top of page

Por qué soy anglicana

“He aprendido de Chenu que el pensamiento es sagrado; lo intelectual contiene lo espiritual [1]”.

Como miembro comulgante de la Iglesia de Inglaterra, soy Anglicana porque creo que el Anglicanismo constituye la única tradición Cristiana donde puedo vivir plenamente mi vocación bautismal y ser testigo de Cristo [2]. De hecho, he elegido unirme a la Iglesia de Inglaterra que es ahora mi casa espiritual precisamente por la “catolicidad integral” del Anglicanismo.

Mi primera experiencia del culto anglicano fue un servicio de Vísperas, un lluvioso día hace unos trece años. Mi intención ese día era conocer el estilo de la Iglesia de Inglaterra, sin un especial compromiso. Sin embargo mi vida ha cambiado para siempre desde ese día. Es muy difícil describir con palabras adecuadas lo que sentí durante el servicio religioso. Mi corazón fue atrapado por “la humildad asombrada ante los divinos misterios de la fe” y el lenguaje no es competente para “definir la última paradoja de la experiencia”.[3] Fui llevada literalmente “al borde del caos en presencia de Dios”[4] Por primera vez en mi vida encontré a Dios durante un servicio religioso. Su presencia me rodeó y Su amor se me hizo presente llenándome de paz y provocándome una experiencia de elevación. La atmósfera extraña y emocionante del servicio me permitió orar de una manera completamente nueva para mí. Mientras que normalmente me sentía oprimida por las malas liturgias que me hacían sufrir, en esa ocasión, repentinamente experimenté una comprensión liberadora que despertó en mí ser más íntimo una nueva serenidad. Mi mente oscurecida fue deslumbrada por una luz radiante. Me sentía vinculada a una tradición en la que mi vida presente era fuertemente conectada con un antiguo pasado. Especialmente, me sentí conmovida por el poder de una música que me conducía a través de un profundo proceso espiritual admirablemente descrito por Richard Hooker :

The very harmony of sounds being framed in due sort and carried from the ear to the spiritual faculties of our souls is by a native puissance and efficacy greatly available to bring to a perfect temper whatsoever is there troubled, apt as well to quicken the spirits that which is too eager, sovereign against melancholy and despair...[5].

El principio de adiaphora expresa la vía Anglicana de la fe, particularmente la comprensión Anglicana de la verdad, que prohíbe al mismo tiempo las peligrosas formulaciones del dogma, así como la ciega [unquestioning] sumisión de los fieles a la enseñanza del magisterio. Esto no tiene relación con una supuesta indiferencia frente a la verdad, sino más bien con “la percepción de las condiciones bajo las cuales la verdad debe ser buscada y definida ”[15] y el modo en que “las creencias son definidas, legitimadas, interpretadas y mantenidas”

Vine enferma, hambrienta y sedienta; y quedé saciada, curada y renovada por la belleza de lo sagrado. Como ha expresado en el siglo XVII el poeta George Herbert de manera tan hermosa, sólo tuve que sentarme y comer [6], gustando “la visión del Amor misericordioso y lleno de acogedora gracia ,” o “el corazón de la Espiritualidad Anglicana.”[7] El servicio de Vísperas fue la liturgia que me permitió tener “el conocimiento de Dios que sólo puede venir orando a Dios”.”[8] Esa experiencia provocó mi conversión, del mismo modo que San Pablo se convirtió en su viaje a Damasco, y esa experiencia me ha permitido entender que mi oración está confirmada por la vía anglicana a la fe ilustrada por el antiguo adagio “Lex orandi lex credendi”, basado sobre el argumento utilizado por el monje Próspero de Aquitania, que en el siglo V, escribió en su Capitula Coelestini que “los ritos de la oración sacerdotal (...) son celebrados de tal modo que el orden de la oración determina el orden de la fe.”[9] El entendimiento ordinario postula que la sustancia de la oración determina la fe del que ora. Eso implica que la doctrina de la iglesia se funda en sus recursos litúrgicos y es entendida a través de los textos litúrgicos. Esto es particularmente verdad en el caso de la Iglesia de Inglaterra cuya doctrina, de acuerdo con su derecho canónico, se funda en The Thirty-nine Articles of Religion, The Book of Common Prayer, and the Ordinal [10]. Eso significa que, primero, dos de estas referencias históricas de la Iglesia de Inglaterra están constituidas por fuentes litúrgicas, y en segundo lugar, que las fuentes escritas de la autoridad doctrinal son muy limitadas. Sin embargo, la doctrina Anglicana, se sostiene “sobre el sonido de las campanas de la Iglesia,”[11] como Michael Ramsey señaló, mas que en un sofisticado sistema normativo. Esa doctrina se caracteriza por manifestarse con cierta parsimonia. De hecho, la modestia doctrinal es una consecuencia y una buena ilustración del rasgo más definitorio del entendimiento Anglicano del papel de la Iglesia: el principio de adiaphora, que implica que las creencias Anglicanas toleran la diversidad en todo aquellas “cosas que no establecen una diferencia, en materias consideradas no esenciales, cuestiones acerca de las cuales uno puede discrepar sin dividir la Iglesia”.[12] Este principio está proclamado en el artículo treinta y cuatro : “It is not necessary that traditions and ceremonies be in all places one or utterly alike; for at all times they have been diverse, and may be changed according to the diversity of countries, times, and men's manners, so that nothing be ordained against God's word”.[13]

