EL LIBRO DE JONÁS: RECUERDOS, DISPUTAS, REALIDADES

(Dedicado con cariño a todos los seminaristas y estudiantes de teología que hoy viven en las aulas las apasionantes discusiones que plantea este escrito singular)

Lo recordamos con afecto, casi con nostalgia: la historia de Jonás y la “ballena” era una de nuestras preferidas en la catequesis parroquial y en las clases de religión de la escuela primaria en aquellos años 60 del siglo pasado, década de nuestra niñez. Aún conservamos en la memoria el dibujo que aparecía en uno de los libros de la asignatura “Religión”: un hombre con luengas barbas canas, ligeramente vestido con una túnica desgarrada y arrojado sobre una playa —Jonás. ¿Quién si no?—, mientras que en segundo plano, sobre las aguas del mar, aparecía una monstruosa ballena con una enorme boca abierta. Poco sabíamos, en realidad, del contenido de aquella historia o sus implicaciones, pero el episodio de la ballena nos impactaba profundamente.


Muchos años más tarde hemos venido comprobando que a más de un niño beneficiario de una instrucción religiosa cristiana, catequética catolicorromana o de escuela dominical protestante o evangélica, le ocurre exactamente lo mismo, máxime cuando los monitores o maestros respectivos saben representar aquella historia de Jonás de forma gráfica, distribuyendo entre los pequeños papeles determinados y remedando como pueden la figura de la terrible ballena. En diversas ocasiones hemos visto la cara de satisfacción (no exenta de ciertos tintes de temor) de algún chiquillo en el papel de Jonás cuando la “ballena” se lo traga. Y es que, dígase lo que se quiera, es una historia impactante, máxime para la gente menuda.

El caso es que, una vez atravesada la adolescencia e iniciado el período de nuestra primera juventud, al interesarnos por el estudio de las Sagradas Escrituras y descubrir en ellas el llamado Libro de Jonás, las cosas cambiaron: nuestra comprensión de la historia en él narrada se amplió mucho más allá del episodio anecdótico de la presunta ballena y comenzamos a prestar atención a otros detalles, otros puntos de interés. Y sobre todo, al realizar nuestros primeros estudios teológicos en un seminario denominacional, cuando le llegó el turno al libro de Jonás, en cierto modo ardió Troya. Los profesores de aquella institución, paladines de las tendencias más fundamentalistas imaginables, exponían el libro, como suele ser habitual en quienes profesan estos peculiares puntos de vista, más como una cruzada a favor de la total historicidad de su contenido que otra cosa. Así, Jonás en tanto que personaje histórico real habría vivido en el siglo VIII a. C.; el episodio de la ballena se explicaría “científicamente” por medio de cierta especie de tiburón —un tal “tiburón ballena” o “Rhincodon typus”, precisamente, de amplia cavidad bucal[i]—; las medidas exageradamente grandes de la ciudad de Nínive ofrecidas por el relato exigirían que se considerara no solo esta capital en concreto, sino también otras dos urbes asirias cercanas con las que estaría conurbada (¡el libro de Jonás no podría nunca ofrecer datos erróneos!); el monarca mencionado en el cap. 3 sería Adad-nirari II de Asiria (¿o era el III?); la colina sobre la que se estableció el profeta para ver la destrucción de aquella capital pagana e impía sería una muy concreta que habría identificado un famoso arqueólogo británico (¿o era más bien francés?); “et ainsi de suite”. Imaginemos por un momento las reacciones de aquellos profesores cuando en ciertos manuales y comentarios bíblicos encontrábamos los estudiantes otra clase de información que contradecía totalmente cuanto ellos enseñaban y apuntaba, más bien, a otras realidades, a otros derroteros. Ya lo hemos dicho: ardió Troya, y además se armó la de San Quintín.

Lo trágico es que este tipo de “guerras” entre fundamentalistas y críticos[ii] aún tienen lugar en no pocas instituciones consagradas a la formación de ministros de culto, con sus lamentables consecuencias inmediatas y a largo plazo.

