top of page

Entrevista a Miguel Sanchez Medrano





Soy Miguel Sánchez Medrano periodista y publicista natural de Zaragoza con 69 años bien cumplidos y residente en Vitoria desde hace 40 años, hermosa ciudad en la que me siento encantado en todos sentidos. Mi actividad profesional la he desarrollado en el diario El Correo, donde he trabajado durante 30 años.

Mi hijo mayor, de 24 años, estudia en Pamplona, la hija, de 21, en tierras escocesas, y el tercero, que es parte de la familia desde hace siete años en que nos acogimos mutuamente, va a cumplir doce.

Sigo vinculado a la vida colectiva y comunitaria, que tanto me gusta, porque no puedo evitar que la gente me guste mucho. Formo parte del grupo Antirumores, que promueve actividades en colegios, centros cívicos y barrios para sensibilizar sobre los estereotipos contra los inmigrantes y he aprovechado para dar clases de español a un grupo de mauritanos. Canto en un coro desde hace siete años, porque me gusta cantar en compañía, y no me olvido de mover el cuerpo y hacer deporte, siempre sin abusar, y también procuro tomar una sauna siempre que llega el invierno. El arte y la creatividad la ejercito haciendo talla en piedra y dibujo.

Participo en un grupo de oración desde hace treinta y cinco años y también he participado en una parroquia en el grupo de Solidaridad, promoviendo actividades de encuentro y participación, y donde me quedé con muchas ganas de poner en marcha un grupo de meditación.

Me gusta escribir, rezar, compartir cercanías y encuentros, y que no falte una buena cena para celebrar el momento.


1-Mi afición por el tema religioso no está vinculado ni con la familia ni con la escuela. Mis padres no eran especialmente aficionados a los temas religiosos, aunque alguna vez asistimos juntos a misa, y siempre fui a escuela laica y aséptica, aunque el bachiller lo hice en un colegio de La Salle, donde no me quedó ningún afecto especial. Mi vinculación con el tema religioso surgió por casualidad, como suelen suceder los asuntos importantes, y que tanto han marcado nuestra vida. Esas casualidades que tan discretamente se asoman a nuestra existencia y de las que es muy conveniente percatarnos para que percibamos que siempre hay una mano cercana y cariñosa que cuida de nosotros. Con 17 años, un compañero de clase me comentó que una parroquia buscaba monitores de tiempo de libre para organizar actividades con niños, y por ahí se lio todo y me incorporé a una hermosa experiencia vital, en la que sigo vinculado muchos años después.

Recuerdo sacerdotes, retiros, celebraciones, gentes y experiencias y como mi vinculación se iba ampliando y profundizando. Cambié Zaragoza por Bilbao y estuve tres años participando de un grupo de la Renovación Carismática en Portugalete, que fue una experiencia hermosa y que me enseñó a compartir mi fe y rezar en grupo de forma natural y espontánea. Dejé el grupo, pero ya nunca dejé la oración, tanto individual como comunitaria. La oración ha formado y forma parte de mi esencia, mi cotidianidad y mi identidad desde muy antiguo. Mi afición a dedicar un tiempo diario a mirar al cielo y a dejarme mirar por Jesús y por ese Dios bueno y cercano quedó patente cuando apenas tenía 20 años y estaba realizando el servicio militar, tiempo en que protagonicé un suceso muy especial desde mi puesto de corneta, alguien muy importante en la marcha del cuartel y sus soldados, para indicar el momento de levantarse, pasar revista, comer, ir al médico, acostarse y, sobre todo, izar y arriar la bandera, momentos todos que debían contar obligatoriamente con la presencia del corneta y su correspondiente toque. Sin embargo, sucedió que aquel domingo por la tarde, cuando los veinte soldados que componían la guardia permanecían formados con sus armas en ristre para arriar la bandera, el corneta había desaparecido y el acto se retrasaba dramáticamente. Nunca había pasado nada igual. El corneta no estaba en su puesto y no aparecía en el puesto de guardia ni en todo el cuartel. ¿Dónde estaba el desdichado e irresponsable turuta? Ni más ni menos que en la capilla, rezando. ¿Cómo? Inaudito y grave. El teniente le dio una violenta bofetada al irresponsable soldado y le lanzó una seria amenaza: “Se te va a caer el pelo y te vas a acordar de este día porque vas a estar arrestado los próximos fines de semana. El teniente era un buen tipo y el irresponsable corneta, sorpresivamente, no sufrió ningún castigo, pero ahí quedó la hermosa e indisciplinada anécdota en los anales del cuartel, con la persistente y cuidadosa Providencia dando vueltas muy cerca. Y así sigue.





