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Aspectos de religión comparada: Egipto e Israel


ASPECTOS DE RELIGIÓN COMPARADA: EGIPTO

E ISRAEL:

AMENHOTEP IV Y LOS

ALBORES DEL MONOTEÍSMO






“En materia de religión egipcia aun estamos muy lejos de llegar a una exposición sólida[1].”


“Determinar qué entendían los primeros egipcios como divino no es para nada tarea sencilla[2].”


De hecho yo estoy convencido de que no acabamos de entender que significan estos seres[3].”




Cuando no uno, sino tres, egiptólogos de renombre, advierten tan categóricamente sobre un particular ordenado a la materia de su estudio - que ahora habrá de ocuparnos - conviene estar pertrechados, pues sin duda el camino a recorrer no puede ser más que escabroso, traicionero y asistemático. Acaso para algunos ciertamente intransitable.


Bien podría calificarse el magno edificio de la religión egipcia y el “totus” de sus deidades como de “Mysterium tremendum et fascinans”, en palabras del fenomenólogo de las religiones Rudolf Otto[4].


Cuatro vectores arquetípicos conductores fundamentales, además de otros muchos importantes, se desgajan a partir de las fuentes en las que nos hemos inspirado. Uno: el carácter tanto controvertido como desconocido de la epistemología religiosa egipcia, al que se liga su impronta escasamente teológico sistemática, que lo diferencia de las religiones oceánicas y - especialmente - de los monoteísmos históricos; Dos: la necesaria prevención de no impostar “pro domo sua” sus dichos, contaminando así la reflexión impregnándola tanto de categorías modernas[5], y por tanto contingentes, como de intereses intelectuales o de otro orden, espurios en definitiva, que tienen más que ver con la eiségesis que con la necesaria exégesis; Tres: la inutilidad del esfuerzo hermenéutico evolucionista - evemerista que constata en la génesis de los mitos de las sociedades integradas o mitopoéticas invariablemente acontecimientos y protagonistas reales del pasado societario así como sociedades párvulas todavía en desarrollo, historiando inopinadamente lo ahistórico, y que orienta en gran medida a Cuatro: la presuposición históricamente injustificada de carácter previo de la existencia de un monoteísmo primario orientativo a la fratría del panteón egipcio, hacia el cuál éste orientaría, destacando la superioridad y la repulsa[6] del primero sobre el segundo.


A la sazón: ni en los nombres personales, ni en la literatura sapiencial egipcia, ni en sus epítetos, ni en la literatura hermética sacerdotal, el término ntr (dios) no se refiere nunca a un abstracto divino de orden o rango superior a las demás deidades.


Sus nombres no suelen ayudar a elucidar ni su naturaleza ni su función, ni siquiera concuerdan con los elementos cósmicos que personifican, aunque la naturaleza misma y la posibilidad de acción de una deidad se amplíe con el número de sus nombres y de sus epítetos. El elemento sincrético prepondera entre los dioses - cual vacuna antimonoteísta - experimentando más que unión inhabitación ampliadora de su naturaleza y de su poder, pero sin menoscabo de su especificidad ni indisolubilidad, escapando siempre a cualquier esfuerzo de determinismo dogmático.


En su representación parece demostrado que en la protohistoria los egipcios veneraron las fuerzas divinas preferentemente bajo forma animal, sin practicar una zoolatría pura, abrazando la antropolatría alrededor del 3.000 aC., combinando entonces la fusión de cuerpo humano y cabeza de animal, nunca desplazando la ulterior representación de divinidades con figura puramente humana o animal, descartándose a partir de la multiplicidad y articulación de sus formas cualquier esbozo de panteísmo.


Antedicha representación opera únicamente “in apparentia”, pues su forma real no tan solo es variable e intercambiable, conociendo diferentes composiciones, sino distinta y desconocida al adorante, de manera que ni su esencia sería definible ni la información que nos revele su forma[7] agotaría otros muchos aspectos de la misma.


Desde esta perspectiva Faraón se contempla como hijo e imagen del dios creador, hijo del dios sol y catalizador cósmico cuya presencia, habitualmente oculta y recluida en su palacio, cuál los múltiples dioses en su “sanctasanctórum”, denota la del dios creador y preservador del orden cósmico, Re. Hermanos son sus dioses.


Ahora bien: ¿es Faraón un dios él mismo? No parece que lo sea para Erik Hornung, apareciendo sometido a la divinidad, como quiere Georges Posener, en quien el primero se apoya. Posener, a pesar de los apelativos divinos dirigidos al rey, así como el carácter divino que le conceden los textos teológicos y litúrgicos, niega su divinidad basándose en el hecho de que Faraón aparece frecuentemente representado en los relieves adorando o rindiendo pleitesía a los dioses, deduciendo como consecuencia que el rey no puede ser considerado un dios como ellos.


