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Una hipérbole que no lo es tanto

 

Existen en la Biblia textos, a veces simples versículos, que llaman poderosamente la atención de los lectores por su contenido un tanto particular.

 

Juan María Tellería Larrañaga  -  Muestran historias o sentencias que suscitan la curiosidad, e incluso a veces la sonrisa de quien los encuentra por vez primera. Uno de ellos, y sin duda de los más conocidos, es el versículo que pone el punto final al Evangelio según San Juan, Jn. 21, 25, donde leemos así:

Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Amén. (RVR60)

Estas palabras plantean dos cuestiones problemáticas, que rápidamente podemos enunciar como sigue:

En primer lugar, no están atestiguadas en todos los manuscritos griegos, y cuando se encuentran, no siempre concluyen el Evangelio como en RVR60. En algunos casos, le ponen fin sin mencionar el adverbio amén, y en otros[1] vienen seguidas por la perícopa de Jn. 7, 53 – 8, 11, el conocido episodio de la mujer sorprendida en adulterio[2]. Todo ello ha propiciado que algunos estudiosos las hayan tachado de “añadido posterior”[3] y les hayan negado autenticidad.

En segundo lugar, su contenido, expresado además de una forma tan hiperbólica que se ha malentendido muchas veces como una simple exageración retórica o una ponderación desmesurada de la figura de Jesús, hecha por un cristiano anónimo (y sin duda, entusiasta) de finales del siglo I, o mejor aún, de comienzos del II.

En relación con la primera, hemos de aceptar lo que hay, es decir, la constatación de hecho de un texto que plantea ciertas preguntas de tipo técnico, no siempre de fácil solución. Queden las respuestas para los expertos en crítica textual del Nuevo Testamento. En lo que toca a la segunda, por el contrario, y sin negar que sea cierta la más que evidente expresión hiperbólica —lo cual no deja de constituir un rasgo estilístico propio del autor de este capítulo final de Juan—, entendemos que su contenido está muy lejos de ser exagerado o desmesurado. Es más, estamos convencidos de que reviste para nosotros, los discípulos de Jesús de nuestros días, una gran importancia, y que haremos muy bien en prestarle atención. Vamos a indicar únicamente tres puntos de interés.

El Señor Jesús realizó muchas grandes obras de las que, en efecto, no hay constancia alguna en el cuarto Evangelio. Si comparamos el contenido de sus veintiún capítulos con los veintiocho de San Mateo, los dieciséis de San Marcos y los veinticuatro de San Lucas, vamos a encontrar que en el Evangelio juanino “faltan datos”: no se menciona nada en relación con el nacimiento o las circunstancias de los primeros años del Señor[4]; no se narra su bautismo ni el episodio de las tentaciones[5]; muchos de los milagros realizados en Galilea brillan por su ausencia[6], así como los magistrales discursos que jalonan su ministerio[7]. Ni siquiera se encuentra en sus capítulos y versículos un relato de la institución del Sacramento de la Cena del Señor[8], pese a su importancia trascendental para la Iglesia cristiana de todos los tiempos. El cuarto Evangelio da cuenta de otros hechos, deja constancia de otras enseñanzas que le son propias. De ahí que, ya desde la más lejana antigüedad cristiana, algunos comentaristas pensaran que estas palabras finales del Evangelio según San Juan hicieran una velada alusión al contenido de los Evangelios Sinópticos, una especie de “firma” del Apóstol del Amor, que habría querido, de alguna forma, suplir las deficiencias de los otros evangelistas basándose, dicen, en sus recuerdos personales. Sin embargo, las líneas actuales de investigación apuntan a otros horizontes; ni siquiera todos los estudiosos se ponen de acuerdo en la idea de que el autor del cuarto Evangelio conociera la tradición sinóptica o tuviera noticia de ella. Esas otras muchas cosas que hizo Jesús, de suyo tan portentosas y tan abundantes, no se referirían, por tanto, a lo que conocemos por los tres primeros Evangelios, sino a eventos de los que no ha quedado constancia, y que tal vez las tradiciones orales de la Iglesia primitiva conservaran durante un tiempo, si bien no llegaron a plasmar por escrito en los Evangelios canónicos. En este sentido, toda la inmensa producción literaria que hoy englobamos bajo el título genérico de Evangelios apócrifos, obra de los primeros siglos del cristianismo, vendría a responder a ese anhelo innato de lo maravilloso y a satisfacer la curiosidad, hasta cierto punto legítima, de los cristianos antiguos, deseosos de saber qué otras cosas había hecho el Señor, o cómo habían sido ciertos momentos de su vida de los que las tradiciones canónicas no ofrecían noticia alguna[9]. Al igual que en la cuestión de los ágrapha o sentencias de Jesús no conservadas en los Evangelios canónicos[10], se admite que algunas informaciones transmitidas por esta literatura apócrifa podrían contener recuerdos auténticos de hechos o enseñanzas de Jesús. Lo cierto es que algunos detalles han pasado a las tradiciones del cristianismo más popular[11], pero nada de ello puede constituir un dogma de fe ni se puede garantizar como eventos auténticos.