2- El peso aplastante y agobiante de la religión cristiana en la cultura, forma de ser, costumbres, vicios y también virtudes, es evidente. Es evidente que somos hijos de nuestra cultura cristiana, pero yo creo que la religión tiene que ocuparse de lo suyo y no ocuparse de fijar y fichar buenos y malos, establecer estilos sociales o políticos, horarios, costumbres o formas de vestir, porque la esencia religiosa está en el corazón, dentro de uno mismo, en el compartir, el amar y el servir. El marcar costumbres y estilos de ser y vivir o vestir, de mandar, controlar, dictar normas, excluir y señalar como buenos o malos, no. Por eso me gusta Escocia, que conozco bien, donde la religión no suele salir a la calle, sino que forma parte del ámbito personal o de la vida dentro de las iglesias. La religión es una experiencia interior y comunitaria, pero no callejera o política, de control social y de marcar normas y costumbres.

En este sentido, esta Semana Santa he sentido profunda tristeza al ver en televisión una ceremonia religiosa presidida por un obispo, con sus habituales y suntuosos atributos y vestimentas, pero, sobre todo, con su habitual mensaje sobrecargado de demonios y pecados revoloteando a sus anchas, en un espléndido templo lleno de un seleccionado y elegante público, siempre bastante mayor, y entre el que no faltaban autoridades políticas y militares.

Todo esto tiene que cambiar y está cambiando, afortunadamente. La experiencia vital de la fe tiene que ser motor, tiene que impulsarnos, abrirnos, no cerrarnos, no provocarnos temor e inseguridad, sino todo lo contrario. Ese peso cultural de la religión tiene que acabar y está acabando. Los estados laicos son los que mandan, y así tiene que ser.


3-El hecho religioso hoy está perdiendo profundidad e intensidad y está aumentando en las críticas que recibe y las contradicciones que muestra. Hoy vemos muy pocos testimonios de fe, entrega y ejemplos a seguir de gente impulsada por su vivencia profunda de Jesús, mientras que los escándalos se multiplican. Las iglesias se vacían y solo la gente mayor, bastante mayor, se mantiene fiel a su cita dominical, y poco más. El mensaje esencial del cristianismo está escrito y grabado en el corazón, y sencillamente es amor. Pero tenemos que aclararnos, madurarlo, profundizarlo. Es amar la vida que nos toca, la gente que nos toca, la circunstancias que nos tocan. Amar significa valorar en positivo, creer en ti y en los demás, estar receptivo, estar abierto. Necesitar que los demás estén bien y sean felices y necesitar hacer tu siempre modesta, pero importante aportación. La experiencia de fe es profundamente individual, interior, pero esencialmente abierta y comunitaria, que son los dos lados del mismo polígono vital. Ser cristiano hoy tiene un especial encanto porque el ambiente no anima nada. Creer en alguien que no ves, siempre ha sido complicado, pero mucho más hoy. Antes el ambiente facilitaba la inmersión, pero hoy apenas ambiente. Solo una discreta llama interior nos recuerda que Dios sigue cerca en medio de los ruidos, luces y sombras que nos envuelven.





