ESBOZOS SOBRE RENÉ GIRARD (I)

René Théophile Noël Girard (Avignon, 25 de diciembre de 1923 - Stanford (California), 4 de noviembre de 2015) fue probablemente el pensador más eruditamente holístico de su tiempo.


Extremadamente purista y de lectura compleja su genio forjó a partir de la teoría de la literatura comparada, de la filosofía, de la antropología y de la teología, un sistema de pensamiento tan coherente como brillante de orientación desacomplejadamente cristiana una de cuyas conclusiones podría resumirse en el hecho de que la religión se articula a manera de contrapeso o de antídoto contra cualquier forma de violencia producida por los seres humanos contra sus congéneres.


De forma que religión y violencia se opondrían esencialmente. Ello vale especialmente con relación a la religión cristiana, pues la figura y el discurso de Jesucristo, así como la religión que del mismo Jesús se desgaja, representa para Girard el repelente de la violencia por antonomasia.


Para el erudito de Avignon la religión “contient” la violencia. La polisemia de la palabra francesa anterior es también válida en la lengua castellana pues contener, del latín “continere”, posee efectivamente dos significados: llevar o encerrar dentro de sí una cosa y también reprimir, sujetar o moderar algo, por ejemplo, una acción o una pasión. Esta misma polisemia hállase también en otras lenguas románicas como por ejemplo el catalán o el portugués.


De manera que la religión, como acto humano vívido que es, permanece siempre sometida a las imperfecciones propias de la finitud “conteniendo” en consecuencia la violencia a la vez que frenándola, sujetándola, oponiéndose a ella y constituyéndose en su más eficaz barrera protectora y escudo.


Para ahondar en el pensamiento de René Girard desde la perspectiva que enunciamos, es decir, la que entraña las relaciones entre la violencia y la religión, puede consultarse como introducción a su pensamiento: La violencia y lo sagrado, Barcelona: Anagrama, 1983, donde Girard realiza un minucioso ensayo analítico sobre la historia de la humanidad centrándose en como ella se ha esforzado intentando gestionar institucionalmente la violencia, especialmente en el espectro religioso, a partir de lo sagrado, de manera que la violencia se convirtiese de incontrolable y omnidestructora en controlada y soportable.


El monoteísmo bíblico, muy especialmente en su vertiente cristiana, poseería como decíamos intrínsecamente una capacidad “sui generis” para lograr la dilución de la violencia humana. Fundamentalmente porque a través de su visión igualitaria universal que predica la co - fraternidad siempre rechazó la “institution anthropologique” del chivo expiatorio como mecanismo protector y regulador de la violencia antropológica institucional.


En efecto, mientras que las sociedades primitivas sobre las cuales nuestras culturas se fundan se articulan originariamente a partir del “mecanismo victimario”, a saber, la comisión de un asesinato ritual contra una víctima o “chivo expiatorio”, normalmente primero animal y después humano, una persona culpable sobre el cual recae y se concentra toda la ira, la violencia y la culpabilidad de una determinada comunidad humana provocando de este modo la catarsis y la sujeción de las furias colectivas y acompañando a todo este proceso la creación de nuevos ritos y mitos que desembocaran en la instauración de nuevas instituciones sociales viéndose así desarticulada y reconducida la violencia colectiva y accediendo la víctima - normalmente - posteriormente a una nueva categoría de orden mítico, en el cristianismo sucede precisamente todo lo contrario puesto que la figura del chivo expiatorio - Jesús - no es de ninguna manera culpable, sino todo lo contrario: es absoluta y radicalmente inocente, razón por la que el mecanismo victimario, que René Girard también denomina “ilusión fundacional” puesto que está siempre narrado a partir de la aceptación de un engaño inducido, estalla inexorablemente en mil pedazos.


La violencia insatisfecha es tan depredadora como insaciable. Debe en consecuencia hallar un cauce de limitación. Es por esa razón que siempre exige la fagocitación del ser humano buscando lo que Girard denomina un “remplacement” o recambio, es decir una víctima sacrificial, un culpable.


