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Benedicto XVI en Westminster, por Javier Otaola




El que fuera papa Benedicto XVI despertaba en mi —como cristiano protestante— sentimientos contradictorios, por un lado es notorio que era teológicamente conservador, sosteniendo desde siempre posiciones irreductibles en relación con la homosexualidad, o la contracepción, con un sentido muy "romano" y piramidal del cristianismo; pero por otro lado tenía un conocimiento profundo de la teología cristiana y un sentido natural de la belleza de la fe. Su pontificado tiene para mí su punto álgido en su viaje el 16 de septiembre de 2010, al Reino Unido; la primera visita de un Papa desde la Reforma inglesa (Acta de 1533).


La visita de Benedicto XVI a Gran Bretaña fue significativa por muchas razones, no olvidemos que aunque la Reforma protestante nace en Alemania en el siglo XVI — 1517— de la mano de Martin Lutero, el cristianismo protestante se ha difundido por el mundo —670 millones aprox— a través de la cultura anglosajona (anglicana y presbiteriana) a partir de la negación de la jurisdicción universal del papado que proclamó Enrique VIII y apoyaron teológicamente el escocés John Knox, y el Arzobispo mártir, Thomas Cramer.








El viaje de Benedicto, su encuentro con la Reina Isabel II y la celebración conjunta con el Arzobispo de Canterbury Rowan Williams y los líderes de la Iglesia de Inglaterra en un encuentro de oración en la Abadía de Westminster fue histórico. En esa ocasión Benedicto XVI saludó, entre otros, a la Reverenda Jane Hedges, canóniga de la Abadía y una de las mejores representantes del clero femenino anglicano. Ese saludo protocolario con Benedicto XVI fue un ejemplo de que la jerarquía católica no puede evitar —en nuestro mundo post-cristiano y secularizado— la apertura y el diálogo con las demás Iglesias y que a pesar de las diferencias teológicas y eclesiológicas, no mayores que las que existieron en los primeros tiempos del cristianismo, todas ellas pueden reconocerse en lo esencial a saber: Juan 1, 1, Mateo XXV, I Corintios XIII.

La Comunión Anglicana tiene además la particularidad, por su estructura episcopal que se reclama de la sucesión apostólica, de ser entre las tradiciones protestantes la más próxima en sus liturgias y en su teología a la Iglesia de Roma y al mismo tiempo la Comunión Anglicana forma, de pleno derecho, parte de la Reforma Protestante (s. XVI): el primer gran movimiento moderno, espiritual y moral, pero también político, revelador del significado ontológico de la conciencia individual, proclamando a partir de la matriz medieval del catolicismo, la exigencia cristiana del libre examen, dando lugar a la idea misma del ser-humano como ser autónomo y responsable. Sería bueno recordar que la Comunión Anglicana no es una estructura orgánica unitaria y jerárquica como el catolicismo-romano sino que representa una forma a medio camino entre la eclesiología católico-romana y el congregacionalismo calvinista y está formada en estos momentos por 38 iglesias nacionales independientes entre sí, entre ellas la Iglesia Española Reformada Episcopal, en el que el Arzobispo de Canterbury es un factor de unidad de la Comunión pero sin jurisdicción canónica más allá de la Iglesia de Inglaterra.






Para terminar, quiero señalar las palabras del Arzobispo de Canterbury Rowan Williams ante Benedicto XVI en aquella ocasión, que definen muy bien el estilo eclesial del cristianismo anglicano: “No buscamos como Iglesias el poder politico, ni el control o el dominio de la fe cristiana en la esfera pública, sino la oportunidad de dar testimonio, de argüir, en ocasiones de protestar y también de afirmar- en definitiva de jugar nuestro papel en los debates públicos de nuestras sociedades. Y seremos efectivos en nuestro papel no cuando hayamos logrado dominar a nuestro favor las combinaciones políticas sino cuando hayamos convencido a nuestros conciudadanos de que la vida de fe es una vida bien y gozosamente vivida.”

—Que así sea.




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