Fe, cultura y ciencia, por Miquel - Àngel Tarín i Arisó

Las relaciones no siempre pacíficas entre fe, cultura y ciencia. Especial mención al caso de Galileo Galilei






El ser humano, como punto cenital de la creación, es el único animal en nuestro mundo capaz de Dios; Y dicha capacidad no sería operativa sin la necesaria mediación de la cultura, pues toda mujer y todo hombre arraigan, necesariamente, en el “humus” de un cierto contexto histórico caracterizado por determinados parámetros existenciales.


De manera que Dios, ser humano y cultura forman una tríada indisoluble, puesto que ninguna persona puede acoger la revelación con fe ni comprenderla (“prendere - cum fide”); ella per se es intemporal, prescindiendo de su realidad vívida.


La misma encarnación del Verbo aconteció en unas determinadas coordenadas culturales históricas concretas a partir de las cuales se afirmó el mensaje central del Nuevo Testamento: mediante la vida y la resurrección de Jesús, Hijo de Dios y Cristo, la humanidad había sido rescatada de la muerte.


Muy bien lo había comprendido el padre de la primera dogmática cristiana, probablemente el punto más álgido de la cristología del segundo siglo, San Ireneo de Lyon (c. 130 / 140 - 202 según la datación de Jerónimo quien conecta su muerte con la persecución de Septimio Severo) en su agria polémica contra los gnósticos de la escuela itálica occidental valentiniana.



El testimonio de Ireneo es muy importante por varias razones. En primer lugar, porque representa una posición teológica oficialista - episcopal - y por lo tanto católica (“universal”), en segundo término, porque su cristología se constituye en un puente de sentido entre Oriente y Occidente. La cristología latina le debe muchos de sus principios fundamentales los cuales, a través de Quinto Septimio Florente Tertuliano, se extenderían por todo el Occidente latino y, mediante el patriarca san Atanasio de Alejandría, por todo el Oriente cristiano. Finalmente, por la enorme antigüedad y tradición de su testimonio, dado que san Ireneo mismo relata haber escuchado de labios de Policarpo esmirniota como éste aprendiera los hechos de la vida de Jesús transmitidos por Juan evangelista, apóstol que también lo bautizara:


“Por ello el Verbo de Dios se hizo hombre y el Hijo de Dios Hijo del hombre, para que el hombre entrase en comunión con el Verbo de Dios, y, recibiendo la adopción, se hiciese Hijo de Dios. En efecto, nunca no podríamos haber recibido la eternidad ni la inmortalidad si antes Dios eterno e inmortal no se hubiera hecho aquello que nosotros vivimos y somos

(Adversus Haereses III, 19, 1)


De otro modo dicho: la última Palabra de Dios, que es Cristo, el Verbo definitivo de Dios, recapitula mediante su encarnación histórica “in medium culturae” la historia del mundo, a la par que restaura en el ser humano de toda época y cultura la imagen perdida de Cristo en Adán en Edén.


Antedicha recapitulación regeneradora es por lo tanto necesariamente histórica, y por ende cultural. No puede producirse “in abstracto”, sino que opera en cada ser humano bajo el impulso de un determinado “momentum”. Es así como la definitividad de Dios abraza la limitación histórico cultural del ser humano.


Este mismo esquema lo encontramos en Justino, aunque ciertamente en menor medida. De hecho, ambos mártires se conocieron en Roma trabando fuerte amistad. Para ambos, siendo Jesucristo substancialmente Dios y hombre, se convierte así en el único que puede - en tanto también que único mensajero y mediador entre Dios y el hombre - reunir uno y otro acercando así a toda la humanidad hacia Dios. Ella será efectiva y finalmente la fórmula que años más tarde sancionará el concilio de Nicea en el año 325.


Por lo tanto, la tradición de los Padres de la Iglesia nos enseña que toda cultura se constituye en un paradigma naturalmente distinto, aunque siempre tan legítimo como imprescindible, de expansión y de penetración del mensaje cristiano.


