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La unidad entre los cristianos, por Miquel – Àngel Tarín i Arisó



Primera parte


Por: Miquel – Àngel Tarín i Arisó


Actos 2, 42 - 47:

Y perseveraban firmes en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan, y en la oración. El temor se apoderó de todos, a causa de los muchos prodigios y señales que realizaban los apóstoles. Y todos los creyentes estaban unidos, y tenían todas las cosas en comunión. Vendían sus posesiones y bienes, y los repartían a todos, según la necesidad de cada uno.Seguían reuniéndose cada día en el templo y en las casas. Partían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a dios, y disfrutando la simpatía de todo el pueblo. Y el señor agregaba cada día a la iglesia a los que iban siendo salvos”.


Actos 4, 32 - 35

“La multitud de los que habían creído era de un corazón y de un pensamiento (...) Ninguno decía ser suyo nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del señor Jesús con gran poder. Y todos disfrutaban de abundante gracia. Ningún necesitado había entre ellos, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían y traían el precio de la venta. Lo ponían a los pies de los apóstoles, y era repartido a cada uno según su necesidad”.


Los capítulos 2 y 4 del “segundo evangelio según san Lucas” señalan hacia los límites. Tan destacado es el sentimiento de unidad en el seno de la primera comunidad cristiana, y tan intensa su orientación apocalíptica, que decididamente se aboga por un modelo societario eclesial comunista, en el sentido etimológico del término - aunque evidentemente no politizado, circunstancia que no redundaría más que en un desafortunado anacronismo - que destaca espontáneamente la comunidad de bienes como el factor de cohesión y pertenencia a Cristo de los creyentes gracias a la misericordia libre que brota de la solidaridad y de la filantropía social agápica.


La ausencia de propiedad privada y los bienes comunales son, si se nos permite la expresión, el cemento que refuerza la unión altruista-fraterna, la marca distintiva y exclusiva del nuevo grupo de los seguidores del Maestro galileo. No es de extrañar, pues no en vano el gran Rabino de Belén había enseñado con contundencia reciente (Mt 19, 23):


“... un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos”.


Tampoco excesivamente lejano en el tiempo se expresará, en el mismo sentido, el autor de la primera epístola de Timoteo (6, 10) epístola a la sazón con toda probabilidad no redactada por san Pablo, sino más bien por alguno de sus discípulos en muchas cosas cercano a la teología natural del apóstol de los gentiles:


"Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero"

De manera que el mal es aquí percibido como el impudor que implica la tenencia de la propiedad privada unida a la pasividad ante el desafortunado. Dejaremos, no obstante, para otra ocasión la estructuración socio económica concreta de las primeras comunidades cristianas, un tema a la sazón que trabajamos en el pasado en un texto conjunto. Ahora, lo que habrá de interesarnos, será destacar la concepción de unidad reinante en las comunidades cristianas mismas para aplicarla como enseñanza fontal y necesaria a nuestros días, una unidad tan destacada e intensa ante la cuál los bienes materiales no pueden ser más que meros instrumentos de avituallamiento que subvienen adjetivamente en orden a la cercana parusía. La unidad entre los cristianos, como a continuación trataremos de explicitar, es un elemento irrenunciable entre los cristianos mismos como exigencia explícita del “ethos” de Jesús inherente al orden lógico de la “koinonia” en el desarrollo de la vida cristiana.


Los cristianos, no importa cuál sea su origen ni su confesión, representados en cualesquiera parte del mundo, provenientes de diferentes regiones, de diferentes naciones, de diferentes contextos culturales, niveles sociales, poseyendo diferentes sensibilidades y percepciones dentro del cristianismo mismo, pertenecen todos con honor idéntico a una misma y única religión denominada cristianismo que se caracteriza no por el hecho de confesar un determinado credo, dogmas o doctrinas, sino por la única circunstancia de creer y de seguir a una persona: Jesús, el Mesías y Cristo de Dios anunciado en las Santas Escrituras.


Sin embargo, a pesar del privilegio existencial de su seguimiento, los cristianos todos han demostrado y demuestran todavía hoy una destacada sinrazón y un muy elevado espíritu de ceguera y necedad al desatender los consejos evangélicos elementales, más todavía, las prescripciones de Jesús mismo, pues, efectivamente, nos obcecamos en distinguirnos, cuanto más parece que mejor, los unos de entre los otros centrándonos única y exclusivamente en el miserable terruño espiritual de nuestra verdad confesional, rompiendo de este modo inopinadamente, cómo veremos a continuación, la expresada y manifiesta voluntad de Jesús, que no es otra que permanezcamos juntos y unidos en comunión fraterna. Unidos a su Persona, la del Esposo. La única cabeza verdadera de la Iglesia, la autoridad a partir de la cuál todas las demás autoridades derivan.






