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Las Beguinas IV

 

 

 

Especial mención de Hadwijch de Amberes, Hildegarda de Bingen, Marie de Oignies y Juliana de Lieja

 

 

1. INTROITO

 

“Mujeres que escriben, mujeres que hablan en la Edad Media acerca de lo que les sucede en un espacio invisible: el de la interioridad. Escriben y hablan de una experiencia interior. Mujeres, escritura, experiencia interior: la conjunción de estos tres elementos es explosiva por lo insólita en la cultura medieval. Es tan insólita que no parece verdad. Y, sin embargo, lo es. En la Edad Media, las mujeres se apropiaron de los instrumentos de escritura para hablar de sí mismas y de Dios, pues Dios fue lo que encontraron en sus cámaras, en sus moradas, en sus castillos del alma. Rompiendo las barreras de un mundo que las había condenado al silencio, alzaron sus voces que fueron oídas porque salían de sus excesos sobrenaturales. Articularon sus voces en sus cuerpos convertidos en signos de Dios, mostrando visiblemente su santidad. Y de este modo se lanzaron a la aventura de poner sus almas a la intemperie y sufrir las transformaciones, los trabajos de la espera. A la espera de Dios: toda la pasividad del mundo se concentra en la celda interior. Pues, a la espera de su nada, esperaron ser vencidas, aniquiladas en la Divinidad” (1).

 

2. LA VOCACIÓN DE MARTA Y MARÍA

 

En otro artículo anterior (2) señalábamos que las beguinas mimetizan, sintetizándolos, los dones evangélicos propios de las hermanas de Lázaro, Marta y María (Lc 10, 38 ss.) Marta es pía en su preocupación por la labor doméstica y por ende en su filantropía y desinterés hacia los menesterosos que viven y sufren en el siglo. María no lo es menos, poniendo sus ojos, su confianza, su ser enteramente en Cristo, poniéndose a su completo servicio y disposición, dedicándole su vida abierta y sinceramente sin ambages.

 

Esta imagen evangélica de acción y de contemplación unidas que tan bellamente nos expresan los evangelios a partir de estos dos carismas representados por las hermanas de Lázaro, son precisamente los que mimetizan las beguinas. En efecto, pues en su quehacer diario los conjugan y los intercambian incesantemente según exija la necesidad, valiéndose de uno y de otro indistintamente.

 

3. REPROCHES DE UN FRANCISCANO ENVIDIOSO

 

Un fraile franciscano, cuyo nombre era Lambert de Regensburg, el año 1247 escribía un poema alegórico titulado: “La hija de Sión”, claramente influenciado por san Bernardo de Clairvaux y por su conocida mística nupcial. No se trata de un autor especialmente destacado, pero su libro contiene algunas referencias significativas hacia las beguinas, a las cuales ubica en el ducado de Brabante, en Baviera, y ante las cuales se muestra tan decepcionado como sorprendido e impresionado precisamente por constar en ellas a las más prístinas y auténticas continuadoras del erudito y místico monje cisterciense:

 

“El arte de conseguir la unión del alma con Dios en nuestros días nos llega de Brabante y de Baviera. Dios mío, ¿es que una pobre vieja ignorante puede llegar a conocer mejor las cosas de Dios que los hombres instruidos? (3)

 

4. HADWIJCH DE AMBERES

 

[Imagen derecha: Hadwijch]

 

Este reproche, con el cual terminábamos el número (II) de nuestra serie sobre las beguinas, es el mismo que por aquellas mismas fechas los teólogos escolásticos lanzaban contra otra beguina, venida precisamente del Ducado de Brabante, en Baviera, entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico: Hadwijch de Amberes (1200 - 1260 las fechas son meramente aproximativas), poetisa y muy destacada escritora mística, punta de lanza de su tiempo, sin duda una las cimas de la mística del siglo XIII, personaje mucho más brillante que el olvidado franciscano que citábamos el cual, no tan solo desconfiaba, sino que incluso se permitía la indecencia de insultar a la mística beguina femenina.