Por esta razón la entraña profunda de la Palabra de Dios invita a superar permanentemente ese lamentable, improcedente y diabólico fundamentalismo bíblico sectario que se reduce a un fijismo literario en el que asentar sus creencias, poniendo de relieve la permanente exigencia de su actualización cultural en una inteligencia siempre renovada de la idéntica revelación cristiana y de su aprehensión mediante la fe agraciada.


En el necesario proceso de inculturación y de transmisión de la revelación “fides operante” en el seno de una determinada cultura, proceso al cual el cristiano de toda época está invitado y que responde a la permanente encarnación de la Palabra Eterna, el lenguaje y la experiencia cristianos, en virtud de la novedad y de la originalidad derivadas de su tradición de fe, ha de proveerse en su devenir histórico comunicativo de espacios propios, utilizando, colaborando y hasta modificando, cuando ello sea preciso, las categorías y las estructuras culturales para hacerlas capaces de contener, para así jamás traicionar, el misterio universal de la salvación que anuncia, y ello siempre sin violentar antedicho contexto cultural, pues de otro modo su mensaje, aunque ciertamente eterno, resultaría absolutamente incomprensible y por ende ineficaz e inaceptable para sus contemporáneos.


La revelación adopta siempre un carácter progresivo, involucrado permanentemente con y ante las limitaciones epocales humanas, siendo por lo tanto respetuosa con el también progresivo conocimiento humano, circunstancia que no obsta su carácter atemporal y epocal al unisón, teniendo muy presente que su ulterior recepción por parte del ser humano siempre será parcial, hállese el mismo en el momento cultural epocal que se halle: nunca la captará en su definitividad y absolutez. En efecto, siendo de naturaleza encarnativa, debe historizarse necesariamente siempre en determinados y diferentes contextos a partir de los cuales lo divino y lo humano tornan de nuevo a unirse en un proceso definitivamente cultural e histórico.


Hasta ahora hemos apuntado a lo que bien podríamos calificar como complementariedad. Sin embargo, la pregunta cae por su propio peso: ¿Qué sucede cuando en vez de complementariedad entre fe y cultura, naturaleza y gracia o ciencia y fe, existe competición o discrepancia? ¿Y si en vez de inculturación se produce enfrentamiento y rechazo? ¿Cómo debe entonces articularse la fe y su transmisión ante la cultura epocal imperante? ...


Intentaremos responder a estos interrogantes a partir de varios “momenta” articulados a manera de ejemplos insertos en diferentes contextos históricos culturales.


En primer lugar, cabrá evocar - no podría ser de otro modo - a San Pablo. Desde muchas perspectivas, el verdadero forjador del cristianismo. El de Tarso es doblemente protagonista en orden a dos contactos tan intensos como a la par catastróficos entre cultura epocal y fe cristiana.



El primer “momentum” acontece cuando Saulo es todavía un sincero y celoso judío fariseo. Concretamente mediante su participación en el martirio del protomártir Esteban (Act 7, 54 ss). La inculturación cristiana, desarticulada por medio del azote de la violencia física, conducirá hasta la muerte del agente inculturador, Esteban. En este caso el protagonismo de la violencia es muy destacado y evidente provocando como resultado la desaparición de la complementariedad entre la nueva fe y la cultura judía tradicional imperante.


En el segundo caso cambian las tornas pues nuestro mismo protagonista, Saúl, es ya un convencido y firme cristiano de fe y de acción, circunstancia que lo constriñe ahora hacia la inculturación de la nueva religión de forma masiva allende.