4-Preguntar qué papel corresponde hoy a la mujer en la iglesia me parece lamentable, casi insultante, porque si hacemos esta pregunta significa que algo no funciona, que algo no anda bien. Preguntar sobre el papel de la mujer en la iglesia resulta provocador porque significa que no está en la misma situación que el hombre, en situación de igualdad, que millones de mujeres siguen esperando ser tratadas con normalidad, con igualdad en nuestra iglesia. Porque esta pregunta ya ha dejado de existir en la práctica totalidad de ámbitos: familiar y social, laboral, militar, empresarial o judicial e incluso religioso. Solamente algunas confesiones, como la católica, establece con rotundidad que el lugar de la mujer está en la sacristía, con las escobas y si se portan bien, leyendo las lecturas o repartiendo la comunión, que ya es bastante. En todo caso y lamentablemente, la pregunta es grave y urgente. Hace dos mil años o doscientos, o incluso hasta hace pocos podía ser lógico que se cerrase la puerta a las mujeres para ser sacerdotes católicos, porque tenían casi todas puertas cerradas, pero hoy no.

Hoy la discriminación contra la mujer solo existe, solo se admite, en ámbitos muy especiales. Mantener esta prohibición cuando todas las puertas están abiertas y normalizadas para los dos sexos es indignante, desmoralizante, y nuestra iglesia católica las tiene y las mantiene, a pesar de que el resto de congregaciones y de iglesias cristianas, ya no. Incluso entre los judíos y los musulmanes, que siempre hemos considerado como más retrógrados y machistas, podemos encontrar mujeres imán. Los católicos somos el colectivo más numeroso entre las denominaciones cristianas, pero también el más retrogrado, y 1.200 millones del total de los 2.400 millones que nos confesamos cristianos parece que no nos importa y no le damos importancia a que las mujeres no puedan acceder a la vocación del sacerdocio, para el que solo sirven los hombres. Es una auténtica vergüenza que el grupo más numeroso de gente que declaramos que la religión es importante, seamos tan machistas. Me siento muy avergonzado, pero es lo que hay.

Por otra parte, la idea de que la familia sea como una iglesia en pequeño en la que hijos y padres compartan la fe, es estupenda, pero complicada. Mis hijos han ‘mamado’ la fe de sus padres y han seguido el proceso formativo y participativo habitual, con la iglesia en medio. Han participado en la bendición de la mesa leyendo y rezando oraciones y se les han procurado implicar y acercar a este difícil arte de la fe religiosa, sin embargo, ahí ha quedado. Fue otra experiencia más que se quedó en la infancia y adolescencia.

Como ya he dicho, mantener la fe en Dios y en la realidad de Dios que nos rodea y nos impulsa hoy no es nada fácil, lo mires por donde lo mires, y en la familia tampoco.






5-La verdad es que desconocía el significado de sinodalidad. Me he encontrado con un concepto nuevo muy atractivo, muy interesante, pero muy alejado de la realidad. Sinodalidad quiere expresar la identidad de la Iglesia como Pueblo de Dios en camino, en peregrinación hacia el Reino, subraya la dignidad común de todos los cristianos y afirma su corresponsabilidad en la misión evangelizadora. Demasiado. Al final, siento que es un concepto, un tema de curas. ¿Desde cuándo los seglares hemos tenido algún peso en las decisiones de la iglesia? La iglesia que planteó Jesús era una cooperativa, en la que todos sus miembros tenían los mismos derechos, voz y voto, pero la iglesia que hemos construido, o que ha hecho la jerarquía, es una sociedad anónima, con un consejo de administración muy hermético y con mucho poder, con todo el poder, y donde los cristianos de a pie tenemos prohibido el acceso, ni la posibilidad de intervenir. El presidente del consejo de administración es obviamente el papa, rodeado de los directores de departamento. Por ello, ese concepto de sinodalidad, coparticipación, igualdad y corresponsabilidad me suena a discurso y sermón de curas. Poco que ver con la realidad, con nosotros, con la gente de a pie.

Por eso, los famosos concilios son reuniones del consejo de administración, de los jefes y cardenales. Pero no sucede igual en todos los concilios, porque resulta que los que celebran los anglicanos o presbiterianos son totalmente diferentes. La figura del Papa que preside todos los concilios y tiene la última palabra, no existe. Estos concilios, de los otros grupos, son más cooperativos y democráticos, y cada año lo preside alguien diferente, que se va turnando y que lógicamente puede ser una mujer, porque la mujer puede ser sacerdote y obispo, y además, y muy importante, los seglares participan como miembros de pleno derecho. Esta sí es una realidad sinodal.

<