Entrevista al Rvdo. Juan Maria Tellería



Presentación de Juan María Tellería, Presbítero y Arcipreste de la IERE, Delegado Diocesano para la Educación Teológica Decano académico del Centro de Estudios Anglicanos Doctor en Teología.


Nacido en Donostia – San Sebastián (Gipuzkoa) el 7 de julio de 1960 en el seno de una familia trabajadora, reside actualmente en El Port de Sagunt (Valencia). Casado con Rosa María Gelabert i Santané, es padre de un hijo y combina sus actividades eclesiásticas pastorales en Alicante y El Port de Sagunt con las labores docentes, tanto en el Centro de Estudios Anglicanos (CEA) como en el Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI), prestigiosa institución académica evangélica, así como en el Seminario Anglicano San Pedro y San Pablo de Puerto Rico.

Es también autor de varios libros de instrucción y divulgación teológica y bíblica con diversas casas editoras



[1] ¿Cuándo sentiste la vocación para el ministerio? ¿Qué recuerdos tienes de tu formación en el Seminario? ¿Cómo se integra en el ministerio sacerdotal la vida de pareja y el matrimonio?


La vocación al Sagrado Ministerio me ha acompañado, según recuerdo, desde que tengo uso de razón. Uno de mis juegos favoritos, cuando estaba en casa, era “hacer la misa”, repitiendo paso a paso la liturgia con todos sus gestos; incluso ciertas palabras extrañas, incomprensibles para mí, que decía el párroco en el momento de la Consagración, algo que me sonaba como “achípite, édite” y otras más que era incapaz de repetir; en casa me decían que era latín. Téngase en cuenta que yo había nacido en 1960, poco antes del Concilio Vaticano II, y mis primeros recuerdos de misa son de la época de difícil adaptación de la Iglesia a las nuevas disposiciones; había sacerdotes que se resistían a dejar el latín para oficiar y lo mantenían en la Consagración. Años después, al estudiar latín en el instituto, comprendí bien lo que era accipite, edite y el resto (hoc est corpus meum).


Lo cierto es que en la escuela primaria me encantaban las clases de Religión, que en realidad eran de Historia Sagrada con moralejas y aplicaciones prácticas, y en la catequesis parroquial procuraba asimilar todo cuanto tuviera que ver con aquellas narraciones. Cuando a los trece o catorce años compré mi primera Biblia (la clásica versión Nácar-Colunga), aquel interés por todo lo que tuviera relación con el mundo de las Sagradas Escrituras se acrecentó, de modo que, aun efectuando también estudios universitarios civiles, la vocación ministerial siempre fue lo más importante.


De mi época de formación en el seminario —tres seminarios, en realidad: dos españoles y uno francés— conservo, como es lógico, muchos recuerdos. Uno de ellos, que comparto aquí, es el impacto (¡tal cual!) que supuso para mí la lectura y estudio de un libro de tamaño reducido, pero de profundo contenido, La proclamation de l’évangile, del conocido teólogo reformado suizo Karl Barth, y ello en el ámbito de una materia consagrada a la homilética. El pensamiento de aquel teólogo sobre lo que debe ser realmente la predicación, sobre la importancia de una exposición de la Palabra de Dios cada domingo centrada exclusivamente en Cristo y realizada con toda dignidad y rigor teológico, es algo que me ha acompañado desde entonces, como saben bien quienes me conocen.


En lo referente a la vida de pareja e integración del matrimonio en el Sagrado Ministerio, creo con total convicción que ambos estados constituyen un complemento perfecto. El ministro de culto que es a la vez cónyuge y padre o madre de familia vive de una manera muy cercana a los feligreses en el sentido de que comparte con ellos preocupaciones y alegrías de las que un ministro de culto célibe carece. En mi caso concreto, estar casado y ser padre de un hijo me ha permitido siempre sentirme uno más con quienes tienen familias propias.


