Aspectos de religión comparada: Egipto e Israel


ASPECTOS DE RELIGIÓN COMPARADA: EGIPTO

E ISRAEL:

AMENHOTEP IV Y LOS

ALBORES DEL MONOTEÍSMO






“En materia de religión egipcia aun estamos muy lejos de llegar a una exposición sólida[1].”


“Determinar qué entendían los primeros egipcios como divino no es para nada tarea sencilla[2].”


De hecho yo estoy convencido de que no acabamos de entender que significan estos seres[3].”




Cuando no uno, sino tres, egiptólogos de renombre, advierten tan categóricamente sobre un particular ordenado a la materia de su estudio - que ahora habrá de ocuparnos - conviene estar pertrechados, pues sin duda el camino a recorrer no puede ser más que escabroso, traicionero y asistemático. Acaso para algunos ciertamente intransitable.


Bien podría calificarse el magno edificio de la religión egipcia y el “totus” de sus deidades como de “Mysterium tremendum et fascinans”, en palabras del fenomenólogo de las religiones Rudolf Otto[4].


Cuatro vectores arquetípicos conductores fundamentales, además de otros muchos importantes, se desgajan a partir de las fuentes en las que nos hemos inspirado. Uno: el carácter tanto controvertido como desconocido de la epistemología religiosa egipcia, al que se liga su impronta escasamente teológico sistemática, que lo diferencia de las religiones oceánicas y - especialmente - de los monoteísmos históricos; Dos: la necesaria prevención de no impostar “pro domo sua” sus dichos, contaminando así la reflexión impregnándola tanto de categorías modernas[5], y por tanto contingentes, como de intereses intelectuales o de otro orden, espurios en definitiva, que tienen más que ver con la eiségesis que con la necesaria exégesis; Tres: la inutilidad del esfuerzo hermenéutico evolucionista - evemerista que constata en la génesis de los mitos de las sociedades integradas o mitopoéticas invariablemente acontecimientos y protagonistas reales del pasado societario así como sociedades párvulas todavía en desarrollo, historiando inopinadamente lo ahistórico, y que orienta en gran medida a Cuatro: la presuposición históricamente injustificada de carácter previo de la existencia de un monoteísmo primario orientativo a la fratría del panteón egipcio, hacia el cuál éste orientaría, destacando la superioridad y la repulsa[6] del primero sobre el segundo.


A la sazón: ni en los nombres personales, ni en la literatura sapiencial egipcia, ni en sus epítetos, ni en la literatura hermética sacerdotal, el término ntr (dios) no se refiere nunca a un abstracto divino de orden o rango superior a las demás deidades.


Sus nombres no suelen ayudar a elucidar ni su naturaleza ni su función, ni siquiera concuerdan con los elementos cósmicos que personifican, aunque la naturaleza misma y la posibilidad de acción de una deidad se amplíe con el número de sus nombres y de sus epítetos. El elemento sincrético prepondera entre los dioses - cual vacuna antimonoteísta - experimentando más que unión inhabitación ampliadora de su naturaleza y de su poder, pero sin menoscabo de su especificidad ni indisolubilidad, escapando siempre a cualquier esfuerzo de determinismo dogmático.


En su representación parece demostrado que en la protohistoria los egipcios veneraron las fuerzas divinas preferentemente bajo forma animal, sin practicar una zoolatría pura, abrazando la antropolatría alrededor del 3.000 aC., combinando entonces la fusión de cuerpo humano y cabeza de animal, nunca desplazando la ulterior representación de divinidades con figura puramente humana o animal, descartándose a partir de la multiplicidad y articulación de sus formas cualquier esbozo de panteísmo.


Antedicha representación opera únicamente “in apparentia”, pues su forma real no tan solo es variable e intercambiable, conociendo diferentes composiciones, sino distinta y desconocida al adorante, de manera que ni su esencia sería definible ni la información que nos revele su forma[7] agotaría otros muchos aspectos de la misma.