Muy probablemente Hadewijch se formó en el seno de una institución educativa beguina de las primeras existentes, experimentando visiones a la temprana edad de diez años, siempre en el contexto de la realización de acciones litúrgicas destacadas tales como por ejemplo la Pascua, el Pentecostés, la Epifanía ... 

 

 

La obra escrita de Hadewijch se subdivide en Visiones, Poemas y Cartas. En cuanto a los poemas, hay que destacar que la obra de Hadewijch es pionera en orden a la configuración de la poesía holandesa, al punto, que con la beguina nace un nuevo género literario: el de la poesía mística - cortés, la cual se caracteriza por el hecho de transponer al amor a Dios los esquemas clásicos profanos propios del amor cortés trovadoresco:

 

“La poesía mística de Hadewijch, por un lado, recogió la tradición agustiniana de la iluminación interior y la herencia de la deificación de los Padres griegos comprendida como retorno del alma a su realidad original en Dios – camino que luego recorrerán Ruysbroeck y Eckhart – y, por otro lado, asumió las formulaciones de la mística nupcial cisterciense, poniendo especial acento en el desarrollo de la teología trinitaria de Guillermo de Saint -Thierry. La confluencia de esta doble vertiente teológica con los tópicos de la poesía de los trovadores de origen profano dio por resultado el nuevo género de la mística cortés.” (4)

 

En sus poemas y visiones Hadewijch de Amberes concibe el Amor, el cual se denomina “Mine” en holandés medio, como Dios y a este como al Amor.

 

Como el resto de las muy ilustres místicas beguinas, Hadwijch rechazó escribir en latín, lengua que, no obstante, conocía perfectamente, haciéndolo en lengua vulgar, concretamente en provençó, con un gusto literario extraordinariamente refinado, altamente sensible y bellamente artístico. Hadwijch de Amberes conocía muy bien los clásicos latinos, así como también la teología de su época. Ello lo demuestra su aprecio por la mística de san Bernardo de Clairvaux, Guillem de saint Thierry y Hugo de san Víctor, sin duda algunos de los teólogos más destacados de su tiempo.

 

Si hay algo que moviliza el ser entero de Hadwijch es el arrebatamiento absoluto experimentado por el amor de Dios:

 

“Quien se dé por entero al Amor

experimentará gran maravilla;

con amor se unirá en la unidad

al Amor contemplado

y beberá por la arteria secreta

de esa fuente en la que Amor

derrama su amor

y con amor embriaga a sus amigos

asombrados ante su furor

yo clamo y me lamento:

a Vos el día,

a mí la noche y el furor de Amor” (5)

 

Guiada por antedicho arrebatamiento, Hadwijch de Amberes se sirve de un lenguaje sorprendente e innovador en una mujer de su tiempo el cual, a menudo, más que rozar destaca el erotismo, así como el desgarramiento hiriente del ser:

 

Saludo a aquel a quien amo

con la sangre de mi corazón.

Mis sentidos se secan

en el furor de amor.

¡Ay! El furor de amor me exalta

y de mí se apodera ese bien, ser enteramente suya.

¡Ay! ¡qué sabiduría en el furor de Amor,

que privilegio en el furor del libre Amor!

Sufro, me esfuerzo, quiero llegar por encima de mí,

amamanto con mi sangre a ese Dios que nace en mí.

Saludo a la dulzura divina

que recompensa el furor de Amor” (6)

 

 Hadwijch describe así, de una manera a la par tan apasionada como inocente, su relación con Dios, una relación que se ubica en los límites de la resistencia humana y que es tan deseable y agradable como ígnea e hiriente:

 

“¡Ay ¿dónde está el nuevo Amor

con sus dones renovados?

Mi angustia me hace sufrir de nuevo,

mis sentidos desfallecen en el furor de Amor.

El abismo en que me hundo

es más profundo que el mar,

y sus simas, aún más hondas,

renuevan mi herida.

