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"Filosofía y cristianismo de Alfonso Ropero. Editorial Clie, 1996.


"Filosofía y cristianismo de Alfonso Ropero. Editorial Clie, 1996.

Cuando Fernando Savater dice que la fe impide la indagación personal, la experimentación, la crítica racional de las convicciones establecidas, el debate público por medio del cual cada participante puede obtener sus propias conclusiones, no está siendo justo con la fe bíblica o simplemente está pensando en otros tipos de fe que, a pesar de llevar adjuntas el nombre de cristianas, se encuentran bajo el extrañamiento de la palabra de Cristo cuando dice: Apartaos de mí, no os conozco (Mateo 25:41). Alfonso Ropero.


El presente volumen cumple el año que viene las “bodas de plata”, y esto en los tiempos que corren ya es algo enormemente destacable. No es habitual que un libro siga publicándose después de tanto tiempo y, desde luego, nada lo hacía presagiar en el momento en el cual vio la luz.

El autor, 24 años más joven, todavía tenía esperanzas de que un libro como este pudiera hacer recapacitar a toda una generación de cristianos para que abandonaran una determinada actitud frente a sistemas de pensamiento o posiciones que no eran las suyas. La típica reacción era de enfrentamiento y de rechazo, con una idea muy calada y fija que consideraba a la filosofía como contraria a la fe cristiana y únicamente defendida por aquellos que buscaban un camino alternativo.

Alfonso Ropero, después de haber experimentado en carne propia este tipo de animadversión, quería construir puentes y clarificar toda una serie de malentendidos y posiciones cerradas que por otra parte no eran nuevas, llevaban por siglos manteniéndose.

¿Cuál fue el recibimiento de este libro? De una extrema frialdad cuando no de una abierta crítica negativa. No es que el autor expresara ideas o realizara interpretaciones que atentaban contra la fe tradicional, sino que de nuevo la coraza de la intransigencia hacía su aparición. Fue algo así como una voz que clamaba desde el desierto.

El Catolicismo Romano por su parte ya hacía mucho tiempo que había integrado y desarrollado el pensamiento filosófico en su seno y, aunque aquí también había de todo, nadie discutía los impresionantes legados de, por ejemplo, san Agustín o santo Tomás de Aquino.

Lo más curioso es que con el paso del tiempo se ha reivindicado y si bien los de siempre mantienen las posiciones de siempre, no lo es menos que el presente volumen es muy considerado y apreciado por otro tipo de creyente. Para éstos supuso un percatarse de la riqueza y amplitud de la verdad, todo un mundo se les abrió.

Junto a lo ya apuntado, la cuestión central que plantea este escrito es si hay algún punto de conexión entre la filosofía y el cristianismo, si es posible hablar de caminos que pueden enriquecerse mutuamente o si, por el contrario, cuando alguien se declara cristiano está automáticamente fuera de la actividad filosófica ya que, por definición, acepta que hay una verdad absoluta y que la misma ha sido dada por revelación divina. El filósofo por su parte, no podría dar por buena esta afirmación ya que para él sería una especie de camisa de fuerza que le arrebataría consecuentemente una libertad de pensamiento que considera esencial.

Ropero pretende mostrar con su libro que el diálogo es posible, y no solamente posible, sino necesario. Para él se tratan de caminos hermanos que se complementan, que se necesitan. Para ello ha escrito un libro de más de 400 páginas que divide en dos grandes partes. La primera (llamada "Fe y razón") compuesta por cinco capítulos y la segunda ("Razón de la fe") por cuatro.


El primer capítulo se titula “Fe y razón. Filosofía y cristianismo”. Este comienza con una explicación de la relación entre los conceptos verdad, inteligencia y fe.

El cristianismo tiene pasión por la verdad, la cual hace objeto de su fe al considerarla y examinarla con su inteligencia. Se trata de interrogar al mundo ante el hecho manifiesto de que Dios se ha escondido, no está a la vista del ser humano y la persona así percibe su soledad.

