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Las beguinas V

Especial mención de Matilde de Magdeburg Conclusión de la serie

“Es una vergüenza para la comunidad de los teólogos que en más de setecientos años transcurridos desde la muerte de Matilde no hayan llegado a concretar ni un solo trabajo serio sobre esta segunda cumbre de la teología carismática de la Edad Media –después de Hildegarda y antes de Eckhart y su grupo–. Esta mujer fuerte ha mantenido en suspenso desde hace tiempo a historiadores y filólogos, quienes hasta ahora sólo han logrado trazar amplios arcos alrededor de su centro luminoso.”

(Hans Urs von Balthasar)





1. El obligado pasaje de las beguinas hacia las órdenes religiosas canónicamente regladas




En nuestro artículo anterior (1) analizábamos, entre otras, la importante figura de Juliana de Lieja (1192 / 93 - 5 de abril de 1258), piadosa mujer declarada santa por parte de la Iglesia Católica. Juliana fue una destacada beguina huérfana a los cinco años de edad y perteneciente a una familia paupérrima que se hiciera cargo de la leprosería de Mont Cornillon para ser posteriormente elegida abadesa del monasterio del mismo nombre.


Dotada de visión mística (2) y con estrechos contactos con el obispo de Lieja, Robert de Thorete, así como también con el papa Urbano IV, Juliana fue sin duda una beguina de singular importancia. Experimentó numerosos arrebatos místicos, escribió brillantes textos y concibió y organizó la fiesta eucarística de “Corpus Christi”, la cual se celebró por vez primera en la historia de la Iglesia en la ciudad de Lieja en el año 1258.


A nosotros nos interesa especialmente ahora Juliana de Lieja por el carácter paradigmático que adquiere su figura. En efecto, ya que inaugurará la costumbre, posteriormente muy seguida por otras beguinas, de pasar desde el beguinaje propiamente dicho hacia las órdenes religiosas reguladas canónicamente por la Iglesia.

Antedicho pasaje de Juliana desde el beguinato hacia una orden religiosa convencionalmente regulada por la Iglesia católica, si bien pionero, no fue en absoluto un hecho puntual diferencial de carácter exclusivo. Hay que destacar que estos pasajes por las beguinas realizados desde los beaterios hacia los monasterios pertenecientes a las órdenes religiosas no constituyeron nunca verdaderos actos de libertad, sino, desafortunadamente, más bien todo lo contrario.


En efecto, se debieron fundamentalmente a los problemas y a las enormes dificultades que estas mujeres experimentaron provocados por la intolerancia y por el patriarcalismo generalizado y característico de los jerarcas eclesiásticos al juzgar estos últimos su libertad intelectual y teológica como un desacato, más que hacia la Iglesia, hacia su propio “statu quo”. Las beguinas se sentían en consecuencia desprotegidas ante el poder prácticamente omnímodo que entonces ejercían los obispos, normalmente y cada vez más predispuestos negativamente contra ellas.

Además, por si todo ello fuera ya poco grave para la suerte de las “bonnes femmes”, sucedió algo originariamente impensable: las autoridades principales de las ciudades, las cuales vieron nacer el movimiento beguino constatando la enorme ayuda y progreso que el beguinaje deparó al desarrollo de las ciudades mismas, terminaron por girarles la espalda, tratando de imponerles en muchas ocasiones cargas y gravámenes diversos que las beguinas no quisieron aceptar. Esta fue la injusta retribución que el estamento burgués abonó a las beguinas. Incluso los poderosos gremios artesanos las contemplaron despectivamente como resultado de no poder controlar de ninguna manera su actividad laboral a partir de la que muchas beguinas y beaterios se manutenían.


De manera que las beguinas, siguiendo los pasos de Juliana de Lieja, y ahora de manera mayoritaria, aunque nunca absoluta, llegaron a la conclusión de que la afiliación a una orden religiosa establecida y reconocida por la Iglesia podía servirles de salvoconducto y de refugio vocacional. De este modo las beguinas se fueron incorporando progresivamente a las ramas femeninas monacales más implantadas tales como las de los agustinos, los franciscanos, los dominicos, o incluso la de los benedictinos cistercienses. Ello podía permitir a las beguinas continuar siendo beguinas ... aunque incluso fuera como tercera orden.