Es en este determinado contexto que Saulo experimentará un “momentum” trascendental: el que probablemente constituya el gran primer contacto serio y de calado entre la fe cristiana y la excelente cultura griega. Primero durante la predicación en Asia Menor, en Iconio. Tras su predicación en la sinagoga, muchos creyeron, pero sin embargo otros todavía más numerosos que el texto explicita como judíos (Act 14,1) “envenenaron” los ánimos de los gentiles contra los nuevos predicadores. Como el número de pagano cristianos y de judío cristianos crecía, como la nueva religión se iba progresivamente inculturando, ello provocó como efecto colateral la desinculturación judía tradicional, de manera que los responsables de la comunidad optaron de nuevo por la violencia pergeñando por su estigmatización física, razón por la cual Saulo y Bernabé se vieron obligados a huir de la ciudad.


En un contexto similar, ahora el “momentum” se producirá en Listra, Licaonia, hoy Turquía (Act 14,15 ss). Pablo está predicando y el Espíritu lo guía hacia la captación de la fe de un oyente que es cojo de nacimiento. Saulo le ordena que se alce. El tullido obedece y el milagro se consuma. Sin embargo, los resultados finales que nos transmite la perícopa no dejan de ser asimismo funestos que los anteriormente mencionados. En efecto, pues la inculturación de la fe cristiana tampoco se producirá definitivamente. Esta vez no existirá violencia física interviniente, sino una superposición identitaria de la cultura epocal sobre una creencia fundamental cristiana: el monoteísmo. Los lugareños toman a Pablo y a Bernabé por dioses que los visitan. A Pablo lo tornan en Hermes (pues es quien más utiliza el verbo) y a Bernabé en Zeus (pues es el principal de entre ambos).


La superposición religiosa cultural es de hecho tan radical que el sumo sacerdote de Zeus se apresta a honrar al dúo divino mediante una acción sacrificial en su honor, una acción a la sazón de respeto y de admiración, una acción propia de la fe y de la religiosidad griega - también romana - predominante. De manera que dos cosmovisiones se contemplan enfrentadas con resultados que ese gran creador de situaciones que es Lucas no se atreve más que a incipientemente desbrozar.


Pero sin duda el “momentum” cenital de confrontación y de rechazo inculturador por parte de una cultura pertrechada, destacada e insigne, se producirá en el contexto del segundo viaje misionero de Saúl, quien, ahora enfrentado a Bernabé y acompañado por Silas, iniciará un largo periplo inculturador misionero que lo conducirá hasta Europa a debatir con lo más granado de la filosofía griega en el mismísimo y reputado Areópago de Atenas (Act 17, 22 - 31), nada más ni nada menos que la cuna cultural de Occidente.




La predicación del Areópago nos muestra al Pablo menos judío que todo el Nuevo Testamento conoce. Tal es el esfuerzo que realiza en aras de conectar con un auditorio cuya cultura sintética se ubica a las antípodas de la cultura judía. Después de algunas dudas por parte de los especialistas, actualmente sabemos con meridiana certeza que en Atenas no existía ninguna sinagoga, ni en consecuencia tampoco ninguna comunidad judía diaspórica allí establecida. De manera que Pablo optará por mimetizar la cultura griega para poder hacer transmisible la comprensión del cristianismo.


Sin embargo, Pablo será definitivamente tachado de “charlatán” (Ac 17, 18) por parte de los filósofos epicúreos y estoicos. Solamente Dionisio Areopagita y Dámaris lo seguirán. El hecho de que Lucas cite únicamente dos nombres es sinónimo de que está atestiguando su fracaso.


Muy a pesar de que Saulo en su predicación areopagita haya cambiado radicalmente el formato de su discurso habiéndolo trasladado desde unas categorías hebreas sintéticas hacia otras de características analíticas mucho más complejas y sofisticadas donde la abstracción propia del elemento cultural filosófico impera, del hecho de que su posicionamiento es el del diálogo, el del intercambio intelectual, incluso el de la admiración hacia una cultura tan magnífica y desarrollada a la que se muestra abierto, el resultado final no deja de ser desolador.


