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DEUS “IMPOTENS” O LA COSMOGONÍA GENESÍACA DE HANS JONAS

Hans Jonas fue un pensador judío alemán todavía hoy tan incomprensiblemente poco estudiado como injustamente valorado en la Península Ibérica, especialmente en lo teológico, aunque también en lo filosófico.

Nacido en Mönchenglandback, ciudad alemana industrial a orillas del Rin, en los inicios de lo que sería un siglo tan complejo y dramático como el XX (1903), el cuál llegaría a conocer numerosos conflictos bélicos y hasta el horror de dos guerras mundiales.

Hans Jonas tuvo una muy sólida formación intelectual de la mano de profesores tan eminentes como Edmund Husserl, Martin Heidegger y Rudolf Bultmann, así como amistades tan destacadas como Hanna Arendt, Leo Strauss, Hans – Jakob Polotsky, Gershom Sholem, Martin Buber, Samuel Sambursky, Karl Löwith, o Hans – Georg Gadamer.

Sus estudios teológicos, realizados con el profesor luterano Rudolf Karl Bultmann, lo condujeron hacia la redacción de una tesis doctoral centrada en la gnosis de la antigüedad tardía. Hay que destacar que sus trabajos sobre el fenómeno gnóstico continúan siendo todavía hoy una referencia importante entre los eruditos y especialistas ( [1] ) así como también lo son sus estudios filosóficos versando sobre ética, de entre los cuales destaca sin duda su obra póstuma: “El principio de responsabilidad” ( [2] ), esta última obra redactada ejerciendo ya como jubilado profesor de filosofía en los EEUU, lugar en el que se afincó definitivamente desde el año 1955 hasta su muerte acaecida el 5 de Febrero del año 1993 en New Rochelle (Nueva York).

Hans Jonas había conseguido huir de la Alemania nazi el otoño del año 1933 trasladándose primeramente a Inglaterra y después a Palestina, lugar que le atrajo enormemente dado que se reconocía como sionista convencido llegando incluso a formar parte de la “Haganah” ( [3] ) . Desde esa época Hans Jonas decidió abandonar el existencialismo heideggeriano ([4]). Sus primeras sospechas hacia antedicho pensamiento fueron de tipo antropológico. En efecto, Jonas juzgaba el existencialismo de su maestro excesivamente centrado en la debilidad humana, en su permanente fragilización y consiguiente angustia vital, circunstancia que conducía inexorablemente hacia el debilitamiento del propio espíritu humano, algo que su optimismo antropológico no podía de ninguna manera aceptar. Para Jonas el mundo no es a pesar de todo un lugar definitivamente hostil y absurdo en el cual somos arrojados para sufrir.

No obstante, además de los motivos intelectuales aducidos, la razón profunda de su rompimiento con Martin Heidegger fue su enorme decepción al constatar que su muy admirado profesor había abrazado sin ambages ni vergüenzas el ideario nacionalsocialista al pronunciar, ya como miembro del partido nazi, su conferencia de elevación al Rectorado de la Universidad de Friburgo el año 1933.


Martin Heidegger

[Martin Heidegger]


El estupor de Jonas fue enorme y hasta traumático pues jamás alcanzó a comprender como aquél que consideraba el pensador más erudito de su época había podido llegar hasta semejante extremo de inhumanidad, una inhumanidad que por cierto Hans Jonas hará extensiva al trato persecutorio que Martin Heidegger consintió y deparó en antedicha Universidad hacia el veterano profesor Edmund Husserl.

Hans Jonas y Martin Heidegger no volvieron a verse hasta el año 1969 en Zúrich, Heidegger contaba ya 80 años y jamás se retractó de su pasado comportamiento. Jamás volverían a encontrarse.

La oposición al nacionalsocialismo de Jonas fue tan directa y radical que se vio obligado moralmente a reaccionar físicamente contra el III Reich, razón por la cual se enroló durante 5 años (1940 – 1945) como voluntario primerizo en la First Palestine Anti - Aircraft Battery que después se integraría a partir de año 1944 en la naciente Jewish Brigade Group.

El asesinato de su madre, Rosa Jonas, en los campos de exterminio nazis de Auschwitz en el año 1942, del cuál no tendrá de hecho conocimiento fidedigno hasta una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, unido a los horrores de la misma guerra marcarán su persona y su obra durante el resto de su vida.

Es cierto que la relación del Hans Jonas judío con el propio judaísmo no fue siempre del todo pacífica ni mucho menos serena sino más bien compleja y ambivalente, circunstancia que lo condujo frecuentemente a renegar de la existencia de Yahvé como un Dios personal al que orar y por ende cercano a las necesidades humanas.