Ahora bien, es muy importante comprender correctamente el concepto de culpabilidad que traza Girard. La víctima es culpable por mor del consenso social producido entre los miembros de una determinada comunidad, pero no por nada más ... Ello no significa que hayan existido siempre en las sociedades antiguas ni en las religiones que las representan criterios objetivos de culpabilidad.

De otro modo dicho, la víctima sacrificial puede ser cualquiera que se muestre vulnerable y frágil ante el sacrificio mismo. No se trata por lo tanto ni mucho menos de concebir la víctima como un ser más corrupto o más pecador que el resto de sus contemporáneos residentes en la comunidad que sostiene una determinada forma religiosa, ni de que sea más bueno ni más malo, ni más disoluto ni menos disoluto ..., sino de alguien sobre el cual la violencia pueda ser transferida consensuadamente para ser encauzada.


Poco importa en definitiva la realidad de su culpabilidad. Lo que verdaderamente importa es que el grupo social que ejerce la violencia sagrada pueda, mediante la realización del sacrificio humano del chivo expiatorio, acotar, protegerse y encauzar la violencia desorganizada e incontrolable. René Girard repetirá insistentemente en varias de sus obras más importantes que la finalidad profunda del sacrificio no es en realidad la maldad sino el hecho de “engañar” a la violencia, a saber, el hecho de controlar la violencia a través del considerado culpable.


René Girard concede también el rechazo del mecanismo victimario a la religión judía, aunque de manera menos distinguida y radical que en el sistema cristiano. Para ello basta comparar el relato bíblico de Caín y Abel con el relato romano de Rómulo y Remo. Se trata a la sazón en ambos casos de dos hermanos y poco ha de importarnos ahora para nuestro estudio el indudable carácter legendario que ambos relatos poseen.


Rómulo mató a su hermano Remo durante en el transcurso de una discusión acerca de la probable ubicación de la futura ciudad de Roma. El resultado fatal de la suerte de Remo se produjo porque este había desobedecido las advertencias de su hermano traspasando una línea de arado que el primero había trazado constituyendo así los primeros límites de la ciudad.


De este modo Rómulo, a través de su crimen, ganó el favor popular y muerto su hermano se convirtió en el primer y único Rey de Roma. La culpabilidad de Remo a ojos de la comunidad de futuros romanos nace del consenso. En efecto, y ello a pesar de su ulterior mitificación, sacralización, divinización e institucionalización de la Roma “creata”. No podría comprenderse de otro modo pues de no ser así Rómulo jamás habría conseguido ser recordado con el honor y con la gloria perenne de haber fundado la ciudad de Roma en el año 754 a.C.


Sin embargo, sucede algo muy diferente en el caso de la perícopa de Caín y Abel narrada en Gn 4, 8 ss. Nos hallamos, igualmente a lo que sucediera en la narración anterior, ante el caso de un homicidio entre hermanos.


Permítasenos aquí un anacronismo como detalle de agravamiento: desde el punto de vista del derecho penal - que debiera ser siempre “ultima ratio” - se trata no de un homicidio sino más bien de un asesinato u homicidio cualificado. Nos hallamos, en consecuencia, ante un delito cuyo tipo penal comisivo implica una pena más severa que la acción romana puesto que la actuación de Caín se interacciona con la preparación y con la alevosía persiguiendo la finalidad de matar (“animus necandi”).


Sin embargo, nótese que - a diferencia del caso anterior - no existe aquí absolutamente ningún mecanismo victimario. Ninguna creación mítica. Ninguna glorificación del asesino ni tampoco ningún asesinato ritual fundacional. Muy al contrario, puesto que YHWH no es insensible ante el sufrimiento del inocente:




Gn 4, 10:


“Qué has hecho? La voz de sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”.


De otro modo dicho, YHWH se preocupa por la suerte de Abel. Su destino parcial y final no les es indiferente. Por otra parte, el mecanismo victimario no puede aquí articularse como sucediera en el caso romano puesto que mientras Remo desobedece y riñe con Rómulo poniendo según la leyenda en jaque la fundación de Roma, circunstancia que lo convierte en culpable y por lo tanto en sacrificable a ojos de sus futuros compatriotas, Abel es absolutamente inocente.


