¿Catátrofe o esperanza?





Génesis 6, 1 – 9, 17 contiene uno de los relatos más populares, más conocidos de las Sagradas Escrituras, la historia del así llamado Diluvio Universal o también del Arca de Noé, y, lógicamente, de los más representados en el arte cristiano de todos los tiempos, con su simbolismo concomitante (1). Desde los comienzos del racionalismo europeo en el siglo XVII se ha convertido en un campo de batalla entre quienes lo han considerado una mera leyenda o un mito y aquellos que hacen de él una bandera de la interpretación literal de la Biblia, e incluso de cierto tipo de creacionismo dogmático, por considerar que se encuentran “huellas” o “rastros” de aquel cataclismo primigenio en todo el mundo (2), mientras que de la creación narrada en Génesis 1 y 2 no puede haber tantas evidencias seguras. En el día de hoy el fundamentalismo evangélico norteamericano y sus sucursales mantienen esta peculiar “cruzada” (3).


No caeremos en la trampa de enfrascarnos en este tipo de discusiones bizantinas, que por lo general no llevan a ninguna parte, sino que nos fijaremos, muy someramente, en el propio relato del Diluvio tal como nos lo presenta el texto sagrado, en la idea de que, al formar parte de la palabra de Dios revelada a los hombres, contiene una importante enseñanza para nosotros, más allá de los aspectos puramente literarios o de la historia real que reflejan sus capítulos y versículos (4).


El “Sitz im Leben” o “medio vital” de este relato, así como del conjunto de los llamados “Relatos de los Orígenes” (5), es la cautividad babilónica, cuando un pueblo judío exiliado en una tierra extraña se ve cultural y religiosamente confrontado a un tipo de civilización muy antiguo y muy avanzado, en el que se habían gestado grandes mitos cosmogónicos e historias referentes al pasado, una de las cuales era la de un gran diluvio del cual solo un destacado personaje, de nombre Ut-Napishtim, se había salvado con su familia y sus ganados en una embarcación construida “ad hoc”. Que tales historias debieron impactar a los judíos cautivos y a sus élites intelectuales se evidencia por el hecho de que las alusiones al diluvio y a la figura estelar de Noé (el Ut-Napishtim judío) se producen únicamente en la literatura más tardía del Antiguo Testamento protocanónico (6) y también en el deuterocanónico (7). De ahí que el hagiógrafo redactor-compositor del Relato del Diluvio realizara un esfuerzo titánico, sin duda alguna inspirado e inspirador, para transmitir una versión completamente distinta de los antiguos mitos mesopotámicos a la luz de la fe de Israel, del monoteísmo hebreo, y, sobre todo, de una concepción completamente distinta de la Divinidad, del mundo y del propio ser humano.


Al igual que otras historias bíblicas, el Relato del Diluvio consta de un prólogo — en este caso concreto, de dos bien controvertidos (8)—, un núcleo de la narración, que en esta narración relata el desarrollo diluvio en sí con todo cuanto conlleva de juicio destructivo sobre aquel mundo antiguo (9), y una conclusión (10). Es evidente, cuando se efectúa una lectura seguida atenta y detallada de toda la trama, que el hagiógrafo la ha compuesto con una clara finalidad: la exaltación de la misericordia del Dios de Israel, un Dios que se acerca una vez más al hombre con una evidente intención de establecer un pacto, una alianza (11) con él que tenga un alcance permanente (12). Dicho de otra manera, frente a una inveterada costumbre (especialmente catequética y homilética) de presentar el relato del Diluvio en sus tonos más sombríos de devastación y caos (13), casi como una amenaza para los sufridos oyentes, la intención primera de su autor fue hacer hincapié en la alianza entre Dios y Noé, vale decir, entre el Creador y la humanidad nueva a la que se le concedía otra oportunidad. Dicho de otro modo, es un relato todo él teñido de esos conceptos tan caros a la teología reformada que son la Gracia y la Esperanza. No tanto aquello de “après la pluie le beau temps” (14) como una plena manifestación de la misericordia de Dios, el Dios que desde el comienzo de las tradiciones contenidas en los Relatos de los Orígenes se muestra como alguien que se acerca al ser humano cuando este último se halla en su condición de mayor debilidad (15).


En este sentido, se hace imperioso que nuestra lectura y reflexión de las diversas narraciones o historias contenidas en la Biblia, y su exposición en el púlpito, en el aula o en los medios de comunicación al uso, se efectúen de una manera racional y conforme a los patrones que los autores señalaron al ponerlas por escrito. No es de recibo pontificar sobre relatos bíblicos tomando únicamente como referencia versículos o párrafos sueltos, sin conexión a veces entre sí, y sin tener en cuenta el conjunto, que viene siempre marcado por el final. Resulta lamentable comprobar cómo muchas de las sectas que hoy infestan el mundo cristiano elaboran sus enseñanzas o sus doctrinas distintivas —a veces hasta lo que parecen considerar dogmas inamovibles— solo entresacando de contexto versículos de aquí y de allá y ofreciendo de las Sagradas Escrituras una imagen completamente degradada.