La unidad es un objetivo radical y necesario hacia el cuál los cristianos todos, evangélicos los unos, anglicanos los otros, luteranos, presbiterianos, romano católicos ... pero cristianos en suma, debieran tender como horizonte irrenunciable de sentido.


Fijémonos para corroborarlo en las siguientes palabras de Jesús sitas primero en el cuarto y más teológico de los evangelios. Se trata de la denominada oración sacerdotal de Jesús. Nos hallamos ante un texto de carácter fundamental. En efecto, porque es Dios Hijo mismo quien ora a Dios Padre con la finalidad de interceder por los discípulos. Sus seguidores no únicamente históricos, sino los de todas las edades que participen en cualquier época en su seguimiento: Jn 17, 20 – 26:


"No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos”




El texto es trascendental para nuestro propósito. En primer lugar, lo hemos destacado anteriormente, porque no se circunscribe únicamente a los discípulos directos de Jesús, sino que abarca y se extiende como principio de acción absoluto hacia la unidad de todas las personas que posteriormente habrán de creer, es decir, a la totalidad de cristianos que pueblen el mundo. En segundo lugar – y esto es todavía más importante - porque de la unidad de los creyentes, realizada a partir de la unidad fontal fundante y previa existente entre el Padre y el Hijo, depende ni más ni menos que la circunstancia de que el resto del mundo crea de manera fehaciente en Jesucristo como enviado por el Padre. Esta circunstancia es repetida hasta tres veces (se trata aquí del procedimiento de la “gemará” judía en la que ahora no podemos detenernos, pero que se basa en destacar la importancia de una idea a partir de sendas repeticiones de su contenido) añadiendo ahora que la unidad se convierte también en el sacramento de reconocimiento del amor del Padre no tan solo hacia el Hijo, sino también hacia los que experimentan antedicha unidad, v. 23:


“(...) yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.


v. 26:


(...) Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos”

A los textos escriturísticos aludiendo a la inexcusable relación de unión entre los cristianos podríamos añadir otros, también sin duda importantes:


- Jn 13,35:


“Si os amáis los unos a los otros [la unidad es una de las más importantes consecuencias del amor], todo el mundo conocerá que sois mis discípulos”


Desde la misma perspectiva, san Pablo:


1 Co 1, 12 – 13

“Quiero decir que cada uno de vosotros afirma: ‘Yo soy de Pablo’, ‘Yo soy de Apolos’, ‘Yo soy de Cefas’ o ‘Yo soy de Cristo’. ¿Acaso Cristo está dividido? ¿O quizá Pablo fue crucificado en favor vuestro? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?”


Y su escuela:

Col 3. 14


“Sobre todo revestíos de amor, que es el perfecto lazo de unión”



Nótese que en todos los textos que mencionamos existe una conexión mística y de facto entre la unidad de los cristianos y la misión “ad gentes”. Es decir, éstos, de no experimentar como realidad práctica antedicha unidad, restan inhabilitados para darse a conocer como discípulos de Cristo, y, por ende, también lo están para encaminar las personas hacia Jesús, quedando en consecuencia inhabilitados también para la transmisión de la fe. La unidad existente entre el Padre y el Hijo es una relación basada en el amor puro o agapé, de otro modo dicho, espiritual o pneumática, propelida por el Espíritu Santo. Se trata de la economía interna de la Trinidad. La consecuencia teológica de la separación entre los cristianos es, ni más ni menos, que la desatención voluntaria de las palabras de Jesús, la obstinación en caminar fuera de la koinonia. Dicha porfía bien podría calificarse de pecado contra el Espíritu Santo (Mt 12, 32). Históricamente la presentación de los cristianos como multiplicidad más que nefasta, ridícula e injustificable, significa un escarnio a la esencia profunda de la Trinidad, tanto en su vis inmanente como trascendente. Un sinsentido histórico a través del cuál se niega su unicidad y la de los cristianos mismos.

En relación con el abundante dossier patrístico versando sobre el particular tema de la unidad, pueden consultarse algunas de nuestras aportaciones al “Escritorio Anglicano”, especialmente las relacionadas con san Ireneo de Lyon, verdadero doctor de la unidad cristiana.


“Per semper vivit in Christo Iesu”.



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