Es destacable la inversión conceptual aquí producida: el homicida se convierte en héroe en el primer relato mientras que se convierte en culpable en el segundo. Es por ello precisamente que - también a diferencia del relato romano - el culpable no pueda ser objeto de mitificación o de ponderación social sino todo lo contrario: Caín, debe recibir una retribución por parte del defensor del ultrajado Abel, cuya sangre conmueve a Aquél que no es otro que el defensor paradigmático de todos los ultrajados de nuestro mundo: Dios:

Gn 4, 11 - 12:


11 “Ahora, pues, maldito seas tú [Caín] de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. 12 Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra.”


A partir de las muy interesantes intuiciones que nos descubre René Girard, y especialmente a partir de las anteriores comparaciones de los dos relatos expuestos, creemos poder entresacar cuanto menos tres importantes claves de lectura bíblica:


(1). - A diferencia del caso romano y del panteón que le es inherente YHWH no transige bajo ningún concepto con el modelo de la víctima expiatoria sacrificial mediante el cual el ser humano culpable - recordemos que el concepto de culpabilidad en este esquema es muy laxo y contingente - concentra absolutamente toda la violencia social de manera catártica logrando de este modo su desaparición o cuanto menos su moderación o control, así como el retorno de la paz social.


Efectivamente, puesto que Dios en su misericordia y bondad se acuerda siempre del inocente, lo reivindica, tal y como hizo en ocasión de su encarnación, no de manera laxa o contingente, sino contundente y radicalmente importante, de manera que la causa y el destino existencial de Abel como paradigma de las víctimas no le son en absoluto indiferentes


(2). - Al operar Dios de este modo lo que se ha producido verdaderamente es una absoluta desviolentización de lo sagrado, rechazándose y desautorizándose en consecuencia cualquier violencia de lo humano contra lo humano sea cual fuere el contexto, empero especialmente si este es religioso. Es desde esta perspectiva, por ejemplo, que deben leerse pasajes como Gn 22, 2 ss., nos referimos concretamente al sacrificio jamás tolerado por Dios de Isaac por parte de su padre Abraham, otro caso evidente de rechazo del modelo tradicional antropológico del chivo expiatorio.


(3). - El rechazo de antedicho sistema de ilusión sacrificial posee un poderoso elemento pedagógico que debiera ser recordado puesto que nos proporciona tal vez la más importante clave de lectura bíblica, tanto desde el punto de vista de la anagogía, es decir, relacionada con el sentido profundo del texto bíblico leído, como también desde del punto de vista de la analogía, es decir, conceptualmente comparativa a partir de la experiencia del conocimiento de Dios: Dios Padre no es un Dios violento, ni un Dios sanguinario vampírico, ni un Dios que se complazca en los sacrificios para ver así aplacada su terrible ira. Insistimos: esto debiera ser permanentemente recordado y vivido a lo largo y a lo ancho de toda lectura realizada tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.


En consecuencia, todos los textos bíblicos que nos presenten a Dios como un ser destructor de lo humano o zahiriendo a la humanidad mediante castigos universales sea “motu proprio” o sea mediante persona profética interpuesta, deben ser releídos si es menester hasta la saciedad hasta ser comprendidos e interpretados dentro de la lógica que muestra la analogía de su amor pues: un Dios que es capaz de morir por el ser humano jamás puede matar de ninguna manera a aquello que más ama.


Esta labor, a medio camino entre la exégesis erudita y el más elemental sentido común propio de la persona más sencilla, es sin embargo imposible para las sectas y - según nuestra propia experiencia - también para los fundamentalismos. Pero no puede desarrollarse más que a partir de un correcto entendimiento de los relatos bíblicos violentos contemplados siempre y necesariamente desde la analogía del amor divino como “conditio sine qua non” hacia absolutamente todas sus enseñanzas y acciones pues, efectivamente, la esencia de Dios no es el sacrificio sino el amor:


1 Juan 4, 7 - 9:


7 “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. 8 El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. 9 En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.”


Isaías 1, 11 - 18


11 “¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos. 12 ¿Quién demanda esto de vuestras manos, cuando venís a presentaros delante de mí para hollar mis atrios? 13 No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes. 14 Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecidas mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas. 15 Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. 16 Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; 17 aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. 18 Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.”


