EXPERIENCIA PROFUNDA DE LA VIDA

Nada mejor que el amor,

nada más verdadero que el sufrimiento

(A.Musset).

La experiencia profunda de la vida pro-mana de la vivencia abismática de la existencia, la cual es la vivencia que ronda la muerte. Lo profundo se halla en el inframundo, que es la realidad hollada por la contingencia y lo efímero, por el paso exabrupto del tiempo abrupto. Ahora bien, lo que nos aboca a la muerte es la enfermedad grave, el deterioro existencial, la devastación del cuerpo y del alma. Por eso, A.Musset considera el sufrimiento como lo más verdadero, porque nos prepara para la hora de la verdad, que en la tauromaquia animal y humana es el final del encierro: la encerrona.


El cáncer es la enfermedad que te cerca y acerca o aboca a la muerte, la hora de la verdad. Se trata de una enfermedad mortífera, siquiera susceptible de mejoramiento. Primero está la dura operación del tumor maligno, después la dura quimioterapia, y finalmente en el mejor de los casos la curación o bien su detención o contención temporal como en mi caso. Ha sido un largo año en vilo, flipando en estéreo como decían mis alumnos, acorralado no tanto por los dolores evitables como por un malestar orgánico deteriorador. Y es que la quimio es como una catarsis o purificación que quema lo malo pero chamusca lo bueno, un tiempo de caída y decaimiento físico, en el que reacciona débilmente un espíritu débil en un cuerpo debilitado.


Pero tras la detención o contención refloto de nuevo, se reactiva el cuerpo y el alma se solivianta reavivando el eros apagado, la vida achicada, la existencia marchita. El sentido de la vida se revela en nuestra rebelión frente al sinsentido; es el momento propicio de recobrar fuerzas, sobrepasar el lastre, abrirse a un posible o hipotético futuro siquiera hipotecado, ya no dejarse ser meramente sino activarse. Acuden en nuestra ayuda los médicos y enfermeras, la familia y los amigos, la comida y la bebida frugales, el leve paseo por el río y la visita al Pilar, el silencio y la música, los viejos libros y la nueva escritura aún más laberíntica. Pues uno no sale del laberinto de la vida y de la muerte, aunque asoma la cabeza para revivir por penúltima vez, para ver y recrear(se) tras lo tétrico y lo mortífero.


Reaparece entonces el deseo o amor a la vida (eros), frente al deseo de la muerte, la erótica existencial frente al desierto y su deserción, la erección humana frente a la derelicción subhumana. Emerge de nuevo la vida como pulsión o impulsión, como anhelo o aspiración, como afección. Ahora se revalora lo esencial de la vida, y lo esencial de la vida es lo existencial: el amor. Porque si la muerte es la hora de la verdad, la vida es la hora de la bondad encarnada por el amor. Y en el amor se dan cita, concitándose, la biología y la religión, el cuerpo y el alma, lo físico y lo psicológico.


Como diría Hölderlin, el que ha vivido lo más profundo, ama lo más vital. Lo más profundo es la muerte, lo más vital es la existencia, la cual es coexistencia humana. Por eso llamé, inquieto, al viejo amigo de juventud, que se había distanciado por el cambio de residencia, el casamiento, los hijos, el divorcio y el trabajo, recuperando de nuevo nuestra fiel amistad a pesar de los pesares. Como dice el neurólogo A.Damásio, el hombre es el animal consentimental, ya que nuestra razón se articula a partir de nuestro sentimiento existencial. Tras tocar el fondo oscuro, uno se eleva luminosamente, distinguiendo ahora mejor lo sustancial o sustantivo de lo accidental o accesorio, lo relevante de lo irrelevante.


Ahora puedo experienciar la vida con amor y como amor, tras experimentar la cercanía de la muerte ambivalentemente como amor y desamor, con amor y temor. En efecto, la muerte se parece a un desamor, a no ser que la veamos como el último abrazo siquiera doliente o doloroso de la vida y su desasimiento. Se trataría entonces de perderle el miedo, ya que en su inminencia uno se prepara para todo y para el todo, para hacerse todo en todo, para descansar eternamente. Así que tanto la vida como la muerte dependen del amor que anidamos adentro, amor que es apertura trascendental al otro y a lo otro, a la otredad radical.


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