La cultura griega, que impregnaba todo el imperio romano y que posteriormente sería fecundada por el cristianismo - y viceversa- produciendo el que sea probablemente hasta hoy el más destacado ejemplo de acomodación del mismo en una cultura tan poderosa, se verá ahora no obstante rechazado por mor de su creencia fundamental: la resurrección de Jesús, una creencia a la sazón inaceptable por parte de una cultura de pensamiento tan refinado y dualista que constata en la bajeza de lo material la prisión de lo sublime espiritual (“soma sema”). El resultado final no es otro - como anteriormente señalábamos - que el rechazo generalizado de la nueva fe cristiana en un momento histórico determinado.


Esto debe quedar muy claro: a pesar del rechazo, la fe cristiana no está llamada jamás a imponerse. La fe es un regalo que una cultura debe aceptar libremente. Una fe que se impone a una determinada cultura no puede proceder de la voluntad amorosa de Dios, importando poco que sea o que no sea verdadera.


Ello nos da pie a dar un enorme salto en el tiempo para poder así evocar un “momentum” histórico cultural importante en el desarrollo e inculturación de la fe cristiana en el cual el cristianismo pasa de perseguido a perseguidor. Nos referimos a la denominada conquista de las Américas.


Es difícil, por no decir imposible, evocar una inculturación más violenta y desafortunada de una determinada religión. Cuando la fe se trastorna en argumento para respaldar el genocidio y el colonialismo deja de ser tal para convertirse en una mera ideología impositiva.


La Iglesia católica apostólico romana y la política expansionista de la corona de Castilla, en su devenir inculturador, fueron directos responsables de una matanza vil y cruel, así como de un expolio cultural de dimensiones extraordinarias y dantescas que pondrán en entredicho para siempre su memoria.


Y no está de más recordar aquí que el obispo de Roma, Juan Pablo II, en Santo Domingo, el 12 de octubre del año 1992, día impuesto de la hispanidad, pidió perdón a las poblaciones americanas por las injusticias y terribles abusos cometidos contra sus antepasados. Los santos padres Benedicto XVI y Francisco han reiterado también sendas peticiones de perdón por el fatídico comportamiento de la Iglesia católica contra las personas y las culturas indígenas. Tampoco estaría por cierto de más que España hiciera lo mismo, algo que dudamos al contemplar el desolador panorama político y el bajo nivel democrático en ella existente, tanto presente, como especialmente futuro.


El cambio paradigmático realizado por la Iglesia católica se debe fundamentalmente al compromiso que le exige para siempre la declaración “Dignitatis Humanae”, recordemos decreto sobre la libertad religiosa, promulgado el 7 de diciembre del año 1965 por Pablo VI en el contexto del Concilio vaticano II, donde se argumenta a nuestro juicio muy conveniente y satisfactoriamente la necesaria libertad religiosa en todo ámbito, especialmente en el societario y cultural, ubicando la libertad - un elemento objetivo - por encima incluso de la verdad - un elemento subjetivo.


Tampoco estaría de más que las iglesias protestantes históricas pidiesen perdón por los abusos coloniales esclavistas realizados especialmente en el continente africano que fueron cometidos bajo su tutela y amparo al declarar que el elemento humano negroide carecía de alma.


Para no fatigar más al amable lector, abordaremos finalmente un “momentum” de singular trascendencia en orden a las relaciones entre fe y razón epocales a partir del cual la fe cristiana saldrá tan perjudicada, que para muchos continua todavía hoy constituyéndose en sinónimo de estrechez, de oscurantismo y de obstaculización de la razón cultural y científica.


Nos referimos al caso de Galileo Galilei (1564 -1642), un caso a la sazón tan grave y desafortunado que Juan Pablo II instituyó personalmente en el año 1982 una comisión pontificia cuya conclusión no pudo ser otra que la rehabilitación del insigne científico diez años más tarde por tan desafortunado incidente. A pesar de todo, la memoria de la Iglesia católica permanece, no obstante, salpicada con razón y para siempre.