Permítasenos ahora unas precisiones sin la cuales seguramente nuestras reflexiones podrían ser mal interpretadas como pretendidamente totalizantes. Sin embargo, nada más lejos de nuestra verdadera intención ...


Vaya por delante nuestra admiración y reconocimiento sincero a la figura de René Girard. Sin duda es uno de los eruditos cristianos más destacados y oceánicos del siglo pasado. Sus pensamientos y las conclusiones que de ellos se desprenden son tan brillantes como extraordinariamente ricos y fecundos.



Es muy admirable el hecho de que en René Girard la intelectualidad no suponga nunca un concepto vacuo y frío que genere distanciamiento. Antes bien todo lo contrario. A pesar de su purismo y en ocasiones dificultad comprensiva, en nuestro autor pensamiento, empatía y pragmatismo son realidades que permanecen siempre co implicadas.


Así por ejemplo, siendo que la violencia ha sido tradicionalmente mal comprendida puesto que, por lo menos en sus relaciones con lo sagrado, no se trata en absoluto de un mero y rudo mecanismo puramente irracional ligado exclusivamente a las bajas pasiones humanas, sino de un verdadero mecanismo de psicología de acción compleja que busca una transferencia a partir de la cual una sociedad religiosa determinada transfiera su ira, su violencia más radical contra una víctima sacrificable culpable con la voluntad de poderla controlar y encauzar con la finalidad de supervivirla, Girard no permanece de ningún modo anclado en el plano de la definición o de la exposición intelectual abstracta, sino que propone y ensalza desde la cátedra del profundo pensamiento, al cristianismo como factor moderador y resolutivo de la violencia social y también individual.


Desde esta perspectiva René Girard concibe y contempla el cristianismo no como una mera exposición de doctrinas más o menos ordenadas que deban ser creídas para alcanzar la salvación ... sino más bien como una realidad íntimamente relacionada con la existencia humana, una existencia humana que vive de manera profética el drama de una historia en la cual sus protagonistas han abandonado, o por lo menos han dejado de ser plenamente conscientes de que la Razón Última, el supremo Demiurgo de la existencia y de la vida es Dios, un Dios encarnado en todo igual a nosotros que jamás ha dejado de comunicarse ni de amar a sus criaturas, sus hermanos, en el cumplimiento de sus promesas salvíficas.


Creemos que no supondría una exageración concluir, a partir de todo lo anteriormente expuesto, que la finalidad de René Girard no es otra que “evangelizar”. Ello desde su más prístino sentido etimológico, es decir, proporcionar una buena y definitiva buena noticia al mundo para que este comprenda las claves de sentido que lo habitan. Una de las cuales es sin duda los mecanismos que rigen el ejercicio de la siempre indeseada violencia.


Es por esta anterior razón que el discurso de René Girard está tocado, a nuestro juicio, del difícil atributo de la intemporalidad, algo especialmente importante en los muy complejos momentos que los problemas de la vida postmoderna plantean, unos momentos a la sazón ciertamente desconcertantes y sobremanera confusos y líquidos que amenazan con el peligro muy real de que el cristianismo se encapsule, se petrifique, se desespiritualice, se convierta, por así decirlo y si se nos permite la expresión, en una más de las corrientes pasadas de la tienda de antigüedades de la historia de las ideas.


Mientras tanto, un mundo cada vez más introverso, más insolidario, cruel y violento vuelve al hermano contra el hermano y conduce a la humanidad hacia el olvido de Dios y de sus promesas de vida.


Somos conscientes de no haber agotado ni muchísimo menos el pensamiento de André Girard. Ni podemos ni lo hemos pretendido tampoco. No es por otra razón que hemos optado por titular nuestro artículo con la dicción de: “esbozos”, es decir, aquello que sin duda puede alcanzar mayor desarrollo y extensión ....


¿De nuestro pecado no seremos penitentes? ... Y para redimirnos, intentaremos en el futuro ahondar algo más en el pensamiento del autor que presentamos, especialmente en su concepto también - ¿cómo no? - fundamental del deseo como rivalidad violenta y mimética.


Miquel - Àngel Tarín i Arisó

Per semper vivit in Christo Iesu

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