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El último desafío del Nuevo Testamento, por el Rvdo. Juan María Tellería.





poy Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga PhD


El libro bíblico que conocemos, por lo general, como el Apocalipsis o el Apocalipsis de San Juan[1], último del Nuevo Testamento y de las Sagradas Escrituras en el orden canónico actual, se nos presenta como una obra singular, un escrito que desde siempre ha llamado la atención y ha suscitado muchas preguntas entre los creyentes, tanto a nivel individual como colectivo en el conjunto de la Iglesia universal de Cristo, de modo que se ha prestado a grandes controversias que hoy, a lo que se constata en ciertos ámbitos religiosos, no solo no han cesado, sino que, según se podría decir, hasta se han acrecentado, y no siempre de la mejor manera posible[2]. De ahí que titulemos con toda intencionalidad esta breve reflexión como El último desafío del Nuevo Testamento. Somos plenamente conscientes de que el Apocalipsis continúa suscitando interrogantes, (re)planteando problemas que ya en la Antigüedad habían sido causa de discusión y atrayendo poderosamente a muchos creyentes que buscan, con absoluta sinceridad, un mejor entendimiento de la Palabra revelada de Dios al hombre.


Enfocaremos, por tanto, esta reflexión sobre el libro del Apocalipsis en base a tres puntos fundamentales, de los cuales el primero es:


Controversias y discusiones que se se han suscitado desde la misma antigüedad cristiana en relación con su autoría y contenido.



Saber quién es el autor de un escrito reviste siempre una gran importancia. Nos ayuda a ubicarlo en el tiempo y en el espacio, aunque a veces de manera solo aproximada[3], y, en el caso de los escritos bíblicos, ello incide de manera muy directa en la cuestión de su canonicidad o autoridad para los creyentes. Fue para los maestros judíos que decidieron el canon hebreo del Antiguo Testamento[4] en el cuasimítico Concilio de Yamnia[5]conditio sine qua non la autoría profética de los diferentes escritos que lo componían, lo cual dejó de lado una serie de obras de enorme valor literario e incluso teológico, escritos que, por otro lado, han llegado a inspirar a los creyentes cristianos a lo largo de los siglos y que han recibido, de parte de la Iglesia universal, el reconocimiento como obras inspiradas de un segundo canon o deuterocanónicas, hoy normalmente editadas, junto con el Antiguo Testamento protocanónico, en las ediciones católicas, ortodoxas, así como de algunas iglesias protestantes[6] y las llamadas ediciones ecuménicas o interconfesionales[7]. Cuando la Iglesia cristiana se vio empujada a elaborar su propio canon, lo que hoy llamamos el Nuevo Testamento, debido al desafío marcionita[8], la regla básica para aceptar o rechazar un escrito fue su autoría apostólica directa o indirecta, es decir, de primera mano o por medio de alguno de los llamados varones apostólicos, vale decir, discípulos directos de los Apóstoles, de preferencia quienes aparecían mencionados en los escritos indiscutiblemente canónicos[9].


El Apocalipsis planteó muy pronto graves problemas en relación con su autoría y contenido. Sobre su autoría se suscitó la discusión acerca de si el Juan mencionado en Apocalipsis 1, 1.4.9; 21, 2; 22, 8 era el apóstol de este nombre, uno de los Doce y, conforme a ciertas tradiciones, el autor del cuarto Evangelio y discípulo amado del Señor[10], o si, por ventura, se trataba más bien de otro personaje del mismo nombre, un supuesto Juan el presbítero[11], o tal vez un presunto Juan de Patmos designado en ocasiones como San Juan el Teólogo[12]. Aunque algunos Padres destacados como San Ireneo de Lyon, San Cipriano de Cartago, San Clemente de Alejandría u Orígenes, entre otros, se decantaron por la autoría apostólica, dando al escrito el valor de una obra inspirada y autoritativa para la Iglesia universal, el obispo y patriarca Dionisio de Alejandría (siglo III), realizando lo que hoy llamaríamos un trabajo de crítica literaria, comparó el estilo del Apocalipsis con el del Evangelio según San Juan y dedujo que los autores de ambos escritos eran diferentes. Los argumentos de Dionisio siguen siendo válidos hoy para quienes rechazan la autoría apostólica de este libro basándose en elementos objetivos. No obstante, y dados los argumentos que también pueden presentarse a favor de que haya sido San Juan su autor o cuando menos su inspirador, prima en nuestros días la solución de atribuirlo a una escuela johánica o a unos círculos johánicos o comunidad johánica de Asia Menor, con su sede en la ciudad de Éfeso, a la sazón capital de la provincia romana de Asia, siempre centrados alrededor de la figura de San Juan Apóstol. No haría falta, pues, que hubiera sido el propio San Juan quien de su puño y letra hubiera redactado el Apocalipsis; bastaría con que hubiera dirigido una redacción realizada por uno o varios amanuenses discípulos suyos, conforme al estilo y uso de la época[13].