Más adelante se tocan los límites de la razón y la realidad del ser humano abogado y perseguido por el hecho de la muerte. En esta su existencia la duda tiene una función esencial.

Ante esta realidad humana, el filósofo y el cristiano son almas gemelas que van en busca de sentido. La filosofía y la religión no son incompatibles a pesar de la indiferencia que reina entre ellas.

La salvación bíblica incluye la redención de nuestra razón, “razón salvada”. Se trata del descubrimiento de nuestro ser auténtico a la luz de Cristo.

¿Tiene la fe un sustento racional? Cuestión que el autor dilucida para concluir que “la fe y la razón son primas hermanas en cuanto actitudes del espíritu libre y liberado. Caminan juntas todo el tiempo”, p. 31.

Dicho lo cual, aunque hablamos de razón, la persona no es razonable por sí misma ya que encontramos en ella tanto lo racional como lo irracional.

Es en el interior del ser humano en donde se libra la batalla entre la verdad y la mentira, lo racional y lo irracional. Según la Biblia esto se debe al pecado.

Paul Tillich, citado en la página 42, dice que “todo filósofo creador es un teólogo latente (a veces incluso un teólogo declarado). Es un teólogo en la medida en que su situación existencial y su preocupación última modelan su visión filosófica”.

Según nuestro autor, la filosofía y la fe convergen ya que ambas se preguntan por el sentido de la existencia. La diferencia es que la segunda responde desde el acto divino de revelación sin perder de vista otras disciplinas y las ciencias humanas. Dicho lo cual es cierto que la filosofía es más libre, abarcadora en su búsqueda y respuestas. De ahí la importancia de la misma.

Otro punto que se toca es si la filosofía, al igual que la religión, no se refuta a sí misma tal y como parece demostrar su propia historia. Son tantas las escuelas y pensamientos que critican al resto o que se levantan sobre los escombros de otras, que esto en la práctica parece significar la no validez o la provisionalidad de cada una de ellas (p. 53). Pero se ha de tener en cuenta que la filosofía es filosofía de su tiempo, de igual forma a como ocurre con la teología, y es ahí en donde radica su valor. Se trata de un esfuerzo constante por alcanzar la verdad.


El capítulo 2 es “Cristianismo y filosofía, un malentendido”.

El autor llama la atención a que únicamente hay dos textos en todo el Nuevo Testamento en donde se toca directamente el tema de la filosofía: Hechos 17:16-34 y Colosenses 2:1-15.

No pocos han partido desde aquí para rechazar de manera frontal la filosofía. Ropero va a realizar un rápido análisis de los dos textos anteriores mostrando el enorme error de esta forma de proceder, pero antes va a detenerse en la mentalidad bíblica para que nos sirva de contexto.

“Muchos temen el daño que pueda ocasionar el escrutinio filosófico de las razones, bases y fundamentos de la fe, sin reparar en el daño peor ocasionado por 'fábulas' y 'palabrería', de muchos ignorantes que quieren ser 'doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman' (1 Ti. 1: 3 - 7)”, p. 70.

Se debe tener presente que la filosofía nace en Grecia bajo unas circunstancias históricas determinadas, no aparece frente a la revelación de Dios. Es más, se puede considerar que surge debido a que no existe revelación divina ya que no tienen algo así como un libro sagrado al que sujetarse.

En el entorno están los viejos mitos antropomórficos que ya no convencen a casi nadie. Consecuentemente los filósofos se darán la tarea de buscar la verdad superando sus costumbres y tradiciones usando para ello la razón frente a las supersticiones y la idolatría.

Tal y como el profesor José María Valverde apunta “el dato social decisivo para la posibilidad del nacimiento de las ideas filosóficas y del pensar teórico en general es la ausencia de una clase sacerdotal depositaria de unos libros sagrados que cerraran el paso a la libre búsqueda de respuesta mediante la reflexión racional. La religión olímpica, y más la mistérica carecía de teología o códigos de sentencias y explicaciones”, p. 82.

Cuando el cristianismo original salió de los estrechos contornos de Jerusalén, los primeros pensadores cristianos utilizaron la cultura helenística para dar a conocer el Evangelio.