La idea de adiaphora revela la moderación Anglicana que practica “la política de reservar las afirmaciones y convicciones fuertes para las pocas cosas que las merecen”.[14] Esta circunspección, así como su fundamento en la liturgia y en la práctica, distingue la tradición Anglicana de la Católico-Romana, esta última caracterizada por un sobredimensionado sistema doctrinal, materializado en un permanente, y constantemente creciente, acervo de documentos, la mayor parte de los cuales son de carácter jurídico-canónico.

El principio de adiaphora expresa la vía Anglicana de la fe, particularmente la comprensión Anglicana de la verdad, que prohíbe al mismo tiempo las peligrosas formulaciones del dogma, así como la ciega [unquestioning] sumisión de los fieles a la enseñanza del magisterio. Esto no tiene relación con una supuesta indiferencia frente a la verdad, sino más bien con “la percepción de las condiciones bajo las cuales la verdad debe ser buscada y definida ”[15] y el modo en que “las creencias son definidas, legitimadas, interpretadas y mantenidas”.[16] En efecto, como ha subrayado el Arzobispo Rowan Williams ,“la verdad teológica no está completamente a nuestra disposición porque la santidad no está completamente a nuestra disposición”.[17] Anglicanismo implica una “fe racional y razonable”[18] y el Anglicanismo está firmemente comprometido con la “libertad para profetizar” definida por Jeremy Taylor,[19] que no consiste en simplemente la aceptación de una buena doctrina, sino que viene referido también a una clara función de búsqueda de la verdad, “en ambos casos a través de la interpretación siempre fresca de los textos sagrados, y en la certificación que nos confiere una investigación independiente del verdadero veredicto del Cristianismo antiguo”[20] Se puede decir que la vocación del Anglicanismo no es determinar y enunciar la verdad, sino más bien “crear el clima de libertad espiritual en el que las personas pueden dar testimonio de la verdad tal y como ellas la ven, sometiéndose a la crítica de sus pares sin miedo a la censura eclesiástica.”[21] Todo esto dice mucho del entendimiento Anglicano de la relación de Dios con el ser humano: “Dios ha delegado a la Iglesia y al cristiano la responsabilidad de tomar decisiones informadas y razonadas”. [22] Por consiguiente, cada Anglicano disfruta del inmenso privilegio de estar “constantemente comprometido en hacer teología, en el genuino sentido de reflexionar sobre las cosas de Dios.”[23] Indiscutiblemente, esto es “una seria teología de la madurez humana”. [24] Como el Obispo Westcott ha dicho, “en la vida de la fe, nuestra razón no debe ser dejada de lado, sino que debe ser despertada y estimulada. Razón y fe no deben estar separadas. ”[25] Es decisivo para mí que mi peregrinaje espiritual no sea disociado de mi itinerario intelectual.

