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¿Qué clase de Dios adoramos?

 

 

Se atribuye al filósofo y poeta francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, la declaración “Si Dios nos ha hecho a su imagen, se la hemos devuelto bien” (1). Ello conlleva una inmensa verdad: proyectamos sobre Dios nuestros pensamientos, nuestras concepciones de la vida y de la muerte, nuestros sentimientos acerca de lo justo o lo injusto, e incluso nuestras frustraciones, temores y resentimientos. De ahí que, a lo largo de la historia, las diferentes religiones hayan desarrollado diversas clases de divinidades —quizás fuera más ajustado decir “interpretaciones de la divinidad”—, todas ellas esencial y evidentemente muy humanas; demasiado humanas, incluso. Por ello la revelación de Dios es necesaria. Los seres humanos precisamos que Dios se dé a conocer como tal, ya que, parafraseando a San Pablo Apóstol, el hombre natural no es capaz de asimilar, ni tan siquiera concebir, la realidad de Dios, algo que escapa a su esfera y a lo que únicamente puede acceder con el auxilio divino (2).

A esta interpretación humana de Dios no escapa la Biblia. Pese al aserto, hasta la saciedad repetido en medios cristianos, de que la Biblia es “la palabra de Dios” (3), se suele añadir en ocasiones la sabia y prudente coletilla “revelada a los hombres”, lo cual conlleva en sí una limitación: palabra divina tal como los hombres pueden llegar a comprenderla y asimilarla, es decir, no en toda su plenitud ni en toda su esencia más pura, que sería inalcanzable para el entendimiento humano. De ahí que no sea el propio Dios quien redacte o componga las Escrituras (4) y que estas, dada su evidente autoría humana, presenten imágenes muy humanas de la Divinidad.

Solo así se comprende el proceso que experimenta la imagen de Dios en el Antiguo Testamento, desde una divinidad tribal cuasibárbara, vengativa y sanguinaria en las tradiciones más antiguas (5), hasta el Dios universal, no estrictamente ceñido a Israel en exclusiva, sino que es creador del mundo y de la especie humana, que bendice y abre las puertas de su morada a todas las naciones, tal como leemos en algunos oráculos proféticos (6). Ante esta constatación no han faltado, en épocas muy recientes, quienes han hablado del “proceso de madurez” de Dios a lo largo de la Historia Sagrada, concepto absurdo para la teología cristiana, y sobre todo del más exacto de “evolución del concepto de Dios”, que describe muy bien la manera en que la humanidad, sin exceptuar el antiguo Israel, ha ido puliendo su entendimiento de lo divino hasta alcanzar las cotas más elevadas en el cristianismo (7).

En efecto, las variopintas tradiciones religiosas del Antiguo Testamento, con sus altibajos (8), desembocan finalmente en la revelación suprema de Dios en la persona y la obra de Jesucristo, es decir, el Dios Padre misericordioso, que extiende a todas las naciones de la tierra su bendición, más allá de los límites estrechos del judaísmo, y que ha de ser conocido por el conjunto de la humanidad a través de la proclamación de las Buenas Nuevas de salvación.

Dicho lo cual, hemos de reconocer con total honestidad que la tendencia humana a devolver a Dios su imagen pronto hizo estragos en el cristianismo histórico. Sin necesidad de amplios datos ni profusa documentación, hallamos, especialmente en los siglos medievales, una religiosidad cristiana tristemente fundamentada en el terror a un Dios-señor feudal-juez inmisericorde (9) y a un infierno y un purgatorio dantescos en los que, en cierto modo, aquel ejecuta sus venganzas (10). La propia Reforma, con su contrapartida católica, la Contrarreforma, no se vio libre de este estigma: el Dios de misericordia y amor que Lutero redescubre y reivindica en su experiencia vital y bíblica (11), muy pronto cede su lugar al Dios sentencioso y juez inmisericorde que ahora no solo juzga y condena el pecado, sino también las presuntas “desviaciones doctrinales” (12). Un Dios medieval, solo que reforzado a base de sentencias lapidarias bíblicas. 

En los días en que vivimos, somos testigos (o quizás actantes) de una dura pugna entre dos tendencias contrapuestas y aparentemente irreconciliables:

Por un lado, la total repaganización de Dios por parte de los sectores más retrógrados, fundamentalistas e intransigentes del cristianismo en todas sus vertientes (católica, ortodoxa, protestante y evangélica), que solo parecen regodearse en los rasgos más brutales, más bárbaros y menos compasivos de la divinidad, tal como se recogen en los estratos más arcaicos del Antiguo Testamento y el dogmatismo más inhumano de siglos pretéritos (13). Un dios a la medida de quienes lo proclaman y lo esgrimen como bandera.

Por el otro, una reivindicación cada vez mayor de la figura paternal de Dios tal como se encuentra en las enseñanzas de Jesús recogidas en el Nuevo Testamento, muy especialmente en los Evangelios (14). Esta dimensión misericordiosa, solidaria y compasiva de Dios, frente a la imagen tradicional del Dios permanentemente irritado o airado contra la humanidad, ha sido expuesta con gran acierto por figuras teológicas de talla de los siglos XX y XXI (15), así como por eminentes representantes y dirigentes de la Iglesia universal (16).

