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Fe, cultura y ciencia, por Miquel - Àngel Tarín i Arisó

Las relaciones no siempre pacíficas entre fe, cultura y ciencia. Especial mención al caso de Galileo Galilei






El ser humano, como punto cenital de la creación, es el único animal en nuestro mundo capaz de Dios; Y dicha capacidad no sería operativa sin la necesaria mediación de la cultura, pues toda mujer y todo hombre arraigan, necesariamente, en el “humus” de un cierto contexto histórico caracterizado por determinados parámetros existenciales.


De manera que Dios, ser humano y cultura forman una tríada indisoluble, puesto que ninguna persona puede acoger la revelación con fe ni comprenderla (“prendere - cum fide”); ella per se es intemporal, prescindiendo de su realidad vívida.


La misma encarnación del Verbo aconteció en unas determinadas coordenadas culturales históricas concretas a partir de las cuales se afirmó el mensaje central del Nuevo Testamento: mediante la vida y la resurrección de Jesús, Hijo de Dios y Cristo, la humanidad había sido rescatada de la muerte.


Muy bien lo había comprendido el padre de la primera dogmática cristiana, probablemente el punto más álgido de la cristología del segundo siglo, San Ireneo de Lyon (c. 130 / 140 - 202 según la datación de Jerónimo quien conecta su muerte con la persecución de Septimio Severo) en su agria polémica contra los gnósticos de la escuela itálica occidental valentiniana.



El testimonio de Ireneo es muy importante por varias razones. En primer lugar, porque representa una posición teológica oficialista - episcopal - y por lo tanto católica (“universal”), en segundo término, porque su cristología se constituye en un puente de sentido entre Oriente y Occidente. La cristología latina le debe muchos de sus principios fundamentales los cuales, a través de Quinto Septimio Florente Tertuliano, se extenderían por todo el Occidente latino y, mediante el patriarca san Atanasio de Alejandría, por todo el Oriente cristiano. Finalmente, por la enorme antigüedad y tradición de su testimonio, dado que san Ireneo mismo relata haber escuchado de labios de Policarpo esmirniota como éste aprendiera los hechos de la vida de Jesús transmitidos por Juan evangelista, apóstol que también lo bautizara:


“Por ello el Verbo de Dios se hizo hombre y el Hijo de Dios Hijo del hombre, para que el hombre entrase en comunión con el Verbo de Dios, y, recibiendo la adopción, se hiciese Hijo de Dios. En efecto, nunca no podríamos haber recibido la eternidad ni la inmortalidad si antes Dios eterno e inmortal no se hubiera hecho aquello que nosotros vivimos y somos

(Adversus Haereses III, 19, 1)


De otro modo dicho: la última Palabra de Dios, que es Cristo, el Verbo definitivo de Dios, recapitula mediante su encarnación histórica “in medium culturae” la historia del mundo, a la par que restaura en el ser humano de toda época y cultura la imagen perdida de Cristo en Adán en Edén.


Antedicha recapitulación regeneradora es por lo tanto necesariamente histórica, y por ende cultural. No puede producirse “in abstracto”, sino que opera en cada ser humano bajo el impulso de un determinado “momentum”. Es así como la definitividad de Dios abraza la limitación histórico cultural del ser humano.


Este mismo esquema lo encontramos en Justino, aunque ciertamente en menor medida. De hecho, ambos mártires se conocieron en Roma trabando fuerte amistad. Para ambos, siendo Jesucristo substancialmente Dios y hombre, se convierte así en el único que puede - en tanto también que único mensajero y mediador entre Dios y el hombre - reunir uno y otro acercando así a toda la humanidad hacia Dios. Ella será efectiva y finalmente la fórmula que años más tarde sancionará el concilio de Nicea en el año 325.


Por lo tanto, la tradición de los Padres de la Iglesia nos enseña que toda cultura se constituye en un paradigma naturalmente distinto, aunque siempre tan legítimo como imprescindible, de expansión y de penetración del mensaje cristiano.


Por esta razón la entraña profunda de la Palabra de Dios invita a superar permanentemente ese lamentable, improcedente y diabólico fundamentalismo bíblico sectario que se reduce a un fijismo literario en el que asentar sus creencias, poniendo de relieve la permanente exigencia de su actualización cultural en una inteligencia siempre renovada de la idéntica revelación cristiana y de su aprehensión mediante la fe agraciada.


