiritual se encuentra más detallada en su libro titulado “Institutiones”.


Leamos a continuación un fragmento de su destacada mística apofática renana:


“Entonces, el espíritu es impulsado por encima de todas sus potencias intelectuales y sensoriales, hacia un desierto desconocido, del cual nadie puede hablar, dentro de la tiniebla oculta de aquello que no está ni aquí ni allá. Entonces el espíritu es conducido hacia la unidad absolutamente simple que no admite ninguna cualificación ni ninguna distinción. Podríamos denominarla una tiniebla invisible, la cual es sin embargo la luz esencial. Es, y así podríamos definirlo, un desierto salvaje, más allá de todo lo que podamos imaginar, donde no cabe camino ni norma para progresar. Esta tiniebla de hecho significa esto. Es una luz a la cual el entendimiento humano no puede acceder, ni comprender por naturaleza, salvaje, digo, porque no hay camino de acceso. El espíritu que se introduce es llevado por encima de si mismo, y de todo aquello que pueda concebir y comprender. Es allí donde beberá de la fuente del fondo de la cual brota la verdadera fuente esencial. ¡Ah que dulce, fresca y pura! como los son las aguas que bebemos de la fuente misma.” (11)


Nótese también la íntima conexión con la mística beguina. Johannes Tauler también fue perseguido por la inquisición y tuvo que huir desde Estrasburgo a Basilea. Hoy es considerado en la Iglesia Católica y más allá de sus confines como un maestro espiritual indiscutible, y también venerado como beato.


6. Margarita Ebner

Otra figura femenina emblemática de la mística renana fue la beata Margarita Ebner. Fue la primera persona que canonizara el Papa Juan Pablo II durante su pontificado, concretamente en el año 1979.


Nació alrededor del año de 1291 en Donauworth, Baviera, ingresando en el monasterio de Médingen perteneciente a las hermanas de la orden de los predicadores el año 1306. El monasterio estaba dedicado a la Asunción de la Virgen Madre de Dios.


Margarita se introdujo en la vía mística a través de la lectura del libro “La luz fluyente de la divinidad” escrito como sabemos por la beguina Matilde de Magdeburg. Posteriormente Margarita entró en la esfera de influencia de la teología mística de Johannes Tauler. Allí conectó con otro gran místico renano: el beato Enrique Suso, discípulo de Johannes Tauler.


Suso fue un muy brillante místico, aunque también un religioso que rompe todos los moldes. En efecto, ya que perteneció de manera intermitente - es difícil hallar otra definición para su caso ... a la orden de los frailes predicadores, entrando y saliendo de ella cuando le parecía conveniente.

7. Fructificación de las semillas beguinas

Margarita Ebner llegó a ser priora de su Convento, siendo además destacada impulsora de un importante movimiento laical denominado: “Los amigos de Dios” (12) el cual fue muy activo especialmente en Basilea, pero también en Estrasburgo y en Colonia, así como en los Países Bajos.