Galileo Galilei, siendo catedrático de matemáticas en la Universidad de Padua, perfeccionó durante el año 1609 un telescopio o anteojo concebido para uso militar e inventado en Holanda con el cual, tras añadirle unas lentes ópticas de hasta 20 aumentos dióptricos, consiguió observar detalladamente numerosos movimientos astrales.


La observación de antedichos movimientos y la constatación de las leyes físicas que los guiaban habrían de ocuparlo durante veinticinco años. Muchas de sus conclusiones fueron consignadas por escrito en su “Mensajero estelar” (abreviamos su título, francamente extenso como era costumbre epocal) dedicado al Gran Duce Cósimo II de Médici. Galileo, que también era un sagaz político, había bautizado a ciertas estrellas con el nombre de “Mediceas”, ganándose así el favor de los poderosos Médici y especialmente de Cósimo, a quien conocía bien por haber sido durante su niñez preceptor. Ello le valió ser invitado con honores a la corte de Florencia y posteriormente nombrado catedrático (“primer matemático”) de la Universidad de Pisa donde sus emolumentos serían tan astronómicos como sus estudios.


En sus conclusiones Galileo Galilei cuestionó absolutamente la cosmología aristotélico - ptolemaica, y lo que todavía era más atrevido: a partir de la contemplación de los satélites de Júpiter y del hecho de constatar como Venus recorría fases similares a las lunares, dedujo que el planeta debía orbitar alrededor del sol y no de la tierra, y que por lo tanto la tierra misma era un planeta con una luna que giraba como el resto de los planetas alrededor del sol. De otro modo dicho: concedió que el sistema heliocéntrico copernicano no podía ser más que veraz y que en consecuencia la tierra no era el centro del sistema solar, sino el sol: era la tierra la que orbitaba entorno al sol y no viceversa.


Era cuestión de tiempo que, tras la intervención impulsora de ciertos dominicos envidiosos y malintencionados, el asunto llegara al tribunal romano del Santo Oficio. Ello sucedió en el año 1615. Galileo era así acusado de copernicanismo y de oponerse a la Biblia pues ella consignaba literalmente (Jos 10, 12-13) que Josué mandó al sol y a la luna detenerse para así propiciar una vengativa victoria de Israel sobre sus enemigos amorritas.


A nosotros lo que nos interesa aquí es constatar a partir de este lamentable episodio histórico - cuya conclusión explicitaremos posteriormente - que la inculturación de la fe también puede articularse históricamente de manera violenta contra la razón, forzando de este modo sus conclusiones hasta el absurdo.


Es necesario señalar, por si alguna duda hubiera, que Galileo, como agente inculturador, se esforzó siempre en no renegar jamás de Dios ni de la Biblia, sino en articular un mecanismo que a partir de la observación y de la demostración científica asentara la compatibilidad más que necesaria imprescindible entre la fe y la razón.


Por ello, no en vano utilizará en su defensa una frase que la tradición atribuirá al cardenal Cessare Baronio, religioso y también erudito astrónomo, pero que en realidad no sabemos con certeza si alguna vez la pronunciara:


La Biblia fue inspirada por el Espíritu Santo para mostrarnos cómo se va al cielo, pero no para saber cómo el cielo sea”.


Es fundamental para nuestro discurso comprender que la verdadera intención de Galileo era la de establecer un ámbito para la fe y otro para la razón, dos ámbitos por lo tanto diferentes, pero no por ello estancos ni tampoco desconectados, sino abiertos y permanentemente cooperantes. Muy sabiamente añadirá en su defensa el grave error que significa para la fe misma interpretar literalmente las citas bíblicas tratando sobre ámbitos relacionados con las ciencias naturales.


Desde esta anterior perspectiva la modernidad de Galileo es absolutamente incontestable. El sabio pisano se constituye así en un verdadero visionario cuyo razonamiento y caso debiera ser siempre recordado. Efectivamente, no tan solo por la fe y por la razón, sino por toda la cultura en desarrollo, y también, dicho sea de paso, porque se constituye sin saberlo y ni mucho menos pretenderlo, en un antídoto contra toda forma de secta y de fundamentalismo de carácter bíblico religioso.