La primera quiere justificar sus presupuestos a base de un literalismo bíblico irracional y dañino por su carencia de valoración crítica de los textos y por los a prioris en los que se cimenta.

La segunda busca, por encima de todo, el acercamiento total a la figura y la enseñanza de Jesús de Nazaret en tanto que máxima revelación divina a los hombres, para lo cual se sirve de cuantas herramientas le puedan ayudar a conseguirlo en el campo de las ciencias escriturarias y disciplinas auxiliares, entendiéndose que Cristo Jesús impregna el mundo con su presencia y su enseñanza.

Como creyentes individuales, y como Iglesia universal de Cristo, estamos llamados a participar, querámoslo o no, en este certamen. Reivindicar el nombre de Dios en tanto que Padre de todos los seres humanos, y su exigencia de amor, compasión y misericordia para con todos, especialmente los menos favorecidos, es proclamar a un Dios cuya justicia se muestra en la cruz del Calvario y que llama a todo el género humano a entrar en su Reino.

De no ser así, corremos el riesgo de hacer del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo un dios pagano equiparable al Zeus caprichoso y cruel del Olimpo homérico o de cualquier otro panteón antiguo.

 

 

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Presbítero

Profesor y Decano Académico del Centro de Estudios Anglicanos (CEA)

Delegado Diocesano para la Educación Teológica de la Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE, Comunión Anglicana)

 

  1. “Si Dieu nos a faits à son image, nous le lui avons bien rendu”. En el conocido cuento Le Horla de Guy de Maupassant se cita de esta manera: “Dieu a fait l’homme à son image, mais l’homme le lui a bien rendu”, es decir “Dios hizo al hombre a su imagen, pero el hombre se la ha devuelto bien”.

  2. 1 Corintios 2, 14. Ver también, en el clásico comentario de Karl Barth a la Epístola a los Romanos, lo que se dice de los dos primeros capítulos de esta carta paulina.

  3. Escribimos aposta “palabra de Dios” con minúscula, referido a las Sagradas Escrituras, para distinguirlo de la “Palabra” con mayúscula, que es el Verbo de Dios, la Palabra por antonomasia, es decir, Cristo.

  4. La creencia de que el propio Dios ha escrito, o por lo menos “inspirado literalmente”, las Escrituras, ha dado pie en ciertos círculos a discusiones absurdas acerca de “la(s) lengua(s) de Dios” y otras similares, que rebajan la Divinidad hasta unos extremos altamente reprobables.

  5. Los mismos rasgos que ostentan deidades paganas. Así se presenta muchas veces a Dios en los libros del Éxodo, Números, Josué, Jueces y 1 y 2 Samuel, entre otros.

  6. Véase el clásico de Isaías 2:1-4 y su paralelo de Miqueas 4:1-3.

  7. Es altamente recomendable en este sentido la obra de WRIGHT, R. Evolución de Dios. Léeme, 2016.

  8. Con el nacimiento del judaísmo palestino de supervivencia de Esdras y Nehemías, opuesto al de la diáspora, Dios vuelve a ser concebido como exclusivo de Israel y ceñido a los textos sagrados de la Ley.

  9. Claro trasunto de la época. La inmortal novela de Humberto Eco El nombre de la rosa ofrece amplios ejemplos, muy bien ambientados, de cuanto estamos exponiendo.

  10. De hecho, es la imagen del infierno de La Divina Comedia de Dante Alighieri la que triunfará en las concepciones populares cristianas acerca del infierno. Y desgraciadamente, también en algunos teólogos y eclesiásticos hasta nuestros días.

  11. Ver LUTERO, M. Obras. Edición de Teófanes Egidio. Salamanca: Sígueme, 1977. Se trata de un trabajo de envergadura, no solo por la pulcritud en la presentación de los textos del Reformador, sino además por sus introducciones y comentarios.

  12. Así especialmente en ambientes de corte calvinista y congregacionalista. De ahí que el siglo XVII haya sido designado en ambientes teológicos como “la era de la escolástica protestante”, cuando el dogmatismo denominacional se superpone a la universalidad del evangelio.

  13. Algo similar a lo que ocurre en el mundo islámico con los talibanes y otros grupos extremistas, cuyo fundamento doctrinal sobre Dios lo constituyen los estratos más bárbaros e inhumanos del Alcorán.

  14. Sin obviar ciertas declaraciones duras en extremo que la tradición evangélica ha recogido y colocado en labios de Jesús (v. gr. San Mateo 23).   

  15. Dietrich Bonhoeffer, Albert Schweitzer, Karl Barth, Jürgen Moltmann, Andrés Torres Queiruga, José Antonio Pagola, entre otros.

  16. El actual papa Francisco es, sin duda, la más representativa de todas ellas.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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