El capítulo 3 se llama “Peculiaridades de la filosofía española”.

En este capítulo se apuntan las razones por las que el pensamiento evangélico español se opone, en general, a todo tipo de filosofía y, por extensión, a todo filósofo patrio con la excepción de Unamuno.

Nuestro autor también toca seguidamente el papel de la religión en la filosofía española, el cual es tan presente debido a nuestro pasado tan marcado por una reconquista que llevó varios siglos y que hizo que lo cristiano se considerada parte de nuestra identidad frente a los invasores y conquistadores musulmanes.

Otra de sus características esenciales es que está centrada en la persona, en lo concreto, una filosofía realista que debido a su pasado más próximo está impregnada del “imperio de la persona”.

También se discute el tema de la economía, la pobreza y el consumo. Antes de la Reforma existía la “mitología del pobre” al que se le adjudicaba toda una serie de virtudes morales.


El capítulo 4 es la "Emergencia de la vida en el pensamiento".

En este capítulo se comenta la revolución que se dio en los años 60 en los Estados Unidos y que puso en tela de juicio todo el pensamiento tradicional, incluido el religioso. En este contexto aparecerá la figura de Francis A. Schaeffer al que muchos jóvenes miraron en su gran desorientación y perplejidad.

Pero este autor evidencia algunas carencias serias en su intento de dialogar desde la fe conservadora con el hombre y la mujer moderna. Schaeffer mantiene un diálogo con un perfil de persona en concreto, anglosajón, pero además deja de lado la filosofía y mira de forma negativa el pensamiento moderno que cree que lleva a lo irracional. Ignora a pensadores y filósofos cristianos fijándose en los más destacados del mundo intelectual con el fin de atacarlos. Su idea de la Escritura es conforme “al más puro fundamentalismo” (p. 144). También realizó una lectura equivocada de Kierkegaard, lo que supuso una pérdida irreparable para el pensamiento evangélico.

En este mismo capítulo también se habla de la vida como “realidad radical”, siguiendo a Ortega y Gasset, y de la filosofía como respuesta a las preguntas que toda persona se hace por el simple hecho de existir.

Pero Ortega tiene un tendón de Aquiles en su llamado a la persona a realizar el ser que debe ser. “Tremendo problema, -nos dice Alfonso Ropero- pues, ¿cómo puedo estar cierto de que en mi vida actual, el proyecto al que doy mi consentimiento, no es una pura falsedad, una ilusión, un engaño? ¿Cuántos no viven de la mentira como si fuera la verdad?”, p. 172.

El autor pasa ahora a responder desde la cosmovisión bíblica.


El capítulo 5 se titula "Dios y su dolor".

El dolor y el sufrimiento es una realidad omnipresente y cuando llega arrasa con todo en el interior de la persona. Es “el problema capital del creyente...”, p. 189.

El autor sostiene que cualquier explicación es insuficiente, incapaz de dar razón del mismo y realmente “... se trata de un escándalo incomprensible en la buena creación de Dios”, p. 191.

Tal y como apunta nuestro autor, el problema con el cual se las tiene que ver el ser humano no es con la intervención divina en su vida, sino con la ausencia de su presencia. A continuación el profesor Ropero toca el famoso dilema de Epicuro.

También hace aguas el argumento de la permisividad divina, el cual Kant demolió. Sin embargo, en los Evangelios vemos a un Dios que sufre y padece en y con Jesús, por lo que debemos variar nuestra idea de qué es la omnipotencia divina. Dios se muestra impotente ante el dolor humano, no puede dejar de sufrir y se trata de una “impotencia impuesta por sí mismo", p. 203. Dios se ha autolimitado por amor a nosotros y para respetar la libertad humana.

Para el autor esto no resuelve el misterio del dolor, pero al menos no se cae en incoherencias ni contradicciones. El poder de Dios se manifestó en la cruz, es allí donde se redime todo el dolor y desde donde se apunta a un futuro esperanzador.


El capítulo 6 se titula "¿Es necesario defender la fe?"