Hay en el matrimonio y en la paternidad o maternidad toda una teología que enriquece enormemente la vida del ministro de culto. Dicho lo cual, también entiendo la riqueza, diferente pero no desdeñable, de quienes ejercen el Sagrado Ministerio en estado de soltería o celibato. Pienso que ambas realidades son dones de Dios que él distribuye como bien le parece para el beneficio de la Iglesia. Tan erróneo sería imponer el celibato a quienes tienen la vocación matrimonial o de vida en pareja como imponer el matrimonio a quienes tienen vocación de celibato.




[2] La Iglesia Española Reformada Episcopal está integrada en la Comunión Anglicana, pero es desde luego una Iglesia muy española ¿Cuáles son sus raíces históricas?


La Iglesia Española Reformada Episcopal, o IERE por sus siglas, es, efectivamente, una iglesia de pura raigambre española desde sus inicios. La Comunión Anglicana se presenta como una comunión de iglesias con diferentes orígenes y tradiciones, unidas en una misma fe y un mismo propósito, es decir, con un espíritu eminentemente ecuménico; de ahí que nuestra IERE pueda formar parte de ella con total integración, enriqueciéndose de las otras componentes y enriqueciéndolas a ellas a su vez.


Las raíces de la IERE ostentan una larga e interesante historia; aunque establecida como tal en la segunda mitad del siglo XIX, es la continuadora de aquella antigua iglesia mozárabe que subsistió en la primera Edad Media hasta la llegada del rito romano en el siglo XI. La Iglesia Hispánica se constituyó hacia el siglo VI y fue la iglesia nacional de la Hispania visigótica, por supuesto dentro de la gran Iglesia Católica, pero con ritos propios cuyos orígenes se hallan en la influencia del cristianismo romano norteafricano como una de sus fuentes más destacadas, que la enlazan directamente con la Iglesia apostólica del siglo I.


Por decirlo en pocas palabras, la IERE es hoy depositaria de una riqueza litúrgica y teológica que entronca directamente con la Edad Antigua y con el cristianismo que llegó al Occidente del Imperio romano de mano de los Apóstoles y sus ayudantes.



[3]. En el libro El futuro de la religión (Paidós), escrito junto con el filósofo norteamericano Richard Rorty, el filósofo italiano Gianni Vattimo llega a decir: "Nuestra cultura no tendría sentido sin el cristianismo", al mismo tiempo que anuncia que vivimos un tiempo post-cristiano, no en el sentido que el cristianismo haya desaparecido pero si en el sentido de que ha perdido la posición axial que tenía en favor de la Ciencia y la Filosofía ¿Cuál es tu opinión como cristiano y como pastor respecto de la atmósfera intelectual y moral del mundo que nos ha tocado vivir? ¿Qué significa hoy en nuestra sociedad post-moderna, pluralista, fragmentaria, fuertemente secularizada la presencia histórica y cultural del cristianismo en sus diferentes versiones? ¿Hasta qué punto esa presencia cultural facilita o dificulta la vivencia del cristianismo como confesión de fe personal?


Pese al pesimismo visceral de algunos cristianos de nuestros días, pienso que vivimos en una época realmente privilegiada de la historia de la humanidad. Nunca se había conocido un progreso científico y técnico tan grande como el que hoy tenemos y nos permite, se quiera reconocer o no, una calidad de vida que en mi infancia solo era posible en las películas o las series de ciencia ficción. No quiero con ello decir que todo hoy sea bueno ni perfecto; por desgracia, nuestro mundo contemporáneo presenta enormes lagunas y carencias, así como un reverso totalmente oscuro; solo tenemos que pensar en la crisis ecológica o en el avance de una filosofía capitalista totalmente deshumanizada que nos afectan a todos.