El libro de Jonás no tiene la culpa, desde luego. Sigue siendo, y lo será siempre, una auténtica joya de la literatura veterotestamentaria, tanto por su argumento como por su tema; tanto por su expresión vitalista, sus figuras de dicción exageradamente coloristas, como por las ideas maestras que vehicula con gran sabiduría y para gloria del Dios de Israel, el Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo y de todos nosotros. Lo que hoy podemos afirmar con total seguridad acerca de este pequeño pero valioso escrito bíblico es lo siguiente:

PESE A SU ACTUAL UBICACIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO, EL LIBRO DE JONÁS NO PUEDE CATALOGARSE COMO UN LIBRO PROFÉTICO “STRICTO SENSU”. Aunque lo encontramos tradicionalmente dentro de “Los doce profetas menores”[iii], su estilo y su dicción son los propios del género narrativo de los últimos libros veterotestamentarios, canónicos o deuterocanónicos[iv], lo cual lo hace mucho más ameno para nosotros, de más fácil lectura que, por ejemplo, los libros de los Reyes o de las Crónicas. Más aún, su autor, quienquiera que fuere[v], si bien se expresa en un delicioso hebreo tardío, más o menos de la época que siguió a la restauración de Esdras y Nehemías, vale decir, entre los siglos IV y II a. C., procura alguna vez imitar el estilo de los escritos históricos del Antiguo Testamento, con lo que pretende una pátina de excelencia literaria para su trabajo[vi]. Por otro lado, el salmo insertado en el cap. 2, y puesto en boca del profeta mientras se halla en el vientre del pez, se considera una interpolación posterior a la redacción original y de elevado sabor poético, muy similar en su estilo y su dicción a algunas composiciones del Salterio. Todo ello contribuye, como decimos, a hacer de este pequeño escrito una verdadera obra maestra de la literatura bíblica y universal, pero que en ningún modo puede ser catalogado como “estilo profético”; no tiene nada que ver con las grandes composiciones proféticas que ostenta el Antiguo Testamento. Su única “profecía” (3:4), al margen de los problemas textuales que plantea[vii], siempre interesantes para los especialistas, no pasa de ser un mínimo detalle, cuasianecdótico, dentro del conjunto de la obra, y que solo contribuye a destacar la idea principal.

SU TRAMA NO CONCUERDA CON LO QUE SABEMOS A CIENCIA CIERTA DEL PROFETA JONÁS HISTÓRICO O SU ÉPOCA. Jonás no es un ente de ficción, que quede bien claro. 2 Re. 14:25 lo muestra, efectivamente, como un profeta auténtico del Dios de Israel que, al parecer, ejerce su ministerio en el reino del Norte en la época de Jeroboam II, la primera mitad del siglo VIII a. C., y que anuncia la gran expansión territorial de aquel estado hebreo poco antes de su desaparición definitiva de la escena política de Medio Oriente antiguo. Pero no sabemos nada más de él, ni tenemos constancia alguna de que esta su profecía auténtica fuera consignada jamás en ningún escrito. El libro de Jonás nos presenta una historia muy distinta, de amplio sabor folclórico y una gran imprecisión en cuanto a los datos que ofrece sobre el viaje por mar del profeta o sobre Asiria. Ni la ciudad de Nínive, capital del Imperio asirio, alcanzó jamás las proporciones que este libro le atribuye, ni existe constancia alguna de esa supuesta “conversión” o “penitencia colectiva” de sus habitantes ante un juicio divino inminente. De hecho, Nínive, y con ella el magno imperio del cual era capital, desaparecen de la historia poco antes de la caída de Jerusalén en manos de los babilonios, víctimas de una coalición de pueblos adversos a su tiranía y proverbial crueldad, sin dejar más rastro que el que la piqueta de los arqueólogos ha devuelto a la luz a partir de mediados del siglo XIX. La propia Biblia se hace eco de esta caída en el libro del profeta Nahúm. Nada, pues, tiene la realidad histórica conocida que ver con la narración del libro de Jonás. ¿Cuál es, por tanto, su valor?

