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El Cristianismo ante otras ofertas de salvación (IV), por Miquel -Àngel Tarín i Arisó










“Obedezcamos por tanto a su grandiosa y gloriosa voluntad. Suplicando su misericordia y su bondad, postrémonos y dirijámonos a su piedad, abandonando la vanidad, la discordia y los celos que conducen a la muerte”


(San Clemente Romano, “Epístola a los Corintios” IX, I)



“Podemos observar que Dios omnipotente es manso y misericordioso, hace resplandecer el sol sobre justos e injustos, y manda la lluvia sobre santos y malvados”


(San Justino Mártir, “Diálogo con Trifón”, XCVI)







Si algo ha demostrado hasta aquí nuestro recorrido patrístico[1] es el hecho de no haber hallado todavía rastro

alguno, en el decurso de la temprana patrología, de la instauración del paradigma teológico exclusivista que rastreamos en la historia de la teología y que camina junto al conocido aforismo “extra ecclesiam nulla salus” (fuera de la iglesia no hay salvación).

Sin embargo, pronto, muy pronto, habremos de hallarlo. Primero en oriente, de la mano del gran Orígenes de Alejandría. Y, algo más tarde, en la teología occidental, aunque africana, de la mano del obispo Cipriano cartaginense.


Que nadie se sorprenda: ya advertimos en nuestra primera entrega que Roma aquí ni quiso ni pudo tampoco, dada la mediocridad de su escuela teológica - si exceptuamos naturalmente a Hipólito y al hecho de que la Iglesia de la ciudad eterna estaba plenamente enfrascada por aquel entonces en obras sociales y pías - dirimir absolutamente nada sobre el particular. El obispo de Roma no poseía todavía ninguna “iurisdictio” ni “potestas” extraordinaria respecto al resto de sedes episcopales, las cuales caminaban todas unidas, y a veces desafortunadamente no tanto ... hacia la cristalización de una catolicidad más deseada que real en la que dicho obispo ocupaba un primado únicamente en la “koinonia”, edificado a partir de la mezcla de la sangre y de la fe de Pedro y de Pablo, apóstoles de Cristo muertos en Roma bajo Nerón. Esta circunstancia ya no es actualmente objeto de discusión ni siquiera entre los sectores más recalcitrantes del protestantismo fundamentalista dados los inequívocos registros arqueológicos que evidencian la estancia de ambos misioneros en Roma, así como su posterior martirio.





1. ORÍGENES


Eusebio, Pánfilo, Gregorio Taumaturgo, Jerónimo y Focio son las fuentes que la literatura cristiana antigua nos ha legado para el conocimiento de Orígenes, aunque de entre ellos muy especialmente el historiador semiarriano, quien dedica a su persona y obras nada más ni nada menos que la práctica totalidad del sexto libro de su Historia Eclesiástica. El abate Louis- Josephe Tixeront, Richard Bartram Tollinton, Berthold Altaner y Johannes Quasten – entre otros muchos - señalan a Orígenes como el erudito más destacado que conociera la antigüedad cristiana. Es un privilegio que comparte probablemente con Ireneo de Lyon y con san Agustín, si bien el de Hipona lo postcede en varios siglos.


Josep Rius i Camps, quien fuera nuestro formador y escribiera una muy brillante tesis de doctorado en el Pontificio Instituto Oriental de Roma (PIO) sobre el alejandrino[2] todavía hoy no superada, opina acerca de Orígenes que es el autor cristiano más poliédrico que jamás existiera. Y sin lugar a duda tiene razón pues, de hecho, toda la polémica arriana que durará siglos y que causará tan sendos estragos , así como la posterior decantación filosófica y teológica acerca de la cristología que los pensadores cristianos posteriores irán adoptando y que incluye los pronunciamientos de los concilios ecuménicos de Nicea (325), Constantinopla I (381), Éfeso (431), Calcedonia (451) y Constantinopla II (553), aunque este último en menor medida, no se basan en el fondo en nada más que en las diferentes interpretaciones de la teología origenista, que solamente algunos autores modernos, a nuestro juicio injustificadamente, se han atrevido a calificar “modus politicus” de derecha, de izquierda y moderada o de centro.