Pero ahí está, precisamente, el pensamiento cristiano más genuino para alzar su voz profética y denunciar en el nombre de Cristo las injusticias y la alienación de la persona humana. Sé que no todo el mundo está de acuerdo con lo que voy a decir, pero para mí es diáfano como la luz del día que los grandes avances y las grandes reivindicaciones sociales son de clarísima influencia cristiana. No es porque sí que se gesten y se plasmen principalmente en Occidente, el mundo de cultura cristiana por antonomasia.


Los movimientos que desde el siglo XIX hasta hoy han luchado por mejoras laborales y salariales para los trabajadores, por los derechos y la protección de la infancia, por la promoción social, intelectual y laboral de la mujer, por los derechos de las minorías raciales y sociales, por la integración de los inmigrantes y tantos otros, se prodigan en sociedades de profunda raigambre cristiana. Aunque la Iglesia como institución, desafortunadamente, no siempre ha sabido estar a la altura de estas reivindicaciones y más de una vez ha cometido el craso error de oponerse sistemáticamente a ellas, tal no es el sentir de amplios sectores del mundo cristiano, gracias a Dios. De ahí que la Iglesia, en tanto que institución histórica con una influencia innegable en la génesis del pensamiento y la cultura de Occidente, deba responder al gran desafío de las realidades contemporáneas con el evangelio de la redignificación y de la esperanza para todos los seres humanos, pues es lo único que le permitirá seguir siendo Iglesia, pero en bien de la humanidad, no para sí misma. Es decir, lo único que le permitirá y le facilitará cumplir con el propósito de Jesús que le ha sido encomendado.


Por ello, cada creyente cristiano ha de hacer suyo ese desafío lanzado al conjunto de la Iglesia y ha de vivirlo en el día a día, jamás como una “cruzada contra el mundo”, al estilo de las sectas, sino como una proclamación de buenas nuevas para el mundo. La Iglesia ha de promover el crecimiento y la madurez de los creyentes en la fe de Cristo para un mejor servicio a los demás.


[4] Tengo la impresión de que vivimos un tiempo de crisis de la religión institucional y jerárquica, lo que sin embargo es compatible con el crecimiento de una espiritualidad difusa y anárquica, muy abierta a los estilos de espiritualidad meditativa de tipo oriental. ¿Es una impresión acertada a tu juicio? ¿Qué estilo espiritual y eclesiástico tiene la tradición anglicana que se ve a sí misma como una vía media entre el protestantismo y el catolicismo-romano? ¿Qué es al día de hoy ese contenido esencial del mensaje cristiano y cuales serian los detalles?


Las crisis favorecen la aparición de movimientos espirituales que, si bien pueden ser en algunos casos meras modas pasajeras, en otros pueden consolidarse con fuerza. Tal fue el desarrollo del cristianismo en un Imperio romano decadente y falto de sus prístinos ideales. La espiritualidad oriental no es incompatible con el cristianismo de Occidente, con la Iglesia jerarquizada. Más aún, está íntimamente hermanada con él, aunque durante siglos hayan parecido ignorarse, pues comparten un anhelo común de mejora del ser humano. Resulta sorprendentemente enriquecedor el diálogo interreligioso, no ya interconfesional cristiano, por la cantidad de valores que compartimos y que nos permiten entender que la humanidad, pese a sus diferencias, es una sola y clara imagen del Creador.


En este sentido, la tradición anglicana ocupa una posición privilegiada, a mi modo de ver. Al ser, en efecto, una vía media entre Roma y la Reforma, puede declararse heredera de ambas y beneficiarse de lo mejor de cada una. Una de las más acertadas propagandas del anglicanismo que he visto ha sido el eslogan de una campaña de evangelismo realizada hace años en los EE.UU donde se leía: Catholic? Protestant? Why not BOTH at the same time? (“¿Católico? ¿Protestante? ¿Por qué no LOS DOS al mismo tiempo?”).


Las ricas espiritualidades católica y protestante pueden muy bien combinarse en un estilo de iglesia siempre abierta, siempre acogedora, siempre integradora, que sepa, conforme al Espíritu de Jesús, franquear el paso a todos cuantos necesiten encontrarse con Dios.