Nacida en Francia de padres franceses, fui educada en la Iglesia Católico-Romana. Nunca ha sido un hogar espiritual para mi alma inquieta. Su posesión de la verdad, su teología basada sobre el pecado y la culpa, la falta de inteligencia en sus discursos, y una errónea concepción de la tradición siempre me parecieron opresivas, obstaculizado el fortalecimiento y la profundización de mi fe.[26]. Sobre todo, mi espíritu nunca ha sido capaz de someterse a la enseñanza acrítica y absoluta del “magisterio” que destruye “la necesidad de la que la Fe surja a partir de la evidencia racional de la Doctrina cristiana”.[27] No puedo mas que estar de acuerdo con George Stillingfleet en que decidir las cuestiones con la apelación a la infalibilidad “destruye toda evidencia racional respecto de la verdad de la religión” . [28] Como Austin Farrer ha dicho, “Si Dios puede ser comprendido, no sería Dios. Un dogmatismo pagado de sí mismo es tan fatal para la fe en Dios como el propio escepticismo; el dogmatismo pretende probar y definir, sólo para descubrir que aquello que ha probado y definido no es Dios, el Señor”. Tú no puedes atrapar la infinitud de Dios en una red de palabras del mismo modo que no puedes atrapar el mar, las glorias del día de tu muerte.[29]

Esto no se debe interpretar como una denigración de la importancia de buscar a Dios. En efecto, de acuerdo con la posición de Joseph Butler tal y como es explicada por A. S. McGrade “el desinteresado amor a Dios es una respuesta racional y psicológicamente apropiada a la bondad de Dios”. ¿Cómo se puede conocer la bondad de Dios?” [30]. La Razón es “la única manera que tenemos de juzgar respecto de cualquier cosa, incluso de la misma revelación”[31] “No solo el significado, sino también la moralidad y la evidencia de la revelación”[32] pueden ser evaluados. Esto es lo que Jesús dice en Marcos 12:29 que debemos amar al Señor nuestro Dios “con todo nuestro corazón, y con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con toda nuestra fuerza”, una frase comentada con bellas palabras por el Obispo Brooke Westcott:

“Aquellos que son “en Cristo” están comprometidos a servir a Dios con todo su ser, con su intelecto no menos que con su corazón, su fuerza, su substancia… Para ellos todo lo que cae dentro de la observación humana es una parábola de realidades espirituales, a través de las cuales se hace posible una visión renovada de la gloria de Dios. Serán los más agudos para ver el despuntar de nuevas ideas. Para ellos no puede haber desánimo o indiferencia. Llevan ante el Señor las primicias de todas las cosas.” [33]

Mi conversión ocasionó una búsqueda intelectual desesperada de la verdad de Cristo que me llevó a emprender un largo itinerario de formación que culminó en algunos estudios de post-grado. He estado buscando entender aquello que creía, de acuerdo con la acertada formula de San Anselmo de Canterbury, en la introducción de su Proslogian. Según mi reflexión iba avanzando más claro se me presentaba la necesidad de salir de la Iglesia de Roma. Estaba viviendo en una ficción que tenía que cesar. Era el momento de unirme a una Iglesia en la que fuera capaz de discernir libremente la verdad de Cristo y establecer mis propias convicciones a la luz de mi conciencia, con la ayuda del Espíritu Santo. Aunque consideré otras posibilidades como razonables, como por ejemplo las Iglesias Reformada o Luterana, la elección del Anglicanismo reflejaba el siguiente razonamiento:

“No hay Iglesia que en cada una de sus partes se acomode mejor a mi conciencia, cuyos artículos, constituciones, y costumbres me parezcan tan conformes a la razón, y se ensamble mejor con mi devoción personal, según mis creencias, que la Iglesia de Inglaterra (...) En resumen, donde la Escritura guarda silencio, la Iglesia es mi texto; donde la Escritura habla, la Iglesia es mi comentario, allá donde ambas guardan silencio, no pido prestadas las reglas de mi religión ni de Roma ni de Ginebra, sino de los dictados de mi propia razón.”[34]