2. Matilde de Magdeburgo


La beguina más eminente de este período fue Matilde de Magdeburg, (1207- circa 1282). Anteriores fechas son meramente aproximativas, especialmente la de su fallecimiento. Sabemos que Matilde fue una beguina alemana nacida en un castillo de Magdeburgo sito en la región de Helfta. Hija de una familia noble y muy bien acomodada recibió, dada su extracción nobiliaria adinerada, una notable formación, ora en las escuelas benedictinas, sin duda las más excelentes de su época, ora “intra muros” de su castillo natal. Poca cosa más puede ser dicha ya que poseemos en realidad escasísimos datos acerca de su biografía.


Matilde fue beguina, poetisa y mística (3) y, aunque de hecho por desgracia solo recientemente redescubierta, representa sin lugar a duda una de las cimas literarias del siglo XIII.


Su primera visión Matilde la tuvo a la temprana edad de doce años, habiendo sentido, según sus propias y literales palabras “el saludo que fluye del Espíritu Santo”, dicción que determinaría a la postre el título de su futuro libro.

Con algo más de 20 años renunció a su rica herencia y a todos sus privilegios familiares para instalarse, viviendo una vida filantrópica, sencilla y asistencial, como beguina en el beaterio de la ciudad de Magdeburg. Matilde permanecerá en antedicho beguinaje durante más de 30 años. Durante este tiempo, y a instancias de su confesor, Enrique de Halle, a la sazón amigo personal de su hermano Balduino, quien llegó a ser sub prior de los dominicos en susodicho monasterio, dará forma escrita a sus visiones pergeñando su extraordinario libro: “La luz que fluye de la divinidad”.


Entre la relación de visiones y efluvios amorosos de carácter místico consignados en su libro, Matilde, una mujer sagaz donde las hubiera dotada además de un gran espíritu crítico y mordaz cuando así lo deseaba, dejaba caer como quien no se da cuenta aquí y allá en su texto numerosos comentarios críticos repletos de ironía y de verdad que ponían en evidencia los vicios, la opulencia y la relajación de costumbres morales del clero, especialmente de muchos dignatarios y obispos. A la vez, también ridiculizaba tanto como lamentaba los constantes enfrentamientos que mantenían el papa y el emperador por asuntos de poder, los cuales desorientaban enormemente a la cristiandad. Matilde juzgaba - sin duda acertadamente como la historia ha demostrado - que en muchas ocasiones las disputas no eran culpa exclusiva del emperador, sino más bien intromisiones inopinadas y por lo tanto injustificadas del papa en asuntos seculares mundanos en los cuales no debía entrometerse.


Toda esta serie de comentarios realizados por Matilde, aunque hoy nos pueden parecer de poca importancia, en su época podrían haberle fácilmente costado la vida. Ello no sucedió, afortunadamente, pero su libertad de pensamiento y su valentía le ocasionaron una verdadera fuente de problemas, de manera que Matilde experimentó tanto la incomprensión como el odio y hasta la persecución por parte de los estamentos eclesiásticos, sintiéndose en consecuencia indefensa como beguina y mujer ante semejante despliegue de poder.


La persecución contra Matilde arreció indirectamente porque, entre los años 1260 - 1261, el Sínodo provincial tenido en la provincia eclesiástica de Magdeburgo determinó el sometimiento de todas las beguinas bajo las órdenes directas del clero parroquial sin excepción alguna. De manera que Matilde, siguiendo los consejos de su confesor y director espiritual, el dominico Enrique de Halle, ingresó en el monasterio cisterciense de Helfta en el año 1271, ya en las postrimerías del siglo XIII. Matilde era ya una mujer por aquel entonces mayor pues contaba 63 años, una edad considerable si consideramos la esperanza de vida de su época.