Orígenes, como buen autor alejandrino, posee una cristología descendente (Logos – sarx) es decir joanica, muy alejada en consecuencia de la cristología subordinacionista propia de los evangelios sinópticos, y por lo tanto, tocada de un muy alto nivel especulativo, al punto que en su obra el filósofo y el teólogo nunca se separan, circunstancia que no pasó desapercibida a su obispo, Demetrio, quien tras el abandono del filósofo Clemente, le encomendó la tarea de dirigir la escuela teológica catequética de Alejandría, sin lugar a dudas la más destacada de la cristiandad, lugar donde filosofía, teología y gramática se abrazaban sin rubor. Orígenes contaba solamente con 18 años. Había sido formado por Amonio Saccas, un destacado pensador neoplatónico que tarde o temprano termina apareciendo, ora expresa ora tácitamente, siempre por aquí o por allá en sus disquisiciones.


Orígenes, cuyo padre Leónidas había conocido en su infancia los rigores del martirio, no era proclive a la vida monacal severa que inventaran sus compatriotas y fundadores del monaquismo eremítico y posteriormente cenobítico Antonio y Pacomio, pero sí es cierto que, permítasenos la expresión, apreciaba en grado sumo navegar su introverso y complejo espíritu por los serpenteantes meandros de la ascesis, de la mística y de la intelectualidad extrema.


Llegados a este punto hay que hacer no obstante justicia a su persona. La tradición, durante mucho tiempo, ha destacado una acción de Orígenes que en realidad nunca se produjo y que tampoco resiste una crítica medianamente seria de su persona. Se le acusa de haberse mutilado por castración tras la interpretación literal del pasaje del evangelio según san Mateo capítulo 19 y versículo 12:


"Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda”


Ahora bien, existen cuatro corolarios que contradicen su supuesta acción. En primer lugar, la dinámica interna de la exégesis origenista. En efecto, ella dista en mucho de ser una exégesis literal, sino todo lo contrario, alegórica. No hay que olvidar que Orígenes no pertenece a la escuela antioquena, lugar donde la exégesis literal toma abiertamente carta de ciudadanía, sino precisamente a una escuela que se sitúa exegéticamente a las antípodas de la anterior: la escuela catequética alejandrina, de marcada tendencia, tanto en lo general como en lo particular, hacia la alegoría[3]. Es evidente que la castración física en el texto mateano solamente sería comprensible de ser leída y posteriormente interpretada y comprendida como una acción literal.


En segundo lugar, habría que destacar un corolario de carácter psicologizante relacionado con el demostrado en sus textos carácter franco del erudito alejandrino, quien no hubiera silenciado de ninguna manera su acción de haberla realizado, sino todo lo contrario. Recuérdese que, tras la ejecución de su padre, Leónidas, Orígenes, inflamado de santa pasión, deseaba unirse a su finado padre confesando ante las autoridades imperiales su militancia cristiana, situación que solamente pudo ser revertida en el último momento tras la intervención de su madre, quien le escondiera sus ropajes, y de sus familiares más directos. Una persona que no tiene miedo a la muerte martirial, con los sufrimientos que ella sin duda comporta, no es lógico que pase bajo el manto del silencio una acción realizada supuestamente ni más ni menos que en nombre del Reino de Dios.


En tercer lugar, es todavía más sospechoso que no realice alusión alguna a su mutilación en el contexto de la redacción de su comentario al evangelio según san Mateo, concretamente al capítulo 19 verso 12. En efecto, pues nada destaca sobre el particular. Esto es una circunstancia extrañísima en una persona que, si bien ciertamente poseía un carácter reservado, se demuestra en multitud de ocasiones con creces harto osada en sus planteamientos teológicos, especialmente cuando los mismos adquieren las características del debate apologético.


En cuarto lugar, hay que señalar los enormes problemas que tuvo desde antiguo con su displicente obispo, el Patriarca Demetrio, todo un poderoso faraón[4] que envidiaba abiertamente su talento, lo criticaba sin pudor a la vez que le negaba su promoción personal, especialmente su consagración presbiteral, siempre temeroso en su mediocridad de su posible acceso a la cátedra Patriarcal. Los conflictos entre ambos se desataron especialmente a partir de la estancia del sabio alejandrino en Jerusalén durante el año 215 tras aceptar el ruego del obispo Alejandro de predicar, lo que no agradó a Demetrio alejandrino dado el carácter por entonces todavía laico de Orígenes. La escalada llegó a su culmen en el año 230, cuando fue enviado personalmente por el Patria