El entendimiento anglicano de la verdad me ha permitido llevar a cabo mi propia “búsqueda de la divinidad a través del uso de la humana razón”[35], así mi espíritu puede ser “la luminaria del Señor”[36] según la hermosa fórmula de Benjamin Whichcote. Esto es posible gracias a que aunque “Escritura, tradición, concilios y padres de la Iglesia son evidencias en cuestión de fe”, “el último juez es mi ‘razón’ ”. [37]

Mi entrada en la Iglesia de Inglaterra me ha salvado. Aunque he dejado atrás la denominada comúnmente Iglesia Católica, es ahora cuando me siento realmente católica en el sentido de que puedo experimentar el poder transformador de Dios. El Arzobispo Rowan Williams ha escrito que “Dios habla en un modo que nos invita a continuar creciendo para poder escuchar” [38] La Iglesia de Inglaterra es esa parte de la Única Iglesia en la que puedo crecer y consecuentemente escuchar a Dios. Y puedo hacerlo porque la tradición Anglicana que me ha recibido tan generosamente, no solo me permite madurar como creyente, sino que me invita a ello. Disfruto de la libertad que el Anglicanismo me da como académica, y que no puedo encontrar en ninguna otra parte. Puedo buscar la verdad sin temor. ¡El Anglicanismo es antagónico con la pereza intelectual¡ La moderación de nuestra tradición influye enormemente en mi fe más íntima. Estoy encantada de colocarme enfrente de aquellos que parecen “saber mas”, [39] no para afirmar ninguna superioridad Anglicana frente a ellos sino para mostrarme confiada en nuestra tradición que otorga a cada uno de sus miembros una considerable dignidad no sólo como seres humanos sino también y sobre todo como cristianos que piensan. Todo esto, combinado con la inclusividad Anglicana, significa que soy ahora una abierta, confiada y positiva Católica, que es capaz de ser testimonio de Cristo sin miedo ni vergüenza. Por primera vez en mi vida, siento ahora que mi corazón, mi fe y mi mente están en concordancia con la enseñanza de mi Iglesia, a la que me siento orgullosa de pertenecer. Mi búsqueda de la santidad se ve alimentada por nuestras liturgias, marcadas por "una unidad inclusiva y no una exclusiva uniformidad", [40] que me confiere una capacidad de crecimiento. Me he convertido en una anglicana por elección, una elección dictada por la razón y también por el corazón.

Creo que permaneceré en la Comunión Anglicana ya que no veo otra tradición con esa "catolicidad integral" del anglicanismo; su integridad, se expresa en la eclesiología anglicana, que define el patrimonio anglicano, aunque este punto es muy a menudo mal entendido. Esta cualidad permite a los que pertenecen a las iglesias de la Comunión Anglicana vivir plenamente su catolicidad.

La Constitución Apostólica Anglicanorum Coetibus (providing for personal ordinariates for Anglicans entering into full communion with the Catholic Church) menciona el “Patrimonio anglicano” sin definirlo. [41] Sin embargo, la constitución contiene una precisión que permite entender cómo el Santo Padre percibe el patrimonio Anglicano, en las circunstancias “la liturgia, las tradiciones espirituales y pastorales de la Comunión Anglicana”.[42] Esta percepción del patrimonio Anglicano revela una total falta de entendimiento de la tradición Anglicana. Descansa en la idea de que el Anglicanismo no puede fundamentarse en sí mismo y que “la fe, la práctica y el espíritu de las Iglesias de la Comunión Anglicana” son “simplemente el producto de accidentes históricos, con una legitimación circunstancial, por razones de conveniencia, de los hechos tal y como han sucedido”.[43] Esta visión niega implícitamente que el Anglicanismo “encarne una genuina verdad eclesial, una visión o un principio, con cierto grado de valor vinculante, en definitiva con algún valor que ofrecer a la Iglesia Universal”.[44] El patrimonio es comúnmente definido como cualquier cosa heredada del pasado y que caracteriza algo. Si el Anglicanismo se distingue por sus tradiciones litúrgicas, espirituales y pastorales, su propiedad principal, esa que señala su especialidad más distintiva, reside en su eclesiología, que expresa una “ortodoxia d