REFLEXIÓN CRÍTICA SOBRE LA REFORMA


Vienen anunciándose desde hace semanas los fastos correspondientes a la celebración de la Reforma que ha tenido lugar, D.m., el sábado 31 de octubre, señalado aniversario de la exposición de las famosas 95 tesis de Lutero en las puertas de la iglesia de Wittemberg (1). Como es lógico y deseable, serán muchos los púlpitos protestantes que en este mismo día o el domingo siguiente, amén de programas televisivos, radiales y publicaciones diversas, se harán eco de tan gran evento y se ensalzarán los logros del protestantismo y sus aportaciones, que han sido de peso real, al elenco común cristiano. Sin duda que participaremos de todo ello con espíritu de agradecimiento, pese a las condiciones de pandemia que hoy vivimos, y estaremos realmente felices de formar parte del mundo reformado.


Pero nada nos obliga moralmente a hacernos eco de los tonos triunfalistas que tales efemérides suelen generar. Al contrario, somos de los que creemos que un análisis crítico de los hechos históricos tal como nos han sido transmitidos nos ayudará grandemente a calibrar la realidad de la Reforma en sus orígenes y sus derivaciones, así como a perfilar nuestra propia condición de protestantes en este siglo XXI en el que vivimos.

Vaya por delante que nuestra intención no es, ni de lejos, denigrar la Reforma. Carecería de sentido que hiciéramos algo semejante, dada nuestra condición de ministro de culto de una iglesia reformada. Solo pretendemos reflexionar y compartir con los amables lectores, sin buscar controversias ni discusiones (en las que no participaríamos, dado el caso de que las hubiera), pensamientos sobre un tema que nos apasiona y acerca del cual venimos trabajando desde hace varios años.


La Reforma no puede considerarse ni un triunfo ni un logro en sí misma. Más bien es la constatación de un estruendoso fracaso, lo mismo que fueron en su momento el Cisma de Oriente (2) y el de Occidente (3), y al igual que lo han sido y lo son las presuntas iglesias y grupos que se han multiplicado como células cancerosas desde el siglo XIX hasta aquí en el mundo protestante. La razón es bien simple: el cuerpo de Cristo ha quedado dividido. La Reforma del siglo XVI supuso una ruptura más que evidenció en su momento la tragedia de una Iglesia incapaz de estar a la altura del evangelio y de los tiempos en que vivía. Dio origen, por otro lado, a un tipo de cultura propia de ciertos pueblos europeos (y sus posteriores derivas coloniales, cuando las hubo), diametralmente opuesta a la de los otros, con lo que contribuyó al desgarramiento del concepto de Cristiandad tan caro a los padres medievales, sin olvidar las guerras religiosas derivadas de todo ello, que ensangrentaron el viejo continente de un modo difícil de comprender, y por supuesto de justificar. Por desgracia, la Reforma no reformó; más bien destruyó, ahondó abismos, afianzó posturas encontradas y dividió.

Pero, por otro lado, nació ella misma dividida. La mayor debilidad del movimiento reformado, ya en el siglo XVI, la constituyó su incapacidad de mostrar un frente unido ante aquello que se deseaba reformar. La desdichada conferencia de Marburgo (1529) evidenció con creces cómo los personalismos minaban y corrompían desde su base algo que debiera haber sido de otro modo (4). No había concluido la decimosexta centuria y la Reforma mostraba tres modalidades distintas, no fáciles de conciliar (luteranismo alemán y escandinavo; calvinismo franco-suizo, holandés, escocés y húngaro; anglicanismo inglés), amén de los malaventurados movimientos de exaltados anabaptistas, igualmente condenados por católicos que por protestantes. Y a partir de ahí esas diferencias internas se fueron ahondando hasta desembocar en la total atomización religiosa que hoy vivimos en el mundo protestante, a lo cual el movimiento evangélico y las sectas —entre los cuales no hay hoy demasiadas diferencias— ha contribuido en buena medida.


Ante estas crudas realidades, el protestantismo ha querido reaccionar —entendemos que un poco tarde— buscando tender puentes internos y forjando su propia mitología (protestantismo, igual a libertad; protestantismo, igual a Sagradas Escrituras), aunque no se sostienen demasiado bien: el odio visceral que se manifiesta en el mundo protestante, particularmente en el campo evangélico, entre quienes no comparten los mismos puntos de vista o idénticas teologías genera cada día más abismos y cierra más puertas; por otro lado, esos mitos señalados no resisten la verdad histórica: el protestantismo de la Reforma solo triunfó allí donde un poder político coercitivo lo quiso imponer, incluso con persecuciones crueles a quienes se mostraban partidarios de la fe antigua (5); y la presunta monopolización de la Biblia por parte del protestantismo no puede oscurecer el hecho de que las Sagradas Escrituras son y han sido siempre patrimonio de todos los cristianos, como evidencian las liturgias antiguas y la teología y el pensamiento de todas las iglesias de Oriente y Occidente.


