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Tres aspectos del "edificio" teológico de Benedicto XVI, por José Ignacio Calleja



José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete


Pubicado en FB

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TRES ASPECTOS del “edificio” teológico de BENEDICTO XVI en los que creo que debemos ir críticamente más allá de su propuesta.



*** En primer lugar, la cuestión no respondida de ¿cómo una ley moral natural la fundamentamos racionalmente en Dios como verdad universal, es decir, como evidencia de la razón para todos? No es posible, de esa forma absoluta, si no afirmamos, a la vez, que alguna fe en Dios es la única manera racional de ser humanos y pensar la verdad. Y esto es antropología teológica.


He aquí el problema al que no respondemos y que el teólogo J. Ratzinger, con quien coincido en gran parte de su argumentación, tampoco lo hace; porque apuntar en última instancia a las "pésimas consecuencias históricas" que se derivan de una falta de fundamento racional de la ley natural, cuando en ella no se apela a la fe en Dios, no es un cierre coherente de la argumentación filosófica; sí y legítimo como propuesta en la teológica, pero no obligación en la filosófica y científica. Por tanto, hay un salto infundado de una epistemología (la teológica) a la filosófica y científica (la ética laica) en el argumento de que una y otra son inseparables en su condición (una y la misma) y esto “porque la historia va al desastre si no somos morales desde Dios”; o “todos deberíamos verlo así si queremos pensarnos plenamente como humanos”. Afirmar lo anterior (la razón iluminada por la fe) como racionalidad humana que a todos obliga y hacerlo por las “pésimas consecuencias prácticas que de su falta se derivan”, no es un cierre lógico de la ética natural. Creo que en teología se repite demasiadas veces esta zona pantanosa del habla del teólogo.


Y proclamar esa plenitud de la razón ética en la fe no es malo o equivocado, al contrario, es un logro, pero siempre que honestamente, con honestidad intelectual para la razón y la fe, se reconozca las diferencias de nivel en la afirmación y su certeza. Y su resultado, que no se llame relativismo ético a cualquier suerte de reserva sobre ese deslizamiento sutil, sin solución de continuidad, de la filosofía (ética) a la teología (razón iluminada por la fe), en el modo de reclamar la ley natural por la teología de Ratzinger y, tras él, de casi toda ella en el catolicismo que conozco.


Lo veo tan claro como necesario, pero reconociéndolo. Lo he intentado explicar en mil foros de teólogos, con escasa fortuna lo confieso. Pero casi siempre, con el mismo recurso "pragmático" en la respuesta: que la razón ética moderna sin trenzado religioso produce monstruos, ergo... Ya, sí, pero esta verdad consecuencialista no era el tema. Tampoco yo asumo la mentira de la religión cristiana por sus fracasos morales en el tiempo. No los desprecio, pero si hablamos de la verdad de sus conceptos, es otra cosa. Creo que en la cuestión de la ley natural, a la luz de la razón y de la fe, (“la razón iluminada por la fe”) que tanto estimo y defiendo, no se puede cambiar de nivel epistemológico a medio camino y darlo por único y obligado. Esta es la primera cuestión que Benedicto XVI respondía sin complejos, dando por hecho que no hay otra forma integral de razón ética humana que la de “la razón iluminada por la fe”, lo cual es otra comprensión del saber, la que llamamos “teología”.





*** Por mi parte, y lo asumo después de releer la Spe salvi (Benedicto XVI-2007), creo que el segundo elemento a repensar en la cosmovisión teológica del teólogo Ratzinger es su dificultad para asumir los significados históricos de la Encarnación. Es en Spe salvi donde más desencarnado encuentro el discurso de Benedicto XVI. Al no referirse en su concepto de Salvación en Cristo a la relación don-tarea en lo relativo al crecimiento histórico del Reino de Dios, o, en otro lenguaje, a la relación gracia-compromiso en la misma vocación cristiana, todo queda cuestionado en teología. Por más que podamos ver esa relación sacramental con mayor pesimismo histórico (una y otra vez, fracasada), o con mayor optimismo (una y otra vez aportando aspectos nuevos y buenos), si no subrayamos la realización del Reino de Dios, en cuanto realidad ya sí presente en la historia por Jesucristo –todavía no en plenitud-, todo crece en la fe falto de encarnación histórica. La teología de la encarnación, sin embargo, recupera ese ya sí -limitado pero cierto, a la medida humana siempre- como realidad estricta –no en sombra o imagen- en la dimensión social de la evangelización de la Iglesia, en el ecumenismo por la justicia y la paz de todas las Iglesias y religiones, en la espiritualidad samaritana de Jesús, y en el valor salvífico de las mejores realizaciones históricas del ser humano; es decir, lo que llamamos acción liberadora o humanizadora en sus mejores logros. Si esto no se sustenta en el “ya sí y aquí” del Reino, verdaderamente queda muy empobrecida la universalidad de la acción salvífica de Dios en Cristo en su dimensión de encarnación e inmanencia. Es una imagen o sombra, ni siquiera una semilla tangible y cierta. Esta cosmovisión teológica arrastra después sus insuficiencias hasta el anuncio, la pastoral, la liturgia y los ministerios. Es la realidad nuestra de cada día. El peligro de la fe como ideología está ahí con toda su evidencia.



*** En tercer lugar, y después de releer a Benedicto XVI en Lumen fidei (2013), reaparecen las consecuencias de lo recién dicho. Todo se juega en una fe bien pensada y creída con la Iglesia y su Magisterio, celebrada y realizada en los Sacramentos, alimentada en Oración, practicada en una vida personal y familiar santa, pero la Encarnación merma en su significado salvífico y teológico. ¿Qué es de ley general de la historia de la Salvación, del Reinado de Dios creciendo ya sí y aquí, a la medida humana, por supuesto? Lógicamente el mundo, en esta comprensión creyente desencarnada, está llamado a ser mejor y así debemos hacerlo. Pero el mismo mundo, en su injusticia más absoluta contra la dignidad de los últimos, en los pueblos y en el mundo, no cuestiona qué significa esa fe, esa Iglesia, ese Credo, esos Sacramentos, esos Ministerios, esa Familia, esa Justicia, ese Sufrimiento humano. A menudo, estos conceptos, su teología y su celebración sacramental, y sus sujetos, no se sienten cuestionados en su raíz. La teología y la liturgia, así, saben de su significado, del significado de todos sus conceptos, sin contar con

ese factor o experiencia de inhumanidad personal y estructural de la historia. La fe se define, en este camino, desde sí misma (Lumen fidei); aparece como un sistema cerrado de conocimientos concentrados en un “Jesús te ama”. Pero el Dios de Jesús, en ella, no se nos revela desde el Jesús de Dios, y el mundo real no se nos revela desde la dignidad de las víctimas de la injusticia a manos de otros humanos poderosos (personas y estructuras sociales). Y así no es posible darle a la Fe cristiana todo su significado de Encarnación, ya sí y aquí, todavía no en plenitud. Siempre a la medida humana, desde luego, pero bien real y tangible.


Y es que queremos llegar al cielo sin pasar apenas por la tierra, o hacerlo por un camino lateral, y eso no es posible sin falsear a Jesús.


Tres aspectos para encarnarnos como luz del mundo y sal de la tierra.

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