CONTEMPLANDO LO NACIENTE


La práctica de la meditación está condensada simbólicamente en el misterio de la Navidad.

1. María y José buscan un lugar para que su niño pueda nacer. Todo parte de la búsqueda, de ir en pos de un lugar donde pueda nacer lo mejor de nosotros mismos. Pero para que esto sea posible, hay que ponerse en camino. A la intemperie. Los protagonistas de esta historia no entienden lo que les está sucediendo, no saben cómo les ha venido ese niño. Pero saben que viene. Les pone en camino la llamada, pero también su no saber.

2. Los habitantes de Belén no les acogen, les rechazan, no quieren romper su círculo de confort para que entre la novedad. Y María y José deben refugiarse en lo más recóndito y oculto: un sitio donde nadie podría esperar que fuera a nacer nadie. Cuando vayas a orar, dice Jesús en el Evangelio, ve a tu cuarto, cierra la puerta y allí, en lo escondido, tu Padre te escuchará. También dentro de nosotros tenemos una gruta donde nos espera el nacimiento de nuestra verdadera identidad. Pero el mundo no va a entender que nos retiremos ahí y, más que eso, no nos abrirán sus puertas.

3. El Niño nace. Es pequeño, frágil, indefenso. Así es la luz que nace en nosotros si corremos el riesgo de retirarnos a esas profundas cavernas de la interioridad: pequeña, indefensa, frágil. Pero todos estamos llamados, como María y José, a dar a luz, a recibir la luz, a sacarla de nosotros mismos para alumbrar el mundo.

4. Al acontecimiento acuden tres tipos de personajes: los animales primero, los pastores después, y los reyes, por último. Los animales -en esta parábola navideña sobre la meditación- representan el cuerpo; los pastores, las sombras; los reyes, las luces o los talentos. Todo -cuerpo, mente y espíritu; sombras y luces- se postra ante el misterio de la Luz que acaba de nacer. El cuerpo, en meditación, debe estar como la mula y el buey están con el Niño en el portal: presentes, sin pensamientos, aportando su calor, acompañando el misterio.

5. En el contexto cultural en el que se vivió este acontecimiento, los pastores representaban la clase social más baja, los peores vistos, aquellos que todos marginaban para que la reputación del pueblo no cayera en picado. Los pastores representan las sombras, esas zonas oscuras de nuestra vida de las que nos avergonzamos. También ellos necesitan de la luz de ese Niño. También ellos empiezan a redimirse cuando caen de rodillas ante el Misterio y lo adoran.

6. Los reyes magos, por último, representan el poder y la sabiduría de Oriente, que también acuden a la gruta oscura de Belén para acceder a la sabiduría con mayúsculas. Simbólicamente representan nuestros talentos, nuestras convicciones, ideas, creencias… También todo eso, por hermoso que sea, por duradero y fiable que nos haya parecido, debe peregrinar a ese agujerito de Belén, esa oquedad, donde ha nacido la esperanza en forma de Niño.

7. Para terminar, diré que una estrella brilla en el firmamento de Belén, justo encima de la cueva. Esa estrella no es solamente el Niño Jesús, sino cada meditador que sabe hacerse niño, es decir, lograr una segunda inocencia. Estamos llamados a brillar, llamados a alumbrar la noche oscura del mundo.

El misterio de la encarnación que celebramos los cristianos en Navidad es, en realidad, una celebración del misterio de la meditación. Dios se hace hombre y baja a la tierra. Al meditar nos sentamos en el suelo, nuestra tierra, el lugar de la verdad, donde se nos invita a entrar en la escuela de la humanidad. Dios es crucificado, es decir, abraza su cruz y la redime. Los

meditadores estamos llamados a abrazar nuestras sombras y atravesarlas. Dios resucita, el meditador se ilumina. ¡Feliz Navidad a todos, feliz meditación!

Pablo d´Ors (La Vanguardia, 23 de diciembre de 2017) con permiso del autor.

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