Desde esta perspectiva Faraón se contempla como hijo e imagen del dios creador, hijo del dios sol y catalizador cósmico cuya presencia, habitualmente oculta y recluida en su palacio, cuál los múltiples dioses en su “sanctasanctórum”, denota la del dios creador y preservador del orden cósmico, Re. Hermanos son sus dioses.


Ahora bien: ¿es Faraón un dios él mismo? No parece que lo sea para Erik Hornung, apareciendo sometido a la divinidad, como quiere Georges Posener, en quien el primero se apoya. Posener, a pesar de los apelativos divinos dirigidos al rey, así como el carácter divino que le conceden los textos teológicos y litúrgicos, niega su divinidad basándose en el hecho de que Faraón aparece frecuentemente representado en los relieves adorando o rindiendo pleitesía a los dioses, deduciendo como consecuencia que el rey no puede ser considerado un dios como ellos.


Sin embargo, el asunto no es tan sencillo. Siguiendo los esquemas de la teología encarnativa egipcia, de la cuál Jesucristo es en contexto judío el más preclaro parangón, especialmente en nuestro actual marco cultural espiritual occidental de las ciencias religiosas, el monarca egipcio también se concibe y se predica enteramente siendo todo dios y todo hombre (dios - hombre). Josep Cervelló, coincidiendo con Henri Frankfort, señala muy clara y acertadamente, que los egipcios veían en su monarca a un dios, a diferencia de los mesopotámicos, quienes sí veían el cargo real y no a su titular de origen sobrehumano.


En consecuencia, de no hacer abstracción de la mentalidad egipcia, inherente y permeable a su contexto ideológico africano, Faraón es sin duda un dios “ex natura”, no “ex officio”. Dicho de otro modo: lo divino en Egipto no es el cargo real, sino la misma persona del rey.


De manera que Posener, al negar la divinidad de faraón, lo que hace en realidad es impostar improcedente e inconscientemente, sobre el concepto de realeza egipcia, categorías etnocéntricas occidentales.[8] Detrás de esta posición resalta el hecho de que lo occidental es, por así calificarlo, el canon de lo humano[9]. Si lo que señala Josep Cervelló i Autuori respecto a Georges Posener es cierto, Hornung estaría bebiendo en consecuencia, respecto a la negación del carácter ontológico divino del rey como “deus in corpore”, improcedentemente de una fuente contaminada por el pre - jucio, en el sentido que otorga a dicho término Hans-Georg Gadamer.


Faraón nace y muere. Pero también los dioses egipcios nacen o son creados, se transforman, se debilitan, envejecen, mueren y pueden dejar de existir; En descargo del erudito ruso-francés: ¿cómo puede comprender Occidente una conceptualización divina así ... ¿Cómo comprender que los “Textos de las Pirámides” consignen que Horus sea parido por Isis cuando Isis aún no había sido creada, afirmando de la misma que es más antigua que su madre ... Ya lo advertíamos al principio: el camino por el que transitamos es escabroso y los pies flaqueando están, como reza el himno compuesto por Lutero antes de su peligrosa entrevista con el emperador Carlos V en Worms.


Sin embargo, la paradoja, la armonía de los contrarios y el principio de las múltiples aproximaciones, herramientas hermenéuticas indispensables por mor de la correcta comprensión de la mentalidad egipcia, aparecen una vez más para ayudarnos a desbrozar esta selva frondosa e ingente de conceptos míticos[10] transitada.


Si Tertuliano afirmó en orden a la persecución y a la resurrección que: “semen est sanguis christianorum” (la sangre de los cristianos es semilla), ponderando así la muerte, no hay que olvidar que ella se articula sorprendentemente en Egipto de la misma manera, puesto que posee carácter vivificador y regenerante: ¿cómo de otro modo podría entenderse que los dioses y los difuntos, para afirmar su ser permanente, rejuvenezcan y se renueven a partir de la misma? Nunca lo olvidemos: los dioses egipcios nada tienen a ver con el Dios hebreo pues conocen la limitación en orden a su acción, poder y ontología misma. Son seres inmanentes acotados temporal y espacialmente. No son omnipotentes, no siendo la omnipotencia una conceptualización egipcia. Ni siquiera como teologúmeno.


