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La galería de los horrores de Bomarzo ( I ), por Miquel - Àngel Tarín i Arisó







“El bosque sería el Sacro Bosque de Bomarzo, el bosque de las


alegorías, de los monstruos.”


(Manuel Mújica Láinez)



On ne saurait faire d’omelette sans casser des oeufs

(François de Charette, 1740)


O lo que es lo mismo aquí y para nosotros:


“Examinadlo todo; retened la bueno”

1 Tes 5, 21, epístola canónica inequívocamente paulina; La más antigua que de san Pablo conservamos.




Existen ciertos autores considerados tradicionalmente peligrosos. En ocasiones pensados como excéntricos, extravagantes y, de apurar, hasta grotescos. Sin duda porque sus sagaces escritos poseen la capacidad de dislocar creencias fundamentales, más todavía, de cimbrear reciamente las seguridades existenciales sobre las que ellas se fundamentan desde antiguo. Se les teme porque pueden causar daño, puesto que interpelan y amenazan con razonamientos enormemente sugestivos, nada absurdos e intelectualmente muy bien pergeñados. Si por algo se caracterizan, es precisamente por poseer la capacidad de desplazar a sus lectores hacia lugares escarpados, resbaladizos y escabrosos donde abunda el riesgo - eso es precisamente lo que significa etimológicamente el adjetivo peligroso.


Muchas personas de buena fe, otras no tanto y seguramente en mayoría, estarían dispuestas de buen grado a encerrar textos y autores al unisón dentro de lo que bien podríamos calificar como la “galería de los horrores” de la teología, de la historia y de la filosofía de las religiones, para contemplarlos así, petrificados y silentes, condenados de por vida a una suerte de limbo horripilante y pétreo a la suerte del “Parco dei Mostri” de Bomarzo, Viterbo, construido a la sazón en 1547 por el Condotiero Pier Francesco de Orsini, más conocido por el sobrenombre de Vicino.


Sin embargo, de la misma manera que no podemos degustar una deliciosa tortilla sin previamente causar el destrozo que comporta romper su materia primera, que son los huevos, para poder así cocinarlos convenientemente, en ocasiones el esfuerzo intelectual que tiende a la búsqueda de la libertad y por lo tanto de la verdad (Jn 8, 32) exige un arduo trabajo de forja acrisolada del saber que no puede de ningún modo evitar el sufrimiento. Este es efectivamente el precio del conocimiento, como muy convenientemente explicita el sabio Predicador (Cohelet 1, 18) y amerita siempre que con ello ampliemos nuestro saber, solidifiquemos nuestra fe y aprendamos también a comprender y amar al otro, al que se nos presenta diferente, pero siendo permanentemente nuestro hermano, piense lo que piense, diga lo que diga y crea lo que crea.


Esforzarse en comprender implica siempre un horizonte en movimiento y una disposición intelectual generosa y aguerrida: caminar, rectificar el sendero, mantenerse dentro del mismo, aprehender, coger, soltar, abandonar, permanecer ... y puede - y debe - implicar también necesariamente la reafirmación de la especificidad a través de la esforzada disciplina del pensamiento, pues el cristiano de todos los tiempos está invitado por el Apóstol (1 Tes 5, 21) precisamente al esfuerzo intelectual y vivencial, harto complejo y riesgoso, de examinar, no rehuyendo jamás, ningún sistema de pensamiento epocal, enfrentándolo, compartiéndolo, rechazándolo, completándolo ... Se trata efectivamente del único camino sólido a partir del cuál poder dirimir en la vivencia cristiana la ganga de la mena.


