EL DESAFÍO DE LEER LA BIBLIA HOY

Lo hemos dicho muchas veces, tantas que casi podemos ser percibidos como persona excesivamente insistente, cansina incluso, pero nos da igual. No dejaremos de afirmar una y otra vez, a tiempo y a destiempo, contra viento y marea, que leer la Biblia es un inmenso privilegio. Y lo volvemos a repetir. Ahí queda, como una de esas frases lapidarias que pasan a la historia. Y supone un inmenso privilegio porque ni siempre, a lo largo de los siglos, ha sido accesible su lectura a la mayoría de la población, ni tampoco hoy todo el mundo puede disponer de un ejemplar en su casa, y ello por muy diversos motivos que sería prolijo enumerar. Que los cristianos occidentales (1) podamos disponer en la actualidad de innumerables traducciones, versiones y ediciones de las Sagradas Escrituras en nuestros idiomas, de modo que nos sea posible escoger entre ellas la que más nos gusta o aquella con la que más cómodos nos encontremos, constituye un verdadero regalo de Dios. Pero también comporta algo más: leer la Biblia supone un reto de envergadura. No se trata de un libro cualquiera, no es una obra que se haya escrito hoy ni ayer, tiene década arriba, década abajo unos dos milenios de antigüedad en su segunda parte, el Nuevo Testamento, y unos cuantos siglos más en la primera, el Antiguo (2). A nadie se le oculta que el acceso a obras que han visto la luz tanto tiempo atrás no es fácil, y que su lectura exige bastante más esfuerzo que la de una de nuestras novelas contemporáneas (3).



Son innumerables las publicaciones, divulgativas y especializadas, sobre la Biblia que abarrotan el mercado actual del libro, desde obras específicamente teológicas hasta otras que enfocan los Sagrados Textos desde otros puntos de vista. No pretendemos hacer un repaso exhaustivo de cuanto se ha escrito y se escribe introduciendo al lector en el vasto campo bíblico. Nos vamos a limitar a señalar muy brevemente cuáles son los dos grandes desafíos que plantea la lectura de la Biblia al lector de hoy, especialmente al lector creyente, para finalizar con una concisa declaración de principios en relación con el mensaje escriturístico fundamental, su enseñanza más importante.

El primero de los desafíos concernientes a la Biblia es lo que llamamos su inspiración, es decir, la innegable impronta divina que asoma en sus escritos componentes, en sus diferentes capítulos y versículos. Así se reconoce en los ámbitos eclesiásticos, entre los fieles cristianos, de lo cual dan testimonio las distintas confesiones de fe de las denominaciones históricas. Lo que ocurre es que nadie ha sido jamás capaz de ofrecer una explicación real de lo que significa esa inspiración, de qué es en verdad, en qué consiste y cómo ha funcionado. Podemos decir que tenemos más una intuición de lo que supone la divina inspiración de la Biblia que una certeza absoluta. De hecho, la propia Biblia no se explaya demasiado en este asunto, y el único texto en el que se suele basar, 2 Timoteo 3:16, presenta incluso problemas de traducción que generan algún que otro desconcierto en los lectores y estudiosos (4). La inspiración aparece expresada en el texto griego con el adjetivo “theopneustos”, que viene a significar algo parecido a “soplado por Dios”, pero que no nos dilucida demasiado la solución del problema. Serán muy pocos hoy quienes crean que Dios haya “soplado” —¿”dictado”?— literalmente, con puntos y comas, los textos bíblicos a sus autores humanos (5). Tal idea se considera descabellada, dadas las más que evidentes huellas de estos escritores en los libros bíblicos. Por decirlo de manera clara y concisa, Dios no escribió la Biblia, sino seres humanos, muy humanos, pertenecientes a épocas, lugares y ámbitos culturales diversos, y todos ellos de siglos pretéritos. Una presunta inspiración literal generaría graves problemas, como, por ejemplo, la anulación de la voluntad humana y la utilización de los autores bíblicos como meros autómatas, por no añadir además el hecho de que las dificultades de la Biblia serían atribuibles al mismo Dios.