Su trascendencia así comprometida, no es de extrañar que las tinieblas acuosas primordiales, que rodean la creación por existir antes que la misma, limiten su soberanía, así como también la del monarca-dios. Pero incluso esta limitación es benéfica para el egipcio puesto que le permite articular la diferenciación de su panteón, empezando por el creador.


Por ello, lo Uno divino es efectivamente una realidad en Egipto, a condición, no obstante, de que a partir de su acción se configuren la multiplicidad de divinidades. De ahí que, ontológicamente, Uno sea lo no-existente y Uno sea también lo que crea, configurando la existencia al arrebatarla y desgajarla del no-ser, pues diferenciación y divinidad(es) constituyen el fundamento de la inseparable base de la existencia. Puesto que el no-ser antecede a los dioses mismos por anteceder también a su creador (el cuál, a diferencia de Yahvé, no es omnieterno) el no - ser es permanente e indestructible dado que opera como elemento posibilitador de la existencia misma. De otro modo expresado: el no - ser siempre amenazará la existencia pugnando por atraerla y someterla, lo que equivaldría a condenarla reduciéndola a su desorden caótico original pues el caos existe antes que los dioses.


Esto explica los complejos rituales mágicos, tan caros al egipcio y tan abominables a Israel, que expurgan el camino del difunto hacia el Más Allá, pues de no intermediar, su viaje podría verse abortado finalizando en el no - ser del Ad Inferos, convirtiéndolo en un no - ser inexistente encaminado hacia una sima abismal habitada por Apofis quien amenaza con la fagocitación cósmica hacia el no - ser de lo que es.


Esta pesadilla permanente del egipcio es neutralizada confesando negativamente en su escrutinio final ante Osiris que “no conoce lo que no es”, pues solamente así demuestra permanecer dentro de los límites salvíficos del orden cosmo social soteriológico implícito y expresado en sus diferentes y numerosas cosmologías y cosmogonías fundantes que retrotraen y ordenan al egipcio permanentemente hacia sus inicios míticos ancestrales.


Encontramos esta sistemática teológica parcialmente vitalista, a diferencia de la hebrea, siempre optimista a pesar del sometimiento original del pecado, pues si por un lado ayuda al egipcio a aceptar sus imperfecciones existenciales sin rubor, circunstancia que lo separa de cualquier esbozo místico o esfuerzo teodicíaco que trascienda el ser - siempre limitado - a pesar de la amenaza de lo único infinito: el no-ser, por el otro vive ciertamente siempre atenazado por la amenaza esencial del no ser. Esto podría explicar, al menos en parte, la indeterminación de sus dioses, su contingencia y sus limitaciones, pues el ser exige la permanencia siempre dentro de unos límites ordenados, así como una singularidad múltiple.


Este “optimismo-pesimista” existencial y equilibrante del ser en su relación con la nada convierte el espíritu egipcio en “anti Heideggeriano” avant la lettre, si se nos permite la muy anacrónica expresión, posibilitando que, a pesar de la diferencia, cualquier dios, aunque menor y provinciano, pueda considerarse excelente, es decir, destacarse de entre el resto de dioses según el libre arbitrio del creyente, lo que no obsta la existencia de divinidades más importantes que otras, impidiendo no obstante que ninguna esté tocada de unicidad y trascendentalidad absoluta, pero también introduciendo, como reverso de la moneda[11], una suerte de temor reverencial extremo hacia lo amorfo y desarticulante.


El sistema religioso egipcio es consecuentemente henoteísta - así como el hindú - feliz término acuñado por F. Schelling en el s. XIX que dice relación con la adoración del cada vez Uno, pero jamás único Dios. Su sinónimo sería la “monolatría”, si bien la palabra no aparece como tal en el diccionario castellano. Ambos y coincidentes conceptos son más adecuados (¡si es que alguno hubiere!) para calificar al sistema religioso del Antiguo Egipto que los demostradamente insuficientes para su caso de politeísmo y monoteísmo.