Nunca sanaré

si no encuentro su fresca novedad.

[...] y lloro un mal que me hiere muy hondo:

ese Amor que debemos afrontar, [...]

[...] he soñado morir

desde que el Amor me hirió [...]

por cruelmente que me hiera

nunca renunciaré

a lo que el Amor me ha impuesto” (7)

 

 

Hadwijch de Amberes, tomando como base el “Cantar de los Cantares” e influenciada especialmente por el Abate cisterciense san Bernardo, habían comparado la relación existente entre el esposo y la esposa con aquella que experimentaban Jesús y el alma humana. A esta original tipología mística que iniciará el de Claraval, y que cobrará una intensidad especial con Hadwijch, se la conoce con el nombre de “mística nupcial” o “Brautmystik”.

 

Era costumbre frecuente en los beaterios escribir cartas de amistad espiritual sincera a las compañeras presentes o ausentes. Hadwijch escribía este bello pasaje, propio de la mencionada mística nupcial, dedicándolo a otra beguina amiga y discípula suya más joven:

 

“Que Dios te haga comprender, hija estimada, quien es y como se preocupa por quienes le sirven, pero sobretodo para con sus sirvientas, y que te absorba en Él en la profundidad de su sabiduría. Allí te enseñará como es Él y cuan maravillosamente dulce es la permanencia del amante en la amada, y como se compenetran hasta tal punto que nadie puede distinguir quien es uno y quien es la otra. Es una fruición recíproca verdadera, en la cual los dos disfrutan boca a boca, corazón a corazón, cuerpo a cuerpo, alma dentro del alma, mientras los atraviesa la misma naturaleza divina ambos se convierten en una misma cosa, el uno para el otro, permaneciendo una sola cosa para siempre.” (Carta, ca. 1220).

 

Como se puede constatar, Hadwijch era una mujer espiritualmente consagrada, fogosa, apasionada y tendente siempre a ultrapasar cualquier tipo de límite espiritual, deseando ir siempre más lejos y más allá de lo infranqueable para así poder caer y abandonarse en el abismo inconmensurable de la profundidad del amor de Dios.

 

El místico y beato flamenco Jan von Ruysbroeck (1293 - 1381), denominado también “Doctor admirable”, conoció, apreció y plagió en mucho la obra de Hadwijch de Amberes, así como la de las beguinas místicas, aprovechándose de ello para aumentar su prestigio, como deducimos a partir de su última obra, titulada muy significativamente y no por efecto de la mera casualidad: “Las doce beguinas”, donde el autor flamenco imagina una reunión de beguinas en boca de las cuales ubica los elementos fundamentales de su doctrina espiritual, que en el fondo no es otra que la de Hadwijch:

 

“Ahora os diré como hay que amar a Dios con todas nuestras fuerzas. Dios es uno en su naturaleza, pero es esencialmente fecundo, y su naturaleza divina circula eternamente en las tres personas divinas. Vive y actúa de acuerdo con las diferentes personas. Conoce, ama y crea todas las cosas del cielo y de la tierra. Por otro lado, Dios permanece siempre uno e inmóvil, firme en su amor desde toda la eternidad en la unidad del Espíritu Santo. Nosotros somos incrustados en un solo amor y en una sola fruición en Él. En su fruir hacia fuera, por medio de la gracia, nos hace semblantes a Él, y en su contracción hacia dentro nos atrae hacia Él en la unidad de su amor. El Espíritu Santo, que es el amor eterno de Dios hecho persona, entonces nos impulsa a amar a Dios con todas nuestras fuerzas, y a transformarnos en el amor una sola cosa en Él.”

 

El dinamismo del amor divino es el epicentro de la espiritualidad mística de Hadwijch de Amberes, como podemos constatar cuando explica la parábola de las horas (Mt 20, 1-16) en una de sus brillantes cartas:

 

“La hora onceava, la última, es cuando la muerte posee con violencia a quien ama, de manera que nuestro espíritu no puede apartarse de la muerte ni un solo instante. El corazó