No obstante, no es menos cierto que jamás olvidará la ética surgida de la biblia y que siempre se confesará atraído enormemente por la enseñanza de los profetas hebreos, a los cuales ponderaba y distinguía sobre manera porque alcanzaba a escuchar en ellos la voz de ese Dios que en ocasiones negaba. Los admiraba tanto, a estos profetas, porque se mostraron siempre fieles pregoneros de Dios así como también insobornables servidores de su pueblo a la vez que destacados fideicomisarios de las riquezas espirituales de Israel tanto en tiempos de paz como en los complejos tiempos de guerra durante los cuales en no pocas circunstancias históricas el pueblo de la promesa se había visto de un modo u otro involucrado.

Hans Jonas considera las reflexiones acerca de la transcendencia, delimitadas hacia la elucubración pura pretendiendo demostrar la existencia de Dios, ubicadas dentro del inventario de los fracasos de la historia de la filosofía dado que la misma existencia de Dios es algo que ni puede ser demostrado como tampoco puede ser negado. Sin embargo, ello no significa que antedichas reflexiones, alejadas o no de la pura elucubración, no sean provechosas, de valor, ricas en razones fundadas y fundantes e incluso necesarias tanto para la actividad filosófica como para el propio ser humano que las acomete pues poseen la capacidad de configurar, humanamente hablando, el mismo sentido de la vida.

Desde esta perspectiva Jonas considera también como elucubrador el ateísmo puro, de hecho lo considera más exactamente completamente falso y una agresión reductiva al mismo concepto de Ser.

Hans Jonas es muy consciente de que las afirmaciones filosóficas metafísicas sobre Dios, especialmente a partir de Kant y de su crítica de la razón, no tienen recorrido en orden a la razón teorética cognoscitiva, lo que está muy lejos por cierto, en el pensamiento del erudito de Könisberg, de afirmar su insignificancia sino más bien todo lo contrario, pues conocimiento seguro e importancia vital del razonamiento no son para Kant términos coincidentes ni mucho menos excluyentes. Con todo, nada obsta en opinión de Jonas a que la misma metafísica filosófica no realice lo que denomina como “conjeturas” sobre el particular.

Utilizando el mismo vocabulario de Hans Jonas, sus más importantes “conjeturas”, yendo por lo tanto más allá de lo filosóficamente cognoscible, es decir, adentrándose en el terreno voluntariamente especulativo, un terreno - por teológico - tan resbaladizo como necesario por tratar de responder a preguntas que el ser humano considera como últimas, las realizará de hecho Jonas a veces de manera sistemática, a veces de manera indirecta durante toda su vida ( [5] ).

La pregunta fundamental para Jonas en orden a Dios brota a partir de su propia experiencia vital como judío que ha vivido los horrores de la guerra y que ha conocido la “shoá” ( [6] ) de primera mano y en su propia familia a través del asesinato de su madre en el año 1942: ¿se puede creer en Dios después de Auschwitz? … Y si se puede, ¿debe creerse en ese Dios siguiendo los modelos tradicionales propios y particulares con los cuáles a través de los siglos Israel ha concebido a YHWH? … ¿Puede ser moral, bueno, justo y personal un Dios que permite el asesinato premeditado e impune de su propio pueblo de una manera tan aparentemente apática e impertérrita? ¿O se trata de un Dios sádico? … ¿O tal vez de un Dios inexistente? …

Hans Jonas intenta responder a estas amargas preguntas a “la judía”, es decir, procediendo de la misma forma que procedieron los autores levíticos y sacerdotales que redactaron el primer – que es en realidad cronológicamente el segundo – relato del Génesis ( [7] ), es decir: creando un relato cosmogónico paradigmático que recoge el mito de un Dios creador que se despoja, que renuncia a su poder para insertarse entre los avatares de nuestro mundo. A su juicio, antedicho despojamiento y renuncia de la omnipotencia divina es la única manera posible de evitar que Dios no manipule, ordene ni controle al ser humano según sus designios, sino que tome verdaderamente en serio el ser-en-el-mundo absolutamente libre de sus creaturas, ontológicamente de por sí perecederas y finitas al no compartir la esencia divina.

Aquí lo importante a retener es que ese Dios abandona por voluntad propia cualquier atisbo de omnipotencia, razón por la cual el mundo deja de estar gestionado y tutorizado directamente por él y bajo sus auspicios. La principal consecuencia derivada de este esquema es que el suceder histórico en el cual se ven inmersos e implicados los seres humanos posee la capacidad de poder condicionar al mismo Dios en su devenir convirtiéndolo, dado el caso, en un Dios sufriente y frustrado mediando el actuar impropio de sus creaturas, tal y como sucedió patentemente en Auschwitz.