En el necesario proceso de inculturación y de transmisión de la revelación “fides operante” en el seno de una determinada cultura, proceso al cual el cristiano de toda época está invitado y que responde a la permanente encarnación de la Palabra Eterna, el lenguaje y la experiencia cristianos, en virtud de la novedad y de la originalidad derivadas de su tradición de fe, ha de proveerse en su devenir histórico comunicativo de espacios propios, utilizando, colaborando y hasta modificando, cuando ello sea preciso, las categorías y las estructuras culturales para hacerlas capaces de contener, para así jamás traicionar, el misterio universal de la salvación que anuncia, y ello siempre sin violentar antedicho contexto cultural, pues de otro modo su mensaje, aunque ciertamente eterno, resultaría absolutamente incomprensible y por ende ineficaz e inaceptable para sus contemporáneos.


La revelación adopta siempre un carácter progresivo, involucrado permanentemente con y ante las limitaciones epocales humanas, siendo por lo tanto respetuosa con el también progresivo conocimiento humano, circunstancia que no obsta su carácter atemporal y epocal al unisón, teniendo muy presente que su ulterior recepción por parte del ser humano siempre será parcial, hállese el mismo en el momento cultural epocal que se halle: nunca la captará en su definitividad y absolutez. En efecto, siendo de naturaleza encarnativa, debe historizarse necesariamente siempre en determinados y diferentes contextos a partir de los cuales lo divino y lo humano tornan de nuevo a unirse en un proceso definitivamente cultural e histórico.


Hasta ahora hemos apuntado a lo que bien podríamos calificar como complementariedad. Sin embargo, la pregunta cae por su propio peso: ¿Qué sucede cuando en vez de complementariedad entre fe y cultura, naturaleza y gracia o ciencia y fe, existe competición o discrepancia? ¿Y si en vez de inculturación se produce enfrentamiento y rechazo? ¿Cómo debe entonces articularse la fe y su transmisión ante la cultura epocal imperante? ...


Intentaremos responder a estos interrogantes a partir de varios “momenta” articulados a manera de ejemplos insertos en diferentes contextos históricos culturales.


En primer lugar, cabrá evocar - no podría ser de otro modo - a San Pablo. Desde muchas perspectivas, el verdadero forjador del cristianismo. El de Tarso es doblemente protagonista en orden a dos contactos tan intensos como a la par catastróficos entre cultura epocal y fe cristiana.



El primer “momentum” acontece cuando Saulo es todavía un sincero y celoso judío fariseo. Concretamente mediante su participación en el martirio del protomártir Esteban (Act 7, 54 ss). La inculturación cristiana, desarticulada por medio del azote de la violencia física, conducirá hasta la muerte del agente inculturador, Esteban. En este caso el protagonismo de la violencia es muy destacado y evidente provocando como resultado la desaparición de la complementariedad entre la nueva fe y la cultura judía tradicional imperante.


En el segundo caso cambian las tornas pues nuestro mismo protagonista, Saúl, es ya un convencido y firme cristiano de fe y de acción, circunstancia que lo constriñe ahora hacia la inculturación de la nueva religión de forma masiva allende.


Es en este determinado contexto que Saulo experimentará un “momentum” trascendental: el que probablemente constituya el gran primer contacto serio y de calado entre la fe cristiana y la excelente cultura griega. Primero durante la predicación en Asia Menor, en Iconio. Tras su predicación en la sinagoga, muchos creyeron, pero sin embargo otros todavía más numerosos que el texto explicita como judíos (Act 14,1) “envenenaron” los ánimos de los gentiles contra los nuevos predicadores. Como el número de pagano cristianos y de judío cristianos crecía, como la nueva religión se iba progresivamente inculturando, ello provocó como efecto colateral la desinculturación judía tradicional, de manera que los responsables de la comunidad optaron de nuevo por la violencia pergeñando por su estigmatización física, razón por la cual Saulo y Bernabé se vieron obligados a huir de la ciudad.


En un contexto similar, ahora el “momentum” se producirá en Listra, Licaonia, hoy Turquía (Act 14,15 ss). Pablo está predicando y el Espíritu lo guía hacia la captación de la fe de un oyente que es cojo de nacimiento. Saulo le ordena que se alce. El tullido obedece y el milagro se consuma. Sin embargo, los resultados finales que nos transmite la perícopa no dejan de ser asimismo funestos que los anteriormente mencionados. En efecto, pues la inculturación de la fe cristiana tampoco se producirá definitivamente. Esta vez no existirá violencia física interviniente, sino una superposición identitaria de la cultura epocal sobre una creencia fundamental cristiana: el monoteísmo. Los lugareños toman a Pablo y a Bernabé por dioses que los visitan. A Pablo lo tornan en Hermes (pues es quien más utiliza el verbo) y a Bernabé en Zeus (pues es el principal de entre ambos).