No es baladí recordar en este sentido las palabras de Juan Pablo II, pronunciadas el 31 de octubre de 1992 (¡359 años, 4 meses y 9 días después de que fuera condenado!) en el contexto de su rehabilitación, para quien Galileo Galilei:


Fue un sincero creyente que tuvo que sufrir mucho, demostrándose más perspicaz que sus adversarios teólogos sobre la interpretación de las Sagradas Escrituras”.


Cabe señalar el destacado intento de mediación - fracasado a la postre - realizado por el clérigo amigo de Galileo, Paolo Antonio Foscarini, erudito científico y monje calabrés provincial de los carmelitanos, quien escribiera consultando a Roberto Belarmino, tal vez el teólogo más destacado de su tiempo así como el principal de los siete jueces inquisidores del tribunal romano del Santo Oficio que, dado el caso, juzgaría a Galileo en aras de la reconciliación de la Iglesia con el pisano y con la lógica del sistema copernicano que ambos científicos defendían.


Creemos que merece la pena consignar la respuesta epistolar del hoy santo Roberto Belarmino, datada del 12 de abril del año 1615:



“Al Muy Reverendo Padre Maestro Fray Paolo Antonio Foscarini, Superior Provincial de los Carmelitas de la provincia de Calabria. Muy Reverendo Padre mío: Digo, lo primero, que a mi parecer Vuestra Paternidad y el Señor Galileo obrarán prudentemente, contentándose con hablar ‘ex suppositione’ y no absolutamente, como siempre he creído que habló Copérnico. Porque el decir [A1]: que, si suponemos que la tierra se mueve y el sol está quieto, se salvan todas las apariencias mejor que poniendo las excéntricas y los epiciclos, está muy bien dicho y no tiene ningún peligro, y eso basta al matemático. Pero querer afirmar [A2]: que el sol está realmente en el centro del mundo y sólo da vueltas sobre sí mismo, sin desplazarse del oriente al occidente, y que la tierra está en el tercer cielo y gira con suma velocidad en torno al sol, es cosa muy peligrosa [...] Digo, lo segundo, que como usted sabe el Concilio prohíbe exponer las Escrituras contra el común consenso de los Santos Padres. Y si Vuestra Paternidad quisiere leer, no digo sólo los Santos Padres, sino los comentaristas modernos sobre el Génesis, sobre los Salmos, sobre el Eclesiastés y sobre Josué, encontrará que todos convienen en exponer literalmente, que el sol está en el cielo y gira en torno a la tierra con suma velocidad, y que la tierra está lejanísima del cielo y está en el centro del mundo, inmóvil [...] Digo, lo tercero, que si hubiese una verdadera demostración de que el sol está en el centro del mundo y la tierra en el tercer cielo, de que el sol no rodea a la tierra sino la tierra al sol, entonces sería necesario andar con mucho cuidado al explicar las Escrituras que parecen contrarias. Habría que decir que no las entendemos, más que decir que sea falso lo que está demostrado. Mas yo no creeré que exista tal demostración, mientras no me la muestren: y no es lo mismo demostrar [P1]: que, si suponemos que el sol está en el centro y la tierra en el cielo, se salvan las apariencias, y demostrar [P2]: que el sol esté en el centro y la tierra de verdad en el centro y la tierra en el cielo. Porque la primera demostración creo que pueda existir, pero de la segunda tengo grandísima duda, y en caso de duda no se debe dejar la Sagrada Escritura, expuesta por los Santos Padres”


Foscarini conocería también con el tiempo los rigores de la Inquisición. Nótese que Belarmino, en un principio, no prohíbe a Foscarini ni a Galileo su creencia en el sistema copernicano, sino que más bien les aconseja que siempre que se refieran al mismo en sus conclusiones lo hagan únicamente en forma hipotética, es decir “ex suppositione” tal y cual hiciera a su juicio Nicolás Copérnico. Por otra parte, el sistema imperante aristotélico - ptolemaico le parece al cardenal mucho más creíble por entender que posee el apoyo de las Sagradas Escrituras.