Es evidente que para Jonas el campo de exterminio de Auschwitz opera, y todavía más a través de la óptica que le proporciona la pérdida de su propia madre y con ella la de millones de judíos sufriendo idéntica suerte, como un acontecimiento histórico de carácter paradigmático y decisivo, una acción maléfica “cósmica”, nuclear y destacada en la historia que no puede por más que ofender de manera radical no solamente a Dios sino también a toda la humanidad, y ello de tal modo que expone y descubre clara y distintamene la limitación de la pretendida y tradicional soberanía infinita de Dios y hasta la misma realidad de su esencia divina, pues no puede de ninguna manera comprenderse que clase de Dios plenipotente, que sea el todo del todo, y que todo lo rija, pueda permitir semejante genocidio humano permaneciendo a pesar de todo silente. He aquí donde radica el gran “interdictum” hacia el “Deus omnipotens” y hacia su solicitud.

La situación para Jonas es especialmente grave si consideramos la futilidad de las “razones” mediante las cuales se perpetraron los asesinatos de todos los judíos muertos convulsamente, una injusticia del todo flagrante, se mire como se mire, puesto que no murieron en virtud de un acto heroico por mor de la demostración o defensa de su fe, ni por heroísmo, ni por cobardía, ni por valentía … por nada murieron de hecho más que por haber recibido solamente por su judaísmo los efectos deshumanizadores, humillantes y perversos de la maldad ajena.

Auschwitz sitúa dramáticamente en posición de crisis el concepto de elección de Dios en orden a su pueblo. En efecto, pues mientras para el cristianismo el mundo posee un grado de maldad sustentada por el concepto de pecado original, circunstancia que justifica su elevada insistencia escatológica en el más allá junto a Jesucristo, no sucede lo mismo en el caso del judaísmo, el cuál contempla el mundo como algo bueno precisamente por ser fruto de la providente creación de Dios, un Dios Señor de la historia que ha regalado a su pueblo un lugar óptimo, la Tierra, no permanentemente bajo sospecha, donde opera la justicia y en gran parte la redención, un lugar en el cual la creación divina se articula juntamente con el prometido por Dios desarrollo de su pueblo: Israel.

Ahora bien Auschwitz y el sistema nazi que lo sustenta estigmatizaron físicamente a 6 millones de judíos: ¿dónde queda entonces el concepto de elección para Israel? ¿Qué valor debe acordarse entonces a las promesas divinas? …

Hans Jonas huye en todo momento de cualquier intento de teodicea tradicional. Muy lejos en este sentido del pensamiento de Gottfried Leibniz quien recordemos había sentado las bases de la misma afirmando que el buen, providente y omnipotente Dios había creado el mejor de los mundos posibles. A Jonas la teodicea tradicional se le atraganta, se le muestra como indigerible, más todavía como vomitiva, la detesta de tal modo que la percibe absolutamente tan inabordable como del todo inoperante, hasta la califica de grotesca después de lo acontecido en Auschwitz.

Pero volvamos al problema principal: ¿por qué Dios no actuó salvando a su pueblo durante las atrocidades provocadas por los nazis durante la guerra en los campos de exterminio y concretamente en el de Auschwitz? Su respuesta se articula como corolario lógico de la omnipotencia limitada de Dios: si Dios no actúa no es porque no quiera, sino porque no puede. Es un ser frágil por el hecho de haber renunciado a su “tremendum omnipotens”.

De hecho, el voluntariamente elegido carácter impotente de Dios en el mito cosmogónico jonasiano provoca que la única cosa que Dios pueda hacer para evitar el mal sea confiar en el actuar desinteresado y amoroso de sus creaturas. Nada más hacer puede. Por lo tanto Dios sufre, y mucho. Terriblemente, sufre. Sufre desde el momento de la creación de los seres humanos. Sufre por tanto con lo creado. Más que majestuoso, es un Dios sufriente. Es de hecho el sufrimiento lo que constata no la ausencia, sino muy al contrario, la permanente presencia Dios. Y Dios sufre de hecho tanto como sufrieron las víctimas judías ante sus verdugos nazis. Por ello Dios deviene en el ser del mundo, es decir se ve afectado, influido y alterado por este nuestro mundo, pulula por él y, sin embargo, y a pesar de ello y de su preocupación por el mundo y por lo que en este sucede, no puede actuar en su seno porque está voluntariamente limitado.

En todo este esquema Hans Jonas constata com