Quienes hoy profesamos la fe de la Reforma hemos, pues, de revisar muy bien lo que pensamos, lo que creemos, y el porqué de nuestras convicciones, sin falsos triunfalismos, sin autoexaltaciones absurdas que no resisten el análisis imparcial de la historia. Como ya indicáramos tiempo atrás en algunas otras publicaciones, del contenido de las cuales no nos retractamos en absoluto, el protestantismo ha realizado grandes aportaciones al conjunto del cristianismo (6), y es en ellas en las que hemos de fundamentar nuestra realidad actual.




Recordar hoy el 31 de octubre como una fecha digna de memoria (7) exige del mundo protestante una clara toma de conciencia de su realidad, así como el desafío de hacer frente a, entre otros, dos importantes nuevos retos:


El primero es acabar con el sectarismo y el fundamentalismo que lo divide, lo destruye y lo desprestigia ante el mundo de la cultura y ante la propia sociedad. La Reforma, que se erigió como vocera de la instrucción y el conocimiento frente a lo que se consideró entonces como “superstición medieval” (¡y con razón!), no es compatible con la ignorancia, el aborregamiento colectivo y la contracultura que hoy se respiran en amplios sectores del protestantismo actual, netamente en el campo evangélico, con ministros de culto cada día peor instruidos (o sin instrucción ninguna) y unas congregaciones que se empeñan en vivir de espaldas a la realidad, negando insistentemente los avances positivos del mundo y de la ciencia, y aferrándose a una presunta “sana doctrina” que en demasiadas ocasiones no tiene refrendo alguno en la tradición cristiana más genuina, una moral hipócrita de corte puritano trasnochado o a cómodos escapismos mentales de tipo escatológico propios de las sectas más peligrosas.


El segundo es poner fin al espíritu de enfrentamiento constante contra el resto del cristianismo, fenómeno especialmente desarrollado entre los protestantes (notoriamente los evangélicos) minoritarios de los países católicos u ortodoxos, y abrir de par en par las puertas a ese diálogo interconfesional que el mismo protestantismo iniciara desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, y que tan positivos frutos ha venido cosechando hasta el día de hoy (8). Ser protestante no significa ser enemigo, adversario ni contrario al catolicismo romano o a la múltiple ortodoxia oriental; la protesta que en el siglo XVI iniciara Lutero contra lo que él consideró en su momento abusos intolerables, hoy debe enfocarse como una protesta inmisericorde contra la injusticia, la exclusión y la alienación del ser humano.



Por decirlo en pocas palabras: frente a las turbias realidades que empañaron la Reforma desde sus orígenes, el protestantismo actual debe posicionarse juntamente con los otros cristianos, con sus hermanos, a favor de la realidad del evangelio eterno, del mensaje de Jesús que siempre es el mismo, que siempre señala a ese Reino (o Reinado, como algunos prefieren) de Dios que ya está aquí y que debe extenderse por el mundo para bien del género humano.


“Ire ad fontes” fue la divisa de la época en que la Reforma vio la luz (9). “Ire ad Christum” es el desafío que hoy alcanza al mundo protestante y al que no podrá responder solo, sino en comunión con el resto de la Cristiandad.



Rvdo. Juan María TelleríaPresbítero y ArcipresteDelegado Diocesano para la Educación Teológica en la Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE, Comunión Anglicana)

  1. El hecho tuvo lugar el 31 de octubre de 1517.

  2. En el año 1054, y que supuso la separación entre la cristiandad oriental (iglesias ortodoxas) y la occidental (iglesia romana).

  3. Entre los años 1378-1417, cuando dos papas, uno en Roma y otro en Avignon (Francia) se consideraban los auténticos pontífices de la Iglesia y dividieron el occidente cristiano. En un momento dado hubo tres presuntos pontífices, al añadirse a la lista Benedicto XIII, el llamado Papa Luna, que tuvo su sede en Peñíscola (Castellón).

  4. Lutero y Zwinglio no llegaron a un acuerdo acerca del significado de la Eucaristía. Los documentos de la época resaltan que fue la intransigencia del alemán y su antipatía visceral hacia el zuriqués lo que impidió el diálogo.

  5. Recuérdese el principio luterano “cujus regio ejus et religio”.

  6. Nuestro libro “El método en teología” (EMB, 2011), que pronto verá, si Dios quiere, una nueva edición bajo los auspicios de CLIE, es una muestra de ello al estar cimentado en los cinco SOLI de la Reforma (SOLA SCRIPTURA, SOLA FIDES, SOLA GRATIA, SOLUS CHRISTUS, SOLUS DEUS o SOLI DEO GLORIA).

  7. Cuando redactamos estas páginas acabamos de recibir la buena noticia de que el ayuntamiento de Santiponce (Sevilla) ha erigido una estatua a Casiodoro de Reina en medio de un destacado acto cívico.

  8. La propia Iglesia católica romana, pese a sus reticencias iniciales, participa actualmente en el diálogo ecuménico con excelentes aportaciones.

  9. Fue en realidad la divisa del Renacimiento. Las fuentes mencionadas eran las de la Antigüedad Clásica, consideradas como la época dorada de Europa y su punto de referencia. Para los Reformadores, las fuentes eran los Escritos Sagrados del cristianismo primitivo, vale decir, la Biblia, leída e interpretada a la luz de las más sanas tradiciones del cristianismo de los primeros siglos.

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