De ahí que sea enormemente necesario que el anglicanismo, como el resto de las iglesias cristianas históricas, vuelva de manera constante, permanente y sin interrupciones, a la sencilla profundidad del evangelio; que proclame realmente esperanza para el mundo, que denuncie sin paliativos la injusticia en todas sus formas y que exija (tal cual) a las sociedades y a los gobiernos medidas para que nada ni nadie atente contra la dignidad del ser humano. El culto anglicano se ha de centrar, como hace, en una exposición de la Palabra que sea lo suficientemente breve y clara como para que nadie que la escuche deje de comprender quién es Cristo y cuál es su mensaje, y en la celebración sacramental de la Santa Comunión, pues todos estamos llamados a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor que se entregó por nosotros para nuestra salvación y restauración en esta vida y en la otra.





[5] ¿Qué significa creer —hoy —en el Evangelio y ser miembro de la Iglesia de Cristo?


Significa, según entiendo, un compromiso cuyas dimensiones pueden llegar a asustar. Ser creyente y miembro de la Iglesia supone una vida de total entrega a un ideal de servicio a los demás allí donde Dios nos haya colocado y con las herramientas de que nos haya permitido disponer. Si nuestro compromiso cristiano se limitara al culto dominical y a alguna que otra reunión de oración o de estudio bíblico semanal, sería lo más fácil del mundo. Pero está en juego mucho más.


Está en juego el contribuir a que cuantos nos rodean puedan transitar mejor por este mundo, con esperanza y consuelo en medio de situaciones trágicas, con una evidente mejora de la existencia de todos. Cada uno de nosotros ha de examinar con suma atención cuáles son nuestros talentos, nuestras capacitaciones, y ponerlos a trabajar allí donde estemos con la clara conciencia de que Dios exige un servicio perfecto, y eso solo es posible cuando tenemos claro que todo lo que hacemos tiene como finalidad el bien de los demás.


Nuestra propia felicidad en esta vida depende, lo creamos o no, del bien que hagamos a los otros.




[6] ¿Qué papel le corresponde —a tu juicio— a la mujer en el seno de la Iglesia? Presentamos en Vitoria tu libro “Encuentro con María” del que hemos dado noticia en Escritorio Anglicano ¿Cuál es la mirada protestante a María en la historia de la Salvación en estos tiempos precisamente de reivindicación de la mujer?


La mujer está llamada a ejercer en la Iglesia todos los ministerios a los que Dios la llame.

Sería trágico que hoy, en nuestra época de reivindicación del papel de la mujer en la sociedad, la Iglesia cometiera el gravísimo error de mirar para otro lado y cerrar las puertas a una fuente de bendición tan grande como es el servicio femenino en las distintas áreas donde la institución eclesiástica está presente. Como ministro de culto es para mí un honor y un privilegio tener compañeras de ministerio que son mujeres, hermanas en la fe, consiervas en el servicio y ejemplos vivos del amor de Dios entre nosotros. Saber que en otras diócesis anglicanas hay mujeres que no solo son diaconisas o presbíteros, sino incluso obispos y arzobispos (ignoro si en buen castellano podemos decir “presbíteras”, “obispas” o “arzobispas”) me hace entender que el Espíritu de Dios no está sometido a los absurdos prejuicios de los hombres y que coloca en lugares de grandes responsabilidades a personas diferentes, sin atenerse a su sexo.

La figura de la Virgen María, Madre de nuestro Señor y Madre de Dios, conforme a las tradiciones cristianas más venerables, es, sin duda, clave para la comprensión cristiana del valor de la mujer ante los ojos del Todopoderoso.