De haber seguido la advertencia de Roberto Belarmino, Galileo se habría ahorrado sin duda muchos dolores de cabeza, especialmente considerando que, de no ser seguido su consejo, ello podría ser “cosa muy peligrosa”. A buen entendedor, pocas palabras bastan ...


Aunque sería probablemente anacrónico calificar al de Montepulciano de fundamentalista, lo cierto es que su actitud no deja de ser contraria a una sana epistemología científica - no digamos ya bíblica - basada siempre en la observación de los fenómenos y en la realización de hipótesis y de teorías. Por otra parte: ¿cómo podía un sabio de semejante envergadura como Galileo Galilei aceptar el consejo del cardenal cuando sus deducciones se basaban en lo que había observado con “mis propios ojos” ayudados obviamente por su catalejo, a saber, la mecánica de los orbitales astrales ...


El papa Urbano VIII, otrora gran amigo de Galileo, durante el año 1633, concretamente el 26 de junio, ordenó al matemático personarse en Roma para ser interrogado por el tribunal del Santo Oficio, siendo esta vez conminado como “vehemente sospechoso de herejía” a abjurar de sus errores bajo pena de prisión, tortura y excomunión.


Galileo Galilei fue obligado a escuchar el pronunciamiento de la sentencia condenatoria de rodillas, humillado, amenazado y fuertemente vejado, pero siempre fiel e incólume para con su fe cristiana. “In extremis”, para poder salvar su vida firmó la fórmula de abjuración que se le presentó, negándosele la posibilidad de cambiar ni una sola letra. Se trata de una fórmula muy particular en la que ahora no podemos detenernos. Consagraba como divino el geocentrismo y lo que era todavía mucho peor: consagraba también la validez literal de la Biblia como como juez absoluto para dirimir las relaciones entre fe y ciencia, fe y cultura, naturaleza y gracia, sembrando así lamentablemente la semilla de la incomprensión, de la desconfianza y de la disputa entre ellas hasta nuestros días.


Galileo, ya avanzado en años, fue condenado a la pena de prisión a cadena perpetua, aunque su castigo fue finalmente conmutado por el de prisión domiciliaria vitalicia. Vivió sus últimos años en la “Villa il Gioiello”, su casa en Arcetri, cerca de Florencia. La lectura de toda su obra fue prohibida, también se le prohibió que publicara más libros y hasta se le impidió que recibiera visitas, castigos que, no obstante, no pudieron impedir que recibiera a visitantes ilustres provenientes de toda Europa, tales como por ejemplo el filósofo Thomas Hobbes o el poeta John Milton, ni tampoco que su última obra: “Discursos y demostraciones en torno a dos nuevas ciencias” fuera publicada el año 1638 en los Países Bajos. Galileo Galilei falleció el 8 de enero del año 1642 a los 77 años.


El terrible episodio de Galileo es un ejemplo fehaciente y desafortunado de inculturación violenta de la fe, de imposición cultural, de desarraigo científico y del poco respeto que la religión institucionalizada ha venido otorgando con excesiva frecuencia a la cultura cuando esta se ha visto constreñida, mediante la acción de nuevos agentes inculturadores, hacia un necesario avance científico cultural, un positivo y salutario cambio de paradigma cultural en un determinado momento histórico.


En ocasiones la inculturación religiosa debe mutar dentro de la inculturación religiosa misma imperante para poder así abrirse a los indispensables cambios que el avance científico y cultural necesita y exige. Es en consecuencia muy cierto que las relaciones entre la fe y la cultura no siempre han sido interactivas, ni muchísimo menos pacíficas.


Per semper vivit in Christo Iesu

Miquel - Àngel Tarín i Arisó



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