Y ahora… ¿qué?

Europa, por fin, ha pasado lo peor de la pandemia. Si bien aún es pronto para lanzar las campanas al vuelo, las autoridades han relajado el confinamiento y, de hecho, muchos negocios abrirán sus puertas hoy, entre ellos los pubs, indiscutible marca de la identidad inglesa.

Es momento de hacer balance en la Iglesia de Inglaterra. Durante las pasadas semanas hemos sido muchos quienes hemos recibido un curso acelerado en el uso de las nuevas tecnologías. En muchos casos nos hemos llevado gratas sorpresas al ver en nuestras pantallas a personas que jamás se habrían acercado a nuestros templos un domingo por la mañana. Así, han compartido su fe o cualquiera que sea el sentimiento que les lleva a cruzar las puertas de nuestras comunidades virtuales a través de Zoom, Facebook o Youtube.

Creo que parte de la atracción que han sentido tiene que ver con el sentimiento de cotidianeidad que las nuevas tecnologías les ofrecen. Herramientas y aplicaciones como las citadas líneas arriba forman parte de nuestro día a día. A la fuerza ahorcan, suele decirse, y nos hemos visto obligados a aprender a usar dichas aplicaciones de modo acelerado. En particular, Zoom nos ha permitido compartir no sólo nuestro tiempo de trabajo, sino también el tiempo que, de otro modo, invertiríamos visitando, in situ, a nuestras familias y amigos. Y la Iglesia no ha sido una excepción: cientos de personas en actitud de búsqueda o cristianos alejados de nuestros templos se han colado virtualmente en nuestras casas. No sólo nos han acompañado en servicios de vísperas o Eucaristías, sino que han visto nuestras vidas pasar frente a la pantalla de sus ordenadores o dispositivos móviles. Así, los servicios se han visto interrumpidos por bebés subiéndose al regazo de sus padres; perros haciendo piruetas y gatos haciendo carantoñas a sus dueños; personas ajenas al servicio trajinando a espaldas de los celebrantes; teléfonos y otros aparatos irrumpiendo en medio del servicio… Por no hablar de errores cometidos por quienes lideran los servicios, probablemente debidos a ese miedo escénico que, quien más quien menos, ha sentido siempre que se enfrenta a una cámara.

Durante el confinamiento, aplicaciones como Zoom han trasladado a quien nos ha acompañado un universo de sensaciones que han convertido a nuestra Iglesia virtual en un espacio que, por ser virtual, no deja de ser genuino. Probablemente, muchos se han sentido tan cómodos como en el salón de su casa; y en ningún modo intimidados como antaño solían sentirse cada vez que, con motivo de bodas, comuniones o funerales, podrían haberse sentido en el espacio sagrado en el que solíamos congregarnos antes de la pandemia.

Más allá del confinamiento y sujetos aún a las normas de precaución pregonadas por la Iglesia de Inglaterra,

cabe preguntarse: ¿Ahora qué? ¿Nos olvidaremos para siempre de nuestra misión como Iglesia en el ciberespacio? ¿O habremos de mantener esas citas dominicales para aquellos que han encontrado en nuestra familiaridad y cotidianeidad el mejor sacramento del Cristo a quien decimos seguir y alabar?

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