Caracterizar antedicho sistema como carente de pensamiento lógico, de irracional, de abstruso, de primitivo, de absurdo o de contradictorio porque no se basa en la lógica filosófica proposicional bivalente si - no con tercero excluido, presentando un Uno posteriormente difractado en los múltiples tras el acto creador, equivaldría a impostar injustificadamente, como advertíamos supra, los principios ontológicos occidentales sobre una cultura jamás orientada bajo sus parámetros que no halla en el mito ningún principio de contradicción y que se sustenta en la lógica de la complementariedad de los contrarios o todavía lógica polivalente integradora mitopoética favorecedora de la multiplicidad de aproximaciones.


Sin embargo, desearíamos señalar algo sobre la metodología de Hornung sobre el particular[12]. El principio del tercero excluido tiene como padre a Aristóteles. Según dicho principio lógico, dos enunciados o proposiciones que se contradicen (A es X) - (A no es X) no pueden ser a la vez verdaderos “tertium non datur” (esto significa que ninguna tercera proposición puede venir en su auxilio o producirse). Santo Tomás de Aquino, gran aristotelizante del cristianismo, en sus “quaestiones disputatae”, utiliza profusamente anterior principio en su “Liber de veritate catholicae fidei contra errores infidelium”, relativo a la polémica apologética contra judíos y musulmanes. A Atanasio le costó, dicho principio, utilizado y manipulado arteramente por los semiarrianos contra la divinidad de Cristo, el abandono obligado por orden imperial de la sede del Patriarcado de Alejandría en siete ocasiones, siendo en todas ellas posteriormente restituido. Algo jamás producido antes ni después en la historia de la Iglesia. Dios es uno (Primera proposición: A = X) y segunda proposición: Dios no es uno, es decir, varios o múltiples (A no es igual a X). De ambos, solamente un enunciado puede ser verdadero “tertium non datur”. La lógica occidental no da para más. Hornung alude a lo lógicamente imposible: “tertium datur”, para señalar que en Egipto los contrarios (unidad y multiplicidad de dioses) son reales y existen: X puede y no puede ser A. O lo que es lo mismo: si y no son complementarios. Hornung sabe que esto no se puede deducir así formulado a partir de ningún principio lógico ontológico. Además, el principio del tercero excluido exige que los enunciados se produzcan al mismo tiempo y dentro de la misma relación de causas. Sin embargo, el pasaje de lo Uno a los múltiples no se produce en Egipto ni al mismo tiempo (dado que primero existe la unidad) ni en la misma relación de causas (puesto que la causa “generandi” es una, pero la causa generada son los múltiples). No entendemos por qué Hornung decide, abruptamente y contra todo pronóstico, referirse a la unicidad y a la multiplicidad divina mediante categorías lógico-racionales occidentales, pues al obrar así, ni que fuera para criticarlas, incurre en el principio de contradicción a dicha lógica ordenado, puesto que una proposición y su contraria no pueden ser verdaderas a la par ya que en la lógica occidental no cabe el tertium datur. Perfecto conocedor de todo ello ¿no hubiera sido preferible metodológicamente continuar la reflexión abundando en el hecho de que la polivalencia inarticula los opuestos en clave mitologíca? ¿No es esto lo que ha realizado durante 222 páginas arguyendo con razón contra la insuficiencia de impostar a las cuestiones mitológicas la lógica occidental?


Por otra parte, si para el egipcio X puede ser siempre A - como concede causa exceptionis - ¿ello no provoca que se introduzca completamente en la lógica de las leyes que tanto ha criticado? Encontramos mucho más acertada y brillante la comparación que realiza entre la física cuántica y los sistemas religiosos mitopoéticos bajo los auspicios del principio de complementariedad. La física cuántica es predictiva y capaz de englobar de manera eficaz y sin límite todos los valores posibles (múltiples) de un fotón o de una (única) partícula subatómica o cuántica. A esta capacidad se la denomina en física cuántica “superposición”. Así como la física cuántica es superponible, es decir atómicamente entrelazada, englobante, complementaria y colaborante, como lo es por ejemplo la luz y los electrones, o los cuantos, invisibles, a lo Uno se le superpondrían entrelazadamente y en colaboración de sentido los múltiples, de manera natural, “invisible”, inhabilitando así cualquier contradicción en la creencia una y a la par múltiple. Es la suya una comparación de sentido verdaderamente magnífica[13].