SU CONTENIDO ES FUNDAMENTALMENTE TEOLÓGICO. Leer escritos antiguos siempre resulta difícil si no se comprende el idioma en que están redactados o, lo más frecuente, si se abstraen de su época y su medio vital. El libro de Jonás, como decíamos antes, ve la luz en un momento muy diferente del que conoció el profeta real e histórico de este nombre. Convertido en una figura folclórica y emblemática para los judíos[viii] sin que podamos precisar bien el porqué, Jonás, ahora un personaje de cuento más que un profeta auténtico, aparece en este relato como el prototipo del hebreo intransigente que, si bien es fiel creyente en el Dios de Israel, jamás acepta que la divina misericordia pueda extenderse a otros que no formen parte de su pueblo. El autor de esta deliciosa narración ha escogido bien al enemigo: Nínive, la ciudad cruel y monstruosa cuyo recuerdo aún debía permanecer entre los habitantes del Medio Oriente en los siglos previos al nacimiento de Cristo. Tanto ella como los marineros del barco en el que huye Jonás, que son también paganos, aparecen en este relato como beneficiarios de la compasión de Dios, mientras que Jonás el hebreo, pese a su profesión de fe ortodoxa de 1:9, se nos muestra no solo antipático, sino incluso estúpido e infantil, inmaduro, casi diríamos inconverso. Como han dicho algunos comentaristas con no pequeña dosis de humor, Jonás “convierte” a todo el mundo en su huida permanente y en su obstinada desobediencia: a los marineros, a los ninivitas, al propio Dios que “se arrepiente” de su designio destructor y deja paso a su gran compasión por la ceguera humana, y algo que se nos antoja deliciosamente actual, hasta por los animales. El libro queda inconcluso, con una pregunta abierta, no respondida, porque cada cual ha de responderla en algún momento. Y podemos imaginar su fuerte protesta[ix] en una época en la que el incipiente judaísmo organizado por Zorobabel, el sumo sacerdote Josué, Esdras y Nehemías, tomaba una dirección equivocada en sus planteamientos, haciendo de los judíos un pueblo cerrado en sí mismo, alienado del resto del mundo y hostil a las naciones.

En conclusión, la narración contenida en el libro de Jonás, lejos de ser empleada (¡y torcida!) como un campo de batalla en aras de su presunta historicidad, debe ser leída como lo que realmente es: un anticipo del evangelio de Cristo, del momento en que el Dios de Israel se revela como Dios Padre de todos los hombres. Un rayo de luz y de esperanza universal en medio de una era de tinieblas.


Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Presbítero y Delegado Diocesano para la Educación Teológica

Decano Académico del CEA y del CEIBI




[i] No se constata que esta especie en concreto viva en el Mediterráneo.


[ii] No vamos a decir “liberales” porque sería un grave anacronismo, por mucho que algunos se empeñen en utilizarlo.


[iii] Así en las ediciones del Texto Masorético hebreo (TM) y de la Septuaginta griega (LXX), a partir de los cuales en todas las versiones de la Santa Biblia, antiguas y modernas.


[iv] Daniel, Ester, Rut, y entre los deuterocanónicos Tobías, Judit o los añadidos griegos a Ester y Daniel.


[v] Carecería de sentido suponer que fuera el mismo protagonista, el profeta Jonás, dada la época en que este vivió. Cf. párrafo siguiente.


[vi] Es interesante comprobar que se inicia en el texto hebreo con la forma verbal “wayehi” (“y sucedió”, “y fue”), al igual que la llamada Literatura Deuteronomística.


[vii] Los días del plazo emitido por el profeta no son los mismos en el TM que en la LXX, por ejemplo.


[viii] Muchos personajes históricos han sufrido esta “transformación” por obra de sus propios pueblos, a veces en base a hechos reales acaecidos y luego magnificados, o simplemente por la imaginación desbordada de sus connacionales. El empleo de Jonás y su historia por parte de Jesús en Mt. 12:40-41 o Lc. 11:32 viene a corroborar que en el siglo I de nuestra era se había convertido en una figura tradicional muy apta para ser empleada como ejemplo o para ilustrar enseñanzas.


[ix] Cf. también el libro de Rut, más o menos contemporáneo.

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