Sin embargo, el asunto no es tan sencillo. Siguiendo los esquemas de la teología encarnativa egipcia, de la cuál Jesucristo es en contexto judío el más preclaro parangón, especialmente en nuestro actual marco cultural espiritual occidental de las ciencias religiosas, el monarca egipcio también se concibe y se predica enteramente siendo todo dios y todo hombre (dios - hombre). Josep Cervelló, coincidiendo con Henri Frankfort, señala muy clara y acertadamente, que los egipcios veían en su monarca a un dios, a diferencia de los mesopotámicos, quienes sí veían el cargo real y no a su titular de origen sobrehumano.


En consecuencia, de no hacer abstracción de la mentalidad egipcia, inherente y permeable a su contexto ideológico africano, Faraón es sin duda un dios “ex natura”, no “ex officio”. Dicho de otro modo: lo divino en Egipto no es el cargo real, sino la misma persona del rey.


De manera que Posener, al negar la divinidad de faraón, lo que hace en realidad es impostar improcedente e inconscientemente, sobre el concepto de realeza egipcia, categorías etnocéntricas occidentales.[8] Detrás de esta posición resalta el hecho de que lo occidental es, por así calificarlo, el canon de lo humano[9]. Si lo que señala Josep Cervelló i Autuori respecto a Georges Posener es cierto, Hornung estaría bebiendo en consecuencia, respecto a la negación del carácter ontológico divino del rey como “deus in corpore”, improcedentemente de una fuente contaminada por el pre - jucio, en el sentido que otorga a dicho término Hans-Georg Gadamer.


Faraón nace y muere. Pero también los dioses egipcios nacen o son creados, se transforman, se debilitan, envejecen, mueren y pueden dejar de existir; En descargo del erudito ruso-francés: ¿cómo puede comprender Occidente una conceptualización divina así ... ¿Cómo comprender que los “Textos de las Pirámides” consignen que Horus sea parido por Isis cuando Isis aún no había sido creada, afirmando de la misma que es más antigua que su madre ... Ya lo advertíamos al principio: el camino por el que transitamos es escabroso y los pies flaqueando están, como reza el himno compuesto por Lutero antes de su peligrosa entrevista con el emperador Carlos V en Worms.


Sin embargo, la paradoja, la armonía de los contrarios y el principio de las múltiples aproximaciones, herramientas hermenéuticas indispensables por mor de la correcta comprensión de la mentalidad egipcia, aparecen una vez más para ayudarnos a desbrozar esta selva frondosa e ingente de conceptos míticos[10] transitada.


Si Tertuliano afirmó en orden a la persecución y a la resurrección que: “semen est sanguis christianorum” (la sangre de los cristianos es semilla), ponderando así la muerte, no hay que olvidar que ella se articula sorprendentemente en Egipto de la misma manera, puesto que posee carácter vivificador y regenerante: ¿cómo de otro modo podría entenderse que los dioses y los difuntos, para afirmar su ser permanente, rejuvenezcan y se renueven a partir de la misma? Nunca lo olvidemos: los dioses egipcios nada tienen a ver con el Dios hebreo pues conocen la limitación en orden a su acción, poder y ontología misma. Son seres inmanentes acotados temporal y espacialmente. No son omnipotentes, no siendo la omnipotencia una conceptualización egipcia. Ni siquiera como teologúmeno.


Su trascendencia así comprometida, no es de extrañar que las tinieblas acuosas primordiales, que rodean la creación por existir antes que la misma, limiten su soberanía, así como también la del monarca-dios. Pero incluso esta limitación es benéfica para el egipcio puesto que le permite articular la diferenciación de su panteón, empezando por el creador.


Por ello, lo Uno divino es efectivamente una realidad en Egipto, a condición, no obstante, de que a partir de su acción se configuren la multiplicidad de divinidades. De ahí que, ontológicamente, Uno sea lo no-existente y Uno sea también lo que crea, configurando la existencia al arrebatarla y desgajarla del no-ser, pues diferenciación y divinidad(es) constituyen el fundamento de la inseparable base de la existencia. Puesto que el no-ser antecede a los dioses mismos por anteceder también a su creador (el cuál, a diferencia de Yahvé, no es omnieterno) el no - ser es permanente e indestructible dado que opera como elemento posibilitador de la existencia misma. De otro modo expresado: el no - ser siempre amenazará la existencia pugnando por atraerla y someterla, lo que equivaldría a condenarla reduciéndola a su desorden caótico original pues el caos existe antes que los dioses.


Esto explica los complejos rituales mágicos, tan caros al egipcio y tan abominables a Israel, que expurgan el camino del difunto hacia el Más Allá, pues de no intermediar, su viaje podría verse abortado finalizando en el no - ser del Ad Inferos, convirtiéndolo en un no - ser inexistente encaminado hacia una sima abismal habitada por Apofis quien amenaza con la fagocitación cósmica hacia el no - ser de lo que es.