Sea como fuere, hay que afirmar el sistema religioso egipcio como no contradictorio a través de la polivalencia. Su lógica es muy diferente a la occidental y por ésta no puede ser juzgada ni a ella proyectársele en ningún sentido metodológicamente debiere. Ello constituye las antípodas de la creencia de Israel.


Ahora nos interrogaremos acerca del faraón Amenhotep IV, posteriormente Akhenaton, en su relación altamente conflictiva de carácter monoteísta con la teología tradicional henoteísta egipcia. Permítasenos ilustrarlo a partir de un monoteísmo que podría guardar ciertos elementos de similitud - mutatis mutandis - al desarrollado por el susodicho[14]: el veterotestamentario, y también con el poema del “Ser” de Parménides, al existir también cierta proximidad conceptual. Ahora bien - y esto debe quedar bien claro - cierta no equivale de ninguna manera a igual. Somos plenamente conscientes de la gran distancia temporal, teológica e intelectual existente entre Akhenaton y los textos aludidos. Por otra parte, el mismo concepto de Dios no es uniforme a lo largo del Antiguo Testamento (AT) estando imbricado con tradiciones muy poliédricas y por ende diferentes entre sí. Un corolario de nuestra aproximación: de ninguna manera el AT puede retrasarse más allá de la época persa, y esto siendo muy generosos, pues debiéramos concretarlo preferiblemente en la época ptolemaica.



Amenhotep IV fue el hijo menor del faraón Amenhotep III, perteneciente a la XVIII dinastia, y de su consorte real, la reina Tiye. Amenhotep se convirtió en heredero al trono tras la desgraciada e inesperada muerte de su hermano mayor. Casado con la bella y hoy legendaria Nefertiti (“La bella ha llegado”) fue padre en 6 ocasiones, todas nacidas niñas. Su único hijo superviviente será Tutankhatón (conocido por la posteridad como Tutankhamon) hijo no obstante de su segunda esposa, Kiya, desaparecida misteriosamente poco tiempo después del nacimiento.


Amenhotep IV- Akhenaton está de hecho en sintonía con el mundo actual, mayoritariamente monoteísta. Al punto que egiptólogos de la talla de James Henry Breastead y Arthur Weigall lo han considerado como el primer gran revelador de una verdad religiosa, es decir, el profeta de una religión monoteísta unos 1.600 años aC.


Amenhotep III, cuyo reinado se desarrolló durante el Reino Nuevo, fue uno de los reyes más poderosos del Egipto de todas las épocas conduciendo a su pueblo hacia unas cotas verdaderamente elevadas de riqueza y de prosperidad. No obstante, Faraón heredó un recio conflicto contra el ávido clero del dios Amón, cada vez más poderoso. Como contrapunto, el monarca decidió potenciar al dios Aton, representado por el disco solar, sin romper por ello con la religión tradicional. Sí lo haría y completamente su sucesor e hijo, Amenhotep IV, aboliendo en el corto espacio de veinte años, como efecto de su intuición monoteísta, absolutamente todas las deidades del panteón egipcio.


Su revolución no fue exclusivamente teológica, ciertamente tiene mucho de política reivindicativa, alcanzando no obstante todas las esferas; el arte, ahora estaba henchido de una naturalidad y frescura exultantes, la escritura oficial se expresaba inusitadamente en los modos del llano estilo oral ... Durante el quinto año de su reinado, Amenhotep IV abandonó la capital tradcional, Tebas, dedicada al dios Amón, y dirigiéndose Nilo abajo, al Norte, fundó una nueva ciudad y capital dedicada al dios Aton nunca a ningún otro dios consagrada: Ajetaton (“horizonte del sol”).


Posteriormente cambió definitivamente su patronímico por el de Akhenaton (“agradable a Aton”), destacando así su autoridad y tensionando todavía más la disputa con los amonitas y con la tradición politeísta.