La historia del Diluvio siempre será uno de los grandes referentes de la Biblia, una de sus narraciones más conocidas y difundidas, incluso entre los niños que reciben instrucción religiosa en sus catequesis parroquiales o en las escuelas dominicales, pero nos arriesgaremos a tergiversar por completo su contenido y su finalidad si únicamente nos detenemos en detalles secundarios, por muy atrayentes que resulten y muy aptos para derroches de erudición que parezcan, o nos perdemos en descripciones dantescas de los cuadros más trágicos, sin tener en cuenta a dónde la dirige el autor. Cuanto más leemos las Sagradas Escrituras con la experiencia acumulada que dan los estudios, las vivencias y los años, más nos percatamos de que, obviando su ropaje cultural evidentemente antiguo y sus figuras impactantes y fuertemente vitalistas al más puro estilo oriental y semítico, contienen en esencia un mensaje lleno de esperanza para los creyentes de todos los tiempos. Nuestra creencia en su divina inspiración nos conduce inexorablemente al Dios que el libro del Génesis presenta como Creador de la vida, no su aniquilador, y al que Cristo dará el nombre de Padre nuestro. El mensaje universal contenido en los escritos de la Biblia es, por lo tanto, un mensaje de vida, de restauración, de redignificación del ser humano caído


Incluso el relato del Diluvio.

SOLI DEO GLORIA


Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Presbítero y arcipreste

Delegado Diocesano para la Educación Teológica

Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE, Comunión Anglicana)


  1. Desde las pinturas “naïf” de las catacumbas hasta las más recientes, pasando por la magistral representación de la Capilla Sixtina, o desde los capiteles medievales hasta el séptimo arte, el arca de Noé es una presencia constante en la imaginería cristiana, ya sea por sí misma, ya en tanto que símbolo de la Iglesia. Ver GONZÁLEZ HERNANDO, I. (2011): "El Diluvio universal", Base de datos digital de Iconografía Medieval. Universidad Complutense de Madrid. En línea: https://www.ucm.es/bdiconografiamedieval/diluvio-universal.

  2. Véase en este sentido MOLINA, E., CARRERAS, A. y PUERTAS, J. Evolucionismo y racionalismo. Zaragoza: Institución “Fernando el Católico” (CSIC), 1998. En sentido contrario, ver NAVARRA, F. Yo he tocado el arca de Noé. Terrassa: CLIE, 1980, que el diario El País tildó en su día de “cuento chino”.

  3. Ver en este sentido el libelo Discovered, Noah’s Ark! (1988) del controvertido y fraudulento “arqueólogo” Ron Wyatt, uno de los muchos “descubridores” del arca de Noé.

  4. La monstruosa inundación que subyace al relato del Diluvio, y que dejó en Mesopotamia una capa de sedimentos de tres metros de espesor, debió tener lugar hacia el año 3000 a. C. según Sir Leonard Woolley, el arqueólogo británico que sacó a la luz la antigua Ur de Summer (más tarde Ur de Akkad y luego Ur Casidim), la ciudad natal del patriarca Abraham.

  5. Génesis 1-11.

  6. 1 Crónicas 1, 4; Isaías 54, 9; Ezequiel 14, 14.20. No constituye un dato despreciable el que en estos versículos de Ezequiel Noé aparezca como un prototipo de justicia.

  7. Sabiduría 10, 4; 14, 6-7; Eclesiástico 16, 8; 44, 17-19.

  8. El primero es Génesis 6, 1-8, de fuerte sabor mítico, campo de batalla de discusiones innumerables ya desde la más remota antigüedad debido a las atrevidas imágenes que en él se contienen (los “hijos de Dios” que se prendan de las “hijas de los hombres”, los “gigantes”). El segundo, Génesis 6, 9-22, donde se plantean las mismas condiciones que en el primero, si bien bajo otro punto de vista, y en el que la manifestación de Dios es más evidente.

  9. Génesis 7-8.

  10. Génesis 9, 1-17.

  11. El término hebreo “berith”, que tanta importancia tiene en los estudios sobre teología del Antiguo Testamento.

  12. No deja de llamar la atención el hecho de que las tradiciones talmúdicas reconozcan la validez permanente de este llamado “pacto de Noé” para con los gentiles.

  13. Las aguas del Diluvio, que no solo son del cielo, sino también del abismo terrestre desatado (cf. Génesis 7, 11), supondrían una destrucción de la creación y un retorno al estadio original de “tohu wabohu” definido en Génesis 1, 2.

  14. Tras la lluvia el buen tiempo (conocido proverbio francés).

  15. Véase en este sentido el llamado Relato de la Caída (Génesis 3).

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