Antedicho monasterio de Helfta era dependiente, en orden al sacramento de la confesión, de los dominicos del monasterio de Halle, los cuales tenían una relación mucho más distendida y amical con las beguinas que los obispos y el clero regular. Matilde residirá durante todo el resto de su vida en antedicho monasterio ejerciendo como maestra de mística, un cargo especialmente creado para ella.


Hay que señalar, no obstante, que en realidad el monasterio de Helfta fue una suerte de verdadero oasis espiritual para Matilde de Magdeburg. En efecto, pues su estancia en el mismo no tan solo desató su inmensa creatividad literaria, fue allí de hecho donde concluyó su excepcional libro, sino que además logró liberarla del férreo y asfixiante control episcopal diocesano ejercido por el obispo mediante la acción del clero regular a sus órdenes.


Al igual que sucediera con el gran teólogo reformado picardo Jean Calvin, Matilde consagró toda su vida al redactado de un único libro: “La luz que fluye de la divinidad”, un libro a la sazón que compendia siete libros que se van entremezclando y completando para describir el camino que transita el alma para alcanzar a Dios, un camino que no recorre el alma humana sola, sino que es también transitado por Dios mismo, el cual permanentemente llama al alma humana hacia sí, de manera que amado y amada, Dios y el alma humana, se funden en un amor tan puro e indisociable que llegan a ser uno solo. Veamos un ejemplo.

Habla Dios:


Tú eres sentimiento de amor para mi deseo, tú eres dulce refresco para mi pecho, tú eres beso íntimo para mi boca, tú eres beato gozo de mi hallazgo. Yo estoy en ti y tú estás en mí, y no podemos estar más cerca puesto que los dos hemos confluido en uno y estamos fundidos en una sola forma y permaneceremos eternamente imperturbables (4)


El título del libro le es a Matilde revelado por Dios al ser interrogado por la beguina acerca del mismo en el contexto de una conversación durante un éxtasis. Sea como fuere, y pónganse las dudas y suspicacias que se pongan, es no obstante indiscutible el hecho de que nos hallamos ante la primera obra de género místico redactado en lengua alemana.


El estilo literario de Matilde dice relación con la poesía cortesana profana tan cara a la época, pero enfocada siempre hacia el amor a Dios. De esta manera su terminología, sus giros literarios y su mensaje, escritos siempre en lengua vernácula bajo alemana del norte y nunca en latín, lengua esta última que Matilde dice desconocer pero que en base a su formación seguramente conocería hasta el detalle, facilitaron que su mensaje fuera perfectamente comprensible a oídos de sus contemporáneos, logrando así transmitir su pensamiento teológico místico de manera convincente, hermosa y acepta por el pueblo.


Matilde utiliza expresiones elevadamente eróticas, de ello no cabe ningún género de duda, al estar influenciada no tanto por la mística nupcial del “Cantar de los Cantares”, que san Bernardo de Claraval tan brillantemente desarrollara, como por la literatura del amor cortés trovadoresco. No obstante, Matilde jamás se muestra vulgar ni muchísimo menos soez, sino todo lo contrario, presentando siempre su verso de manera elegante, a la par tanto inocente como delicada, tanto ascética como casta, con la finalidad de destacar la inmensidad inabarcable e insondable del amor de Dios, el cual implanta en el ser humano una impronta de amor tan plena y absoluta como inolvidable e irrenunciable.


Los siguientes versos de Matilde bien podrían haber sido compuestos por algún brillante trovador bajo medieval:


“Todo aquel que fue una vez herido por el amor verdadero ya nunca se curará del todo a menos que vuelva a besar la boca que su alma dejó herida” (5)


Su gran obra, “La luz que fluye de la divinidad” pertenece sin duda al género literario poético místico, aunque es, sin embargo, una obra en realidad muy compleja que compendia y refunde diferentes géneros literarios muy desiguales entre si que van desde lo teológico hasta lo político pasando por las adivinanzas populares ... circunstancia que convierte la obra de Matilde en un texto realmente de muy compleja catalogación: