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REFLEXIÓN SOBRE EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

 

 

 

 

 

Suele ser común que el primer domingo de cuaresma los calendarios litúrgicos cristianos indiquen el conocido texto de San Mateo 4:1-11, el relato de las tentaciones de Jesús, como base para la predicación del día. No tiene nada de extraño, si tenemos en cuenta, por un lado, el contenido del pasaje en sí, y por el otro, el significado del período litúrgico de cuaresma.

El relato de las tentaciones de Jesús, que en los Evangelios según San Mateo y San Lucas constituye una evidente ampliación de lo narrado en San Marcos 1:12-13, forma parte de esas narraciones acerca del ministerio del Señor cuyo origen no es fácil de detectar y cuya historicidad real suscita la duda de algunos especialistas, como se puede leer en comentarios y obras especializadas, desde las clásicas de la exégesis del siglo pasado hasta las más recientes.

Sin entrar en terrenos tan intrincados, lo que nos proponemos con esta reflexión es, simplemente, fijar nuestra atención en tres puntos de interés que el pasaje suscita, tal como lo hallamos hoy en nuestras ediciones de los Evangelios.

En primer lugar, la redacción de este relato supone la necesidad perentoria de que Jesús tuviera un encuentro con Satanás en el desierto y viviera la amarga experiencia de la tentación. Así se deduce de la afirmación mateana de que “fue llevado por el Espíritu… para ser tentado por el diablo” (versículo 1). En los Evangelios Sinópticos es patente la presencia del Espíritu sobre la persona de Jesús —muy especialmente a partir de su bautismo (San Mateo 3:13-17; San Marcos 1:9-11; San Lucas 3:21-22)—, de tal manera que este aparece muchas veces como guiado, como dirigido por un poder superior que le conduce a lugares y situaciones en los que ha de actuar. No se trata, como en ocasiones se ha apuntado, de una “entrega” de Jesús al poder del diablo efectuada por Dios, sino más bien de una clara manifestación del poder divino en la persona y la obra del Mesías. En tanto que Emmanuel o Dios-con-nosotros (San Mateo 1:23), Jesús es el hombre del Espíritu, aquel que ha de confrontar el mal en su propio terreno (1). La misión mesiánica de Jesús entre su pueblo, los hijos de Israel, conlleva un claro enfrentamiento con la realidad del mal, de lo cual es el diablo la más clara representación (2). El Espíritu, que guía en todo momento los pasos del Ungido de Dios, ha de conducirle, en consecuencia, a la manifestación del mal en toda su magnitud como parte fundamental de su labor, y lo hace precisamente al comienzo de su ministerio, nada más haber recibido el bautismo de Juan, porque tal encuentro tendrá unas repercusiones de la mayor trascendencia.

En segundo lugar, el evangelista hace confluir en la persona de Jesús la historia del antiguo Israel en sus orígenes tal como los narran las Escrituras; de ello dan cuenta tres rasgos fundamentales: la ubicación geográfica del relato, la mención cronológica y las tres alusiones al libro de la ley. En efecto, el marco del desierto (versículo 1), los cuarenta días y cuarenta noches de ayuno (versículo 2) y las citas que leemos en los versículos 4, 7 y 10 de Deuteronomio 8:3, 6:16 y 6:13 (3), respectivamente, puestas en boca de Jesús, todo ello nos retrotrae a la experiencia de Israel en el desierto, su larga peregrinación durante cuarenta años y los cuarenta días y cuarenta noches de estancia de Moisés en lo alto del Sinaí y en presencia de Yahweh. Jesús revive, por tanto, aquella prístina historia de su pueblo transformándola en un episodio positivo de la Historia de la Salvación: allí donde Israel cayó por su desobediencia a Dios, Jesús se muestra obediente; allí donde Israel se apartó de Dios cediendo a los impulsos de la tentación, Jesús se mantiene firme; allí donde Israel mostró arrogancia e ingratitud para con su Dios y libertador (4), Jesús evidencia humildad y una estrecha dependencia de su Padre para la culminación de la obra salvífica. En cierto sentido, la obra del Mesías viene a ser el positivo de un terrible negativo que es la andadura del antiguo Israel. En Cristo halla su verdadero cumplimiento el propósito de Dios para con su nación escogida y para con el conjunto del género humano. A partir de este episodio, providencialmente ubicado en los capítulos iniciales del primer Evangelio y primer escrito del Nuevo Testamento, la Iglesia puede hacer suya la historia del antiguo Israel e identificarse plenamente con ella.

De ahí que, en tercer y último lugar, el relato mateano concluya, como su fuente San Marcos 1:12-13, con una imagen especialmente cara a la iconografía cristiana tradicional, que consiste en un Jesús servido y atendido por los ángeles. Lo mismo que habíamos indicado dos párrafos atrás en relación con la presencia del Espíritu, podemos añadir aquí en lo que se refiere a las figuras angélicas: están presentes a lo largo de todo el ministerio público de Jesús consignado en los Evangelios, siempre a su servicio, lo que implica un servicio efectivo a favor de la Iglesia, del pueblo creyente. La victoria de Jesús el Mesías en el desierto sobre el poder del mal y la tentación abre la puerta de par en par a un ministerio angélico que será fructífero y acompañará en todo momento a los discípulos del Salvador hasta el final de los tiempos (5). De ahí los colores claros, e incluso alegres, con los que concluye el cuadro esbozado por el evangelista. Jesús vence al diablo e inicia así el capítulo definitivo de la Historia Salvífica, el capítulo del triunfo, del cual hoy somos nosotros los beneficiarios.

Cuaresma es, como se ha dicho tantas veces, un particular período de reflexión para la Iglesia universal, un momento que convida especialmente a la meditación sobre los hechos capitales de la Historia de la Salvación, los eventos relacionados con la pasión, muerte y resurrección del Señor, tal como nos los ha conservado el Nuevo Testamento y hoy los celebramos en Semana Santa. El relato de San Mateo 4:1-11 y su paralelo de San Lucas 4:1-13 viene a anticipar esos acontecimientos claves, núcleo de nuestra fe cristiana, prediciendo la gran victoria de Jesús por todos nosotros. No hay poder diabólico alguno que pueda realmente frenar la obra de la Redención ni la extensión de las buenas nuevas de salvación por todo el mundo.

 

 

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Presbítero y Delegado Diocesano para la Educación Teológica

Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE, Comunión Anglicana)

 

 

 

  1. Suele ser una creencia bastante extendida entre los orientales que los desiertos son el habitáculo natural de los espíritus diabólicos. Cf. el ritual descrito en Levítico 16 y el macho cabrío consagrado a Azazel.

  2. Es en el relato de las tentaciones de Jesús donde mejor dibujada aparece la figura del diablo en todas las Escrituras.

  3. De todos los libros del Pentateuco es el Deuteronomio el que mejor condensa la experiencia del Israel recién nacido en su peregrinación por los desiertos del Sinaí y de Beerseba. No son pocos los especialistas actuales que hacen de esta obra no solo el núcleo del Pentateuco, sino de todo el Antiguo Testamento. Lo cierto es que su primera composición y redacción parecen ser más antiguas que las de los restantes libros de la ley.

  4. Cf. la trágica historia de la adoración del becerro de oro en Éxodo 32, considerada desde siempre como la manifestación más terrible de la apostasía de Israel, luego revivida en 1 Reyes 11-14. Recuérdese también el triste relato de la apostasía en Baal-peor, narrada en Números 25.

  5. La presencia angélica en el libro de los Hechos de los Apóstoles es capital para comprender esta afirmación.

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