A lo que sí apuntan las palabras de este versículo final del cuarto Evangelio, tal como vienen redactadas y las leemos en nuestras ediciones bíblicas al uso, es al misterio insondable de Cristo, algo que ninguna curiosidad humana, por piadosa que fuere, puede llegar a alcanzar ni abarcar en toda su extensión. La obra de Jesús en su vida terrenal en tanto que Verbo encarnado (Jn. 1, 14) escapa por completo, no ya al control, sino incluso a la plena comprensión de los hombres[12]. De ahí que el mundo entero no pueda contener cuanto se intentara decir acerca de él. Esta forma de pensar está muy en la línea de la teología johánica, tal como se deduce del Evangelio y de las tres epístolas que leemos en el Nuevo Testamento bajo el nombre del apóstol San Juan[13]. Todo el cuarto Evangelio constituye, efectivamente, un llamado a la fe[14] incondicional en el Hijo enviado por el Padre, de manera que únicamente por medio de su obra inalcanzable se otorga a los creyentes la salvación[15]. La inaccesibilidad total de la obra de Cristo relega su figura en el pensamiento johánico al ámbito de lo divino, como proclama ya el primer versículo del Evangelio (Jn. 1, 1), con lo que constituye un nada desdeñable llamado a la humildad: el misterio que supone la persona y la obra de Cristo exige del creyente una toma de postura clara, que es al mismo tiempo de total sumisión a los designios divinos. A Jesús podemos amarlo y obedecerlo incondicionalmente, según se espera de nosotros (Jn. 14, 15), y en él hemos de depositar toda nuestra confianza, pero hay unas lindes que nunca podremos traspasar. De ahí que cuanto el cuarto Evangelio contiene de información acerca de él y de sus portentos se haya escrito para que creamos en él y, al creer, tengamos vida en su nombre (Jn. 20, 31). Solo de ese modo llegamos a entrever (¡nada más!) que el misterio de Cristo es el misterio de la Vida con mayúscula, algo que únicamente puede proceder del seno de Dios y que se recibe porque él así lo ha decidido, porque así lo quiere. Únicamente bajo este prisma vislumbramos que la paradoja de Jn. 21, 25 es algo más que pura figura literaria, algo más que una mera retórica de circunstancias dirigida a los destinatarios inmediatos del Evangelio, una hipérbole solo en apariencia. Digámoslo sin tapujos: la verdad que encierra esta declaración nos aplasta con su peso inconmensurable. No podemos entender, pero sí adorar, y, desde luego, también proclamar.

Ello nos lleva, en último lugar, a ver en las palabras de nuestro versículo una proyección presente y futura de la obra de Cristo. No se trata ya únicamente de lo que él hiciera en sus días, sino de lo que ha hecho a lo largo de toda la historia del cristianismo, lo que sigue haciendo hoy y lo que, sin duda alguna, hará en tiempos futuros, todo cuanto dure la humanidad. Carecería de sentido leer los Evangelios, incluido el cuarto, como meros informes o relatos históricos de algo acaecido en un punto concreto del tiempo y del espacio. El gran poder que emana de las palabras de los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento reside en el hecho de que proclaman, no a un Jesús Nazareno, judío palestino fiel de comienzos del siglo I, sino al Señor Resucitado, al Verbo de Dios que está siempre con nosotros[16] mediante el Consolador enviado por el Padre (Jn. 14, 16). Jesús sigue, por ende, habitando en medio de su pueblo, de la comunidad de sus discípulos, y continúa impartiendo vida y bendición. Cualquier creyente genuino de nuestros días, independientemente de a cuál denominación o confesión pertenezca, puede presentar un testimonio evidente del poder real de Cristo en su vida, de su vinculación con el Señor Resucitado. En este sentido, desde luego, el mundo entero no tendría espacio suficiente para albergar los libros materiales que se pudieran escribir al respecto. Y lo mismo podría decirse de cuantos creyentes han vivido en los siglos que nos han precedido. Cuando el conjunto del Nuevo Testamento, y el Evangelio según San Juan no es la excepción, nos muestra el señorío de Cristo Resucitado sobre el conjunto de la creación, apunta a una presencia permanente y operativa, a una actualización constante de la realidad de las buenas nuevas en la existencia de los hombres, sean cuales fueren las circunstancias por las que cada uno pase. Como hemos expresado en alguna otra ocasión, los lazos que unen al cristiano con su Señor constituyen la gran diferencia entre los sistemas religiosos humanos: se puede ser budista sin saber prácticamente nada de Buda; un confucionista o un taoísta pueden muy bien prescindir del conocimiento sobre la vida de aquellos grandes maestros orientales cuyas enseñanzas siguen; ni siquiera un musulmán necesita para serlo tener noción alguna de su gran profeta que vaya más allá de los hechos históricos transmitidos por su tradición coránica. Pero nadie puede ser realmente cristiano si en su trayectoria existencial no ha tenido un encuentro con el Señor Resucitado que le haya abierto de par en par las puertas de la Vida.