Akhenaton se había convertido en protagonista de una revolución religiosa sin precedentes guiando a Egipto hacia una experiencia monoteísta. La fusión entre Aton y Akhenaton fue “ordo onthologicum”, de manera que incluso en el Serekh o cartucho real el nombre del rey y la figura de Aton se solapaban, como si de una unidad divina indisoluble se tratase. A ello abundaba que las fórmulas litúrgicas se referían a Aton y al rey indistintamente, predicando un solo ser, incluso se llegó a representar al sol antropomórficamente acariciando con sus múltiples manos a la familia real.


Como puede intuirse, el desconcierto del pueblo fue en aumento pues a la intransigente abolición de sus divinidades[15] se añadió el cuestionamiento de su milenaria soteriología, ya que, al convertir en nada a los dioses funerarios tradicionales, el pueblo contempló vetado el acceso hacia el más allá, un camino irrenunciablemente transitado por los egipcios durante toda su milenaria historia. Además, Aton era un dios carente de mitos cuya adoración no articulaba ninguna leyenda ni ninguna suerte de cuentos populares que lo interrelacionaran con otros dioses. Siendo que la teología egipcia precisa el mito como el agua del Nilo, sin éste, no podía más que cortocircuitar, por mucho que - al no poseer el dios Aton ninguna consorte ni estar unido a ninguna tríada divina tradicional - la “trinidad” familiar divina formada por Aton, Akhenaton y su esposa real, Nefertiti, pretendieran suplantarla. Empero, por mucho que lo pretendiese, antedicha familia jamás estuvo en disposición de desplazar al mito y a las historias de los dioses de la religión del pasado. No le bastó a Akhenaton renacer todos los días, convirtiéndose así en parte del cosmos para agradar a su pueblo, antes bien éste consideraba catastrófico no poder elegir de entre sus dioses ancestrales teniendo que adorar a la nueva deidad y únicamente a través del rey.


La teología de Amarna fue percibida como egocéntrica y asocial, ya que los nuevos dogmas no se ocupaban del pueblo, sino que se centraban exclusivamente en el poder y divinidad reales. Siendo Aton uno, único, exclusivo y excluyente, es decir, asemejándose a Yahvé, dejaba en consecuencia de necesitar los tradicionales y equilibradores cósmicos contrastes de sentido en los que se apoyaba la religión mítica egipcia, tales como la luz y la oscuridad, el bien y el mal, la vida y la muerte ... Estos no eran procedentes en el atonismo, dado el optimismo exacerbado inherente a la nueva religión, la cual negaba la oscuridad, lo negativo, el mal y la muerte, destacando exclusivamente los aspectos positivos de la existencia. Este positivismo radical del nuevo dios enfatizaba el renacimiento cíclico diario, la bondad y el orden solar, pero no dejaba lugar al inframundo ni a los aspectos negativos de la existencia, que operaban de manera propedéutica para la vida venidera.


En lugar de los mitos y de los símbolos tradicionales la nueva religión monoteísta era exclusivamente triunfalista y no parecía ofrecer ninguna respuesta a los problemas fundamentales de la vida de los súbditos. Por otra parte, la liquidación de las fiestas, y especialmente de las procesiones, único momento en que el pueblo podía contemplar a sus dioses, desgajaba a los egipcios de su identidad. Sin duda: “El período monoteísta de Amarna debió suponer el mayor grado de sacrilegio, destrucción y horror para los egipcios, un tiempo de ausencia divina, de oscuridad y de enfermedad [16].”


El fracaso del nuevo monoteísmo pudo ser atestiguado arqueológicamente cuando en el siglo XIX se excavaron los restos de El-Amarna, hallándose en hogares privados sendos amuletos e imaginería múltiple del panteón tradicional, así como estatuillas grupales de figura simiesca que satirizaban a faraón y a su familia.