El Nuevo Testamento, cuando leemos con suma atención los pocos pasajes que dedica a María, vemos que no solo ensalza su maternidad virginal y mesiánica, sino que hace de ella un referente de la primera Iglesia, alguien que ejerció en su seno la autoridad de una especie de magisterio privilegiado. Por desgracia, las tradiciones protestantes, y sobre todo las evangélicas, máxime en países de cultura católica romana, parecieran haber ignorado sistemáticamente la figura de María cuando no haberla relegado a un ostracismo completo sin otra razón que prejuicios anticatólicos. Afortunadamente, el mundo protestante de hoy, especialmente las iglesias históricas en sus ámbitos mejor formados, tiende a interesarse por María y a considerarla en su justa medida, sin exageraciones por exceso ni por defecto. Los anglicanos, que también tenemos una tradición de devoción mariana en ciertos sectores, podemos ser claves en este asunto.


[7] ¿Cómo se encuentra establecida la Iglesia Española Reformada Episcopal en la sociedad española de hoy? ¿Cómo son las relaciones de la Iglesia Española Episcopal con la Iglesia Católico-Romana y con otras denominaciones?


Siendo realistas, la IERE como tal no es demasiado conocida en la sociedad española. Los medios de comunicación y hasta el cine han permitido que en España prácticamente todo el mundo sepa lo que es la Iglesia Anglicana, pero referida siempre a Inglaterra, los EE.UU y los países de la Commonwealth. Son muchos quienes entre nuestros conciudadanos se quedan realmente sorprendidos cuando oyen que en España hay una iglesia anglicana nacional desde el siglo XIX. Ello significa que nuestra presencia social es muy escasa. Trabajamos, desde luego, en su promoción con los medios de que hoy disponemos, como Escritorio Anglicano, y sin duda contribuimos a su difusión; sería muy deseable que todas y cada una de las comarcas españolas tuvieran, al menos, una congregación activa de la IERE, con lo cual su impacto social sería mayor.


Ello no obsta, desde luego, para que las relaciones de la IERE con la Iglesia Católica Romana y otras confesiones cristianas vayan por muy buen camino. Un ejemplo lo tenemos en las semanas de oración por la unidad de los cristianos y las reuniones de tipo ecuménico, en las que la presencia de la IERE es permanente.


[8] El Oratorio Ioannes de Leizarraga de Vitoria, que lleva ese nombre en recuerdo del traductor del Nuevo Testameno al euskera con el título de Iesus Christ Gure Iaunaren Testamentu Berria. Otro personaje curioso es George Borrow que relata su peripecia en nuestro país en el XIX vendiendo Biblias. ¿Cuáles son los nombre de referencia en la historia del protestantismo en España, esos nombres que no debemos olvidar, empezando, claro está por el primer Obispo de la Iglesia episcopal española, nuestro Obispo Juan Bautista Cabrera o el mismo Atilano Coco?



[Atilano Coco]

Son muchos y muy dignos de ser recordados, especialmente a partir del siglo XIX, el período que algunos designan como la segunda Reforma. Nos vienen a la memoria unos cuantos que estudiamos en su momento: Manuel Matamoros, José María Blanco-White, Francisco de Paula Ruet, el singular erudito Miguel de Usoz y Río, la valiente Margarita Barea, Cipriano Tornos, el destacado médico alemán Federico Fliedner, José Cardona Gregori, Carlos Araujo, Fernando Cabrera (hijo de Juan Bautista Cabrera) y Monseñor Taibo, este último obispo de la IERE en la transición democrática y asiduo contertulio del cuasimítico programa de TVE2 La Clave.


En el protestantismo español actual existen figuras destacadas, como el teólogo y escritor Alfonso Ropero Berzosa, José Manuel Díaz Yanes, Manuel Díaz Pineda, la teóloga Lidia Rodríguez Fernández y otros más.



[10] ¿Algunas palabras para los lectores del Escritorio Anglicano?


Demos todos gracias a Dios de poder disponer de un medio como Escritorio Anglicano, que nos permite, gracias a los avances técnicos de nuestros días, un encuentro permanente con la teología contemporánea, con la investigación bíblica y con una profunda espiritualidad cristiana.


GRACIAS.


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