En lo que se refiere a su contenido, dado que el Apocalipsis se muestra como un mensaje aparentemente críptico y prácticamente oculto detrás de los símbolos y las imágenes que lo componen, siempre llamó la atención de quienes, ya en los primeros siglos de historia de la Iglesia, tenían dificultades para comprenderlo en su totalidad, aun aceptándolo como obra de San Juan y formando parte del canon sagrado. Ello no fue obstáculo para que suscitara una feroz oposición por parte de ciertos sectores, particularmente la de quienes vieron en él un documento propagandístico de las ideas del hereje Cerinto[14], contemporáneo de San Juan, que, aparte de negar la realidad de la Encarnación[15], enseñaba, según se dice, la creencia en un reinado milenario de Cristo en la tierra, al final de los tiempos, en el cual los fieles gozarían de bendiciones muy materiales, anticipando así, en cierto sentido, el paraíso mahometano[16]. Apocalipsis 20 es, en efecto, el texto clave del milenarismo o quiliasmo para todos los afectos a este tipo de concepciones, que en nuestros días han revivido en los círculos evangélicos gracias al dispensacionalismo anglosajón decimonónico del británico John Darby y, especialmente, del norteamericano Cyrus Ingerson Scofield[17]. En nuestros días, las interpretaciones del Apocalipsis basculan entre el literalismo absoluto de quienes ven en sus capítulos y versículos un mapa detallado del futuro del mundo (normalmente centrado en el Oriente Medio y Tierra Santa) y los trabajos con métodos críticos que entienden se trata de un mensaje muy específico para un momento y unos destinatarios concretos, pero de aplicación universal a la Iglesia de Cristo. Ello nos lleva al segundo punto:


Una lectura que respete su medio vitaL


El libro del Apocalipsis, al igual que cualquier otro escrito componente de la Santa Biblia, ya sea del Antiguo o del Nuevo Testamento, y de la misma forma que toda obra literaria, antigua o moderna, obedece a unos presupuestos claros: el deseo de su autor de ponerlo por escrito con un estilo específico y muy propio; la materia de que ha de tratar, quizás como respuesta a una situación previa vivida por el propio autor o por aquellos a quienes dirige su trabajo; las necesidades de sus destinatarios inmediatos y el entorno en que estos viven, o aquel en el que vive el propio autor, que puede coincidir o no con el de ellos. Por decirlo de manera clara y concisa: ni el Apocalipsis ni ningún otro de los escritos que componen la Biblia escapa a la realidad humana de su autor y de su entorno correspondientes. Carecería de sentido empeñarnos en leer este libro como si hubiera caído literalmente del cielo escrito por manos divinas o angélicas, como pretenden los musulmanes tradicionales con su Corán o como también se apunta en ciertos escritos apócrifos judíos en lo referente a la Ley de Moisés[18]. Entendemos personalmente, y así lo hemos hecho constar en más de una ocasión y en diferentes publicaciones a lo largo de los últimos años[19], que una lectura y posterior exposición de las Sagradas Escrituras ajena a las realidades de sus medios vitales es, cuando menos, errónea; cuando más, puede incluso llegar a introducirse en el peligrosísimo y resbaladizo terreno de la irreverencia, por no decir de la blasfemia[20]. Ni siquiera las lecturas devocionales escapan a esta realidad: no poder o no saber, o peor todavía, no querer entender un texto de la Santa Biblia, ya sea un pasaje entero, un capítulo o tan solo un versículo, en su contexto real abre la puerta a sinsentidos capaces de acarrear distorsiones de su significado auténticamente desastrosas. La práctica de la llamada lectio divina tan recomendada a los fieles cristianos, ya sean laicos o clérigos, carecería totalmente de sentido sin una aproximación ajustada a la realidad de los textos de la Palabra de Dios tal como fueron escritos y dirigidos a sus primeros destinatarios.