Seguramente el rey solar constató su fracaso en vida, un fracaso que arrostraba también la memoria de su padre, Amenhotep III. Post mortem, tras la restauración de la religión tradicional y la abolición del monoteísmo, la poderosa organización clerical sacerdotal del dios Amón (“el oculto”) se impuso sin ambages, impulsando la posterior estigmatización física e intelectual de cualquier elemento que recordara tanto la persona del rey como su obra, acciones por cierto muy aceptas por el pueblo.


A mayor abundancia, el final de la era de Amarna se tiñó de sangre tras las guerras contra los hititas, siendo interpretado ello por los egipcios como un castigo divino provocado por el abandono del panteón de los dioses tradicionales, así como también lo fue la devastación producida por una terrible plaga que se produjo durante la misma época y que eliminó: “la totalidad del Oriente Próximo - probablemente también Egipto - y duró cerca de veinte años. Fue la peor epidemia que conoció esta región en toda la Antigüedad[17]”.


Creemos que ahora ya estamos en disposición de profundizar algo más y comprender, a partir de las religiones comparadas, lo que se percibió como odioso y execrable del sistema religioso monoteísta del faraón a ojos del egipcio convencional.




YHWH es el nombre propio del Dios de Israel. También conocido como “Tetragrámaton” formado por cuatro consonantes alfanuméricas. Impronunciable para los judíos ortodoxos. Su transcripción es todavía objeto de debate. Gramaticalmente apunta al modo qal,él es”, aunque también puede articularse como un sustantivo adjetivado[1]. En cualquier caso, destaca la afirmación metafísica del Ser Absoluto eternamente presente: es el principio y el fin de toda existencia: “Yo soy [o seré] el que soy [o seré]”: אֶהְיֶה אֲשֶׁר אֶהְיֶה (eheyeh asher eheyeh Ex. 3,14 elegimos aquí el texto vocalizado por los masoretas). Dios único, incomparable, sin limitaciones, incluye el “Ser Absoluto” y la “Existencia Eterna”. La dicción más relacionada con su actividad poderosa es שַׁדַּי (shadday): “todopoderoso”, y también: יהוה אֶלֹהֵי צְבָאוֹת (Yahweh elohé tsebaoth): “Yahvé de los ejércitos[2], de reminiscencias no excesivamente irénicas ...

Semejante concepto de Dios no puede imaginarse como paleohebreo. Especialmente si consideramos que por las fechas según la historia sagrada bíblica - que jamás hay que considerar exacta aunque tampoco sea el anterior su verdadero propósito - gobernaron, antes del Éxodo[20], en el Sur o Bajo Egipto los hicsos[21], los “amigos de Yosef ” (acerca de los cuáles el historiador y sacerdote Manetón, en su “Aegyptiaca” ya en la era ptolemaica exagera y hasta miente sin pudor) que son también, como la figura literaria del hijo de Yitzhak, semitas, fundamentalmente asiáticos sirio - cananeos - amorreos palestinos adoradores de Baal y de la diosa de la fertilidad y esposa de Yahvé, Asera, Ishtar para los babilonios. Politeístas de obediencia igual que los paleohebreos sus vecinos, aunque respetuosos con el Panteón egipcio y jamás violentos conquistadores.


Tal vez el concepto teológico hubiera sido prestado desde la raigambre de la diáspora, altamente helenizada, puesto que guarda una sorprendente similitud con el “Ser” [τὸ ὄν] de Parménides de Elea, descrito en su poema metafísico en su controversia con Heráclito y su filosofía del cambio. Parménides, filósofo monista y probablemente padre de la metafísica occidental (siglos VI-V aC.) afirmó que: "El ser es, y el no ser no es": Ahora bien: ¿no se “parece” esto a Ex. 3? ... Pues si el Ser es, es porque era, y si es, es porque será. En consecuencia, nada puede existir fuera del Ser. Afírmase en ambos casos la absoluta preexistencia divina. Nunca el origen, la emanación o la generación. Al contrario que en Egipto, como también lo es que el Ser ni nazca, ni envejezca, ni se renueve ni mucho menos se muera. Divinidad invisible, celosa, excluyente y plenipoderosa, en todo trascendente, a las antípodas que la familiaridad inmanente de la divinidad egipcia.