La postmodernidad plantea a las religiones en general y al cristianismo en particular un acuciante doble dilema que la modernidad de hecho ya arrastrara. Cronológicamente, el primero de ellos en asomar fue el laicismo secular, un movimiento que tras la Ilustración rechazara la religión por manipulativa y perniciosa contra la “grandeur” de la conciencia humana. Las luces dieciochescas laicistas elevaron mediante el régimen de la “Convention Nationale” a los altares seculares - aunque en el fondo teológicos - el día 20 del mes de brumario (10 de noviembre de 1793) nada más ni nada menos que a la diosa razón, eligiendo para su personificación iconográfica a la esposa del impresor Antoine François Momoro, de nombre Sophie, consagrando a la nueva divinidad el hasta entonces altar mayor de la catedral de Notre Dame de París, a lo que seguiría la prohibición del culto católico apostólico romano, si bien Sophia, la nueva diosa razón, no hallara solución de continuidad al constatar sus enormes limitaciones ante el multiforme genio del pensamiento humano no formado a la sazón exclusivamente de razón.


Con el advenimiento del positivismo científico, durante el último tercio del siglo XIX y principios del XX, se instauraba el modelo empírico cientista propio de las ciencias naturales y de las matemáticas como esquema epistemológico de carácter prácticamente exclusivo. Se afirmaba entonces que nada que no pudiese ser observado y reiterado en laboratorio, medido y cuantificado, poseía verdadera carta de existencia. Ya entrado el siglo pasado el modelo - a efectos prácticos y epistémicos también cuasi teológico - cayó estrepitosamente lastrado por sus limitaciones inherentes, demostrando así su ineficacia por múltiples motivos, el más destacado sin duda el hecho de constatar que algo tan obvio como los mismísimos primeros principios sobre los que se basaba la ciencia no eran en realidad científicos como se pretendían, sino más bien modelos conjeturados o lo que es lo mismo, meras hipótesis filosóficas e incluso hasta teológicas, es decir, aquello que precisamente pretendía evitar, y que en la mayoría de los casos no poseían absolutamente ninguna demostrabilidad, todo lo más una o varias muestras hipotéticas, circunstancia que cortocircuitaba susodicho modelo cientista convirtiéndolo en un esquema viciado por circular que englobaba además toda una serie de peticiones de principio cuyo carácter se ubicaba a las antípodas de la prístina certeza “científica” que pretendía destacar.



[Friedrich Wilhelm Nietzsche]



El segundo movimiento propio de la postmodernidad y de su cultura globalizante y unificadora es el que aquí y ahora más habrá de interesarnos. Se refiere a la constatación del cada vez más extendido pluralismo religioso. Contra la prédica del destacado profeta de la sospecha, Friedrich Wilhelm Nietzsche, y de su honrado llamado permanente a la madurez humana, Dios no parece estar muerto ... Trataríase en todo caso de un muerto muy vivo ... Y que además no viene solo, sino antes bien acompañado por toda una fratría de seres como Él divinos, de compañeros de viaje si se nos permite la expresión, que no se quiere sacrílega, cada vez más numerosos e indiscutiblemente entrelazados.


En consecuencia, no tan solo es que no hayan desaparecido las religiones y espiritualidades por ellos representadas, sino que cada vez se constata una más destacada y pingüe oferta de las mismas. Y ello al punto que la postmodernidad misma, mal que le pese y a pesar de su pobre discurso “líquido”, tan bien estudiado por el pensador polaco Zygmunt Bauman, se asemeja en realidad cada vez más a un zoco o mercadillo de espiritualidades a la carta[1].






[Zygmunt Bauman]


El pluralismo religioso es sin duda la mayor asignatura suspendida del cristianismo. Aquella que más interpela a la honestidad de su currículo. Y no en menor medida también a la del resto de los intransigentes monoteísmos históricos. Marco Aurelio, el sabio emperador estoico, en sus “Meditaciones”, apelaba siempre a la búsqueda de la

lógica y de la obviedad que radicaba específicamente en los primeros principios, los más puros e inmediatos, sin duda un buen esquema a seguir por cualquier pensador que se precie: ¿Es tan complejo comprender que si Dios existe es demasiado grande como para ser delimitado, explicado y explicitado por solamente una religión sola, exclusiva y excluyente? ¿No es Dios inabarcable en orden a su misma esencia y existencia? ¿Puede Dios ser cosifi