Lo realmente paradójico es que, siendo las cosas así, la Iglesia, que proclama el evangelio de Cristo, no haya aún sacudido hasta sus cimientos el conjunto de las sociedades humanas.  

 

 

[1] Concretamente en la llamada Familia 1 de manuscritos griegos (abreviada como f1) y en la versión armenia del siglo V.

[2] Hay manuscritos y familias de manuscritos que ubican esta historia después de Lc. 21, 38 o 24, 53, pues su estilo literario casa mejor con el de San Lucas que con el de San Juan. Las discusiones sobre este asunto aún no han concluido.

[3] Nadie pone hoy en duda que todo el capítulo 21 del Evangelio según San Juan es un añadido posterior. El cuarto Evangelio, en su primera redacción, concluía en 20, 31. No obstante, la Iglesia le ha reconocido valor canónico desde el primer momento.

[4] Lo que llaman los exegetas y especialistas Relatos de la Infancia (Mt. 1-2; Lc. 1-2).

[5] Eventos que suelen aparecer unidos en la tradición sinóptica (Mt. 3, 13 – 4, 11; Mc. 1, 9-13). Cf., no obstante, la disposición que les da el Evangelio según San Lucas (3, 21-22 y 4, 1-13, respectivamente), pues intercala entre ambos su peculiar genealogía de Jesús (Lc. 3, 23-38).

[6] Curaciones como la del leproso (Mt. 8, 1-4; Mc. 1, 40-45; Lc. 5, 12-16), la suegra de Pedro (Mt. 8, 14-17, Mc. 1, 29-34; Lc. 4, 38-41), el endemoniado gadareno (Mc. 5, 1-20; Lc. 8, 26-39; Mt. 8, 28-34 habla de dos endemoniados), el paralítico de Capernaúm (Mt. 9, 1-8; Mc. 2, 1-12; Lc. 5, 17-26), etc.

[7] Piénsese en el Sermón del Monte (Mt. 5-7, del que Lc. 6, 20-49 ofrece un breve resumen), el Discurso de las Parábolas del Reino (Mt. 13, 1-52, del que dan ciertos detalles Mc. 4, 1-34 y Lc. 8, 4-18), o el llamado Discurso Escatológico (Mt. 24-25, del cual la primera parte recibe el nombre técnico de Apocalipsis Sinóptico: Mt. 24, 3-51; Mc. 13, 3-37; San Lucas lo desdobla: 12, 41-48; 17, 25-36; 21, 7-36).

[8] Mt. 26, 17-19, Mc. 14, 12-25; Lc. 22, 7-23. Sobre este asunto, la tradición más antigua recogida en el Nuevo Testamento es la alusión de San Pablo Apóstol en 1 Co. 11, 23-26.

[9][9] Entre los más conocidos, los Evangelios de Pedro, Tomás, Judas y María Magdalena, el llamado Protoevangelio de Santiago, la Historia de José el Carpintero, el Evangelio árabe de la infancia o el Evangelio de la Natividad de María.

[10] Cf. el ya clásico Jeremias, J. Palabras desconocidas de Jesús. Salamanca: Ediciones Sígueme, 1984.

[11] Los más conocidos son la presencia del buey y el asno en el pesebre de Navidad, tomado del Protoevangelio de Santiago, o los nombres de Joaquín y Ana para los progenitores de la Virgen María, del Evangelio de la Natividad de María.

[12] Sin entrar en las cuestiones tan candentes acerca de la distinción entre el Jesús histórico y el Jesús del kerigma apostólico. Véase el controvertido Pagola, J. A. Jesús, aproximación histórica. Madrid: PPC (Pensar, Publicar, Creer), 2007, hoy de lectura indispensable para cualquiera que desee profundizar en estos asuntos.

[13] No mencionamos el Apocalipsis porque no todo el mundo está de acuerdo en incluirlo dentro de los escritos de San Juan. De todas maneras, presenta rasgos muy afines a los de la teología johánica, si bien su estilo literario no siempre facilita su comprensión. 

[14] Curiosamente, el vocablo fe (en griego pistis) no aparece ni una sola vez en todo el Evangelio según San Juan. Sí se encuentra, en cambio, el verbo cognado pisteúo, traducido como creer, un total de noventa y siete veces.

[15] El término gracia (en griego kharis) sólo se lee en Jn. 1, 14.16.17, vale decir, en el himno que prologa el Evangelio y que, según algunos autores, no sería composición directa del evangelista. Asimismo, el vocablo salvación (en griego sotería) únicamente está atestiguado en Jn. 4, 22 y con un sentido un tanto de referencia histórica más que teológica propiamente dicha. El verbo cognado sozo, traducido como salvar, se menciona, en cambio, un total de seis veces.

[16] El cuarto Evangelio no contiene relato alguno de la Ascensión del Señor.

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