Ambos enunciados traslucen una raigambre metafísica griega adoptada por los judíos especialmente de la diáspora, aunque Yahvé adquiera un carácter destacadamente más personal. Aplicada al Dios del Pentateuco, al que posee el Ser porque Es, implica la unicidad, la ultimidad, la omnipresencia, la eternidad, la inmutabilidad, la infinitud y la infabilidad: ¿Pueden acaso ser antedichas notas compatibles con la teología egipcia tradicional? ... No, bajo ningún concepto.


El dios que repudian los egipcios probablemente posee ciertas características similares, teniendo en Akhenaton pionero y pregonero fiel. El faraón solar es su inventor conceptual, el primero en pensar una divinidad Única y excluyente, aunque no intervenga evidentemente en el desarrollo definitivo de anterior concepto. No obstante, la idea de unicidad y exclusividad latente en los documentos antecitados late también con fuerza, mucho tiempo antes, en el corazón de Aton.


Ciertamente el Ser de Parménides y Aton son dioses hiper intelectualizados, lejanos y abscónditos. Pero tanto Aton como Yahvé se articulan teológicamente “via revelationis”, necesitando en consecuencia un preceptor o profeta intérprete e intermediario: Moisés, figura mítica mnemohistórica, y el rey solar, Akhenaton, figura indudable de la historia ¿Es esto propio de lo egipcio? ...


El carácter personal e intervencionista de Yahvé no elimina la necesidad de ser interpretado, en el Éxodo, por único hombre, circunstancia que lo aproxima todavía más a Aton. Akhenaton es un genio. De ello no cabe absolutamente ningún género de duda. Pero también es el primer recalcitrante intransigente misionero fundamentalista de la historia de las religiones del Uno, más: su primer “Gran Inquisidor”. “En todo el mundo antiguo no hay más que una sola religión con estas características: el culto monoteísta solar introducido por el faraón hereje Akhenaton (...) porque negó el reconocimiento a todos los dioses excepto a uno e intentó convertir a todos los que pensaban de otra manera”[22].


De aplicar las características antedichas a cualquier deidad egipcia de cualquier época, excepto la amarniense y al Único Aton, cometeríamos un abuso desproporcionado y provocaríamos pavor[23] y desorientación en el egipcio, puesto que nos alejaríamos infinitamente de su concepto secular de divinidad, traicionándolo inopinadamente, sea este contemplado tanto en su faceta de unicidad como de multiplicidad. Poco importa, ya que permanecen interconexas. Creemos en consecuencia que en ambos textos existe cuanto menos una cierta conexión de sentido con la fracasada empresa de Akhenaton.


Nos hubiera gustado comparar detallada y críticamente las inscripciones que consignan los discursos del rey solar en las catorce estelas fronterizas de Amarna, así como el “Pequeño himno a Aton”, conservado en cinco tumbas amarnienses, y los 127 versículos de “El Gran Himno de Akhenaton”, esculpido en la tumba del faraón que sucediera a Tutankhaton - Tutankhamon, Ay, con el AT, destacadamente con el Salmo 104, 29 - 30, prácticamente una copia del primero. Empero ello, desgraciadamente, constituye una empresa inabordable para nosotros, al no poseer ni tan siquiera los rudimentos de la lengua egipcia. Tal esfuerzo ¿hubiera iluminado la concepción de la divinidad del período de Amarna y la del texto bíblico al unisón? ... Lo desconocemos absolutamente. No obstante, el reto permanece abierto.


Sea como fuere, hemos adoptado en nuestro trabajo una actitud intelectual voluntariamente arriesgada, harto osada, todo sea dicho, aunque también propositiva. A sabiendas que la intrepidez es frecuente y subrepticiamente, en la reflexión, “mater erroris”. Hemos intentado destacar algunos elementos comunes que, “cum fundamento in re”, nos parecen aceptables hipótesis de sentido que tal vez podrían explicar, en parte más que en todo, el rechazo de la teología atonista por parte de los egipcios amarnienses en su relación con el monoteísmo egipcio