Esto último supone el segundo gran desafío que se le presenta al lector actual de la Biblia, porque las Escrituras, tal como nos han llegado, contienen numerosas dificultades, como las contradicciones en su redacción (6), además de los problemas propios de la transmisión textual, reservados por lo general a los especialistas (7). Los autores que compusieron las Sagradas Escrituras no tenían siempre las mismas opiniones sobre todos los temas que trataban. En el Antiguo Testamento es patente la diversidad de tradiciones sobre personajes o acontecimientos de la Historia de la Salvación: profetas y sacerdotes como Jeremías o Ezequiel no presentan los mismos puntos de vista sobre los eventos del éxodo y la estancia de Israel en el desierto que hallamos en el Pentateuco (8), por ejemplo. Otros profetas como Oseas y Amós hacen una lectura diferente de los inicios de la historia de Israel en el desierto: para el primero, el desierto fue una etapa idílica de encuentro de Israel con su Dios (Oseas 9:10; 13:5ss), mientras que para el segundo supuso el comienzo de la apostasía de Israel y su entrega a la idolatría (Amós 5:25-26). Incluso la prehistoria de Israel (la llamada por los especialistas Historia Patriarcal, Génesis 12-50) (9) evidencia en su redacción una amalgama de tradiciones no siempre concordantes entre sí. Y en el ámbito del Nuevo Testamento resalta la diversidad de escuelas teológicas que debían existir ya en la Iglesia apostólica, entre las primeras comunidades cristianas; la propia imagen de Jesús es diametralmente distinta en el Evangelio según San Marcos que en el Evangelio según San Juan (10), por ejemplo, y la redención no se enfoca del mismo modo en los escritos paulinos que en los juaninos (11), por no hablar de la frontal oposición de la Epístola de Santiago a la teología paulina en un asunto tan capital como la justificación por la fe, con todo lo que ello ha conllevado en la historia posterior del cristianismo. Ninguna de estas dificultades se soluciona por medio de los concordismos forzados de una apologética hoy pasada de moda que pretendía buscar explicaciones a cada dificultad haciendo verdaderos equilibrios en la cuerda floja y evidenciando, a todas luces, que los problemas planteados eran de todo punto de vista insolubles. Nada se gana cerrando los ojos ante las dificultades que plantean los escritos bíblicos o pretendiendo que no son tales, que se trata de problemas de traducción o de comprensión del lector. La mejor manera de enfocar estos desafíos es reconociéndolos en toda su amplitud, sin minimizarlos, admitiendo que la inspiración divina de las Escrituras no ha eliminado el componente humano de sus redactores y que la Antigüedad fue mucho más tolerante que nosotros a la hora de recopilar los escritos sagrados, más abierta de mente. No nos extrañe que se haya llegado a hablar del “ecumenismo” propio de los escritos bíblicos.

El creyente de hoy que se acerca a la Biblia debe realizar un gran esfuerzo, nada fácil, a la hora de leerla y comprenderla. Ha de partir del hecho de que lo que tiene en las manos es un conjunto de escritos diversos muy antiguos, por lo que carece de sentido que se asuste ante sus dificultades internas. Al contrario, la realidad de esos obstáculos evidentes debería invitarle a una inmersión en ese mundo arcaico descrito en sus páginas para descubrir, más allá de los detalles meramente culturales u ocasionales, el hilo conductor de la narración. Y cuando tal ejercicio se realiza en el conjunto de la Sagrada Escritura, partiendo del libro del Génesis y concluyendo en el Apocalipsis, por encima de todas las complicaciones resalta algo trascendental: la Biblia presenta en realidad un único mensaje de redención: el ser humano, creado a la imagen y semejanza de Dios, es rebelde a su Creador, ingrato y desobediente; y esa desobediencia y esa ingratitud se hacen patentes en los Relatos de los Orígenes, en el Ciclo Patriarcal, en la historia de Israel desde sus inicios en la esclavitud egipcia hasta la cautividad de Babilonia, e incluso en la restauración judía de Esdras y Nehemías. Los escritos de los hagiógrafos, profetas y sabios del Antiguo Testamento se hacen eco de la trágica constatación de que el hombre le da la espalda a Dios, pero al mismo tiempo narran también cómo Dios se acerca al hombre con la intención de rescatarlo, de devolverle la dignidad perdida. Tal es el tema fundamental del Nuevo Testamento, en el que el Dios de Israel se hace uno con la humanidad en la persona y la obra de Cristo. La muerte en la cruz de Jesús de Nazaret, su resurrección y ascensión y su promesa de un retorno definitivo al final de los tiempos, constituyen el clímax del mensaje bíblico. Ninguna de las contradicciones narrativas vétero o neotestamentarias deforma o desdibuja esta enseñanza capital en la que brilla la inspiración divina y a la que sin temor alguno declaramos y reconocemos como totalmente inerrante. La Biblia es la palabra de Dios porque en ella Dios se muestra a sí mismo con su verdadero rostro: el Padre que se acerca para redimir en la persona del Hijo. La Biblia contiene la palabra de Dios, es decir, esta buena nueva de salvación, en medio de un ropaje cultural antiguo y a veces descorazonador para el lector de nuestros días. Y al presentar esta enseñanza capital no puede equivocarse, pues tal es la razón por la cual fue inspirada y entregada a los hombres. Emplearla para otros asuntos es simplemente desconocer su auténtica naturaleza y desvirtuar su enseñanza (12).