En lo que se refiere al Apocalipsis, su medio vital está bastante claro para muchos hoy simplemente con una lectura no excesivamente profunda de sus capítulos y versículos. Sin volver a incidir en las discusiones acerca de su autoría que señalábamos en el punto anterior, resulta más que evidente que el escritor que lo redactó vivió unas circunstancias en extremo difíciles que le hicieron conocer el destierro en la isla de Patmos, ubicada en el mar Egeo (Apocalipsis 1, 9), una especie de isla cárcel del Imperio romano de finales del siglo I y comienzos del siglo II de nuestra era. Si las tradiciones sobre el martirio de San Juan Apóstol y Evangelista son ciertas[21], y si se reconoce su autoría directa o indirecta del Apocalipsis, hemos de ubicar su composición (que no forzosamente su redacción final y definitiva, la que hoy leemos en el Nuevo Testamento) en el triste reinado del emperador Tito Flavio Domiciano, último de la dinastía Flavia, y tirano sin escrúpulos condenado por el senado y el pueblo romano tras su asesinato a la damnatio memoriae o eliminación pública de su nombre[22]. Ello es decir que el Apocalipsis en su redacción primera vio la luz de la mano de un cautivo encarcelado por su fe en Cristo y sus testimonio personal acerca de él (Apocalipsis 1, 9), en un medio marcado por el terror, en un mundo que parecía hundirse en un abismo y en el cual los cristianos de cierta zona muy concreta del vasto Imperio romano, de la provincia de Asia más concretamente[23], es decir, los destinatarios inmediatos del escrito, eran perseguidos por su fe tanto por el poder imperial romano como, parecería, por los judíos. Y con ello llegamos al último punto:


Un mensaje de ánimo : la voz de la Iglesia perseguida y la voz del redentor que consuela.


Son muy escasos los textos neotestamentarios que se refieren a las prístinas persecuciones judías de la Iglesia; los relatos de Hechos 6 y 7, donde se narra el asesinato del protomártir San Esteban, y las alusiones a los desmanes de Saulo de Tarso en los primeros versículos de Hechos 8 son los más destacados[24]. En lo referente a la persecución de Nerón, únicamente hallaríamos alguna evocación clara en 2 Timoteo, epístola cuyo tono refleja una despedida de San Pablo Apóstol con indudables alusiones a su próxima ejecución[25]. El libro del Apocalipsis, por el contrario, constituye un documento de primera mano que refleja el ambiente propio de las comunidades cristianas de la provincia romana de Asia en tiempos del César Domiciano, que se hizo proclamar Dominus et Deus (“Señor y Dios”) y desató una persecución contra ellos.


Por decirlo con muy pocas palabras, el Apocalipsis da voz a los cristianos perseguidos de un momento y un lugar muy precisos de la historia, a la Iglesia que sufre el doble acoso de un poder político en manos de un demente extremadamente peligroso[26] y de una comunidad judía que no acepta a Jesús de Nazaret como Mesías y, por ello, tampoco reconoce a la Iglesia como parte de ella, de su esencia israelita. Pero, por otro lado, refleja también la voz de Cristo, el Alfa y la Omega (Apocalipsis 1, 8), el Rey de reyes y Señor de Señores (Apocalipsis 19, 16), aquel que venció a la muerte y al sepulcro para dar la luz y la vida a los hombres y recibir la adoración del universo entero (Apocalipsis 4-5), y que trasmite a su pueblo, a las siete iglesias de Asia (Apocalipsis 2-3)[27], su mensaje de seguridad y esperanza: él ha vencido, luego ellos vencerán. Mejor dicho, ya han vencido. Por muy poderoso que sea el emperador Domiciano, el Nero redivivus de ciertas leyendas[28], ¿qué pueden significar Roma, su imperio o todos los imperios del mundo frente a la majestad de aquel ante el cual todo el universo se postra?[29] No oculta el mensaje del Apocalipsis la realidad de las persecuciones ni los martirios (Apocalipsis 2, 13; 12, 17), su mensaje no es un triunfalismo fantasioso; al contrario, está cimentado en una esperanza bien fundamentada: Cristo es el Señor y con él están llamados a reinar todos sus discípulos, toda la Iglesia.


Conclusión

El Apocalipsis es un libro vivo. En tanto que palabra de Dios revelada a los hombres, último mensaje de Cristo recogido en las Sagradas Escrituras, su alcance va más allá de la época en que vio la luz y de sus primeros destinatarios.