No podemos sino convidar hoy al amable lector a efectuar este tipo de lectura de las Sagradas Escrituras y a desearle que lo disfrute dando siempre gracias a Dios por habernos entregado su palabra tal como lo ha hecho.


Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Decano Académico y estudiante perpetuo

NOTAS

  1. Especialmente quienes nos expresamos en lenguas de amplia extensión e importancia, como los hablantes del español, por ejemplo.

  2. Conforme a los estudios exegéticos más recientes, es muy posible que algunas partes del Antiguo Testamento hayan visto la luz un milenio antes de Cristo.

  3. Rechazamos de raíz la afirmación tan manida que se ha venido prodigando durante más de un siglo en los ambientes evangélicos, según la cual “la Biblia es tan actual como el periódico de hoy”. Entendemos su buena intención, su loable propósito de invitar a leer las Escrituras, pero no podemos estar en absoluto de acuerdo con una declaración que resulta falsa tan pronto como alguien abre un ejemplar de los sagrados textos.

  4. RVR60 traduce: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”. Pero otras versiones, como la Versión crítica CI, ajustándose más al griego original, vierte este versículo así: “Toda escritura inspirada por Dios es útil, etc.” No son ideas equivalentes; el matiz principal es muy distinto.

  5. Las sectas fundamentalistas evangelicales tienden a creer en este tipo de inspiración, pero no la mayoría de los cristianos.

  6. Las clásicas: dos relatos diferentes sobre la creación del mundo y del hombre (Génesis 1-2); dos puntos de vista distintos sobre la conquista de Canaán (Josué, Jueces); tendencias a la idealización excesiva en la presentación del personaje de David por parte del Cronista, que no coincide con lo narrado en 1 y 2 Samuel; discrepancias en los Evangelios Sinópticos y con el Evangelio según San Juan sobre ciertos aspectos del ministerio y las enseñanzas de Jesús; si a ello añadimos las imágenes primitivas de Dios que a veces ofrece el Antiguo Testamento, en total contradicción con del Dios Padre presentado por Jesús, o la moral contradictoria que encontramos en los textos del Antiguo Pacto en contradicción flagrante con los Diez Mandamientos, por no añadir otros aspectos más, nos encontramos con un cuadro completo que suscita en el lector de la Biblia dudas y preguntas no fáciles de responder.

  7. Lecturas divergentes que se dan cita en ciertos pasajes, a veces muy diferentes entre sí (el llamado “final largo de San Marcos”, por ejemplo), o textos especialmente mal conservados, como el libro 1 Samuel en su versión hebrea (que en las versiones actuales de la Biblia precisa casi siempre del auxilio de la versión griega para tener sentido en algunos pasajes).

  8. Incluso dentro del Pentateuco, el Deuteronomio narra sucesos de la historia de Israel en el desierto de manera distinta a como los leemos en Éxodo y Números.

  9. No debe confundirse con los llamados Relatos de los Orígenes o “Primeval History”, que hallamos en Génesis 1-11 y que responden a una época más reciente, a la confrontación entre el pensamiento judío y el pagano durante la cautividad de Babilonia. Los mejores especialistas de hoy consideran que estos relatos de Génesis 1-11 suponen la magistral (¡e inspirada!) respuesta de Israel a los mitos mesopotámicos acerca de los orígenes del mundo, del hombre y de la historia.

  10. El Jesús de San Marcos parecería más un israelita fiel adoptado y señalado por Dios como Hijo, mientras que en San Juan es el Verbo preexistente de Dios que se hace hombre.

  11. La teología de San Pablo hace más hincapié en la muerte de Cristo como sacrificio expiatorio que la teología de San Juan.

  12. Nos atreveríamos a decir en tal caso que el problema no es si la Biblia es inerrante o no, sino si se emplea correctamente o se le da un uso que no tiene nada que ver con su mensaje.

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